jueves, 12 de agosto de 2010



GRAN SERTÓN

Hay suelos de hielo o terrosos que se tienen que pasar andando deprisa porque son muy finos y, si dejas que tu peso se cargue durante un segundo en cualquier palmo, cede y te hundes. Con el Gran Sertón de Guimaraes Rosa hay que leer sin parar. El sentido se va formando sin que reconozcas las palabras de donde viene. Si te paras, si quieres deternerte en un punto determinado, las palabras ceden bajo tus pies y caes en el sinsentido. Tienes que pasar por las palabras sin detenerte. Las frases no se entienden, pero tras acumular unas cuantas, el sentido avanzó claro y estás viendo la historia por filos insospechados. Cualquier idea se expresa como trizada, con todos sus ángulos bien visibles y como necesitada de recomposición. No puedes parar, porque donde pares no entenderás. Es como parar la música en un punto y querer encontrar en él la melodía. Así le atrapaba al Austerlitz de Sebald una y otra vez el momento en que las imágenes emergían en el papel fotográfico, en la oscuridad rojiza del laboratorio. Le hacían pensar en los recuerdos que se forman por la noche y que se desvanecen si uno intenta fijar la atención en ellos, como se disuelve la imagen en el papel si se mantiene en los líquidos del revelado. O si, tras leer un párrafo brillante, se intenta concentrar la atención en cada frase del Gran Sertón. El sentido se disolverá como los recuerdos en la noche. De vez en cuando te golpea una cima poética o un pensamiento que te remueve alguna esquina del mundo y te obliga, ahora sí caigas donde caigas, a detenerte y a volverlo a leer, o se te irá el poema como agua entre los dedos. En algún momento el relato pierde las orillas y lo contiene todo. “El Sertón es el mundo”, repite con algo de orgullo el monólogo. Cuando emerja el recuerdo de su lectura en alguna noche, se parecerá al recuerdo de haber vivido en alguna parte. No hay lectura parecida a esta. Y cuesta, eso sí.

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