domingo, 12 de enero de 2020

Gobierno superviviente con oposición sin futuro

Monstserrat Bassa dijo que le importaba un comino la gobernabilidad de España. Si empezara a contar uno, tres, cinco, siete, habría quien diría que empecé la serie de números impares y quien diría que empecé la de los números primos. Los datos fragmentarios sirven para construir el relato que uno quiera. Así que la derecha y la izquierda confirmaron su relato con la llamativa frase de Bassa. La derecha, convencida de que los españoles dimos un golpe de estado en las elecciones de noviembre, encuentra en la frase la confirmación de que nos gobiernan quienes les importa un comino España. La izquierda, tan perdedora que no nota cuándo gana, confirma con esa frase su sensación temerosa de que el gobierno es un náufrago agarrado a una madera a merced de la tempestad. Lo cierto es que lo único especial de esa frase es que se haya pronunciado. No hicieron nada por la gobernabilidad ni C’s ni el PP en este ciclo maravilloso. No importó la gobernabilidad a PSOE y Podemos cada vez que uno o los dos rompían la única alianza viable calculando cuánto le ganaban al otro, y además calculando mal. No llevamos cuatro años dando tumbos porque la ley electoral sea defectuosa ni porque el Parlamento fuera inmanejable. Sencillamente a todo el mundo le importó un comino la gobernabilidad. ¿Y no fue el señor Montoro, el ministro de los dineros del PP, el que dijo que dejaran hundirse a España, que ya la levantarían ellos?
Sí, la legislatura se presenta complicada, pero sobre todo para la oposición. A pesar de la melancolía izquierdista, siempre dispuesta a decepcionarse cuanto antes de los suyos para sentirse coherente e íntegra, la legislatura es complicada para la oposición. El PP parece una casa con dos puertas malas de guardar. Si va hacia la moderación, le ocupa Vox la retaguardia, y si va hacia la radicalización, el PSOE inunda todo el territorio del sentido común, ese campo en el que no están las izquierdas, ni los independentistas, ni los gritones fachas. Hubo aberraciones institucionales, como decir que es ilegítimo el Presidente elegido por el Parlamento, a su vez elegido por los ciudadanos. Y no es un error de lectura constitucional. Menudean columnas clamando por que el ejército cumpla «su misión constitucional», Tertsch invoca a las Fuerzas Armadas, Vox se deja ver con Tejero y pide que «los poderes del Estado» impidan la investidura de Sánchez y el arzobispo Sanz Montes pide a la Santina que salve a España (Santina, ¿ahora se llama así?). Y en el Parlamento Casado dice que el Presidente electo es ilegítimo. Cada uno es libre de pensar si uno, tres, cinco inicia la serie de los impares o de los primos y cada no uno puede ver en todo esto una serie coherente o una acumulación fortuita de casualidades. Por cierto, la locuacidad de los veteranos y barones del PSOE hace muy sonoro su silencio al respecto.
Casado no solo se mimetiza con la ultraderecha en mensajes de este calibre. También en la mentira permanente. El PP no puede prometer abiertamente eliminar las jubilaciones, entregar la enseñanza a la Iglesia, hacer pagar la asistencia médica y disparar la desigualdad. Es lógico que mienta y distraiga. Todos lo hacen, pero más lo debe hacer quien pretende lo que perjudica a la mayoría. Pero la mentira de los alborotadores ultras se distingue por intentar dibujar siempre falsas emergencias, por negar toda convicción acumulada como si en todo hubiera que empezar por el principio y por una densidad de embustes tal que el ruido haga inaudibles las verdades, que serían parte de una maraña confusa. Casado miente siempre. Suelta en retahíla cifras inventadas de paro, números ficticios de votantes a favor y en contra de Sánchez o fábulas de conspiraciones con bandas terroristas inexistentes.
El PP también le disputó a Vox el espacio de la brutalidad formal. Las maneras de las derechas desaconsejan emitir las sesiones parlamentarias en horario infantil. Acabarán creyendo los niños que el que va para político es el macarra del recreo y no el empollón educado. Hubo gritos, insultos y zafiedad. El extremismo y la moderación no se distinguen solo en cómo son las ideas de concordantes o disruptivas con la situación, sino también en el punto en el que se desfigura al contrario y se respeta al público. Todo fue una farsa. Somos una especie empática, tendemos a mimetizar el estado emocional de los demás. Tiene su lógica evolutiva, porque eso acentúa la cohesión grupal y permite que la experiencia de uno afecte a la conducta del conjunto. Pero eso mismo hace que los grupos humanos se puedan convertir en turbas. Por eso fue una farsa. Los ultras necesitan ganado en desorden alejado del razonamiento. Gritan ira y alarma para contagiar ese estado emocional y tener a la gente crispada y en alerta por emergencias inexistentes. La prensa conservadora hizo su lamentable papel de caverna y se aplicó a amplificar esa estrategia. No es lamentable ni caverna por conservadora; lo es por falta de independencia y profesionalidad elemental. Los modales de las derechas fueron los mismos.
El panorama no es fácil para el PP. Empezará a gobernar el Gobierno y cuando empiecen a tomar medidas no valdrá repetir vivas al Rey ni reiterar gracietas sobre el currículum de Adriana Lastra. Vox es una compañía difícil. Enseguida saldrán por las calles en algaradas descerebradas en las que será difícil seguirles. Su actitud ante la violencia machista es solo el principio. Su ideología contiene una especie de derecho natural de los ricos sobre los pobres, los hombres sobre las mujeres y unas razas sobre otras razas. Son clasistas, machistas y racistas y es difícil no parecer una derechita cobarde a su lado. Acercándose a Vox corren más riesgo de confundirse en ellos que de asimilarlos. La vía moderada es también complicada como oposición. Tendrían que empezar por cambiar de líderes, porque Casado retiene la moderación en sus gestos con la misma dificultad con que se puede retener un trozo de flan en la boca. Se desliza enseguida a la mentira y el disparate. Y es complicada porque los independentistas pondrán difícil que haya una oposición circunspecta.
El Gobierno sin duda lo tiene complicado también, pero menos. Solo tiene que hacer una cosa: aguantar. Ojalá lo hagan gobernando bien y con una justicia olvidada hace tiempo. Pero sobre todo tienen que aguantar. La oposición no va a resistir mucho tiempo antes de hacerse pedazos. Solo tienen que mantenerse. Aguantar es ya un acto de servicio, porque urge que esta oposición de vivas a España en el Parlamento, de sotanas y espadones militares se consuma cuanto antes. Lo principal está en manos del Gobierno: consiste en no quebrar la unidad de izquierdas alcanzada. Los primeros pasos fueron titubeantes y el nivel político y de miras mostrados antes fueron muy bajos, pero quizá la responsabilidad de gobernar les dé el hervor que parecen necesitar. Rajoy hizo un enorme daño a las instituciones politizando la justicia hasta límites insoportables y el Gobierno tendrá que vérselas continuamente con el pesebre de jueces y tribunos palmeros que dejó. Ya les pasó con la actuación extemporánea de la JEC y les seguirá pasando. La cuestión catalana no tiene arreglo próximo. Se requiere altura moral sostenida, aguantando los vaivenes alucinados que soplan en distintas direcciones. Se requiere porque se necesita crédito político y moral ante la población. Hay una actitud que debería ser obvia pero que no se dio en las distintas sacudidas económicas y políticas de estos últimos años: dirigirse y actuar para los representados, no para los representantes. Se puede hablar en serio con Junqueras o con Tardà, mientras que Torra es un racista de deshecho. Pero lo que importa es ver a su través a los representados y buscar crédito y su entendimiento, por encima de lo que merezcan los actores de primera plana. Nada mejorará en Cataluña de golpe.
De momento, los que piden al ejército que cumpla su papel constitucional y el señor Sanz Montes, que pide a la Santina que salve a España, pueden estar tranquilos. El ejército ya está cumpliendo su papel constitucional y la Santina ya nos salvó por dos votos.

Año y Gobierno nuevo, como todos

Es una paradoja que la repetición de las cosas sea lo que nos da impulso de cambio y renovación. Se suele bromear con que enero es un mes de propósitos, de dejar de fumar, de aprender inglés o de adelgazar. A pequeña escala nos ocurre siempre. Cuando nos distraemos oyendo una conferencia, cada cambio de apartado del conferenciante es un pequeño año nuevo con el que hacemos propósito de poner atención en lo que falta. Nuestro ánimo agradece los segmentos repetidos para tener la sensación de poder corregir el rumbo y renovarse. Los años son segmentos muy notables y este año viene subrayado por un cambio de gobierno que suena de verdad a un cambio de gobierno, al menos en lo único que pudo hacer un gobierno no constituido: en la retórica. Y suena a cambio por la reacción de la reacción, arrebatada y atrabiliaria como si efectivamente temieran cambios.
La música del acuerdo entre PSOE y Podemos es familiar. Quieren subir los impuestos a los ricos, que la competitividad de las empresas no se base en la rapacería, que los trabajadores recuperen derechos y que se suba el salario mínimo. Pretenden que los católicos no tengan el derecho de imponer a los demás una asignatura parásita de castigo mientras ellos hacen su catequesis en las aulas. Parecen entender que la contaminación sí mata y que desde luego las decenas de mujeres asesinadas cada año sí están, efectivamente, muertas. Quieren quitar los plazos judiciales inventados por Rajoy para que no hubiera tiempo de investigar los delitos de corrupción. Y más cosas de ese tipo. Es una música que nos suena, pero no de Venezuela ni de la guerra civil. Nos suena de Europa y de tiempos en los que se había aceptado que, para que los ricos fueran ricos y vivieran en paz, el aire debía ser respirable para todos, la salud fuera universal, la igualdad de oportunidades un derecho y la vejez con salario digno un hecho cierto. A lo que se dice en el acuerdo de PSOE y UP no se le llamó nunca revolución bolivariana ni revolución a secas, sino estado de bienestar. No es un experimento ni una audacia. Es algo bien conocido y hasta trillado.
Siguiendo con cosas trilladas, oímos estos días los truenos habituales de la derecha, los de siempre, los que resuenan en la historia de España y se mantienen por encima de repúblicas, dictaduras y monarquías. La patria está en peligro, los gobernantes elegidos son traidores, que alguien haga algo. Empecemos por el punto más crítico y más manipulado, el acuerdo con Esquerra y la cuestión catalana. El escrito que sustancia ese acuerdo expresa dos hechos que deberían sentirse como obviedades. El primero es que en el acuerdo no hay una negación taxativa de los propósitos de ninguna de las dos partes. Sánchez quería el apoyo de Esquerra y Esquerra quería dárselo; y ninguno de los dos quería que el acuerdo consistiera en renunciar a su postura en Cataluña. Que el escrito no estipule la imposibilidad de lo que pretende ninguna de las dos partes no indica que cada parte haya cedido ante la otra. Ni Sánchez concedió a Esquerra el referéndum de independencia y Esquerra concedió a Sánchez la renuncia a ese referéndum. El acuerdo contiene tres expresiones que deben ser bienvenidas, porque rectifican actuaciones infelices: política, democracia y ley. Fue una desdicha que Rajoy redujera el problema a actuaciones judiciales y no se hiciera política, en el sentido noble de esa palabra. Fue un infortunio la nula sensibilidad democrática que abrió en canal la convivencia en Cataluña y en España con respecto a Cataluña. Y fueron reaccionarias todas las expresiones y prácticas según las cuales la ley no era imperativa, porque entes inaprensibles como «la gente» o «el pueblo» o abstractos como el «mandato popular» estaban por encima de ella. El acuerdo dice que hay que un conflicto que requiere política. Y aunque el señor Revilla diga echar de menos a la Constitución, el documento dice textualmente que la comisión «actuará sin más límites que el respeto a los instrumentos y a los principios que rigen el ordenamiento jurídico democrático». Yo ahí leo que se exige respeto al ordenamiento jurídico.
El segundo hecho que deberíamos tomar como una obviedad es que en Cataluña hay un conflicto serio de identidad nacional. Que uno sea ateo no debe incapacitarle para reconocer un conflicto religioso. Que uno, como quien escribe estas líneas, desconfíe abiertamente de discursos que enfaticen patrias y se sienta ajeno a vivas, viscas y goras seguidos del nombre solemne de la nación no le debe incapacitar para ver un problema territorial cuando lo hay. El escrito solo recoge la obviedad de que en Cataluña lo hay.
Lo que está diciendo y dirá la derecha sobre el nuevo gobierno y la unidad de España hay que contextualizarlo con lo que siempre dijo. Recuerdo las viñetas que publicaba la prensa conservadora en los ochenta. Un encapuchado arrastraba a un guardia civil muerto que iba dejando un reguero de sangre. Un político le decía: pase que usted mate, pero al menos no chulee. El encapuchado decía: vale. Eso era lo que pasaba, según ellos, con Felipe González: que a ETA se la dejaba matar y chulear. Zapatero humillaba a las víctimas y entregaba Navarra a los terroristas. El 11 M fue una conspiración de mandos policiales nombrados por el PSOE con ETA. Todo esto dijo la derecha cada vez que no gobernaba. Por qué iban a parecer ahora demócratas. El tema vasco y catalán es trascendente y los acuerdos de Sánchez con los nacionalistas son delicados. Pero habrían de serlo igual si no necesitase su apoyo para gobernar. Ignorar el problema no lo reduce en ningún supuesto.
La Iglesia brama como si los cristianos fueran echados a los leones porque quienes no quieran estudiar Religión en la escuela puedan sencillamente no hacerlo. Con lo que nos cuestan los privilegios de la Iglesia. Dicen que ahorran dinero al Estado, pero no hacen públicas sus cuentas. La manta de enchufados, paniaguados y parientes del Tribunal de Cuentas se niegan a fiscalizar sus cuentas. Mucho nos deben estar costando. La patronal y los poderes económicos rugen catástrofes por subir el salario mínimo y por poner impuestos a los ricos. Con la de colesterol malo que padece nuestra economía. Por recordar algo, en 2015 Rajoy puso un impuesto a las energías renovables que escandalizó a Europa. Y a la vez Aznar y Salgado capitanean una legión de decenas de altos cargos y politicastros que embozaron las arterias de nuestro suministro eléctrico, algunos tan pintorescos como Hernández Mancha e Isabel Tocino. Tenemos el aparato económico infiltrado de personajillos. Y los poderes económicos rugen por el salario mínimo, porque no se desmanden los alquileres y por los impuestos de los ricos.
Todas las derechas, políticas, económicas y eclesiales, están en las trincheras ultras. «Twitter es lugar para el furor, no para el debate», decía hace poco Chappatte, el dibujante por cuya viñeta el New York Times se autocensuró y dejó de publicar viñetas políticas. La mayor estridencia creará la mayor pulsión colectiva, pasajera pero intensa. A ello se aplicarán las derechas. Mentirán como nunca, sus embustes serán más atroces, inventarán planes secretos, delirarán pensiones estatales a los MENAS que restarán de nuestras jubilaciones (las que ellos quieren quitar), falsearán cifras de paro y de fugas de capitales. Ya lo hacen. Rajoy politizó los órganos judiciales. Ahora querrán recoger los frutos recurriéndolo todo ante jueces genuflexos sin escrúpulos. Pero parece que habrá gobierno de izquierdas y que se volverá a hablar de justicia social, normalidad democrática y de política para los conflictos políticos. El nivel político (de pedernal) y la altura histórica (inexistente) de los protagonistas del momento nos deben llevar a todos a la circunspección y evitar entusiasmos papanatas. Pero habrá gobierno de izquierdas. Y el ruido reaccionario de la derecha debe llevarnos a la firmeza de criterio y a la reafirmación de principios.

Un año estable

Rajoy salió del gobierno el año pasado y ya escribió sus memorias. En un año ya es pasado perfecto y pasado remoto. La percepción del tiempo no se basa en la cantidad de meses y años que se amontonan, sino en la cantidad de acontecimientos, en la sucesión de picos de atención, de contentos y de descontentos. Estos meses fueron pródigos en indignaciones, euforias, perplejidades, aplausos y puños apretados. Así que Rajoy ya parece un veterano venerable que podría presidir alguna fundación. Cuesta asimilar que aún siguen rigiendo nuestras cuentas los presupuestos que él dejó y que nos seguimos comiendo con patatas. Y hasta cuesta darse cuenta de que Pedro Duque sigue siendo ministro. Se habló mucho de él cuando lo nombraron y solo entonces, su aportación al Gobierno era que fuera noticia su nombramiento. Este fue un año agitado, lleno de elecciones, amagos, partidos ganadores que no acaban de ganar, partidos que emergen, partidos que desaparecen y partidos hundidos que no acaban de hundirse. Las minas puestas en Cataluña fueron estallando una a una, las grietas de abren y las trincheras se multiplican por toda España.
Todos dicen que necesitamos estabilidad, porque efectivamente parece un año inestable. Igual que parece inestable, si la miramos con un microscopio, la atmósfera de la sala mientras vemos la televisión. Las partículas no se están quietas, están en movimiento nervioso continuo. El estado microscópico del ambiente cambia continuamente, como un mar invisible encrespado. En física se distinguen esos microestados de los macroestados más estables de presión y temperatura. Lo que nos importa y lo que percibimos mientras vemos la tele es el macroestado estable de la sala, y no la cantidad de microestados inestables que lo realizan. En la vida pública lo relevante son también los macroestados, pero en este caso lo que percibimos con más claridad son los microestados. Por eso este año nos parece que pasaron muchas cosas, cuando en realidad estamos en una macrosituación estable, aunque no quieta sino en un movimiento lento con tendencias sostenidas. El problema es que también viven instalados en esos microestados irrelevantes quienes conducen la vida pública, ajenos igual que nosotros al macroestado que importa.
Un gobierno saludable debe notar dos inclinaciones a las que no debe ceder, pero que debe sentir: la ilustrada y la populista. La inclinación ilustrada lo tiene que llevar a ir por delante de los gobernados, saber algo más que ellos y ver más que ellos. La gente que lo vota le da el rol de ser el más listo de la clase durante cuatro años y a ello se debe aplicar. La inclinación populista tiene que hacerle sentir que al final tiene que haber comprensión y conformidad popular con su gestión. Ni la pulsión ilustrada debe llevar al despotismo ni la populista a la demagogia. Lo característico de nuestro año estable es que no funciona ninguna de las dos inclinaciones. No sentimos a gobernantes ilustrados con mejor criterio que el nuestro ni sentimos aquel halo tecnócrata que envolvía al primer gobierno de González cuando tomaba medidas que disgustaban porque ellos sabían más. Y tampoco sentimos el masaje facilón de los gobiernos populistas, como en la primera legislatura de Zapatero, cuando vivíamos en los mundos de yupi y a Miguel Sebastián le parecía que no se podía retirar el ponche en pleno guateque. Lo que sentimos es abandono y hastío.
El problema catalán llenó el debate público de emergencias y emociones patrias. Lo característico de una emergencia es que obliga a poner toda la atención en el peligro inminente y distraerla de todo lo demás. Lo característico de las emociones es que se hacen cargo de la conducta y disminuyen el razonamiento. Las emociones más intensas son las relacionadas con las estructuras más protectoras, el hogar (familia) y la patria. La situación de Cataluña llena emergencia y emoción nacional la vida pública y, por tanto, de todo lo que embota el razonamiento. El nacionalismo patriotero español de bandera en el balcón o en la Escandalera y de arriba España viene con un sectarismo facha histórico. El nacionalismo catalán lleva disueltos materiales reaccionarios y oportunistas evidentes. Para la gente normal la familia, la vida o la nación son obviedades y son un sobreentendido en su conducta privada y pública. Quienes sobreactúan sobre esas obviedades y las tratan como núcleo de su actividad, esos que gritan por la familia, por la vida y por la patria, aparte de poco que decir, tienen mucho que ocultar y de qué distraer. De esos ruidos se llenó el país, atizados, lógicamente, por quienes tienen mucho que ocultar.
Cuando baja el nivel de la representación política, como cuando bajan las aguas de un pantano, se van haciendo visibles terrenos cada vez más bajos y hacen fortuna quienes solo la pueden hacer entre ruidos, emergencias impostadas y emociones patrioteras de dientes apretados. Las voces más reaccionarias, normalmente refugiadas en grupos religiosos fundamentalistas y sectores pudientes de la Iglesia, resuenan ahora en el parlamento y en gobiernos autónomos. Igual que Pinochet en el plebiscito que lo echó del poder se había apropiado de la palabra democracia, así la ultraderecha y la derecha a secas infectada por ella se apropia de la Constitución y llaman constitucionalista a quien les apetezca. A la democracia propiamente dicha y a la mera civilización la llaman consenso progre, y el término progre, por lo que tiene de broma, les permite hacer en público lo que siempre hicieron en privado los niñatos ricos que no dan golpe: reírse de los humildes y de la democracia. Los ataques a la democracia se hacen fingiendo defensa a lo que ellos consideran imposiciones progres, y que es lo que la gente normal considera derechos y protocolos de convivencia. La derecha a secas reclama pactos de Estado sobre los temas en lo que no quieren ceder nada, los veteranos quieren decidir los gobiernos al margen de las elecciones y los golpistas salen del armario para decir lo mismo, pero con otro acento.
La izquierda anduvo ensimismada en los microestados, con gurús de pacotilla haciendo cálculos estrambóticos que siempre salían mal porque se hacían sobre situaciones huidizas. Sigue ocurriendo en el momento de escribir esto. Hay quien cree que puede controlar los tiempos y no ve que pueden cambiar antes de Nochevieja. En general, siguen sin afirmar e imponer principios claros más que enunciando su nombre en una letanía previsible sin chicha pedagógica (enseñanza pública, sanidad pública, giro a la izquierda, cambio climático, …). Y sigue sin dar las batallas en el ámbito que corresponde. Incluso teniendo razón y sabiendo todo el mundo que la tienen, les cuesta parecer creíbles. Cualquiera entiende que los ricos tienen que pagar los impuestos que ahora evaden con artimañas y que es legítima una subida a las grandes fortunas, que su dinero es suyo pero es parte de la actividad nacional y que cumpliendo sus obligaciones siguen siendo ricos. Pero también piensa cualquiera que los ricos solo tendrán aquí su dinero si son lo más ricos posible y que con impuestos se lo llevarían a otra parte. Por eso la izquierda suena muchas veces justa pero no creíble. Hay cosas que no se pueden hacer aisladamente en un país. La izquierda sigue sin dar ciertas batallas en las estructuras internacionales, como la UE, que es donde se pueden obligar a racimos de países y no a países aislados. Lo que tiene aire internacional (feminismo, lucha contra el cambio climático, ultraderecha y el silencioso neoliberalismo) suena posible. Pero hay que articularlo estratégicamente con cabeza.
Por eso decíamos que la situación es estable, pero no quieta. La tendencia a desnutrir los servicios públicos, reducir la carga de los ricos y avanzar hacia una sociedad de oligarcas y supervivientes se mantiene, algo enmascarada por la capa protectora de una generación saliente que retiene derechos de otros tiempos. Por eso en lo esencial termina el año como empezó. La mayoría necesita un año de verdad nuevo y de verdad inestable.

jueves, 26 de diciembre de 2019

Guardaos de quien tiene parte de razón

«Guardaos de ese joven del cinturón flojo», decía Sila intuyendo algo especial en aquel individuo flaco que llevaba el cíngulo desarreglado. El joven era Julio César y Sila lo vio venir. Según parece, un tsunami en altamar no se distingue de una ola normal. La perspicacia de Sila es una cualidad notable en la vida pública: ver venir lo trascendente cuando todavía es banal, notar en altamar la ola que en realidad es un tsunami. Es verdad que los sectarios y los mentirosos siempre nos quieren en alerta viendo en cada ola un tsunami en ciernes. Por eso es un filo cortante, porque hay que distinguir cuándo el peligro que adivinamos en lo banal es ofuscación y alarmismo y cuándo es la perspicacia de Sila.
Parece sorprendente la victoria de Boris Johnson en el Reino Unido. Es un mentiroso que mintió incluso a la Reina para cerrar el Parlamento en una maniobra autoritaria que los tribunales declararon ilegal. No presentó programa y se negó a debatir nada en campaña ni hacer nada que no fuera repetir el mantra del Brexit. Se hizo famosa la escena en que arrebata a un periodista el móvil en el que le mostraba a un niño con neumonía durmiendo en el suelo de un hospital. Su vida personal está llena de escándalos. Aparentemente es un populista circense. Y ganó con mucha ventaja. En toda Europa crecen dialectos y sabores de la extrema derecha. La gente parece haberse vuelto idiota y vota contra sí misma.
Aquí vimos hechos del mismo tipo a una escala menor. Oímos todos a Abascal decir sobre las docenas de mujeres asesinadas cada año que es que los MENAs, los niños extranjeros pobres, eran un peligro para nuestras mujeres. Todos  sabemos que es delirante acusar y acosar a niños pobres por un tipo de violencia que existió siempre y que no tiene que ver con ellos. También le oímos decir que la solución es la cadena perpetua, a pesar de que sabemos que esos criminales suelen suicidarse después o entregarse sin importarles la pena que les espere. Abascal no dice eso porque se lo crea. Lo notable es que eso no le cueste votos, sino que se los dé, que la gente sepa que no tiene pies ni cabeza y su partido crezca. Nos dicen abiertamente que quieren quitar las jubilaciones, quitar los impuestos a los ricos y dar dinero público a colegios de pago. Y la gente los vota, vota contra sus pensiones y a favor de la desigualdad. Parece que la gente aquí también empieza a ser idiota. Díaz Ayuso se niega a presentar las cuentas de la Comunidad que preside por si el próximo ministro de economía fuera un etarra. Antes ya había querido incluir a fetos en el libro de familia. No cabe más estupidez en menos palabras. Pero eso no le resta crédito electoral. Como digo, el apoyo creciente a actitudes ultras hace pensar en una plaga de imbecilidad.
Pero explicar las cosas por la estupidez de la gente es equivocarse siempre. Se trata de un tsunami que hay que empezar a ver venir, en lo personal y en lo colectivo. Pensemos en esa sensación tan habitual de que alguien tiene parte de razón. Es incluso positivo aceptar la parte de razón que tiene alguien de quien se discrepa. Y siendo algo positivo, es la vía honorable para aceptar lo inaceptable. Todo consiste en que alguien toque un punto al que seamos muy reactivos. A través de ese punto tendrá nuestra empatía y sentiremos que tiene razón en parte. En momentos de hartazgo, de frustración y de falta de referencias, es fácil asumir el relato completo del que pulsó esa tecla que nos activa y pasar de darle parte de razón a darle toda la razón. Sin duda una concentración de adolescentes pobres y sin familia puede ser problemática en algunos sitos. Donde hay pobreza hay conflictividad. Cuando alguien hable de MENAs amenazantes, quien viva cerca de algún punto problemático o haya oído hablar de ello sentirá que tiene razón en parte. La sensación será que no tienen nada que ver con las mujeres asesinadas, pero que sí es verdad que los MENAs a veces son un problema, que en eso sí tienen razón. El rédito de Abascal no habrá sido la monumental sinrazón que acaba de soltar, sino esa parte de razón que se le otorga por tocar algo a lo que somos sensibles y por la que nos infectará el discurso completo. La cadena perpetua es ineficaz contra un tipo de criminal que muchas veces se suicida. Pero la gente intuye que esos criminales la merecen, con lo que parece que tenga razón en parte. Y lo mismo con el posible ministro de economía etarra. Es una memez, pero quien esté encrespado por la provocación independentista y agrio por la negociación de Sánchez, sentirá que no habrá ningún etarra en el próximo gobierno, pero que algo de razón lleva Ayuso.
Woody Allen bromeó con los métodos de lectura rápida diciendo que gracias a ellos había leído Guerra y paz en veinte minutos y que había entendido que algo había pasado en Rusia. Todos somos menos listos como audiencia de medios que como conversadores. Que la política se haga en los medios lleva a una inevitable simplificación de los mensajes, porque al final como audiencia solo recordaremos que algo pasaba en Rusia. Esto se acentúa cuando la población no se siente representada. La falta de principios y liderazgo agudiza el éxito de la simpleza. Corbyn presentó un programa lleno de contenidos y medidas justas, pero nadie lo escuchó. A Boris Johnson le bastó tener parte de razón y para tener parte de razón hay que concentrarse en pocas cosas a las que la gente sea reactiva. La gente está harta del Brexit y del ínfimo nivel político. Johnson se presentó diciendo que acabemos con esto de una vez. Con un punto que te dé parte de razón instalas el programa completo, porque solo se escucha ese punto al que somos reactivos. Corbyn fue incapaz de articular un mensaje sencillo y claro sobre el Brexit y no le sirvió de nada tener razón en casi todo.
Estamos viendo que algunas olas era tsunamis. Ni Sánchez ni Iglesias fueron Sila. Y puede que Esquerra tampoco se esté dando cuenta. Sánchez tiene ahora la responsabilidad de que no se degrade la vida pública española. Cuanto más ajena se sienta la gente a las instituciones más fortuna harán las simplezas descerebradas. La situación catalana es ahora surtidor emocional para que simplezas de este tipo hagan sentir que tienen parte de razón quienes están en posiciones derechistas trasnochadas e irracionales. Esto solo se para con claridad y con fuerza moral. Sánchez tiene que hablar con convicción para evitar este vacío en el que la gente está desorientada y se guía por picos de empatía descontextualizados. Y no lo está haciendo. La situación de Cataluña, y no solo la aritmética parlamentaria, exige que hable con Esquerra. Dígase alto. La fractura social en España se dispara como en ninguna parte y por eso tiene que entenderse con la izquierda, Esquerra incluida. Dígase con convicción. ETA ya no existe, dígase alto. Bildu, guste o disguste, tiene todas las credenciales democráticas, dígase alto. Sólo un fanático puede asociar a Sánchez con el terrorismo. La izquierda no está negociando medidas independentistas con los nacionalistas, pero la derecha sí está aceptando medidas fascistas con la extrema derecha, incluidas algunas que tienen que ver con muertes de mujeres. Afírmese con convencimiento.
Solo se necesitan principios y altura moral, convicciones claras que la gente pueda reconocer y recordar. La izquierda tiene que entender dos cosas. Ese mecanismo de asimilar un discurso tóxico porque parece tener parte de razón succionará a una parte de la izquierda que ayudará a que programas ultras tomen un maquillaje obrerista. Ya abrieron boca cada uno a su manera Anguita, Monereo e Illueca, los viejunos del PSOE y los barones. Y la otra es que los jóvenes están votando solo a partidos que les parecen nuevos o disruptivos. No son idiotas. No tienen referencias porque no se las dan. La izquierda tiene que aprender a tener parte de razón. Los ricos saben lo que hacen. 

Greta Thunberg y el Estado

La manera más rápida en que un niño aprende que el plátano se come es ver a sus padres comiéndolo. Por eso los padres a veces se llevan el plátano a la boca de mentira y fingen morderlo ante el pequeño. Ni son impostores ni hacen circo. Simplemente convirtieron el gesto de morder en un símbolo para que el niño ampliara el mundo más allá de su experiencia y supiera que los plátanos se comen. El gesto fingido de morder es más simple que el acto real de morder, porque cuando algo se convierte en símbolo deja de ser lo que era antes y se hace más simple. O más recargado: el arzobispo Cañizares simboliza su jerarquía usando una interminable capa roja de cinco metros. Los países tienen banderas y Nike tiene un garabato característico porque los símbolos son como clavijas sencillas donde se pueden sujetar y hacer manejables experiencias extensas, vividas o no, que requerirían mucho tiempo de pensamiento para poder ser abarcadas. Un país entero queda atrapado en unos pocos colores de un trapo y se hace presente en el ánimo en un solo golpe (para bien o para mal). Cuando algo es demasiado complejo lo simplificamos en un símbolo para que en un solo impulso mueva el ánimo y la conducta.
A veces episodios colectivos trascendentes y complejos se adhieren en el recuerdo a una persona. Sucedió muchas veces que una persona se hiciera símbolo. Puede ser el efecto de algún gesto llamativo, inspirador o cruel o puede ser la casualidad. Greta Thunberg es ya un símbolo, en el sentido de que su persona y su presencia impone en el ánimo y la conducta de mucha gente una red compleja de pensamientos y actitudes. Por las razones que sean, es un símbolo y las reacciones destempladas sobre la supuesta impostura de su despliegue en los medios, sobre su edad o sobre su carácter son pataletas histéricas que fingen no entender algo normal. Es una obviedad que el mordisco fingido al plátano no es como el mordisco de verdad. Lo que se hace simbólico, decíamos, desnaturaliza lo que era antes. Nuestra Jefatura del Estado es simbólica, porque un sistema hereditario solo cabe en una democracia si el Jefe del Estado es como un mordisco de mentira a un plátano. La infanta Leonor tiene atribuido un papel simbólico. Quienes querríamos un sistema republicano tenemos nuestras razones, pero no fingimos ignorar el carácter simbólico de la heredera. Es evidente que su presencia pública está gobernada por protocolos y que no tiene nada que ver con las maneras de una niña. Su figura pública es como un garabato de Nike, una parte de la simbología del Estado. Greta, a su sabor o a su pesar, es un símbolo y su presencia pública, como es normal, ya no es la de una niña. Rasgarse las vestiduras por las siete diferencias entre su imagen pública y la de una niña de verdad es el juego de la necedad. Se puede discutir sobre aquello que simboliza Greta y la manera en que lo simboliza, pero no sobreactuar disparates sobre lo que va con su condición de símbolo.
Los símbolos se pueden discutir, claro. Y lo simbolizado también. A mí, por ejemplo, me parece que la imagen simbólica de la familia real es ñoña y almibarada y no me gustó el rol de la reina Sofía. Me parece que la bandera nacional se exhibe de manera agresiva contra una parte nutrida de españoles. Creo que una bandera de 54 metros en la Escandalera es una soberana horterada y una bravuconada fatua de un alcalde que cree jugar a indios y vaqueros con aquellos muñecos de plástico que había en las cajas de detergente Persil.
Vayamos a Greta. Lo que simboliza Greta Thunberg molesta a ricos y derechas. Lo que su presencia evoca es que la alteración medioambiental ya no es cosa de naturistas sensibles o listillos, sino que nos afecta ya, nos cuesta en dinero y salud ya y se acelera; evoca también que esa alteración es provocada por lo mismo que las injusticias sociales: el lucro desmedido de unos pocos y su afán de mangonear prensa, justicia y política; evoca que no se puede actuar sobre ese problema sin modificar el actual juego social; y evoca que la distribución de los dañados por el cambio climático y la distribución de los culpables es un aspecto de la desigualdad y la injusticia general. Por supuesto que lo que simboliza molesta a los ricos, a las derechas y a sus voceros mediáticos. Es la refutación de sus valores y propósitos.
Decía que una cosa es lo que simboliza Greta y otra su manera de simbolizarlo. Sobre la injusticia se puede hablar con principios firmes. Sobre la forma, hay gustos para todo. Lo que a mí me parece cursi de la familia real a otros les puede parecer elegancia y buen gusto. Es difícil que te perturbe lo que simboliza un símbolo y no te crispe la manera de simbolizarlo. Nos pasa a muchos con la cruz gamada. Y les pasa a nuestras atrincheradas derechas con Greta. Ahí tenemos a Sanz Montes tronando contra Greta, incapaz de conmemorar la tradición de Santa Eulalia sin que se le caigan como rebosando sus demonios ideológicos. Y ahí está la catarata de insultos con la que se vinieron ahorrando los razonamientos. Lo que veo en Greta es una adolescente singularmente resuelta en una batalla justa, con coherencia y datos bien asimilados y con una comunicación eficaz basada en imágenes contundentes y apropiadas. No parece risueña pero, sin misticismos, resulta por momentos inspiradora. En contra de algunos escozores, tiene toda la pinta de ir a la escuela con aprovechamiento. En asunto de estudios, me preocuparía más por Froilán. Y puestos a elegir formas y modelos, prefiero a una adolescente chillando contra injusticias que a un jovencito en manifestaciones de Vox haciendo el pijo.
Volviendo a la cuestión simbolizada, estamos ante un ejemplo de algo más amplio. La gestión del cambio climático no encaja en los tiempos políticos de los estados. La atención de los votantes siempre es hacia asuntos más inmediatos y abarcables y con ciclos de gestión más cortos. Siempre tiene que haber un equilibrio entre el control popular de los gobernantes y un margen de autonomía de estos gobernantes con respecto a las pulsiones puntuales populares. Los gestores necesitan un tiempo antes de someter a escrutinio su gestión. Pero ese tiempo es insuficiente para el clima. Y un estado tiene poco margen para hacer algo relevante. Es necesario articular estados en estructuras políticas mayores, con más capacidad de enfrentar gestiones globales y extensas en el tiempo. Y hay que reparar a la vez en que el mero debilitamiento de los estados pretendido por el neoliberalismo, esa especie de intemperie planetaria a la que aspiran, deja como verdaderos centros de poder a las grandes multinacionales, cuya incidencia en los temas comunes es especialmente miope y despiadada, como vemos precisamente en la cuestión climática. El ultranacionalismo de la extrema derecha haría de la política internacional un conjunto de ciegos ensimismados con tendencia al conflicto. La disolución de los estados soñada por el neoliberalismo de las grandes corporaciones y las oligarquías haría (está haciendo) que las decisiones de más incidencia global las marcara el lucro e intereses de unos pocos. Necesitamos estados para que haya reglas y necesitamos estructuras supraestatales, siempre políticas, para gestionar y para luchar por lo que no puede ser resuelto en el espacio y tiempos políticos de los estados. El cambio climático es un caso paradigmático. Un sistema fiscal justo es otro ejemplo de lo que nos afecta mucho y no puede ser resuelto más que en estructuras políticas supraestatales. No tengo la menor idea de si me caería bien o mal Greta Thunberg. Tomo los insultos atormentados contra ella como señal de que es algo más real que un capricho mediático. El activismo que ella simboliza es justo y da muchas pistas sobre los canales y escenarios en que tienen que moverse otros propósitos de justicia social. Y espero que siga yendo al mismo colegio.

Manifiesto de sensatos en el día de puentear la constitución

Nuestros diputados se amontonan en el parlamento a granel. El Congreso parece más un almacén de señorías sin envasar que legisladores convenientemente empaquetados en partidos políticos con ideas y propósitos distinguibles. Desde 2015 solo es viable un pacto de izquierdas. Un pacto entre PSOE y Podemos sería una extensión de lo que ya ocurría en ayuntamientos y autonomías con la aprobación de sus votantes. Un pacto entre PSOE y PP sería excepcional y transitorio. Ni se hace en otros niveles del estado ni los votantes querrían que durase. Y un pacto conservador no tenía diputados suficientes. En 2015 PSOE, Podemos e IU tenían 161 diputados. Pero Sánchez cedió a presiones porque no se dio cuenta de que mandaba él. Podemos creyó en el sorpasso y negoció con ansiedad de nuevas elecciones. E IU estaba a verlas venir. La mayoría de izquierdas se fue debilitando y a la vez el bloque conservador se fue desagregando en piezas. Los diputados catalanes son como añicos de una comunidad rota. Y el PNV parece un notario en medio de un guateque. Hoy la coalición de izquierdas sigue siendo la única opción que puede tantear estabilidad. Les une más su debilidad que su buen oficio, pero ahora parecen tener determinación.
Si no fuera por los coscorrones que puedan venir de Cataluña, podríamos apostar a que esa raquítica mayoría de izquierdas se asentaría con menos dificultades de las que parece. C’s tiene pocos coletazos que dar. Vox lleva más empuje que el PP, pero el PP no es C’s. La tensión independentista tiene a la clientela conservadora con la vena hinchada, pero se trata de una parroquia poco aventurera y muy dada a lo previsible. Rajoy los conocía bien. Vox se hizo robusto, C’s casi desaparece y el PP sigue escuálido; aparentemente cambia el tamaño de los sumandos de la derecha, pero poco el resultado final. Pero no es así. Vox envileció la vida pública y el PP puede chapotear en aguas tan sucias y odios con granadas solo por tiempo limitado. Un pacto con Vox no es estable, ni siquiera para hacer oposición. A Vox le pasa como a las partículas físicas sin masa. Una partícula solo puede carecer de masa estando en movimiento y a la velocidad de la luz. No se puede estar quieto sin masa. Vox solo tiene masa y existencia en el ruido, la provocación y la bronca. Fuera de mentiras sórdidas de Trece Rosas violadoras o niños pobres extranjeros amenazando a la raza, fuera de ser el partido de los maltratadores y el partido de la inquisición en la escuela, fuera de esos fangos de furia extremista, Vox sería como un fotón que se parase: no existiría. Articularon bien su propaganda haciendo palanca sobre el cóctel de emociones negativas que trajo el enredo catalán y la desorientación política, pero tienen que seguir escandalizando para hacer que los suyos sigan dando voces y haciendo el ridículo en los chigres. Solo tienen masa en el alarido. No será fácil para el PP dejar que se les vea juntos.
Empresarios, banca e Iglesia están especialmente aulladores y destemplados. Se les suma ahora un manifiesto, «La España que reúne», un intento más de impedir el gobierno de izquierdas. El manifiesto seguramente tendrá poco efecto, pero es interesante lo que refleja. El manifiesto pide la vuelta al centro y a la moderación con un gobierno de PSOE, PP y C’s. La altura de miras de algunos personajes consiste en que para la formación de gobierno las elecciones sean el pase infantil y que, después de que el pueblo haya votado, los adultos se queden para tomar las decisiones serias. Se vote lo que se vote, los partidos serios son los que ellos deciden de antemano que son los serios. No importa que las derechas se junten en una manifestación desmirriada en Colón por la patria y contra Sánchez. La propaganda y las elecciones eran el pase infantil y el manifiesto se dirige a los adultos.
En el cóctel del manifiesto hay gentes de derechas que dicen lo que dicen siempre. Los momentos difíciles para la patria son los momentos en que no gobiernan y en momentos difíciles siempre piden al PSOE que en los grandes temas tenga la sensatez y moderación de hacer exactamente lo que ellos digan. En esa gran coalición, ¿qué cedería el PP en educación, seguridad o impuestos? Pero también hay gentes nominalmente de izquierdas entre los sensatos que reúnen España. Y a veces las palabras dichas en voz alta hacen estruendosas las palabras que se callaron. Si piden ahora moderación, es que consideraron moderados los tiempos en que Rajoy succionaba el dinero de los servicios públicos y de los salarios para cubrir los desmanes bancarios, ondeaban las banderas a media asta en Semana Santa, los obispos cogían a dos manos decenas de miles de propiedades que no eran suyas, aparecía la cadena perpetua y se limitaban las libertades con una ley mordaza que causó sobresalto en Europa. También callaron cuando partidos sensatos pactaron con la ultraderecha. Nunca se pactó con partidos independentistas medidas independentistas, pero sí se están pactando con la ultraderecha medidas fascistas (listas de funcionarios a cargo de servicios públicos que no les gustan o inquisición ultracatólica en las escuelas, por ejemplo). Pero a los izquierdistas sensatos lo que les da respingo es un gobierno de izquierdas. Para los despistados: a) no hay noticia de ninguna medida heterodoxa en las cocinas izquierdistas; b) nunca en países parecidos al nuestro un gobierno despeñó a su país por empeñarse en un programa irrealizable o en una batalla que no pueden ganar (recuerden a Tsipras). La única noticia es que quizá sea un gobierno de izquierdas.
En ese cóctel de sensatez hay reaccionarios de corazón. Hay personajes oscuros que mueven intereses complejos. Y hay gente dicha de izquierdas que se fue haciendo mayor, que fue perdiendo el sitio en el que creían estar y que sienten como un ataque cada suceso que desafía sus certezas o su estatus. Reaccionan como un erizo contra los tiempos y sin darse cuenta solo se encuentran en zapatillas con la derecha y en los medios de la derecha. Ahí está el pobre Alfonso Guerra alzando su voz solo contra la inhumación de Franco, contra las críticas al Rey por el bochorno de Botswana, a favor de C’s y su 155 en Cataluña y contra la ley de la violencia de género, como si esta ley tipificase al varón como agresor y no a la mujer como víctima de una violencia con patrón. Pero también tiene adhesiones que merecen un comentario más amplio en otro momento. Siempre somos más reactivos a unas cosas que a otras y no siempre lo que más reacción nos genera es lo más importante. Puede que alguien esté irritado con los patinetes eléctricos o esté harto de los perros y sus dueños, o de los niños pequeños y sus padres. Es humano que sea así, pero no que quien nos toque en ese punto débil nos haga sentir que tiene razón «en parte» y a partir de ahí darle toda la razón. Algo de eso hay en izquierdistas muy reactivos con ciertas debilidades y no se enteran de cuándo pasan al lado oscuro con compañías reaccionarias.
El manifiesto se redacta como conviene a la propaganda. Puedes tratar a tu público como idiota, pero tienes que hacer que se sienta inteligente. Tienes que darles lenguaje simple y en cliché que puedan repetir para que se sientan informados. Y darles vocabulario moral para que escondan tras él sus prejuicios y sus picos sectarios. Lo que trascendió del manifiesto abunda en altura de miras, sensatez, moderación y momentos graves y decisivos. Como dije, seguramente el manifiesto será inane porque sus promotores tienen tribuna, pero no predicamento. Pero sí es un buen escaparate de la inquietud al hecho simple de que pueda gobernar una coalición de izquierdas. Es un buen día para recordar que gritar lo común para distinguir la postura propia es reaccionario. No es reaccionaria la oposición a un gobierno de izquierdas, pero sí si es por España, la bandera o la Constitución. Parte de la letra y mucho del espíritu de la Constitución se abandonó desde tiempos de Rajoy en nombre de la sensatez. El tamtam de la España que reúne y de la histeria empresarial y eclesial hace honor al día de hoy: en lo que les conviene, puentean la Constitución.

El extremismo visible y el invisible (y el límite de roche)

Es notable exigir modales a otro mientras se le dan patadas y más aún convencerlo de que nadie le pega y de que no hay más agresividad que sus gritos. Los ricos ya lo hicieron. Convencieron a los trabajadores de que ya no hay trabajadores. Nadie cree ser uno de esos. Consiguieron convencer a los humildes de que si trabajas sin contrato y sin regulación es que eres un autónomo, casi una PYME. Y por supuesto convencieron a todo el mundo de que no existe la lucha de clases. Es una expresión del pasado. La realidad es que hay gente muy rica y gente pobre; y que los pobres quieren amparo y reparto y los muy ricos no quieren repartir ni pagar la protección de nadie. Así que, si lo de lucha de clases suena demasiado marxista, digamos que hay gente rica y gente pobre cuyos intereses chocan. Los ricos y sus enviados en la Tierra, la derecha política, quieren quitar los impuestos, que es la herramienta del reparto de riqueza y protección social, quieren quitar los sindicatos y las regulaciones laborales. Y a la vez convencen a trabajadores cada vez más pobres y más precarios de que no hay lucha de clases y que sus protestas son las únicas asperezas. Niega la lucha de clases quien lucha a brazo partido por los intereses de su clase social. Por eso se repite la cita de Buffett, el multimillonario que dijo que la lucha de clases la estaba haciendo su clase social y que la estaba ganando. La propaganda permite estos prodigios.
En este cuadro hay que pensar la actual polarización de España. Todo el mundo está radicalizado, en el sentido en el que la radicalidad desfigura al oponente. Todo el mundo siente enemigos cada vez más fieros. Es imposible pensar en serio en objetivos compartidos. El maniqueísmo es una obcecación, pero también lo es creer que siempre hay dos culpables. Los hechos son que son unos los que los que están en feroz lucha de clases dando patadas y exigiendo moderación a los pateados. El extremismo e intransigencia que nos tensan es el de la derecha política, social y económica. Simplemente ahora creen no tener rival y que por eso no tienen que ceder nada. Ya no hay una URSS poderosa, ni sindicatos que enfrentar, ni convenios que obliguen, ni leyes que protejan. Así que lo quieren todo y quieren propaganda que los haga invisibles y dar patadas negando que haya lucha.
Una parte de la propaganda es esa: reclamar moderación y llamar consenso a ceder a sus presiones montunas para sus pretensiones radicales. Nuestros empresarios llariegos piden al gobiernín menos gastos sociales y más inversión en obras; es decir, que se hagan más escuelas y se despida a los maestros. La CEOE y el Círculo de Empresarios piden moderación exigiendo que se forme gobierno con la derecha, que se quiten los impuestos y que se entreguen al lucro privado los servicios básicos. Piden templanza y entendimiento mientras azuzan la fuga de capitales y exigen terceras elecciones porque no aceptan estos resultados. Casado ofrece entendimiento en las cuestiones de estado. Sobre Cataluña, el consenso consiste en que Sánchez haga exactamente lo que el PP quiera y que acuerde de buen rollo cambiar la Constitución para que sean constitucionales sus bravatas incendiarias sobre la compleja situación catalana. Quiere también «actualizar el modelo de pensiones». Lo que pide es la moderación que reclaman la patronal y los bancos: que la gente no se jubile y se haga un plan privado de pensiones; es decir, que desaparezcan las pensiones públicas. Quiere pactar también moderación en los presupuestos generales quitando impuestos a los ricos, a las herencias millonarias y a las ganancias millonarias de las grandes empresas. Y también quiere altura de miras en la educación y entregársela a la Iglesia con fondos públicos. Es el extremismo furioso que estamos viendo en Madrid y Andalucía reclamado con llamadas al entendimiento y la moderación para que los mensajes en sentido contrario parezcan resistencias obcecadas al consenso.
Hay otra variante en la propaganda, que es la de presentar los ataques propios como actos defensivos a agresiones imaginarias; algo así como dar un puñetazo y pretender que el otro atacó con su rostro a nuestro puño desvalido. La Iglesia siempre se destacó en esta combinación de sectarismo y victimismo. El patrón es el que siguieron con la clase de Religión. Exigen estudiar esa asignatura y que se les respete el derecho de imponer tarea superflua a los demás mientras los católicos la cursan. Así convierten una imposición en la supuesta defensa de un derecho. Quizá quieran también que se cierren los bares los domingos a las doce para respetar el derecho de quienes van a misa a no perderse el vermú. Es el patrón que siguen para lo demás. Un socio del Real Madrid paga sus impuestos y a mayores el carné del equipo. No se le permite que la cuota del Madrid sea parte de su IRPF. La Iglesia sí tiene ese privilegio y además lo malversa: cobra ese momio por los pobres y luego no lo gasta en Cáritas sino en sus canales atrabiliarios y en sus politiqueos. Y dirá que quitarles el privilegio es atacar la libertad de conciencia. Lo mismo ocurrirá con el escándalo de su exención del IBI y con el saqueo de las inmatriculaciones. Poner cualquier límite al pastel de la educación que se les entrega con dinero público es, en su propaganda, dictadura y oscuridad. Qué gracia que griten libertad Cañizares, Reig Plá, el Opus y compañía.
Los ricos llaman ataque a la defensa de sus golpes y la gente lo asimila. Pero hay un extremismo que no quiere ser invisible. Vox quiere proteger los mismos intereses, pero ensuciando la vida pública. Introduce en las instituciones un machismo explícito y violento. Negar que haya una violencia específica de género es como negar que haya una violencia racial en otros lugares y en los dos casos la negación es el formato de la aceptación de los crímenes. Alicia Rubio ya había dicho que el número de muertas están en la tasa de inevitabilidad, expresión pseudotécnica que quiere decir que son cosas que pasan. E introducen un racismo sangrante. A la vez que quitan impuestos a los ricos y desabastecen los servicios públicos dicen que la culpa es de gente pobre de otra raza que sí paga sus impuestos. Atacan a la infancia desvalida y pretenden que esas mujeres muertas y tantas otras aterrorizadas lo son por niños pobres de otras razas. Están en la lucha de clases, pero desde un clasismo de otros tiempos. Persiguen a los extranjeros pobres y defienden los intereses de las multinacionales extranjeras ricas depredadoras fiscales. Atacan toda forma de protección social a los españoles pobres y protegen a las grandes fortunas. No son españoles contra extranjeros. Son ricos contra pobres en formato decimonónico. El extremismo explícito vicia el ambiente porque siempre hay alguna debilidad emocional que les hace parecer tener razón «en parte» y de ahí siempre se pasa a tener toda la razón.
Hay polarización y estamos tensos. La derecha se crispa cada vez que no gobierna. Patronal, Iglesia y PP están radicalizados. Vox está inyectando brutalidad en esa tensión. Casado creyó que Vox era una manzana caída que podría reintegrar a la cesta. Pero me recuerda a una escena de dibujos animados, en la que un señor atemorizado en la sala de espera del dentista imagina al dentista tirando de su muela y extrayéndole con ella el esqueleto completo. El juego de Casado puede hacer que el tirón de Vox se lleve el esqueleto entero del PP. Se dice que nadie es imprescindible, pero en el momento de bajar una mesa por una escalera y mientras esté en vilo la mesa los dos que la sujetan son imprescindibles. Estos meses atrás Sánchez e Iglesias fueron imprescindibles y dejaron caer la mesa. Casado se suma ahora a los imprescindibles. El país no tendrá un pulso normal mientras Sánchez sea el límite de la civilización y él es el que puede modificar eso. El límite de Roche es la distancia a la que un planeta puede acercarse a un cuerpo de gravedad superior sin que sus mareas internas lo rompan. Hay un límite en la tensión que pueden soportar los cuerpos celestes y los cuerpos sociales. No solo es Cataluña lo que puede romper España.