viernes, 17 de enero de 2014

Cuál es la cuestión. No nos distraigamos

[Columna del sábado en Asturias24 (www.asturias24.es)]
Es importante comprender que la cabeza y el culo no pueden convivir en las mismas condiciones. La cabeza manda, y el culo obedece. La cabeza respira, come, bebe, piensa mucho y se cuida del bienestar del culo. El culo, agradecido, defeca con regularidad, librando así al organismo de los restos de la descomposición. Por mucho que entre oxígeno en el culo, no aprenderá a respirar. Por mucho que se le meta comida, no podrá masticarla. Lo único que harán todos esos bienes es atascarlo e impedirle que cumpla su función, harán que se ponga enfermo, y en poco tiempo también enfermaría el organismo entero. Es decir, si el culo tuviera los mismos derechos, estos le causarían graves daños, a él y al resto de las partes del cuerpo.
Anna Starobinets, El Vivo.
Alguien pide socorro con la voz ahogada desde el interior de un despacho universitario cerrado. Uno de nosotros propone echar la puerta abajo para ayudar a quien parece en apuros. Otro recuerda, sin embargo, la obligación que tenemos de ser respetuosos con el mobiliario y los recursos públicos y que es inadmisible que los profesores anden rompiendo puertas. No se trata de discutir que, efectivamente, deben respetarse los bienes públicos ni de contradecir que lo de ir por ahí rompiendo cosas no es un buen estilo de vida. De lo que se trata es de cuál es la cuestión, de si estamos ante una vida en peligro o ante un problema de vandalismo con el mobiliario universitario. Antes de despeñar el discurso por una catarata de argumentos y razones, tenemos que dar por sentada la cuestión. Y si la cuestión es que hay una vida en peligro, todo lo que se diga sobre la puerta, el respeto al mobiliario y el dinero público será ruido y confusión. Hasta el mero recuerdo de que las puertas se pagan con el dinero de todos será una distracción negligente de la verdadera y urgente cuestión. Claro que el argumento del respeto al mobiliario, por frívolo que sea, tiene un atractivo arrollador. Su conclusión lógica es la pasividad, no hacer nada, y marcharse con la conciencia tranquila porque actuamos según un valor compartido: el cuidado de los bienes públicos.
Mucho se habló del escrache a propósito de los desahucios y de si eran maneras o no de solucionar problemas eso de ir a domicilios particulares a hacer ruido. Cientos de miles de personas se habían visto desalojadas de su hogar y quedaban endeudadas con quien les quitaba su espacio más privado. Había una ley injusta que no hay en otros países. Había muchos años de malas prácticas bancarias detrás de aquel desastre, mucho tiempo de riesgos inmanejables y políticas ciegas. Y había gente desesperada que protestaba como se protesta en la desesperación. La cuestión se centra en lo discutible, en lo que requiere ser resuelto. Y la cuestión, dijeron, era la protesta. El problema, aquello que necesitaba solución, era la incomodidad de los políticos que sí tenían casa pero oían desde ella gritos y proclamas. Siempre se apela a un valor compartido para sentirse amparado por la ética y, por eso, se apeló al derecho a tener vida privada y familiar de aquellos políticos. Como la salvaguarda de la puerta del despacho cerrado, la conclusión lógica son los brazos cruzados. Los desahuciados sufrían, pero esa no era la cuestión, dijeron. La cuestión era el silencio donde la gente duerme.
En un barrio de Burgos, en estos días, estalla una protesta con una determinación colectiva realmente singular. La gente pierde el trabajo, es menos atendida en la enfermedad, tiene los estudios y la formación superior cada vez más inasequible. Por enésima vez el mismo cacique recibe el mismo favor corrupto del ayuntamiento, ahora para gastarse el dinero que no les dan para una escuela infantil en una obra que les quita los únicos aparcamientos disponibles. Pero esa no es la cuestión, dicen los que mandan. Lo que requiere solución, lo que hay que zanjar, son esos contenedores ardiendo y esas piedras lanzadas en choques con la policía. La violencia, dicen, es la cuestión. O los “atentados”. Siempre un valor compartido para distraer y confundir la verdadera cuestión.
Casos tuvimos con la cuestión de la igualdad. En uno de los trámites de una ley que obliga a las mujeres embarazadas que no quieran ser madres a serlo, un grupo de mujeres entró en el Parlamento con los pechos al aire gritando que el aborto es sagrado. La cuestión no son esas mujeres o niñas obligadas a una maternidad no querida. La cuestión, dijeron, es si se puede entrar en el Parlamento con los pechos al aire y si el aborto es sagrado o profano. La maternidad a la fuerza puede esperar, no era la cuestión.
Los intentos por llamar la atención sobre los estereotipos que se refuerzan con los usos lingüísticos tuvieron episodios notables. La Academia en su Nueva gramática básica salió con prontitud al paso de las guías de estilo que menoscaban el uso del masculino genérico y preconizan los famosos dobletes en masculino y femenino, para recordar que el masculino es no marcado. Además, la Academia fue singularmente ágil en señalar en un recuadro destacado, en el epígrafe sobre el género epiceno, la incorrección de la palabra miembra, que había deslizado en feliz ocasión una ministra. Tiene menos prisa en retocar su Diccionario, por ejemplo en la voz cornudo, da, que aún es referida al estado del varón por la infidelidad de su cónyuge; como si no hubiera cuernos fuera del matrimonio y siempre se debieran a la conducta de ella. Tampoco ve urgencia en modificar la entrada huérfano, donde sigue diciendo que es el estado de quien perdió padre o madre, “especialmente el padre”, como recoge Andrés Neuman en su breve y delirante relación (http://goo.gl/F3F2ux). No se trata de si el masculino es o no marcado ni si miembra es una palabra aceptable. Se trata de cuál es la cuestión. Una mitad de la población vive peor que la otra mitad, los usos lingüísticos son parte, grande o pequeña, del problema. Cualquier movimiento que enfrente esta situación se convierte automáticamente en la cuestión, en el asunto que hay que debatir y resolver. Tan es así que Pérez Reverte ve las acciones valientes, casi heroicas, esforzadas y a contracorriente, no en la resistencia a esas desigualdades en sí (tan bien representadas en el Diccionario), sino en la distracción y en la minucia de esos masculinos genéricos y esas miembras. En tales menudencias es donde él opone la integridad a la debilidad de “corderos mansos y esquilables”; en tales naderías llevan “partiéndose la cara” años los colegas que él los evoca como luchadores. Qué bravura. Siguen muriendo mujeres, siguen duplicando el paro de los varones y aguantando prejuicios, pero para lo que hay que tenerlos bien puestos es para decir que el masculino es genérico. Sin duda Reverte repugna como cualquiera la violencia machista y la desigualdad, pero no repara en su eficaz contribución a la confusión y a la distorsión de cuál es la cuestión. Y la cuestión no es lo que se hace para encarar la desigualdad, derrapando o no, sino lo que la mantiene. La única lección de centrar la cuestión en lo que se hace es que no se haga nada.

Todos estos ejemplos, y muchos más que se puedan poner, apuntan en la misma dirección: que unos somos cabeza y otros somos culo y que el culo no puede pretender los mismos derechos que la cabeza, como sintetiza el personaje de Starobinets. Cualquier movimiento de disconformidad o de resistencia del débil es siempre LA cuestión y centra el debate, como si fuera eso el problema necesitado de solución. Siempre hay valores compartidos a los que apelar para dignificar éticamente la confusión y la distracción, para fortalecer siempre la postura de no hacer nada. La idea es que el débil se aguante. Cada vez que aceptamos la discusión de si viene a cuento invadir supermercados, si se va a alguna parte rodeando el Congreso, si al decir alumnos se excluye o no a las mujeres o si hay derecho a vociferar en el domicilio de Soraya, estamos ayudando a consolidar la actitud de no hacer nada y reforzando el discurso de que al que le haya tocado ser culo que no se empeñe en querer respirar o comer. Cuando os pongan imágenes de una farola rota o una cajera asustada porque la empujó un sindicalista, no os pronunciéis, sed como Pujol, decid que hoy no toca eso, que esa no es la cuestión. Y que culo lo serán ellos.

domingo, 12 de enero de 2014

El burro y las primarias del PSOE


En la preadolescencia, cuando el mundo era pequeño y el tiempo infinito, recuerdo haber jugado algunas veces al burro, porque era un juego de cartas donde podíamos jugar más de cuatro. En ese juego, cuando alguien conseguía la jugada ganadora, tenía que gritar “burro” y poner la mano sobre la mesa. Los demás tenían que poner rápidamente su mano sobre la del primero, de manera que se formaba una columna de manos. El último en ponerla, la mano más alta de la columna, perdía. A mí me divertía hacer una trampa sutil. Cuando alguien gritaba “burro” y todos se abalanzaban a poner su mano de manera convulsa y casi brutal, yo a veces simplemente no hacía nada. Todo el mundo fijaba su atención en la última mano, sin reparar en que alguien no la había puesto, y yo sin más me sumaba al coro de burlas al perdedor con total impunidad. No hacer nada, no llamar la atención, era una jugada ganadora.
Y es que leo que hay voces de aquí y de allá en el PSOE que tientan a Javier Fernández para que se presente a las primarias. Hay miradas amables que lo ven como un rival solvente de Rajoy y como un posible Presidente de Gobierno. A mí no me parece ni bien ni mal, pero así están las cosas. Como Presidente de Asturias, parece ido y políticamente afónico. Ni con multinacionales rapaces, que levantan el vuelo con el botín sin darle los buenos días; ni con ministros gandules, que recortan hasta la pista de aterrizaje de Ranón y decretan la exclusión de Asturias de la alta velocidad con indolencia sin dejar de remover el café con la cucharilla; ni con los grupos parlamentarios con los que debería formar mayorías; con nadie parece tener nivel alguno de interlocución. Bajo su liderazgo inexistente Asturias está sin presupuestos y vivirá un año con respiración asistida.
Y debe ser por eso. En el guirigay del PSOE todo el mundo está largando y poniendo las manos en columna y él hace la que parece una jugada ganadora: no hacer nada, mientras los demás se estresan diciendo y replicándose. No en balde una parte de su apoyo tiene la motivación de cerrar el paso a tal o cual otro candidato que anda significándose y poniendo la mano en la columna. Si consigue no hacer nada un poco más de tiempo, será de verdad un candidato a tener en cuenta para enfrentarse a Rajoy. Como digo, así están las cosas.
Tampoco hay que echarse las manos a la cabeza. El peor enemigo de nuestros políticos es la hemeroteca, es decir, la memoria. La mayor parte de los políticos tienen presente y futuro sólo en la medida en que la sociedad sea amnésica, como es el caso de Rajoy; o en la medida en que su pasado esté razonablemente despoblado, como es el caso de Arias Cañete, que siempre fue más bien ruido de fondo. Por eso puede no ser broma el futuro de Javier Fernández, nuestro hábil jugador del burro.

El problema es que muchas veces el pasado y el futuro se nivelan. Un país amnésico, sin pasado, tiende a ser un país sin futuro. Cuando tenemos una avería en la memoria del ordenador, cada poco se colgará y es cuestión de tiempo que deje de funcionar. Un país con pasado cronológico, pero sin memoria, es una máquina averiada que se nos cuelga cada sí y cada no, como estamos viendo, y en riesgo real de colapso. Lo dicho. Para alguien como Javier Fernández todo son señales positivas. Así están las cosas.

viernes, 10 de enero de 2014

Lecciones de historia y otras audacias


[Columna del sábado en Asturias24 (www.asturias24.es)]
En 2013 pasaron tantas cosas que se nos agolpan las palabras en la boca como una pasta pegajosa y apenas consiguen salir sin atropello. Tanto saqueo, tanta impunidad y tanta desvergüenza le dejan a uno la saliva como si después de estar a pleno sol sin beber se comiera un polvorón. Según avanzaba diciembre, parecía que se acababa el año y que al menos dejaríamos de hablar de él, cuando a dos días del final, casi en el tiempo de descuento, Esperanza Aguirre publicó en el ABC  “una lección de historia”. Por su nivel de redacción, como de domingo por la tarde, por su nadería argumental y por su vaciedad y aturdimiento, el texto es inofensivo, casi indefenso. El artículo habla de la Primera Guerra Mundial, aprovechando su próximo aniversario. Los datos que da sobre tal suceso son que hubo un asesinato en Sarajevo y que fue una guerra “tremenda”, que hubo muchos cadáveres, que fue una “escalada insensata” y que allí “dejaron sus vidas millones de jóvenes”. El artículo recuerda a Woody Allen, cuando aplicó un método de lectura rápida a Guerra y paz y todo lo que entendió fue que algo pasaba con unos rusos.
Esperanza Aguirre se pregunta cómo llegaron a eso las naciones más avanzadas del planeta, que además compartían valores y religión. La pobre. Como si antes de la Gran Guerra hubieran hecho otra cosa que guerras esas naciones tan cristianas. Ella no quiere “sentar cátedra”, pero la sienta y vuelca todo su peso intelectual en el porqué de aquella guerra tan tremenda. La causa de la Gran Guerra fue el nacionalismo, que predicaba el odio a los vecinos, y la complicidad de los socialistas y sindicatos obreristas, que por tibieza no estuvieron a la altura de las circunstancias: toda una lección de la que deberíamos aprender hoy (no estoy sintetizando; dice pocas más palabras que estas; una lección). Así ve Esperanza Aguirre los codazos políticos en los que se faja: como un reflejo de los entresijos de la historia de Europa.
Sería un verdadero guateque entrar a debatir la sarta de ñoñerías de magazine y extravagancias de su disertación. Sería una juerga recordar cuántas guerras, odio y persecuciones se sembraron en el nombre del Dios católico y cómo de larga es la tradición bélica de esos países tan civilizados. Si hubiera de sacarse alguna enseñanza, antes nos cuidaríamos de la Iglesia que de los nacionalistas. Pero debatir este texto sería darle un rango que no tiene y además da pereza.
Lo que merece atención, por lo que tiene de descriptivo de nuestro pequeño mundo, es el hecho mismo de que lo haya escrito y de que el ABC lo haya publicado como lección de historia. Es el atrevimiento lo que nos dice algo de lo que está pasando. Ya vimos con sonrojo muestras de tal audacia cuando Aznar se atrevió a dar aquellas delirantes clases monólogo en la universidad de Georgetown (pagadas indirectamente con nuestros dineros, cuando vivíamos por encima de nuestras posibilidades). Cómo olvidar cuando decía, tras asentarse las gafas con gesto lento y profesoral, más o menos que España lleva luchando contra Al Qaeda, o contra los “moros” que es lo mismo, desde el siglo VIII (España no existía todavía, pero supongo que ya se presentía, que su unidad de destino en lo universal ya latía en los astros).
Su mujer, Ana Botella, dijo un día que ella también quería ser política y conocer gente, ir a reuniones y todo eso ¿Cuántos de nosotros aceptaríamos ser alcaldes si nos lo ofrecieran? Seguramente pocos, porque la mayoría pensamos que nos viene un poco ancho el cargo. Pero ella, audaz como su marido y como Esperanza Aguirre, ahí está de alcaldesa y hablando en inglés. Hasta constituyeron una empresa para explotar los derechos de propiedad intelectual. A saber lo que realmente explotan, pero que Aznar y señora se manifiesten públicamente como intelectuales es parte de este atrevimiento cada vez más desvergonzado.
Esperanza Aguirre dándonos lecciones de historia tiene un aire a la amante del mafioso  Nick Valenti, de Balas sobre Broadway, que quería protagonizar con toda su inutilidad una obra teatral financiada por su querido y desparramaba por el escenario su torpeza con el descaro de una señorona que estuviera en su salón privado. Aznar tenía también algo de novia de gánster hablando de la historia de España en Georgetown y haciendo crujir como vidrio molido los oídos y la inteligencia. Para qué hablar de Ana Botella cuando se le antojó una alcaldía.
Este tipo de atrevimiento, y es a lo que venía todo esto, tiene dos nutrientes: la ignorancia y el autoritarismo. La ignorancia, más que la justicia, es ciega, sobre todo al talento. El ignorante no percibe el conocimiento y buen juicio cuando lo tiene delante y así, como no tiene con qué contrastar su cortedad, no tiene el freno que da la prudencia. La epidemia de ignorantes osados, extravertidos y ruidosos que inundó los canales de televisión y los medios va empapando la representación y gestión pública. En un país donde la gente cada vez está más formada (se diga lo que se diga), los cargos públicos y los políticos en general tienen cada vez peor nivel y peor gusto. El terreno está abonado para que Esperanza Aguirre no vea trabas para perorar sobre historia, Aznar pueda hablar de regeneracionismo patrio mordiendo la patilla de las gafas y Ana Botella quiera representarnos en la lengua de Shakespeare.
El autoritarismo, la otra pata del atrevimiento, hace sentir al autoritario que todo lo que administra es su finca particular. Todos nos movemos con especial soltura y espontaneidad en nuestra casa, donde entra y sale quien queremos nosotros y se bebe lo que nosotros ofrezcamos. La amante del gánster puede cantar sin talento y representar sin pudor porque el tinglado es suyo y no cuenta su aptitud, sino su voluntad. Los mandarines del PP dieron estos años atrás muestras sobradas de convencimiento de que su ayuntamiento, su comunidad autónoma, los hospitales que administra o la Caja que les haya tocado son su finca y que podían hacer y deshacer, tomar y dejar, como en su propia casa.
Lo que evidencia Esperanza Aguirre atreviéndose a sacar lecciones de la historia y endilgárnoslas es esa placidez y distensión de quien está en su finca, de quien cree que es el amo del tinglado. Cuanto más autoritarios, más en su casa se sienten y más audacias nos obsequiarán. Si ganasen una segunda legislatura, quizá Cospedal grabe un disco y Gallardón publique unos poemas. Todo estará al alcance de su impudicia. Porque, además, la ignorancia y tosquedad trepa por los palacios como el musgo en las ruinas.

[Invoqué la película de Woody Allen Balas sobre Broadway, y en ella (spoiler) al final el único personaje que realmente entiende de teatro mata a la amante del gánster porque no soporta su mediocridad. Antes de que la nueva ley de seguridad catalogue como una incitación a la violencia esta humilde comparación de Aguirre con el infortunado personaje, aclararé que en esta columna se le desea una larga y próspera vida a Esperanza Aguirre y se hace votos por que busque y encuentre un trabajo de verdad.]

sábado, 4 de enero de 2014

Esa gente tan buena



[Columna del sábado en Asturias24 (www.asturias24.es)]
Seguramente la mayoría de nosotros habremos pasado nuestra vida sin haber hecho una acción heroica ni desarrollado una conducta infame u odiosa. La mayoría no sabemos de nosotros mismos si tenemos madera de héroes o de villanos sencillamente porque los de este lado del planeta y de la historia vivimos en un mundo que no nos pone a prueba. Nos pondría a prueba un mundo en el que los niños se murieran en la calle por violencia o desamparo o en el que nos topáramos cada día con adultos tan desposeídos de todo que pudiéramos abusar y servirnos de ellos sin límite. En un mundo así la gente es admirable o aborrecible por su entrega, pequeñez o violencia en las situaciones extremas propias o ajenas. Es fácil entender que uno prefiera vivir allí donde el mal absoluto no tiene oportunidad de mostrarse. Se entenderá también que, por lo mismo, uno tampoco quiera vivir en un mundo lleno de acciones buenas y excepcionalmente elevadas. Eso es así porque significa que uno vive en un mundo donde la mayoría de los días nos son dados sin tener horrores ante los que reaccionar con grandeza o mezquindad.
En esta legislatura, sin embargo, parece que quieren llenar España de buenas obras. Señalo el marco temporal de la legislatura porque el asunto tiene mucho que ver con la ideología del gobierno y con sus consecuencias sociales. En el altruismo más o menos digno o almibarado que se predica se mezclan conductas diversas: hipócritas, bienintencionadas, frívolas, inocentes o abiertamente malignas. La Rectora de la Universidad de Málaga llevó a su universidad y a la CRUE la idea de activar canales para que quien tenga recursos y quiera pueda apadrinar a estudiantes sin medios para que sigan estudiando. Para evitar palabras molestas, como caridad o compasión, se habló de "mecenazgo", que tiene resonancias nobles de apoyo desinteresado al arte y al conocimiento.
Por injusto que nos parezca que una estudiante no pueda pagar sus estudios, qué mal puede hacer que alguien adinerado tenga la generosidad de pagárselos. Que un programa de televisión consiga que "entre todos" se eche una mano a alguien realmente necesitado no parece malo, nos puede dar una punzada de bondad y, lo mejor de todo, nos entretiene un rato. La epidemia de maratones televisivos de todo tipo para ayudar a distintos tipos de desgracias puede verse como un intento bienintencionado de dar algún amparo en la desdicha. El arzobispo Sanz Montes ya inició la legislatura donando su paga extra de Navidad a "los más necesitados" y después anunció que daría parte de su sueldo a Cáritas para dar ejemplo, dijo. El obispo de Ávila, García Burillo, abundó en esa vía y pidió a todas las personas de buena voluntad que donaran su paga extra a Cáritas. A esta línea de esfuerzos que no solucionan problemas pero que ayudan en alguna medida se apuntó también la alcaldesa de Gijón, Carmen Moriyón, que propuso a los encerrados de Tenneco el consuelo de rezar a la Santina y peregrinar a Covadonga. Por hacerlo no van a empeorar las cosas y quién sabe.
Vivimos en un estado de derecho y en una sociedad con derechos. Me habré cruzado miles de veces con gente más fuerte que yo que podría arrebatarme algo que yo llevara y ellos quisieran. Hice unos estudios universitarios cuyo coste real no podría haber pagado. Tuve un padre muchos años enfermo con atención médica sin que hubiera que preocuparse de gastos. Cualquiera puede contar cosas parecidas a estas. Y cualquiera puede entender que no tengo la sensación de deber nada a nadie en particular ni de haber sido beneficiario de obras buenas o conductas altruistas.
Vivimos y queremos seguir viviendo en una sociedad con derechos. No voy a dar las gracias a cada tiarrón forzudo que se cruce conmigo sin  partirme la cara y llevarse mi cartera porque tengo derecho a que me dejen en paz con mis cosas. No voy a dar las gracias a los médicos que atendieron a mi padre o a los profesores que me dieron clase porque era su obligación, y no su buena obra, hacerlo y mi derecho el que lo hicieran. Estas cosas importantes se reciben sin quedar en inferioridad con nadie (la gratitud debida siempre es un tipo de inferioridad) y sin sentirse convidado en la sociedad, con esa obligación que se siente cuando uno es convidado de ceder toda iniciativa y de aceptar lo que tengan a bien darnos. Esto tiene un nombre abreviado que puede resultarnos cómodo: dignidad.
Tener derechos significa tener la certeza de ser asistidos en las cosas importantes sin pérdida dignidad. La caridad no supone ninguna certeza. Es una bondad difusa que menudeará de manera azarosa entre colectividades haciendo de paliativo superficial de alguna necesidad que seguirá intacta. Por muy desinteresadamente que se practique, siempre daña la dignidad de quien la recibe, aunque quien la lleve a cabo realmente sólo quiera ayudar y, ciertamente, ayude. La Plataforma en Defensa de la Ley de Dependencia de la Comunidad Valenciana declaraba hace poco que no permitirán que se cambien derechos por caridad. En semejante proclama se exigen las dos cosas consustanciales a un derecho que son arrebatadas cuando se pasa a confiar en la caridad: certeza y dignidad.
Algún día cogeré gripe y en algún momento la edad me arrebatará las facultades necesarias para mi trabajo. Quiero, todos queremos, tener la certeza ahora de que podré dejar de trabajar por enfermedad o vejez sin dejar de percibir un salario justo y sin menoscabo de mi dignidad. Es decir quiero que se me reconozca todo esto como derecho y que no se deje al albur de algún generoso con el que tenga que quedar en deuda.
En una sociedad medianamente justa, en la que la paz sea una virtud y no una claudicación, la gente tendrá derechos en lo importante y no veremos acciones altruistas heroicas. La caridad, y su hermana laica la solidaridad, dicen bien de cualquier sociedad. Pero en una sociedad justa afectan sólo al acabado, al pulimento de las asperezas menores. En los asuntos de fuste, como son la alimentación o la sanidad, es decir, la pura supervivencia, la caridad / solidaridad debe realizarse como algunos hablan el catalán y muchos practican el sexo: con pudor y en privado.
Dar publicidad a un acto caritativo puede tener la intención de mostrar un buen ejemplo, pero en realidad es una distracción, un ruido. Cuando alguien dedica su vida a que coman quienes no tienen qué comer, lo que nos atrapa emocionalmente es la generosidad del bienhechor y queda para la razón, en segundo plano, lo intolerable de una situación en que la gente pasa hambre. La emoción manda y en los actos solidarios la emoción es positiva porque reacciona a la conducta altruista y no a las prácticas que crean la injusticia ("directo al corazón", titulaba Cuca Alonso su entrevista con el gestor de la Cocina Económica de Gijón). La estridencia mediática con que se están aireando acciones buenas, ayudas entre todos y similares sólo distraen y confunden. Mientras la sociedad se hace más injusta, los medios afines al Gobierno nos llenan el corazón de emociones nobles sobre los desamparados.
Dije antes que en este altruismo activista hay de todo, bienintencionado y no. Que desde el Gobierno y medios próximos se impulse la caridad es coherente con el orden social al que aspiran. La caridad es el envés de los derechos. Un gobierno que mutila los derechos básicos en sanidad, educación y asistencia judicial entre otros es lógico que abunde en caridad y obras buenas. La Madre Teresa lo había expresado en su día con inigualable claridad: "Pienso que es muy hermoso que los pobres acepten su destino, que lo compartan con la pasión de Cristo. Pienso que el sufrimiento de los pobres es de gran ayuda para el mundo". El arzobispo señor Sanz Montes, que había pedido el voto al PP con singular explicitud y desvergüenza, cuando el Gobierno quitó la paga extra a los funcionarios, el donó la suya mostrando así la medida del Gobierno como una cosa buena.
Por supuesto, debemos darle la bienvenida por su apoyo económico a Cáritas. Quienes venimos poniendo en la declaración de la renta la equis en "otros fines sociales" aportamos a esa entidad mucho más de lo que aporta la Iglesia (el que no lo crea que mire los gráficos de la financiación de Cáritas, que son públicos). De todas formas, que el actual Gobierno y aledaños impulsen la caridad y las obras buenas me recuerda al ejército americano lanzando paquetes de comida sobre los poblados afganos que previamente habían bombardeado y a los devoradores de grasas y tartas que luego echan sacarina en el café. Todo suena a paliativo después del exceso para que no se diga.