sábado, 3 de diciembre de 2016

Trueba, reválidas y pacto por educación

Hace unos días El País publicó un artículo muy divertido en el que se daban consejos para parecer inteligente en una reunión. Uno de ellos era decir seriamente alguna obviedad, del tipo: «tenemos que centrar los esfuerzos en las prioridades». Con la misma táctica, quien quiera parecer inteligente hablando de educación tiene que decir obviedades como que España necesita «un gran pacto por la educación» (y centrar los esfuerzos en las prioridades, supongo). Y todo el mundo quiere parecer inteligente hablando de educación.
Lo único real que hay en los actuales aires de pacto por la educación es lo que tienen de obvio y, por tanto, de vacuo. Es decir, nada. No hay nada en el contexto político y social que haga pensar que estamos ante una verdadera empresa nacional. El propio ministro de educación es seguramente la única persona que nunca quiso parecer inteligente hablando de educación. Llegó al ministerio retirando el cuadro de Unamuno y diciendo que no sabía mucho de educación, pero que sus secretarios eran unos hachas. Es cierto que el Gobierno deja sin efecto las reválidas, que son la espina más superficial de la LOMCE porque es la que primero y de manera más inmediata pincha y daña. Pero sólo es una espina. Y su derogación no es señal de que alguien quiera un gran acuerdo. Es señal de abandono. Wert y Gomendio hicieron un estropicio insuperable, a sus anchas y sin templanzas: en el Parlamento mayoría absoluta y al Gobierno de la educación sólo le importaba recortar gastos y los intereses de la Iglesia. Se fueron a sus canonjías europeas y dejaron una de las leyes más denostadas de la democracia como flotando y sin que nadie quiera ni derogarla ni batirse el cobre por aplicarla. La supresión de las reválidas es más apatía y desinterés por la educación que aires de apertura y ganas de entendimiento.
Aunque no tenga relación con la enseñanza, el boicot a Trueba dice mucho del contexto en el que se pretende ese acuerdo. No importa si el fracaso de su película se debe a que sea mediocre y ni siquiera importa si el boicot fue real. Lo que importa, y eso sí fue real, es el arrebato de ultraje y dolor patrio porque el cineasta dijera no sentir la españolidad en sus venas «ni cinco minutos». El nombre de la nación y sus símbolos no se usan hacia fuera como una forma de afirmación identitaria orgullosa, ni como expresión de unidad interna. Se usan hacia dentro como una forma de exclusión y como un límite de la discusión racional. Se dice alto y fuerte «España» para señalar españoles y excluirlos. Lo expresó de manera insuperable Ronald Reagan en su debate contra el candidato demócrata W. Mondale: «se ha ido usted tan a la izquierda que se ha salido del país». La Constitución, la bandera, la defensa frente al terrorismo o el nombre de España se gritan y se sobreactúan para ahorrarse el razonamiento y atribuirse una legitimidad natural y dogmática. Así se pretende excluir y prohibir porque sí.
Esto viene a propósito porque hay una tendencia a entender que España es el PP, C’s y el PSOE (versión Susana Díaz, mousse de socialismo con la consistencia del papel bajo el agua). Los demás, Unidos Podemos y nacionalismos varios, son «los otros», los salvajes de Juego de Tronos. Todo indica que un acuerdo entre el PSOE deconstruido, PP y C’s sería considerado como «un gran acuerdo nacional». Los disconformes estarían tan fuera del país como Mondale y no sería necesario razonar, sólo protegerse de ellos. Ya en la creación de esa comisión para el Gran Acuerdo se abstuvieron Podemos y los nacionalistas. El gran acuerdo nacional engloba sólo a los españoles propiamente dichos.
Hay decisiones de Estado que tomar sobre la educación y no se ve que lleguen siquiera a ser planteadas en esta versión jíbara de España que se adivina. Recordemos algunas:
·      En esta legislatura se despidió a una media de un profesor por hora. Se subieron tasas y desaparecieron becas. Ningún pacto debe firmarse sin un compromiso de recapitalización de la educación.
·      Debe establecerse con criterio la relación entre la enseñanza y el sistema productivo. De los estudios de los bancos y de la estupidez sólo se deduce que la enseñanza debe formar especialistas de usar y tirar, a golpe de demanda empresarial. El papel de la enseñanza media, sin embargo, es dotar a los sujetos de capacidades de adaptación a situaciones complejas y a niveles superiores de formación. En la enseñanza media no puede tener un papel central la economía (ni el derecho civil o los rudimentos de cirugía). Y sí la filosofía.
·      El sistema debe evitar segregaciones tempranas. La segregación por rendimiento académico es injusta socialmente, porque relega a los alumnos con peor apoyo familiar, los de clase baja, e injusta individualmente, porque niega oportunidades a quien pierde el ritmo; es ineficiente, porque el país saca más competencia de toda su población que sólo de una parte; y es dañina, porque desagrega socialmente a la población y crea guetos.
·      La presencia de la Iglesia en la educación tiene que ser la que resulte congruente con la Constitución y las prioridades de un pacto realmente nacional. La concertación de centros está produciendo esa segregación que el sistema debe evitar. Está además introduciendo desregulación en el sistema, es decir, situaciones de hecho que se apartan de las previsiones del derecho. Que además se legalice la cesión gratuita de suelo público para levantar centros privados concertados es sencillamente un escándalo y suelo fértil para nuevas corruptelas. Todo esto se discutiría con calma si no fuera la Iglesia la dueña de esa enseñanza concertada y el PP no tuviera un interés ideológico espurio en asegurar su influencia. Ningún pacto educativo puede estar lastrado por obligaciones previas con la Iglesia. Expresiones como «rémora laicista» o «laicismo radical» son vacías y de intención antidemocrática. El laicismo no es una ideología, sino una de las condiciones para que una sociedad sea democrática.
·      La «competencia» entre centros también llevará a una mayor segregación, porque supone concentrar recursos en unos centros y castigar a otros. Todo lo que sea competir les suena a eficiencia a los bobos neoliberales y a los bobos a secas. En Finlandia los centros forman redes cooperativas y en EEUU hay universidades que forman redes de ese tipo con excelentes resultados.
·      La estructura de la enseñanza tiene que encajar en una estructura del Estado estable, cualquier que esta sea. Siempre es una mala señal que los partidos nacionalistas no formen parte del pacto.

Los aires de pacto huelen mal. No eran sólo las reválidas. No hay nada que indique que va a haber un esfuerzo económico que repare el desastre del PP, ni hay un cuerpo de reflexión sobre el papel de la enseñanza y sus objetivos La jerarquía que se da a los intereses de la Iglesia es tal, que es el mayor obstáculo para llegar a un acuerdo nacional. La presencia del PSOE no nivela la balanza para prever un resultado equilibrado, pero no porque sus ideas no sean válidas. El problema del PSOE no son sus ideas, sino el bajísimo compromiso que tiene con ellas y su poca disposición a entrar en conflicto por ellas. Un mal entendido pragmatismo le lleva a considerar radical todo lo que haga ruido, y siempre hay más ruido rozando con la Iglesia que con la izquierda. Por eso, el PSOE roza más con su izquierda. Y por eso, ese pacto de España Minor estaría abocado a ser sustituido por otro. Sin la izquierda y los nacionalistas España está incompleta y ningún pacto por la educación será un gran pacto por la educación.

sábado, 26 de noviembre de 2016

El minuto de Rita Barberá

Una cámara de fotos apenas necesita tener abierto el objetivo una fracción de segundo para retratar lo que tiene delante. Nuestro parlamento es sólo un poco más lento. Con un minuto por Rita Barberá retrató bastante bien el país y su circunstancia. Ni la cámara de fotos ni el parlamento nos muestran nada que no estamos viendo. Sólo lo condensan y lo dejan más franco para el recuerdo. La muerte es una circunstancia ordinaria pero de gravedad singular y suscita conductas muy distintas. Hay gente que se ensaña, como Quevedo («La mayor puta de las dos Castillas / yace en este sepulcro …»); o nuestro arzobispo llariego Sanz Montes, cuyo extremismo ideológico le hizo reducir en 2012 los complejísimos 97 años de vida de Santiago Carrillo a la sentencia de una «vida inmisericorde» (no sé si Soraya llamaría a esto firmeza, dureza o crueldad). Otra gente es discreta, como la Mesa del Congreso que en su día decidió no hacer ningún recuerdo especial a Labordeta. Y otra gente busca un minuto de gloria sobreactuando su dolor por el finado, como los deudos de aquella inolvidable «Conducta en los velorios» de Cortázar, y toda esta patrulla del PP que se está dejando ver estos días.
La muerte de Rita Barberá es uno de esos episodios en que la razón, la emoción y la comunicación forman un triángulo mal avenido. En ese triángulo se convocó el minuto de silencio y en ese triángulo Unidos Podemos tuvo la llamativa respuesta de ausentarse. Tomemos esta conducta de Unidos Podemos como punto de arranque de la reflexión. La reflexión ha de tener tres partes: lo que se puede decir de esa conducta desde la razón, lo que se puede decir desde la emoción y lo que se puede decir desde la eficacia de la comunicación pública, que es una de las tareas básicas de los políticos.
La razón y la coherencia, frías y desprovistas de emociones y de táctica comunicativa, están del lado de Unidos Podemos. Se mire como se mire, un minuto de silencio en el Congreso fue un polémico gesto de reconocimiento hacia la polémica fallecida que no se había hecho con otros, como se recordó en el caso de Labordeta. El gesto encaja mal con lo que representa UP y en realidad con los mínimos de decencia de cualquier partido. Estaba imputada por graves delitos contra ese dinero de todos que falta para lo más básico. No había acusación sin pruebas, como dice nada menos que el Ministro de Justicia, sino una imputación, algo que sólo puede hacer un juez valorando pruebas. Además de los delitos que se le imputan a ella personalmente, los desmanes del PP de Valencia son de tal calibre que un juez describió al partido como una organización criminal y la responsabilidad de Rita en tales desastres es directa e innegable. Y la propia ex–alcaldesa protagonizó episodios de singular impiedad hacia los que murieron en aquel accidente de metro de 2006. Aquellos muertos, además de inocentes, eran inoportunos y molestos para una gestión megalómana de fastos, mordidas, desmesuras y ambición enloquecida. Cómo se reía la fallecida en aquel famoso vídeo de quienes se manifestaban pidiendo justicia para aquellos muertos, con qué suficiencia les decía que ella seguía allí y les hacía la seña de tururú. Jodidos muertos. Con sólo la razón a cargo de la conducta, los diputados de Unidos Podemos no pintaban nada en un minuto de silencio en el lugar más sagrado del país en memoria y reconocimiento de semejante personaje.
Otra cosa es la emoción. Rita Barberá se murió y ese es un suceso de tal severidad que empequeñece a cualquier otro. La muerte es un trance muy dado al ritual y a la formalidad simbólica, a la conducta estereotipada y previsible en señal de respeto por la gravedad del momento. La emoción es un mecanismo evolutivamente más antiguo que la razón. Provoca conductas rápidas y en principio adaptadas a situaciones desencadenantes para las que la razón sería lenta. Dicho con cierta tosquedad, la emoción aparece para anular la razón y hacerse cargo de la conducta. Al morir alguien cabe pensar en personas próximas que estarán momentáneamente en un estado indefenso donde la razón no ayuda, porque están en un estado emocional marcado y negativo, con dolor, angustia, desesperanza, y en general sensaciones que suelen merecer solidaridad o compostura. Lo que hizo Ana Pastor fue convocar el enfrentamiento directo de la ola emocional con la racional. Si la reacción de Unidos Podemos fue claramente racional, desde el punto de vista emocional fue fría y, para muchas sensibilidades, estridente. Unidos Podemos podía elegir entre ofender el buen juicio de una parte del país y arriesgarse a rallar buenos sentimientos de otra parte del país. La convocatoria del minuto de silencio fue innecesaria y desafortunada. Sólo vuelve a hacer espinosa nuestra convivencia, como le gusta a ciertos politicastros.
Y finalmente está la cuestión de la comunicación. Una cosa es la racionalidad de una conducta pública o su calor o frialdad humanos y otra es lo que se transmite con ella. Como dije, la emoción es un estado en el que la razón interviene poco. Las reglas dicen que en tal estado la comunicación sólo puede consistir en mensajes previsibles y casi rituales. Si hay algo elaborado que decir, es el perfecto momento para callarse y esperar. Decir algo mínimamente racional en un estado así es como pretender decir algo templado justo cuando todo el mundo está gritando en un concierto de rock. Por supuesto, tales estados emocionales son los cinco minutos de gloria para los irracionales. Es el mejor momento para que los predicadores de la barbarie llamen hienas a quienes tratan el delito con la firmeza que reclama la ley (¿cómo se trata el delito en las sociedades civilizadas, Soraya? ¿Con firmeza, dureza o crueldad?) o quienes denuncian los hechos o simplemente los relatan en su repugnancia. Es el momento para decir que los informadores la mataron de estrés. Las reglas de la comunicación pública aconsejan lo más difícil de conseguir en una buena comunicación: callarse y hablar sólo a su debido tiempo. Sólo se necesitan unos días de reposo para decir que la muerte de Rita retrató al PP como es: no puede quitarse de él la corrupción como no puede quitarse de la Catedral de Burgos la piedra; que no se sabe si su infarto fue mala suerte, estrés, obesidad o tristeza por el abandono de los suyos; que decir que la apestaron para protegerla es patético; que en cualquier sociedad hay crimen y robo, pero en las sociedades civilizadas los delincuentes viven estresados, no andan en yates y entrando y saliendo a sus anchas del Ministerio del Interior como Rodrigo Rato; que el estrés del corrupto es señal de civilización.

El problema, como digo, consiste en que si decimos las cosas, con palabras o con gestos como el de ausentarse en un minuto de silencio, en medio del griterío o en el desorden de un momento emocional, nuestro mensaje se extravía y hasta podemos parecer fríos. El momento del griterío y de la irracionalidad es el momento de los bocazas y de los irracionales. Hay que saber callar para comunicarse bien. De este episodio sólo debemos retener tres cosas. Una es que fue Ana Pastor convocando un minuto de silencio por uno de los suyos quien provocó una situación para acentuar nuestros desencuentros. Otra es que ese minuto con el objetivo abierto fotografió y reveló cómo es de constitutiva y estructural la corrupción y el delito en el tejido del PP. Y la otra es que si Unidos Podemos cometió algún error fue de comunicación, pero no cometió ninguna falta contra la razón y la ética. Estaría bueno.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Populismo y propaganda

Seguramente la consecuencia más aburrida de la aparición de Podemos fue la cantidad de lecciones de historia no solicitadas que tuvimos que padecer. Los críticos podrían haberse conformado con decir que sus propuestas eran necias o sus líderes vacíos. Pero no les bastaba y quisieron ilustrarnos con perspectiva histórica hablando de Hitler, el fascismo, Perón y Corea del Norte, y combinando pretenciosidad y simpleza en una pasta realmente soporífera. Era inevitable que la victoria de Trump llegara con otra morralla de vaciedades sobre historia contemporánea y que el establishment nos explicara por qué necesitamos tanto al establishment y qué peligroso es el populismo. A pesar de la sarta de artículos (con alguna honrosa excepción) que intentan aclararnos qué es eso del populismo, es evidente que la palabra circula vacía de contenido y con pura intención de propaganda, en lo que la propaganda se parece a la charlatanería de feria y ruido de tómbola. Porque a eso suena la memez de asociar a Trump con Podemos. Precisamente cuando más falta hace la serenidad y el análisis más levantan la voz los que menos tienen que decir.
Y hace falta claridad porque el momento es complicado en el mundo y en España. Algunos llevan tanto tiempo haciendo de EEUU un catecismo que no dejan de decirnos que el sistema americano, de tan sólido, es inmune a cualquier forma de totalitarismo, que es cosa de europeos poco viajados tanta alarma, que el santuario de la democracia y sus habitantes siguen firmes en sus valores, que Trump no es para tanto. A lo mejor son ellos los que tendrían que viajar más a menudo. Hillary Clinton dice que pensó en no salir más de casa. Los americanos están tensos e incrédulos. Las autoridades de algunas universidades mandaron correos a los profesores pidiéndoles calma y respeto y pusieron a su disposición «consejeros», ayuda psicológica para adaptarse a situaciones adversas y súbitas. Hay colegios que mandaron correos a los padres diciéndoles cómo tienen que explicar a los niños lo que ocurre, porque los pequeños perciben que está pasando algo grave y empiezan a decirse chismes sobre si los compañeros de tal o cual etnia podrán seguir estudiando con ellos. No importa lo que tenga esto de exagerado o de «americano». El país no está en calma. Las grandes empresas tecnológicas ya cancelaron pedidos de peso por precaución. Sí está ocurriendo algo confuso en EEUU y los americanos no ven tan clara la fortaleza de su sistema. En España el Gobierno mintió sobre la recuperación, porque vendrán más recortes, la deuda crece y el paro sólo se contiene con subempleos. Diga lo que diga el Rey, ni la economía ni la corrupción están bajo control. Por eso sobran los gritos de tómbola.
El discurso público se está llenando de esa palabra, «populismo», para hacer un racimo con Trump, Le Pen, Podemos y todo lo que convenga, por lo que quizá no esté de más recordar aclarar algunas cosas. Cuando populismo significa algo, se refiere básicamente a dos cosas que suelen ir juntas: a la entrada en política de gente y maneras que normalmente están fuera de la política; y a establecer para los problemas diagnósticos y soluciones simples que encajan bien con el estado emocional de la población. El populismo tiene éxito cuando la población está frustrada, asustada, enfadada o en algún estado emocional negativo y marcado. El populismo no es algo que esté en tal o cual partido, es un aspecto del estilo de determinados líderes o partidos que se mezcla en distintas dosis con otros aspectos de estilo. Algo de populismo hubo en el nacimiento del Foro en Asturias. Cascos, aunque era un veterano de la política, vino como desde fuera, como harto de donde había estado, y apeló a gentes de fuera de la política con recetas simples: con honestidad, trabajo y firmeza Asturias sería Finlandia enseguida. Pero no estaría bien descrito el Foro diciendo que fue una fuerza populista. El Foro fue sobre todo un partido conservador y asturianista y secundariamente tenía sabor populista. Esperanza Aguirre siempre fue populista, siempre dio mensaje simples, tipo Tea Party, y siempre como si viniera de fuera, como si fuera rebelde en el PP y recién llegada en la política y a punto de marchar con un portazo.
Debemos recordar que, así como la simpleza es un atributo de la necedad, la simplicidad es un atributo del buen juicio. La simpleza no soluciona los problemas porque nos convence de que las soluciones han de ser simples. La simplicidad, sin embargo, es condición necesaria para solucionar los problemas porque es lo que se necesita para dar los primeros pasos y que esos primeros pasos vayan bien encaminados. El primer movimiento para desenredar una madeja de cables ha de ser necesariamente un movimiento sencillo. El primer paso para resolver una ecuación complicada es resolver alguna variable fácil. Para avanzar con el cubo de Rubik se empieza con alineamientos fáciles de ver. De hecho, el mantener complicadas las cosas es la mejor forma de no hacer nunca nada. Cuando decimos que algo es muy complicado, es que no tenemos la menor intención de abordarlo. Decir, por ejemplo, que los políticos forman una casta oligárquica y que hay que echarlos es una simpleza populista si pretendemos que en eso consiste el cambio y la solución de los problemas. Pero no lo es si decimos que la eliminación de las prácticas oligárquicas es el punto de arranque para el cambio y la solución de los problemas. La corrupción no puede dejar de ser estructural si los organismos que se encargan de controlar las cuentas están en manos de militantes a las órdenes de los partidos, que son las entidades propensas a la corrupción si no tienen control; la Fiscalía General del Estado no puede ser independiente si el Gobierno puede destituir al Fiscal con la misma facilidad con que lo nombra; es lógico que las Cajas de Ahorro oscilaran entre la incompetencia y el clientelismo si los órganos de dirección eran juguetes de los partidos, que no son organizaciones pensadas para la gestión bancaria; y es esperable que los diputados sean marionetas si las listas no son abiertas para que den la cara ante sus electores, y no ante el aparto de su partido. Eso son las prácticas oligárquicas y la regeneración que las eliminaría no es la solución única a ningún problema, pero sí el primer paso y todas las soluciones empiezan en ese primer paso que es mejorar las herramientas de gestión y gobierno. Esto es sencillo, pero no una simpleza populista. Es la simplicidad necesaria para saber por dónde empezar a desenredar la madeja y no quedarnos en jarras diciendo que todo es muy complicado.

Lo que es una simpleza populista es decir que, como todo populismo critica al poder, aquel que critique a las élites políticas es populista y se parece a Trump. Lo que es una simpleza de necio es la clasificación simplona que hace Rivera entre políticas «abiertas» y «cerradas», como si no hubiera más posibilidades que elegir entre el liberalismo salvaje que pone los intereses de las empresas por encima de las leyes de los estados y el ensimismamiento nacionalista predicado por Trump, o incluso la cerrazón autárquica de Corea del Norte. O es un ignorante que realmente es incapaz de ver que para tener mercados abiertos no hace falta que venga el señor de Eurovegas imponiendo que en sus recintos no rige la constitución, o es un demagogo mentiroso que no duda en mezclar churras con merinas si se trata de agraviar a Podemos o poner a Rajoy en el gobierno. Simpleza populista es el ideario proclamado por Esperanza Aguirre: patria, cristianismo y toros. Y sin duda en el discurso de Podemos hay disueltos muchos materiales populistas y simplones: Xixón Sí Puede, por ejemplo, sigue diciendo que hizo lo que quiso «la gente» y que habían hecho historia. No es el populismo lo que trae Trump ni lo que amenaza a España o Europa. Eso es sólo el sabor de sus maneras. Es el racismo, la xenofobia, el machismo, la mentira, la desigualdad y la corrupción ostentosa. Y toda esa morralla no entra porque haya populistas. Entra porque hay corruptos y castas oligárquicas.