viernes, 10 de enero de 2014

Lecciones de historia y otras audacias


[Columna del sábado en Asturias24 (www.asturias24.es)]
En 2013 pasaron tantas cosas que se nos agolpan las palabras en la boca como una pasta pegajosa y apenas consiguen salir sin atropello. Tanto saqueo, tanta impunidad y tanta desvergüenza le dejan a uno la saliva como si después de estar a pleno sol sin beber se comiera un polvorón. Según avanzaba diciembre, parecía que se acababa el año y que al menos dejaríamos de hablar de él, cuando a dos días del final, casi en el tiempo de descuento, Esperanza Aguirre publicó en el ABC  “una lección de historia”. Por su nivel de redacción, como de domingo por la tarde, por su nadería argumental y por su vaciedad y aturdimiento, el texto es inofensivo, casi indefenso. El artículo habla de la Primera Guerra Mundial, aprovechando su próximo aniversario. Los datos que da sobre tal suceso son que hubo un asesinato en Sarajevo y que fue una guerra “tremenda”, que hubo muchos cadáveres, que fue una “escalada insensata” y que allí “dejaron sus vidas millones de jóvenes”. El artículo recuerda a Woody Allen, cuando aplicó un método de lectura rápida a Guerra y paz y todo lo que entendió fue que algo pasaba con unos rusos.
Esperanza Aguirre se pregunta cómo llegaron a eso las naciones más avanzadas del planeta, que además compartían valores y religión. La pobre. Como si antes de la Gran Guerra hubieran hecho otra cosa que guerras esas naciones tan cristianas. Ella no quiere “sentar cátedra”, pero la sienta y vuelca todo su peso intelectual en el porqué de aquella guerra tan tremenda. La causa de la Gran Guerra fue el nacionalismo, que predicaba el odio a los vecinos, y la complicidad de los socialistas y sindicatos obreristas, que por tibieza no estuvieron a la altura de las circunstancias: toda una lección de la que deberíamos aprender hoy (no estoy sintetizando; dice pocas más palabras que estas; una lección). Así ve Esperanza Aguirre los codazos políticos en los que se faja: como un reflejo de los entresijos de la historia de Europa.
Sería un verdadero guateque entrar a debatir la sarta de ñoñerías de magazine y extravagancias de su disertación. Sería una juerga recordar cuántas guerras, odio y persecuciones se sembraron en el nombre del Dios católico y cómo de larga es la tradición bélica de esos países tan civilizados. Si hubiera de sacarse alguna enseñanza, antes nos cuidaríamos de la Iglesia que de los nacionalistas. Pero debatir este texto sería darle un rango que no tiene y además da pereza.
Lo que merece atención, por lo que tiene de descriptivo de nuestro pequeño mundo, es el hecho mismo de que lo haya escrito y de que el ABC lo haya publicado como lección de historia. Es el atrevimiento lo que nos dice algo de lo que está pasando. Ya vimos con sonrojo muestras de tal audacia cuando Aznar se atrevió a dar aquellas delirantes clases monólogo en la universidad de Georgetown (pagadas indirectamente con nuestros dineros, cuando vivíamos por encima de nuestras posibilidades). Cómo olvidar cuando decía, tras asentarse las gafas con gesto lento y profesoral, más o menos que España lleva luchando contra Al Qaeda, o contra los “moros” que es lo mismo, desde el siglo VIII (España no existía todavía, pero supongo que ya se presentía, que su unidad de destino en lo universal ya latía en los astros).
Su mujer, Ana Botella, dijo un día que ella también quería ser política y conocer gente, ir a reuniones y todo eso ¿Cuántos de nosotros aceptaríamos ser alcaldes si nos lo ofrecieran? Seguramente pocos, porque la mayoría pensamos que nos viene un poco ancho el cargo. Pero ella, audaz como su marido y como Esperanza Aguirre, ahí está de alcaldesa y hablando en inglés. Hasta constituyeron una empresa para explotar los derechos de propiedad intelectual. A saber lo que realmente explotan, pero que Aznar y señora se manifiesten públicamente como intelectuales es parte de este atrevimiento cada vez más desvergonzado.
Esperanza Aguirre dándonos lecciones de historia tiene un aire a la amante del mafioso  Nick Valenti, de Balas sobre Broadway, que quería protagonizar con toda su inutilidad una obra teatral financiada por su querido y desparramaba por el escenario su torpeza con el descaro de una señorona que estuviera en su salón privado. Aznar tenía también algo de novia de gánster hablando de la historia de España en Georgetown y haciendo crujir como vidrio molido los oídos y la inteligencia. Para qué hablar de Ana Botella cuando se le antojó una alcaldía.
Este tipo de atrevimiento, y es a lo que venía todo esto, tiene dos nutrientes: la ignorancia y el autoritarismo. La ignorancia, más que la justicia, es ciega, sobre todo al talento. El ignorante no percibe el conocimiento y buen juicio cuando lo tiene delante y así, como no tiene con qué contrastar su cortedad, no tiene el freno que da la prudencia. La epidemia de ignorantes osados, extravertidos y ruidosos que inundó los canales de televisión y los medios va empapando la representación y gestión pública. En un país donde la gente cada vez está más formada (se diga lo que se diga), los cargos públicos y los políticos en general tienen cada vez peor nivel y peor gusto. El terreno está abonado para que Esperanza Aguirre no vea trabas para perorar sobre historia, Aznar pueda hablar de regeneracionismo patrio mordiendo la patilla de las gafas y Ana Botella quiera representarnos en la lengua de Shakespeare.
El autoritarismo, la otra pata del atrevimiento, hace sentir al autoritario que todo lo que administra es su finca particular. Todos nos movemos con especial soltura y espontaneidad en nuestra casa, donde entra y sale quien queremos nosotros y se bebe lo que nosotros ofrezcamos. La amante del gánster puede cantar sin talento y representar sin pudor porque el tinglado es suyo y no cuenta su aptitud, sino su voluntad. Los mandarines del PP dieron estos años atrás muestras sobradas de convencimiento de que su ayuntamiento, su comunidad autónoma, los hospitales que administra o la Caja que les haya tocado son su finca y que podían hacer y deshacer, tomar y dejar, como en su propia casa.
Lo que evidencia Esperanza Aguirre atreviéndose a sacar lecciones de la historia y endilgárnoslas es esa placidez y distensión de quien está en su finca, de quien cree que es el amo del tinglado. Cuanto más autoritarios, más en su casa se sienten y más audacias nos obsequiarán. Si ganasen una segunda legislatura, quizá Cospedal grabe un disco y Gallardón publique unos poemas. Todo estará al alcance de su impudicia. Porque, además, la ignorancia y tosquedad trepa por los palacios como el musgo en las ruinas.

[Invoqué la película de Woody Allen Balas sobre Broadway, y en ella (spoiler) al final el único personaje que realmente entiende de teatro mata a la amante del gánster porque no soporta su mediocridad. Antes de que la nueva ley de seguridad catalogue como una incitación a la violencia esta humilde comparación de Aguirre con el infortunado personaje, aclararé que en esta columna se le desea una larga y próspera vida a Esperanza Aguirre y se hace votos por que busque y encuentre un trabajo de verdad.]

sábado, 4 de enero de 2014

Esa gente tan buena



[Columna del sábado en Asturias24 (www.asturias24.es)]
Seguramente la mayoría de nosotros habremos pasado nuestra vida sin haber hecho una acción heroica ni desarrollado una conducta infame u odiosa. La mayoría no sabemos de nosotros mismos si tenemos madera de héroes o de villanos sencillamente porque los de este lado del planeta y de la historia vivimos en un mundo que no nos pone a prueba. Nos pondría a prueba un mundo en el que los niños se murieran en la calle por violencia o desamparo o en el que nos topáramos cada día con adultos tan desposeídos de todo que pudiéramos abusar y servirnos de ellos sin límite. En un mundo así la gente es admirable o aborrecible por su entrega, pequeñez o violencia en las situaciones extremas propias o ajenas. Es fácil entender que uno prefiera vivir allí donde el mal absoluto no tiene oportunidad de mostrarse. Se entenderá también que, por lo mismo, uno tampoco quiera vivir en un mundo lleno de acciones buenas y excepcionalmente elevadas. Eso es así porque significa que uno vive en un mundo donde la mayoría de los días nos son dados sin tener horrores ante los que reaccionar con grandeza o mezquindad.
En esta legislatura, sin embargo, parece que quieren llenar España de buenas obras. Señalo el marco temporal de la legislatura porque el asunto tiene mucho que ver con la ideología del gobierno y con sus consecuencias sociales. En el altruismo más o menos digno o almibarado que se predica se mezclan conductas diversas: hipócritas, bienintencionadas, frívolas, inocentes o abiertamente malignas. La Rectora de la Universidad de Málaga llevó a su universidad y a la CRUE la idea de activar canales para que quien tenga recursos y quiera pueda apadrinar a estudiantes sin medios para que sigan estudiando. Para evitar palabras molestas, como caridad o compasión, se habló de "mecenazgo", que tiene resonancias nobles de apoyo desinteresado al arte y al conocimiento.
Por injusto que nos parezca que una estudiante no pueda pagar sus estudios, qué mal puede hacer que alguien adinerado tenga la generosidad de pagárselos. Que un programa de televisión consiga que "entre todos" se eche una mano a alguien realmente necesitado no parece malo, nos puede dar una punzada de bondad y, lo mejor de todo, nos entretiene un rato. La epidemia de maratones televisivos de todo tipo para ayudar a distintos tipos de desgracias puede verse como un intento bienintencionado de dar algún amparo en la desdicha. El arzobispo Sanz Montes ya inició la legislatura donando su paga extra de Navidad a "los más necesitados" y después anunció que daría parte de su sueldo a Cáritas para dar ejemplo, dijo. El obispo de Ávila, García Burillo, abundó en esa vía y pidió a todas las personas de buena voluntad que donaran su paga extra a Cáritas. A esta línea de esfuerzos que no solucionan problemas pero que ayudan en alguna medida se apuntó también la alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón, que propuso a los encerrados de Tenneco el consuelo de rezar a la Santina y peregrinar a Covadonga. Por hacerlo no van a empeorar las cosas y quién sabe.
Vivimos en un estado de derecho y en una sociedad con derechos. Me habré cruzado miles de veces con gente más fuerte que yo que podría arrebatarme algo que yo llevara y ellos quisieran. Hice unos estudios universitarios cuyo coste real no podría haber pagado. Tuve un padre muchos años enfermo con atención médica sin que hubiera que preocuparse de gastos. Cualquiera puede contar cosas parecidas a estas. Y cualquiera puede entender que no tengo la sensación de deber nada a nadie en particular ni de haber sido beneficiario de obras buenas o conductas altruistas.
Vivimos y queremos seguir viviendo en una sociedad con derechos. No voy a dar las gracias a cada tiarrón forzudo que se cruce conmigo sin  partirme la cara y llevarse mi cartera porque tengo derecho a que me dejen en paz con mis cosas. No voy a dar las gracias a los médicos que atendieron a mi padre o a los profesores que me dieron clase porque era su obligación, y no su buena obra, hacerlo y mi derecho el que lo hicieran. Estas cosas importantes se reciben sin quedar en inferioridad con nadie (la gratitud debida siempre es un tipo de inferioridad) y sin sentirse convidado en la sociedad, con esa obligación que se siente cuando uno es convidado de ceder toda iniciativa y de aceptar lo que tengan a bien darnos. Esto tiene un nombre abreviado que puede resultarnos cómodo: dignidad.
Tener derechos significa tener la certeza de ser asistidos en las cosas importantes sin pérdida dignidad. La caridad no supone ninguna certeza. Es una bondad difusa que menudeará de manera azarosa entre colectividades haciendo de paliativo superficial de alguna necesidad que seguirá intacta. Por muy desinteresadamente que se practique, siempre daña la dignidad de quien la recibe, aunque quien la lleve a cabo realmente sólo quiera ayudar y, ciertamente, ayude. La Plataforma en Defensa de la Ley de Dependencia de la Comunidad Valenciana declaraba hace poco que no permitirán que se cambien derechos por caridad. En semejante proclama se exigen las dos cosas consustanciales a un derecho que son arrebatadas cuando se pasa a confiar en la caridad: certeza y dignidad.
Algún día cogeré gripe y en algún momento la edad me arrebatará las facultades necesarias para mi trabajo. Quiero, todos queremos, tener la certeza ahora de que podré dejar de trabajar por enfermedad o vejez sin dejar de percibir un salario justo y sin menoscabo de mi dignidad. Es decir quiero que se me reconozca todo esto como derecho y que no se deje al albur de algún generoso con el que tenga que quedar en deuda.
En una sociedad medianamente justa, en la que la paz sea una virtud y no una claudicación, la gente tendrá derechos en lo importante y no veremos acciones altruistas heroicas. La caridad, y su hermana laica la solidaridad, dicen bien de cualquier sociedad. Pero en una sociedad justa afectan sólo al acabado, al pulimento de las asperezas menores. En los asuntos de fuste, como son la alimentación o la sanidad, es decir, la pura supervivencia, la caridad / solidaridad debe realizarse como algunos hablan el catalán y muchos practican el sexo: con pudor y en privado.
Dar publicidad a un acto caritativo puede tener la intención de mostrar un buen ejemplo, pero en realidad es una distracción, un ruido. Cuando alguien dedica su vida a que coman quienes no tienen qué comer, lo que nos atrapa emocionalmente es la generosidad del bienhechor y queda para la razón, en segundo plano, lo intolerable de una situación en que la gente pasa hambre. La emoción manda y en los actos solidarios la emoción es positiva porque reacciona a la conducta altruista y no a las prácticas que crean la injusticia ("directo al corazón", titulaba Cuca Alonso su entrevista con el gestor de la Cocina Económica de Gijón). La estridencia mediática con que se están aireando acciones buenas, ayudas entre todos y similares sólo distraen y confunden. Mientras la sociedad se hace más injusta, los medios afines al Gobierno nos llenan el corazón de emociones nobles sobre los desamparados.
Dije antes que en este altruismo activista hay de todo, bienintencionado y no. Que desde el Gobierno y medios próximos se impulse la caridad es coherente con el orden social al que aspiran. La caridad es el envés de los derechos. Un gobierno que mutila los derechos básicos en sanidad, educación y asistencia judicial entre otros es lógico que abunde en caridad y obras buenas. La Madre Teresa lo había expresado en su día con inigualable claridad: "Pienso que es muy hermoso que los pobres acepten su destino, que lo compartan con la pasión de Cristo. Pienso que el sufrimiento de los pobres es de gran ayuda para el mundo". El arzobispo señor Sanz Montes, que había pedido el voto al PP con singular explicitud y desvergüenza, cuando el Gobierno quitó la paga extra a los funcionarios, el donó la suya mostrando así la medida del Gobierno como una cosa buena.
Por supuesto, debemos darle la bienvenida por su apoyo económico a Cáritas. Quienes venimos poniendo en la declaración de la renta la equis en "otros fines sociales" aportamos a esa entidad mucho más de lo que aporta la Iglesia (el que no lo crea que mire los gráficos de la financiación de Cáritas, que son públicos). De todas formas, que el actual Gobierno y aledaños impulsen la caridad y las obras buenas me recuerda al ejército americano lanzando paquetes de comida sobre los poblados afganos que previamente habían bombardeado y a los devoradores de grasas y tartas que luego echan sacarina en el café. Todo suena a paliativo después del exceso para que no se diga.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Prórroga presupuestaria. Parlamento cerrado por obras


[Columna semanal en Asturias24 (www.asturias24.es). Sábado, 28 / 12 / 2013.]
El cierre de los presupuestos en Asturias es, efectivamente, un cierre. Una liquidación en toda regla. Las decisiones políticas y ejecutivas más importantes de 2014 serán una reposición de las tomadas en 2013, como si fueran una serie barata en un canal televisivo de poco presupuesto.
Sus Señorías, no sin esfuerzo, lograron pactar sus salarios en reuniones habidas antes y después de las vacaciones veraniegas. Debió haber diferencias entre ellos, pero desde el principio sabían que aquello no podía quedar sin hacer. Todos sabían además que sobre sus emolumentos tenían que coincidir en lo esencial, así que se dejaron de partidismos miopes, renunciaron a todo protagonismo y todos a una, como Fuenteovejuna, dieron al mundo un ejemplo de actitud constructiva y llegaron a un acuerdo unánime, sin vencedores ni vencidos, sin mayorías ni minorías. Por alguna grieta debió entrar algún soplido de la irritación pública con sus exenciones fiscales, sus kilometrajes y sus privilegios y no lo olvidaron en la retórica con la que hicieron públicos sus acuerdos. Por eso insistieron en que ahora sí iban a pagar IRPF por no sé qué concepto que hasta ahora no tributaba. Todo un baño de normalidad ciudadana.
Con tan buenos augurios, cabía pensar que la negociación presupuestaria sería también modélica. Dada la situación, también tenía que haber coincidencia en algunos mínimos. Era evidente que aquello sí que no podía quedar sin hacer. Por la economía, por política, por responsabilidad, por autoestima, por decoro. Por la gente. Como diría la Iglesia, por tantos. Pero se ve que el esfuerzo de las negociaciones de sus salarios fue agotador y no tienen fuerzas para más.
Javier Fernández parece haber entendido mal la transparencia por la que clama la población. Él interpreta lo de ser transparente en un sentido muy literal y convierte la transparencia en invisibilidad e irrelevancia. No hay presencia, no hay liderazgo social ni representación exterior. Cualquier ministro del tres al cuarto puede venir por aquí a decir que la variante ya no entra en ninguna agenda sin la menor agitación. El Presidente es el primer responsable de entenderse con alguien, ese es el mandato que recibe y su compromiso de partida. Suyo es el fracaso del desacuerdo. En varios lances dio la sensación de pinchar a sus socios, sobre todo de IU, de tantear su resolución, a ver si se atreven a romper, como especulando a ver quién pierde más.
Ignacio Prendes, el grupo entero de UPyD, da la sensación de ir siempre con un pinganillo en cada oreja, uno para repetir lo que le dice Rosa Díez y otro para escuchar la abrumadora cantidad de consejos que debe recibir de tanto asesor como se gasta (como nos gastamos, quiero decir). Él e Izquierda Unida rompieron su acuerdo con el PSOE, en primer lugar, como dije, porque el Gobierno no hizo su trabajo, que era entenderse con ellos. Pero no podrán evitar que todos percibamos lo obvio: el punto que cambió la disposición de los dos a entenderse con el Gobierno fue la reforma de la ley electoral y el berrinche principal fue un aspecto de poco fuste: la circunscripción electoral única de Asturias y el correspondiente baile de escaños a favor de los dos enfurruñados, que así exhibían sus prioridades. En eso se fue la estabilidad del gobierno, como se dice ahora para todo, con la que está cayendo. El discurso de IU sí parece una reposición, tan inevitable y cíclica como el Juan Tenorio el día de Todos los Santos en la televisión tardofranquista. Tienen una enorme expectativa electoral, lista para ser dilapidada por necedad. Tiempo habrá de balances.
El PP parece una niña pequeña moviéndose a un lado y otro porque le tocó delante un señor muy grande que no les deja ver la función. El Foro se plantó como un tronco en la derecha asturiana y el PP da vueltas alrededor buscando un sitio por donde asomar la cabeza. Gabino buscaba lugar por la responsabilidad y altura de miras, a ver si quedaba hueco en ese pastizal. Cherines asomaba la cabeza por otro lado, el de la coherencia estratégica y la doctrina, sin muchas ganas. Y el Foro sigue ejerciendo de derechona y pintándose la cara con ribetes asturianistas. Ninguno de los dos llegó a entrar en el debate, aunque es verdad que tampoco se les esperaba.
Sus Señorías, todos cargados con sus razones, dejan a la Comunidad Autónoma en prórroga presupuestaria. Ya no se trata del daño contable. Es la sensación reiterada que dan de que no son capaces de nada y la percepción de que no hay nada en Asturias que no sea decadencia. Debería dolerles ser el epicentro de esa imagen interior y exterior de Asturias. Ya que los dos ex-socios del PSOE intentaron una experiencia pionera en Asturias con la ley electoral, porque incluía una cierta apertura de listas, podían coger carrerilla y proponer otro experimento audaz. Si no son capaces de hacer unos presupuestos y hay que funcionar con prórroga, sencillamente que cierren el parlamento por un año y dejen a los funcionarios que ejecuten de oficio las partidas presupuestarias. Para qué cargar este año con sus tres mil o cuatro mil euros al mes, sus kilometrajes y dietas, sus iPads y todas sus lindezas. Las reposiciones siempre fueron más baratas que las series originales. Si vamos a tener a Asturias conectada a la máquina en funcionamiento vegetativo, al menos ahorrémonos los costes y no sigamos tirando dinero como si hubiera un parlamento gestionando nada. Seamos pioneros.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Tesauros, ruidos y silencios

[Columna del sábado en Asturias24 (www.asturias24.es)]

Una parte de la inteligencia de Google descansa en los tesauros, catálogos de palabras relacionadas por afinidad. Si escribimos “subvenciones para autónomos en Asturias”, Google nos propone páginas donde se habla de fomento del trabajo autónomo, de subvenciones para emprendedores, de ayudas para autónomos y cosas así, a pesar de que no usamos las palabras “ayuda”, “emprendedor” ni “fomento”. Google no usa nuestras palabras, sino una red de palabras afines, un remedo de nuestro humano sentido común, para hacer búsquedas sensatas.
Un problema es que las leyes no tienen tesauros. Las leyes llaman por su nombre a los delitos y a las obligaciones, pero el nombre en cuestión no está enlazado con otros en un tesauro. Hay una legislación que establece cómo y quién puede declarar la guerra a alguien, cuál es trámite y cuál el papel del Gobierno en tal situación. Pero si lo que hacemos en Irak no es una guerra sino una “acción militar”, si el campo de batalla es un “teatro de operaciones” y si los bombardeos son “incursiones aéreas”, la legislación se marea y la justicia hace eses sin entender la situación. Esos tesauros que vinculan palabras y hacen tan sensato a Google no existen para las leyes, y así no hay forma de relacionar ante un tribunal “bombardeo” con “incursión aérea”. Hasta pudo llamar Federico Trillo a la zona ocupada una “tranquila región hortofrutícola” y seguir tan tranquilo redactando sus memorias de la campaña de Perejil.
Otro problema, quizás mayor, es que nuestro ánimo tampoco tiene tesauros. Lo que tuvo Clinton con su famosa becaria fue una relación “inadecuada”. Si la relación hubiera sido sexual, hubiera incurrido en falsedad y hubiera ofendido la moral de muchos de sus electores, henchidos de valores familiares. Si el ánimo tuviera un tesauro tan eficaz como el de Google, en este contexto reaccionaría igual ante las palabras “inadecuada” y “sexual”. Pero no lo tiene. Los republicanos estuvieron bien atentos a eso y sembraron el ancho mundo de expresiones que dejaban desfallecido el derecho internacional y extraviado el ánimo de los americanos, como cuando llamaron “entregas extraordinarias” al envío de presos de guerra a países donde fuera legal la tortura. Nuestro cerebro entiende bien la identidad de las cosas que se dicen con distintos nombres, pero lo que mueve el resorte de la resignación o de la agitación, lo que nos hace conformarnos o rebelarnos, es el ánimo, no las razones. La indignación y la templanza son estados emocionales no ideas.
Y así se llenó la política española de esos llamados eufemismos, esas expresiones que tan abusivamente se usan para lo ilegal y lo injusto aprovechando esta carencia de tesauros que unifiquen en el ánimo todo lo que es idéntico. Cómo olvidar aquella ley para “aflorar activos ocultos” con la que Montoro nos subía nuestros impuestos a todos y amnistiaba los delitos de Bárcenas y otras altezas. Artur Mas, el Príncipe Valiente de Cataluña, puso en marcha el “ticket moderador sanitario”. De esa manera se refería al “copago” de la atención médica, que ya era un eufemismo en sí: ¿por qué se empeña todo el mundo en decir “copago”, con una sílaba de más? No hay copago, hay pago a secas. Los alumnos no copagan sus matrículas, las pagan, aunque no paguen todo lo que cuesta su plaza.
Soraya Sáez de Santamaría, cuando se recuperó de aquel llanto suyo por los desahuciados, se le pasaron los hipos y se sonó los mocos de tanto disgusto por los débiles, explicó que iba a haber “un recargo temporal de solidaridad”, para que nuestro cerebro entendiese que subían los impuestos, pero nuestro ánimo sintiera como que nos gobiernan comunistas utópicos. Y tenemos todos los días en el telediario del régimen las “reformas y ajustes”, que son siempre recortes, y anuncios de “profundización” en esas reformas, que son siempre más madera. Y ahí quedan aquellos pagos en diferido, desaceleraciones transitorias, movilidades exteriores y demás heridas de la inteligencia.
Podríamos decir cosas muy sesudas sobre los eufemismos, pero mejor nos conformamos con lo fundamental. Los eufemismos son ruidos. Son la vuvuzela estridente en la oreja del que intenta decir algo, la mancha de chorizo en los apuntes que los hace ilegibles, el japo que el matón del patio echa en las gafas del empollón para que no vea. A menudo se discute vociferando una sentencia para a continuación proferir abucheos, vítores o gritos de todo tipo que hagan ruido y no dejen espacio sonoro para ninguna réplica. Eso es el eufemismo de la vida pública. Son palabras diseñadas para que no se oigan las palabras que dicen algo, expresiones sin razones ni entrañas que circulan con impunidad porque no hay tesauro que las ancle debidamente en nuestro ánimo.
Cuando Montoro dice que no se quitó la paga a los funcionarios, sino que “se difirió” en el tiempo y cuando la CEOE dice que no se trata de facilitar el despido sino de “moderar los privilegios” de quienes tienen trabajo, son la viva imagen del macarra de recreo pegando capones al escuchimizado con la pandillona detrás gritando uuuuhh para aumentar el escarnio. A ellos les gusta creer que son hábiles fintas dialécticas, pero son sólo alaridos y escupitajos de quinquis.
Y como no hay necedad que no pueda ser más necia, no sólo inventan palabras que sólo hacen ruido. También quieren reducir a ruido las palabras que sí dicen cosas. Rajoy dice ser un fanático del estado del bienestar, y por él y por su causa quita médicos, maestros y justicia gratuita. Jorge Fernández quiere fortalecer el derecho de manifestación y la libertad de expresión y para eso convierte en delito las expresiones feas y las manifestaciones que llenen de gente los sitios. Gallardón enseguida sacará pecho por los derechos de la mujer, por su derecho a procrear y por su protección contra la violencia machista y para todo ello prohibirá el aborto (sí, yo también sentí un cosquilleo en La Fuerza cuando se tropezó en las escaleras). Así quieren sacarles las vísceras a expresiones como estado de bienestar, libertad de expresión o derechos de la mujer hasta dejarlas convertidas en onomatopeyas, casi en eructos. Algo de esto vimos en el funeral de Mandela, pero esa es otra historia.
En lo que llevamos de legislatura el Gobierno y el PP ya mostraron una inclinación a la estridencia de alaridos y eufemismos tan firme como su afán por silenciar por ley a las mayorías y convertir al país, de verdad, en una mayoría silenciosa. Apetece contextualizar en este griterío nuestra espesa afonía política: el amago de muleta de Gabino de Lorenzo, el envite de Javier Fernández a sus antiguos socios, las cuentas con los dedos de UPyD o las perplejidades y tribulaciones de Izquierda Unida. Pero esa es otra historia.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Gallardón protege al concebido


A mí esta ley concebida por Gallardón me pone nostálgico. Me lleva a los ochenta, cuando éramos tan jóvenes y nos hacíamos alguna de las preguntas que se hace ahora Gallardón, aunque desde otra … concepción. En los ochenta nos preguntábamos también qué diferencia veía el PSOE entre la buena o mala formación de un feto si la mujer gestante no quería tenerlo. El PSOE dijo entonces que el aborto no era delito si el embarazo interrumpido se había debido a una violación, si ponía en riesgo la vida de la madre o si había malformación en el feto. Y la pregunta que nos hacíamos entonces era por qué en los demás casos el aborto sí era un delito. No es una pregunta retórica. Si resulta que el embrión era ya un ser humano, su eliminación tiene que ser delito siempre, sin supuestos. Nadie aceptaría que se pudiera matar a un niño hecho y derecho por haber resultado de una violación. Pero si resulta que no se puede determinar si un embrión es, en sentido propio, un ser humano sin remitir a credos en los que las leyes no pueden entrar, entonces no hay ninguna razón para que sea delito que una mujer meta baza en lo que se cuece en su cuerpo y decida abortar. Aquella ley, además, establecía el derecho de objeción de conciencia de los médicos, con sólo decir que objetaban. Es decir, era una ley que establecía el derecho a saltarse esa ley con sólo avisar de que te la ibas a saltar (conste que pensaba lo mismo de la objeción de conciencia con la mili; lo que había que hacer es lo que se hizo: cambiar la ley, no reconocer el derecho a no cumplirla).
Esta ley de Gallardón no nos hace retroceder treinta años, como se anda diciendo en los aledaños socialeros. La ley del PSOE ya nació con musgo, ya era rancia en los ochenta. Los gobiernos de González se distinguieron por su prudencia. Todo paso progresista era arriesgado, había que sopesarlo todo, dividirlo todo por dos. Parecía que González gobernaba con el culo apretado de tanto cuidado que ponía. Y así se plantó en el 96 con esa ley timorata y contradictoria y con varias comunidades autónomas con un cien por cien de ginecólogos objetores. Lo mismo da un referéndum de Ceaucescu que la objeción de conciencia de los médicos de una comunidad autónoma: el cien por cien siempre es indicio de trampa o coacción.
En los ocho años de Zapatero tampoco tuvieron tiempo a hacer una ley del aborto normal y corriente. Que miren y aprendan de Gallardón: en dos años pelados tuvo tiempo de hacer la ley en los ratos libres que le dejaba el desmantelamiento de la asistencia judicial de la población. Bibiana Aído tuvo el notable mérito dialéctico de convertir en polémico lo que ya estaba superado por la población. Su ley era buena, pero su presentación nefasta. Como la ley realmente no la hacía ella, sino sus técnicos, y lo que ella tenía que hacer era presentarla, pues fue uno de esos casos en que uno querría a unos hombres de negro con maletín que pasaran preguntando amenazadores: ¿usted qué es exactamente lo que hace aquí? No hubiera sido tan difícil explicar que a una adolescente de dieciséis años a la que se le reconoce el derecho de elegir sus estudios y a la que se considera mayor de edad penal, nadie, ni sus padres tampoco, la pueden obligar a ser madre, de la misma manera que nadie la puede obligar a abortar arrancándole el feto contra su voluntad. Pero se explicó como si estuviera en una asamblea progre universitaria y sus palabras hicieron retumbar las meninges de la España profunda. Por poner el contrapunto de lo que es hacer bien y mal las cosas, el matrimonio homosexual, el que un hombre hable de su marido, era más perturbador que el aborto. Lo del matrimonio homosexual provocó pruritos y escoceduras íntimas de berrinche en el fundamentalismo católico, pero se hizo tan bien, que el PP no se atreve con ello: pone recursos a ver si alguien dice que es ilegal, porque no se atreven a tomar la decisión política de anularlo. Lo del aborto, que era más fácil, se hizo tan mal, que claro que se atrevieron.

Así que el PSOE, que gobernó veintiún años desde 1982 para acá, alternó la prudencia con la estupidez y no fue capaz de dejar nunca una ley justa que no insulte ni a las mujeres ni al sentido común con una cierta tranquilidad social. Si lo sabrá Rubalcaba que estuvo todo este tiempo ahí. Más que de líder, yo lo mantendría de cronista del socialismo español. Y ahora llega Gallardón a defender al concebido a capa y espada. Para eliminar el supuesto de malformación del feto, se hace rodear de personas con minusvalías varias y clamar por su esencial igualdad, como si fuera eso lo que se discute. Y como si no fuera su gobierno el que precisamente está quitando las ayudas de dependencia a las familias de esos que ahora exhibe y que requieren atenciones especiales que resultan demasiado costosas para mucha gente. Y como si no fuera su gobierno el que está poniendo cuchillas allí donde muchos niños quieren pasar para ejercer su derecho a la vida. Claro que son niños ya nacidos y esos no cuentan. A quien hay que proteger es al concebido. Gallardón es más bobo e insustancial de lo esperado, pero no más facha. Ya se sabía que Wert y él eran quienes tenían la encomienda de sumergir a España en las tinieblas del nacional catolicismo 2.0. Pero que nadie se engañe: de lo que pase a partir de ahora con las mujeres tendrán mucha culpa los veintiún años socialistas.