lunes, 11 de septiembre de 2017

Cataluña en la sociedad ciberpunk

—¡Que se encasille! —tal es el grito del bárbaro—. Y ellos, los bárbaros, que aparecen encasillados y formando bandas, hordas o montoneras, no tienen, en realidad, verdadera disciplina, pues no lo es la del rebaño. (M. de Unamuno, Inquietudes y meditaciones).
A estas alturas ya no hay nada matizado que decir de Cataluña que no nos convierta en el tonto útil de alguna posición necia. Hubo un tiempo en que podía uno decir que un referéndum no era una buena manera de zanjar las diferencias políticas y que sólo debe llegarse a eso por un fracaso de entendimiento reconocido. El referéndum es democrático, desde luego, pero es una manera democrática de dejarnos por imposibles los unos a los otros, salvo que sea para convalidar alguna decisión trascendente de los representantes. Pero ahora las pejigueras a la calidad democrática de un referéndum convierten a uno en el tonto útil de los autoritarios que leen el artículo 155 soñando con tanques o de quienes predican la unidad patria con recuerdos babosos de sus paseos por Barcelona, lisonjas condescendientes a Cataluña o lecciones insustanciales de una historia mal digerida.
También hubo un tiempo en que se podía decir que Cataluña ya no tiene más salida democrática y pacífica que un referéndum de independencia. Ciertamente el referéndum tiene mucho de fracaso. En vez de un marco respirable para todos, se alcanza el punto en que sólo se puede decidir qué mitad de la población se queda con Cataluña. Pero cuando el fracaso de la convivencia es un hecho, lo peor que se puede hacer es dejar el problema en carne viva. Es difícil imaginar una salida estable y pacífica para Cataluña que no incluya algún referéndum en algún momento. Pero de nuevo, a estas alturas ya no hay forma matizada ni reflexiva de aceptar un referéndum sin ser el tonto útil del desvarío que padecimos esta semana. Es difícil creer que alguien en su sano juicio piense que un referéndum en el estado de cosas actual tenga algo que ver con la democracia, que piense que el dichoso 1-O será un día de convivencia en que se irá a votar libremente, sin presiones y con garantías, con la curiosa regla de que una mayoría de votos de entre una minoría de votantes sería expresión popular soberana de independencia. Como digo, ya no hay manera saludable de defender un referéndum que no nos haga el tonto útil del extravío y la estupidez. El PP mantuvo desde el principio un argumento singularmente necio: es ilegal cualquier camino que incluya la posibilidad de que Cataluña se independice. Esto es tan cierto como que no había forma legal de derogar la Ley de Principios del Movimiento Nacional. Reducir la cuestión catalana a una cuestión de respeto a la ley es una memez, pero ya ni siquiera podemos decir esto sin ser el tonto útil del esperpento parlamentario vivido estos días. Una cosa es que el problema catalán no sea un problema legal sino político y otra distinta que desaparezca cualquier principio de legalidad reconocible. ¿En qué cabeza cabe que puede el parlamento catalán aprobar una ley con mayor rango que la Constitución? ¿Cómo pueden creer que la futura república puede dar la doble nacionalidad, catalana y española, a sus ciudadanos, deliran acaso que un estado es soberano para determinar quiénes tienen la nacionalidad de otro estado? ¿Creen que el gobierno español podría dar la nacionalidad española y americana a sus habitantes? ¿De verdad fantasean con que el Barça podrá elegir la liga en la que juegue, piensan que la continuidad del Barça en la Liga española es una decisión del gobierno catalán o del club?
No quiero imaginar una España sin Cataluña. Pero me consolaría la sensación de que el independentismo tiene detrás un plan inteligente. En lugar de eso, el procés cada vez se parece más a un rabo de lagartija agitándose en espasmos reflejos. Es la hora de los bárbaros de Unamuno, de encasillarse. Las posiciones unionistas y templadas de Ada Colau o Pablo Iglesias ahora ya son señaladas como ambiguas y cómplices. Según nos acercamos al 1-O cogen decibelios las bobadas y el bramido. Pedro Sánchez ve a ojo unas tres naciones en España. Adriana Lastra ya había visto un Reino y un Principado como ejemplo de armonía de gobiernos. Susana Díaz, que no pierde ocasión de esparcir mediocridad y alaridos, mezclando churras con merinas, ya soltó la paletada de que nadie es más que Andalucía.
La izquierda siempre se perdió en este marasmo territorial por intentar teorizar sin teoría posible. Los independentistas tienen un concepto sencillo: Cataluña es una nación; los demás yo qué sé. El PP también: no hay más nación que España. La izquierda se empeña en teorizar sobre nación de naciones y otros monstruos conceptuales. A Iglesias, Sánchez y demás se les desmonta su propuesta con una pregunta sencilla: cuántas naciones hay en España. Sólo hay que dejarlos que se expliquen y se ahogan solos. Y todo por empeñarse en fingir que no es obvio lo que es obvio: en España hay problema territorial en el País Vasco y Cataluña. Punto. Hay un problema «nacional» donde la mayoría o mucha población quiere ser independiente. Se puede estar en desacuerdo, pero no ignorar el problema, ni creer que es un problema reciente o pasajero. Cualquier modelo territorial tiene que prever una manera diferenciada de relación con el Estado en los casos catalán y vasco. Ni en Galicia ni en Andalucía pasa nada singular con la cuestión de la identidad nacional y la organización del Estado. Fin de la teoría. No es tan difícil el punto de partida. El PSOE tiene una carga añadida. La derecha siempre quiere un elemento de urgencia nacional que haga antipatrióticos o antisistema los debates. Y el PSOE muerde ese anzuelo sin miramientos. El PSOE no tiene por qué hacer piña con quien llenó España de mesas para recoger firmas contra Cataluña y contra Zapatero y no se retractó nunca. El PSOE no tendría por qué empacharse de sentido de Estado, si el Estado se lo marca el partido que fue descrito en un auto judicial como agrupación criminal.

Igual que no conviene mezclar temas para inventar legitimidades, tampoco conviene aislarlos y tratarlos sin contexto uno a uno. Está claro que la forma en que se está imponiendo el procés es antidemocrática e incluye la quiebra de principios elementales de convivencia. Pero esto es un suma y sigue. Esta sensación de desagregación, de pérdida de certezas de civilización y reblandecimiento de pilares, esta especie de indignación descabezada que sólo mira para el suelo, no empezó con las juergas de Puigdemont y su banda. Las películas y novelas ciberpunk, tipo Blade Runner o Neuromante, hacen una interesante proyección futurista de la organización social. En ellas las estructuras estatales están desvaídas, la policía es casi una banda más, la población está segregada entre una clase baja de infinitos matices en una existencia caótica y una clase altísima en un mundo ajeno y protegido y las grandes empresas de un tamaño y poder descomunal son las únicas organizaciones reconocibles. Es una caricatura de la sociedad que quieren que interioricemos. Nos están diciendo que no son sostenibles los servicios públicos, que los estados son una traba para la economía y el comercio a lo grande, que la protección social tiene que ser de supervivencia. Nadie podía imaginar que se podían deteriorar de manera tan rápida los salarios, que se podían perder tantos derechos tan rápido, que la clase media quedara confinada a dinosaurios mayores de 55 años que siguen cobrando sueldos de otros tiempos y que las oligarquías dejaran de tener obligaciones de manera tan explícita y declarada. Cuando no hay liderazgos morales, cuando los consensos de convivencia se subvierten de manera tan brutal como se hizo estos años, el atropello de cualquier cosa encuentra terreno fértil. El Gobierno de Cataluña sólo está sumando deterioro al deterioro en una sociedad que se degrada por barrios. Y este nos va a costar caro. Las dos partes tienen la calculadora previendo costes y beneficios de enfrentamientos físicos. Todo indica que de aquí al 1-0 es tiempo de barbarie. Y que después puede empeorar.

domingo, 3 de septiembre de 2017

La izquierda y sus cosas (a propósito de Actúa pero no sólo)

El guiso político del nuevo curso es ralo y con tropezones cada vez más pequeños y ajenos. Los dos partidos de izquierda se hinchan y deshinchan en las encuestas como esos borbotones lentos y sordos de los caldos espesos que ni estallan ni cambian de tamaño. Nos gobierna un partido sin crédito ni confianza de casi nadie y con el que los votantes cargan como se carga con el pellejo en la fatiga. Por supuesto, la izquierda tiene mucha culpa en la percepción de que el PP es algo irremediable con lo que hay que cargar. La aparición de Actúa, la nueva formación en la que se agrupan algunos pecios que fue dejando la izquierda en sus naufragios, es una buena ocasión para volver sobre la izquierda y sus votantes.
La aparición de un grupo político no es buena ni mala de una manera general, sino oportuna o inoportuna en cada caso particular. Todo es opinable. A mí me pareció en su día oportuna la aparición de Podemos y me parece ahora inoportuna la de Actúa. El interés de los casos particulares para la comunicación pública y el debate está en los principios más generales que haya que remover para enfocarlos, de manera que la reflexión sirva para más cosas que el caso particular. El caso de Actúa toca dos puntos del mayor interés, que son la relación de los partidos de izquierda con los votantes de izquierda y la relación de los partidos de izquierda con los votantes que no son de izquierda. Para tener músculo electoral un partido tiene que tener implantación en el electorado que le es ideológicamente afín, y también tiene que convencer a gente que no es de su ideología. El PSOE, por ejemplo, está teniendo dificultades con sus afines de izquierdas. Unidos Podemos está teniendo problemas con el voto de quienes no se sienten afines. El PP está teniendo un éxito razonable en una cosa y la otra y por eso tiene más diputados. Actúa surge de Unidos Podemos y le perjudica con los dos tipos de votantes.
En cuanto a los votantes afines, una parte relevante del progrerío suele considerarse a sí misma como electoralmente exigente. Piensan que los votantes de derechas toleran cualquier cosa, pero que la izquierda es muy exigente en cuanto a la ética y en cuanto a la coherencia ideológica. El progrerío es melancólico, se decepciona continuamente de todos los líderes; y tiene pulgas, todos los políticos le pican, tiene el «no me representa» muy fácil, porque es exigente y no tiene manga ancha. Se están rompiendo con brutalidad los equilibrios de la sociedad del bienestar y la justicia social, y a pesar de eso entre diciembre y junio desaparecieron de la izquierda un millón largo de votos que habrían cambiado el panorama político. Un millón largo de personas se decepcionaron de Podemos o de IU o de los dos. Fueron exigentes y firmes en sus convicciones. Creen.
La vida pública está llena de virtudes que se emparejan anulándose mutuamente. La libertad y la seguridad son virtudes, pero la una se come a la otra. Lo mismo pasa con la transparencia y la discreción. Un exceso de transparencia se convierte en indiscreción y un exceso de discreción se convierte en opacidad. Y otro tanto sucede con la tolerancia y el respeto. Una sociedad tolerante se hace irrespetuosa por exceso, y una sociedad demasiado respetuosa se hace intolerante. Hay muchos ejemplos de pares de virtudes en relación antagónica en la conducta pública. El progrerío debería saber que la exigencia y el compromiso son uno de estos pares. Nos gustan la exigencia y el compromiso. Pero el que se cree exigente a veces lo que tiene es falta de compromiso. Y el comprometido en exceso puede ser un sectario sin una mínima exigencia con los de su pesebre.
Tener compromiso tiene que ver siempre con aguantar y aguantarse y con aceptar renuncias y esfuerzos por mantenerse en una tarea común. Exigir supone precisamente no aceptar cierta renuncia y poner un límite a ciertos esfuerzos. Cada uno sabrá dónde sitúa la línea. Una relación sentimental estable es imposible sin compromiso y es desdichada sin exigencia. Como digo, todo el mundo tiene que interiorizar que hay un punto correcto en el dial, pero siempre es opinable cuál es ese punto. En el caso del millón y pico de votos desaparecidos en 2016 hay un triángulo formado por la exigencia de ese millón de personas, la gestión de IU y Podemos y la implicación que cada uno de ese millón haya tenido con esas fuerzas políticas. Cuanto peor lo hayan hecho IU y Podemos, más cierto será que la pérdida de apoyo se debe a la exigencia y no a la falta de compromiso. Además, quienes hayan empleado horas y esfuerzos en las tareas políticas de IU y Podemos tienen más derecho a sentirse exigentes sin que se les pueda atribuir falta de compromiso. Desde luego, sumando todos los factores, para mí la falta de apoyo de 2016 tuvo más que ver con falta de compromiso que con una sana exigencia. Generalmente, los votantes de izquierdas, y no los conservadores, tienen parte de su estima social en su ideología. A los progresistas les gusta ser percibidos como progresistas y parte de su ego es que se les perciba así. Una parte electoralmente relevante de la izquierda tiene entre su voto y la situación del país un espejo en el que se mira para votar y en el que quiere ver su imagen en la tertulia del día siguiente o en los chascarrillos de la red social. Que mi opinión severa de quienes se decepcionaron en las últimas elecciones sea o no sea acertada no importa. Es cierto que en el recuerdo de Vistalegre II o en el rifirrafe actual de los estatutos de Podemos se dan motivos para el desánimo y la decepción. Pero lo que importa es que en el progrerío se mezclan la exigencia recta y honesta con la falta de compromiso y el ego y eso hace que su fuerza electoral sea frágil y expuesta a frivolidades. Muchas veces afectó al PSOE esta volatilidad progre y ahora le toca a Unidos Podemos (sin perjuicio de que ellos lo pongan fácil). No podemos saber qué relevancia numérica tendrían los residuos electorales que pueda conseguir Actúa, pero sí sabemos que ofrece algo muy querido para el electorado izquierdista: la irrelevancia. Ese es el espacio perfecto para no decepcionarse y ser eternamente coherente sin mover un dedo. Y por eso es precisamente lo que menos falta le hace a la izquierda para espabilar.

Pero además Actúa es inoportuna para la relación con los votantes que no son de izquierdas. Unidos Podemos, que es de donde surge Actúa, no puede crecer si no hace frontera electoral con el PP. No tiene que derechizarse ni tiene que renunciar a su ideología. Es normal que la ideología del político no sea compartida por el votante. No pasa nada porque el político diga “sé que no crees en lo que yo creo, pero te propongo que nadie que trabaje 40 horas a la semana sea pobre”. El problema de la izquierda con los votantes que no son de izquierda es la incompetencia. Con justicia o sin ella, sólo perciben al PP como solvente. La aparición de nuevas fuerzas que se separan de las existentes por no sé qué purismo filosófico acentúa la sensación de barullo que convierte al PP en un refugio de resignación. La formulación de Llamazares es contradictoria hasta la candidez: me escindo para trabajar por la unidad. Espero que ninguna de mis hermanas renuncie a su apellido para fortalecer el apego familiar o que mi mujer no decida unirse más a mí divorciándose. Es fácil criticar a Llamazares y demás egos desubicados y unidos en Actúa, pero sólo es un eslabón pequeño de muchos despropósitos. No recordemos la trayectoria delirante del PSOE en esta legislatura ni juntemos todas piezas del mosaico de Podemos. Pero decía Manuel Rico que, aunque los editores de periódicos de izquierdas dejen mucho que desear, si el público de izquierdas de tan crítico ni compraba el periódico en el quiosco ni apoya mínimamente los periódicos digitales, no puede quejarse de que toda la prensa sea de derechas. Lo harán mal, hay que exigir. Pero cada uno debe hacer su parte. Ir a votar en 2016 no era tanto compromiso. Y añadir espacios de irrelevancia no enriquece ningún debate. Votantes y políticos de izquierda deberían mirar un poco más al país y un poco menos al espejo. Ya sabemos todos que son majos.

sábado, 26 de agosto de 2017

El pacto antiterrorista y otras cosas inconvenientes

Las afinidades son provechosas si no se llevan más allá de sus límites. La afirmación es tautológica, porque lo único que puede haber fuera de los límites de la afinidad es la disensión. Por eso, cuando se quiere llevar más allá de su límite, en vez de afianzarse la afinidad y agrandarse la complicidad, nos damos de bruces con el desencuentro y hasta con el conflicto. Como casi todo el mundo, tengo amigos muy queridos. Pero no me planto en casa de ninguno de ellos todos los días a comer obligándole a una sobredosis de mi compañía. Cuando se fuerza la afinidad, no la acentuamos sino que nos salimos de ella. No creo que nadie se alegrase de la muerte de Rita Barberá. Todas sus andanzas delincuentes quedan pequeñas ante la severidad de la muerte. Seguramente todos los políticos compartían el piadoso descanse en paz con que acompañamos la gravedad de un momento así. Y hasta ahí llega la unidad y la afinidad. Pretender un pequeño homenaje a Rita Barberá en el Parlamento fue forzar esa afinidad. Lo de menos es que Unidos Podemos se ausentara en el minuto de silencio que se le dedicó. Podían haberse aguantado, como cualquier amigo mío podría aguantarse con la pertinacia de mis visitas diarias para comer. Pero estamos ya en la desavenencia, no en la unidad.
En España hay nostalgia de unidad y pactos de estado. Cuesta entender que hay más armonía en acuerdos limitados a lo que realmente se comparte que en pactos nacionales donde no hay unidad de criterio y acción. En algunos casos ese acuerdo reducido es un mal menor. Y en otros sencillamente no es ni siquiera un mal. En el caso del terrorismo hay dos evidencias meridianas: que hay un espacio muy relevante que todos comparten y que no hay unidad suficiente como para que haya un pacto de Estado en el que todos se reconozcan. De esto último se desprende que un pacto de Estado contra el terrorismo tiene más posibilidades de crispar las diferencias que de profundizar en lo compartido, como siempre que se fuerzan las afinidades.
Lo que se comparte en el caso del terrorismo es lo obvio y lo necesario. Ningún partido quiere bombas, disparos ni crímenes absurdos. Todos harán lo que se requiera para evitar este tipo de violencia. Y ningún partido relevante quiere negociar, ceder o condicionar decisiones políticas por las exigencias de grupos armados. Esto es lo fundamental y lo que garantiza que podamos esperar que la gestión de cada gobierno continúe la actividad del gobierno anterior sin quiebras. No es necesario un pacto de Estado para esto, como no lo es para que cada gobierno continúe cada carretera del anterior y no se dedique a dinamitar las autopistas que se hicieron antes. Pero no hay unidad de criterio en otros aspectos.
No puede haber un pacto de Estado si uno de los firmantes está dispuesto a utilizar el impacto emocional de la actividad terrorista contra los otros firmantes. El impacto de una tragedia terrorista es uno de los momentos en que el PP nos recuerda su condición de centauro, con cabeza humana y democrática, pero con el cuerpo del caballo de la leyenda del general Pavía entrando en las Cortes y el olor a choto del franquismo mal lavado que lleva encima. En la época de Aznar se llegó a límites mostrencos. Cada día se acusaba con desparpajo a Zapatero de complicidad con ETA y se gritaba en todos los foros que el PSOE humillaba e insultaba a las víctimas. Se dijo que la matanza del 11M había sido urdida por la policía, ETA y mandos socialistas para echar al PP del poder. Estaban dispuestos a dejar en libertad a los asesinos islamistas con tal de sacar adelante aquella patraña enloquecida. En momentos que deberían simbolizar cierta unidad nacional, como fueron los actos del décimo aniversario del atentado y los que rodearon la coronación de Felipe VI, se llamó a Rouco Varela para que oficiase sus homilías. Aparte de la inadecuación de encapsular en formato religioso momentos de Estado como estos, la bocaza de aquel arzobispo extremista volvió a extender aquella halitosis que Aznar había esparcido con el 11 M. Ningún pacto antiterrorista debía firmarse que no incluyera la condena explícita de todo esto y el compromiso inquebrantable de no acercarse a estas bajezas.
Pasó el tiempo. El 12 de marzo de 2004 Rajoy se declaró moralmente convencido de que ETA había cometido el 11 M, con la implicación de que debería dejarse en libertad a los asesinos. Pero, como digo, pasó el tiempo. En 2015 Rajoy echó pelillos a la mar y sacó adelante el pacto antiyihadista que está en vigor. El PP ni rectificó ni renunció a aquellas prácticas. Es cierto que con lo de Barcelona no se llegó a los límites enloquecidos de Aznar. Pero el ministro Zoido, algunos dirigentes del PP, algunos púlpitos y cadenas vinculadas a los púlpitos y la prensa relacionada con el PP, con algún exabrupto pero sobre todo con lluvia fina pertinaz, ya va sembrando la culpabilidad de los independentistas, de los Mossos y de Ada Colau. Zoido no quiere acciones humanitarias porque crean efecto llamada y con la misma simpleza quiere llenar España de maceteros que hagan de espantapájaros de terroristas. Se sigue utilizando el terrorismo para ajustar las cuentas en los debates políticos. Hasta para la Gürtel le sirve al señor Maíllo la tragedia de Barcelona. Los atentados apretaron al PP y está saliendo por sus poros esa xenofobia y ese radicalismo católico que lleva en sus tripas bajas. Y aún es agosto. Pronto desembarcarán sus señorías y oiremos más.
Como digo, no hace falta ningún pacto para garantizar lo fundamental, que es que se haga lo posible para contener el terrorismo. Y se está haciendo con éxito. La mortalidad que consigue el terrorismo es muy baja, a pesar del impacto emocional. Pero nadie debería firmar un pacto antiterrorista, mientras un partido vea en cada muerto, además de una tragedia, una oportunidad política. De hecho, el pacto antiyihadista, no la lucha antiterrorista sino el pacto en sí, sólo está sirviendo para encarcelar a titiriteros e inventarse terroristas desquiciando entradas de Twitter. En la configuración de fuerzas que aún se mantiene en España, el PSOE debería ser consciente de que él marca la frontera del sistema. Por ejemplo, la Monarquía está fuera del debate político mientras el PSOE no se ponga en contra. El PSOE firma pactos antiterroristas porque cree en abstracto que se necesita unidad nacional al respecto, pero sin mirar si realmente hay unidad nacional y hasta dónde llega. El no hacer instrumento del terrorismo en otras pendencias políticas es una condición tan obvia como la de no hacer cesiones a los terroristas cuando amenazan. Si no se está de acuerdo en cosas así, y no se está, el pacto es forzar el consenso más allá de sus límites y convalida prácticas inadmisibles bajo el paraguas de un fingido consenso nacional. El oportunismo político es lo que nos toca estos días, pero la posición que España debería llevar a foros internacionales sobre la financiación del terrorismo procedente del Golfo tampoco se recoge en el pacto antiyihadista porque tampoco hay acuerdo en cómo tratar este tema. El pacto acaba reduciéndose a limitar nuestras libertades y provocar juicios y denuncias enloquecidos por delitos estúpidos. El PSOE debe poner con fuerza este tipo de condiciones aunque bloqueen un gran pacto nacional, que de todas formas no es necesario para lo fundamental. Es la manera de sacar con aspereza del consenso nacional el oportunismo insufrible con la tragedia terrorista.

Y al César lo que es del César. No me hace gracia la medalla de oro del Parlament a los Mossos, que sólo hicieron lo que tenían que hacer. Siento también el olor del oportunismo político independentista. Y además noto en los nacionalistas el tufo del arrobo patriotero ante los uniformados. Todos aceptamos de buen grado a los cuerpos armados, su función y su dignidad. Pero a algunos nos tocó entrar en clase cada día al son de marchas militares, recordamos la sobreactuación ante los uniformes y sabemos de qué está hecha esa baba.