lunes, 11 de febrero de 2019

Audaces descerebrados y prudentes cagones

Ahora que la cosa va de banderas, en la primera ocasión en que se rediseñe la nuestra, yo pondría en lugar del escudo monárquico o el águila franquista, y como legítimos signos de los tiempos, el Piolín de Twitter y el escudo del campus de Aravaca. Ellos simbolizan el nivel de racionalidad de nuestra vida pública. La complejidad media de los razonamientos se puede expresar con menos de los 280 caracteres de un tuity la correspondiente expresión verbal está ya cerca de la onomatopeya. Y el nivel de conocimientos requerido para lo que oímos cabe en uno de esos másteres de Aravaca que se estudian enteros en un recreo. Si hacemos una grabación con los ladridos de Casado sobre la memez del relator; los balbuceos de Carmen Calvo sobre lo que carajo es un relator y su diferencia con un mediador, un invitado o una estatua; la tontuna nacionalista denunciando decisiones judiciales politizadas a la vez que exige al poder político que imponga decisiones judiciales; el roña roña de barones del PSOE que, literalmente, no saben dónde tienen la mano derecha; las simplezas, irresponsabilidades y, estas sí, felonías sobre Venezuela; si grabamos todo eso, digo, tendremos una cacofonía como un disco de Stockhausen reproducido al revés. Según barrios, sobra audacia y sobra melindre; porque, además de estar nuestra vida pública sobrada de estupidez, parece que nadie sabe jugar a las siete y media. O se pasan, y despachan certezas donde un mínimo juicio aconseja duda y prudencia; o no llegan, y son timoratos donde las cosas son claras y se requiere paso firme.
Enseguida vamos a relatores y banderas. Pasemos por una reflexión previa. En la vida corriente, cuando estamos en nuestros cabales, decidimos nuestra conducta balanceando reacción y previsión, es decir, nivelando las causas de nuestros actos con sus consecuencias. Si estamos hablando con un compañero mal aseado que huele a sudor, la reacción es de desagrado y nos incita a decirle que huele mal. La previsión es lo que nos hace sentir que decírselo provocaría una situación incómoda y que nuestro compañero se enfadaría. La reacción consiste en lo que nos pide el cuerpo y no siempre hacemos lo que nos pide el cuerpo porque moderamos ese impulso con la previsión de las consecuencias. Algo tan normal en la vida corriente parece difícil de entender en la vida pública. Por poner un ejemplo, yo no soy partidario de zanjar asuntos complejos con un referéndum (salvo la aprobación de la Constitución, la monarquía y poco más). Un referéndum mide más la reacción que la previsión, muestra más lo que le pide el cuerpo a la gente que un proyecto de actuación. Es evidente que nadie tenía un plan para el Brexity que la gente no votó una propuesta, sino que sólo expresó una reacción a unas circunstancias (distorsionadas por la demagogia). Y lo mismo con el referéndum de Escocia, aunque este «saliera bien».
Como digo, es notable cómo se llena nuestra escena política de propuestas reactivas sobre los temas más necesitados de previsión. Me asombra la alegría con que las derechas piden una aplicación indefinida del 155 en Cataluña (si es que es legal tal cosa). Es discutible si la situación justifica tal reacción. Hace año y pico los jueces daban órdenes de detención de cargos públicos y ahora no está pasando eso. Pero es posible que haya gente a la que le pida el cuerpo un buen 155, y más si no puedes dormir sin el tarareo del himno nacional o si eres un socialista veterano con edad muy mal llevada y cada vez más consumido, amargo y amargado. Despropósitos no faltan para esos estados de ánimo. Lo que me intriga son las consecuencias, qué se hace cuando ya estemos en el 155, qué creen que pasaría en Cataluña con el paso de los meses. ¿Cuál es el plan? ¿Tanques, estado de excepción? Veríamos un esperpento de imprevisión como el Brexit. Las irregularidades de Venezuela son evidentes y los modos autoritarios de Maduro, palmarios. Tiene que haber elecciones con garantías y para eso puede que haya quien le pida el cuerpo quitar a Maduro de la presidencia. Como digo, en la vida normal moderamos ese impulso con la previsión de las consecuencias. Pero la UE reconoció a Guaidó como presidente interino; es decir, como presidente. ¿Quién convoca ahora las elecciones? ¿El presidente que la UE dijo que no es presidente y que, para la UE, ya no puede convocar nada? Se entiende la presión para que Maduro convoque elecciones, pero al reconocer a Guaidó, al margen y en contra de la ONU, se crea un galimatías político y jurídico en el que ya no se sabe cuál sería el próximo paso. A buenas horas busca ahora la UE una solución pacífica. Actuó sin previsión siguiendo los pasos del fanático que preside EEUU y que hace poco estuvo en Europa insultando a todo el mundo y despreciando a la UE. Sus halcones sí saben el próximo paso.
A Pedro Sánchez le tiembla el pulso cuando la ruta se empina y se requiere firmeza. Para retirar la momia del dictador le tembló ante el Vaticano y ante el falangista ese que holgazanea en el Valle de los Caídos como prior de no sé qué. Le tembló ante el emperador loco para tomarse en serio a Venezuela. Le tiembla para decirles a los tarados del 155 que gobernar no es cosa de camorristas. Le tiembla para poner negro sobre blanco sus presupuestos y, salgan o no, dejar la agenda social de esos presupuestos encima de la mesa como propuesta. Y parece que le tiembla para sacudirse el simbolismo vacío y boberías superficiales de los nacionalistas. El relator es una memez inofensiva, pero memez. Las derechas quieren jugar a la guerra porque dicen que Sánchez alimenta el relato independentista. La concentración casposa de banderas nacionales y brazos alzados que veremos el domingo para salvar una patria que no necesita salvadores sí es la escenografía perfecta del relato independentista. Recuerdo cuando el lehendakari Ardanza recibió a Aznar en el País Vasco con honores, recuerdo lo altivo y dichoso de sí mismo que se le veía sin darse cuenta de que eran honores de jefe de estado a jefe de estado. Aquello sí era escenografía nacionalista. Pedro Sánchez se equivocó con lo del relator, pero las derechas no se equivocan con la payasada del domingo, ni se confundieron con las cargas del 1-0, ni con el anhelo del 155. Y los nacionalistas pondrán una sonrisa satisfecha y acertada el domingo con tanta banderita tú eres roja y España una, grande y libre. Las derechas quieren bronca en Cataluña porque quieren a un país crispado y con traiciones y felonías en las vísceras. Quieren reacción sin previsión, lo quieren con certezas descerebradas y sin reflexión ni comedimiento. Es el ecosistema en el que ellos pueden nutrirse y crecer, ese es su nivel. Los nacionalistas también quieren bien visible una caricatura de España esperpéntica y reseca cuya alternativa sea la independencia.
Las certezas de las derechas son más alaridos que pensamientos. El PSOE, que sigue siendo la izquierda con posibilidades de poder, ante los temas complejos que requieren pulso y firmeza culebrea con melindres evasivos y desganados. Rajoy fue un radical que cambió por completo el sistema de derechos y garantías que sostenía nuestra sociedad. Nunca los empresarios más codiciosos ni la Iglesia infinitamente ansiosa de más tuvieron vientos más favorables y resultados más visibles. Pero de eso era de lo que se hablaba y sobre eso era sobre lo que se reñía: sobre lo que hacía el gobierno y no ocultaba, por tramposas que fueran sus razones. El nuevo estilo de las derechas viene de tripas más bajas de nuestra historia. Es emborronar con aullidos, hipertrofiar los símbolos para dividir y un frentismo ruidoso que tape lo que realmente se está haciendo. Es como la extrema derecha está carcomiendo la sociedad americana mientras Trump tapa lo que ocurre con su exceso grosero y sus provocaciones fascistas. Si Podemos sigue invisible por previsible y el PSOE sigue amilanado y cagón, no serán audibles más que las derechas ruidosas, los nacionalistas de otro mundo y las psicofonías de difunto de socialistas veteranos. Justo lo que sobra.

Más allá de Errejón

Hace unos años una alumna mostró reticencias a mi calificación porque lo que había puesto en el examen estaba en los apuntes. Le hice notar con educación que la cuestión no era si lo que había escrito estaba en mis apuntes, sino si era la parte de mis apuntes que contestaba a la pregunta. Con frecuencia lo importante no es la validez de nuestras certezas, sino su aplicabilidad al caso que se discute. El volantazo de Errejón suscitó, lógicamente, reacciones. Algunos análisis inciden en cuestiones de más calado que el rifirrafe de Podemos y pueden considerarse el contrapunto de esa desconfianza hacia los partidos políticos tradicionales que llevó al 15 M y a la irrupción de Podemos. El movimiento de Errejón, según estos análisis, es la gota que colma un vaso que ya era indigesto desde Macron y que banaliza la política hasta un punto que reclama rehabilitar la estructura tradicional de los partidos. Podemos sintetizar la parte de verdad y de insuficiencia de estos análisis, antes de ver si son de aplicación al caso de Errejón o si les pasa como a mi antigua alumna y son la parte de los apuntes que no contesta a la cuestión.
La agenda de la actualidad y sus prioridades se establecen en los medios de comunicación, tanto de formatos tradicionales (prensa, radio, televisión) como de formatos recientes (ediciones digitales, blogs, redes sociales). En un formato u otro, los medios más influyentes son los mismos. Es poco probable que nadie pueda afectar significativamente a la opinión y decisiones de la gente sin comunicarse a través de los medios. La política se hace en los medios de comunicación. No nos tiene por qué gustar esto, pero es lo que hay. Los medios viven de una audiencia que busca en ellos sobre todo entretenimiento. Ningún medio es rentable si no entretiene y todo lo que ocupe un espacio significativo en ellos tiene que entretener. La información y la política también. Esto exige que la información no sean datos, noticias y análisis, sino historias, relatos con buenos y villanos, con poblaciones a las que hay que salvar o proteger, traiciones, victorias y derrotas. Tiene que haber suspense. Un señor yendo a un supermercado no crea curiosidad por un desenlace. Si va desnudo y con una pistola, sí. La actualidad política tiene que ser permanentemente algo que apunte a un desenlace inminente, siempre debe empezar una historia o dar un giro la que está en curso y siempre debe alimentar la expectativa de que algo va a culminar, de que estamos al borde de algo. Es una evidencia que puede observar cualquiera. Los medios empaquetan la política y la vida pública en el formato de entretenimiento que les es propio y no hay más política que la que se practica en los medios. La que se hace al margen de ellos no tiene incidencia, salvo que sirva para madurar lo que aparezca después en los medios.
Las ideologías y grandes sistemas de pensamiento no tienen cabida en esta política espectáculo y pesan cada vez más los personajes. Macron es el prototipo, pero no el único caso. Con la política centrada en el personaje, se disparan los chismorreos y la búsqueda de escándalos y toman más relevancia los hechos empaquetables en un relato que los trascendentes. Así, la opinión pública se soliviantó más con las cutreces del máster fantasma de Cristina Cifuentes que con la acción delictiva sistémica de su partido en Madrid, porque los entresijos del primer caso forman una historia inmediata y abarcable. La banalización de la vida pública es una verdad que no se les puede negar a estos análisis que menudean estos días; y también que la anemia ideológica es parte de esta trivialización. Esos son los dos cocos que despertó Errejón: la personalización y la transversalidad ideológica. Ada Colau, Carmena, plataformas y mareas formarían parte de eso que Macron resume en una sola imagen. Y ahora Errejón. Los partidos políticos serían entonces manifestaciones más cabales de la política que estos personajes y confluencias postmodernas.
Pero las verdades se convierten en errores cuando se simplifican demasiado. La desconfianza en los partidos políticos no viene de que sean aburridos para la televisión. En los años ochenta, en los corrillos que preceden a las elecciones a Rector, hubo quien sugirió un Vicerrectorado para Gijón, para dar peso al campus gijonés en el gobierno. Con buen juicio otros hicieron ver que eso no acercaba a Gijón al gobierno, sino que lo alejaba. Un problema de ordenación académica no se trataría con el Vicerretorado de Ordenación Académica, sino con ese Vicerrectorado interpuesto que haría al resto del Rectorado más lejano. Y es una evidencia que los partidos habituales son una estructura que alejó de la participación política a los ciudadanos interesados y hasta movilizados por los asuntos públicos. Se hicieron estructuras rígidas, opacas y endogámicas, que llegaron a alterar la forma del Estado y engulleron instituciones clave en su metabolismo (véase el poder judicial y la composición del Tribunal de Cuentas). Estas plataformas electorales y personajes como Carmena no son pulsiones guays postmodernas. Son actos de participación normal en la vida pública. Y la transversalidad no es ausencia de ideología. Es la actitud elemental de intentar convencer a más gente de la que tenga tu ideología; y es no poner tu ideología como argumento de lo que propones. Existe la banalización que lleva a Macron y a la asepsia ideológica, es decir, a la falta de principios (y de escrúpulos). Pero no están en ese saco todas las mareas ni todos los personajes singulares. Pedro Sánchez tiene más que ver con esto que Carmena, con su famoseo de cargos públicos, sus bandazos con los barcos de inmigrantes y su simpleza sobre Venezuela a las órdenes del emperador loco.
Meter al episodio de Errejón en la política espectáculo es contestar con la parte de los apuntes equivocada. Sin enredar en los cansinos entresijos previos, la situación es esta: 1. Podemos tiene un músculo electoral y una incidencia real en la política nacional que no se puede desperdiciar intentando resetear el sistema y partir de cero. Tiene que ser parte sustantiva de lo que pase. 2. Podemos se encogió y se endureció. Apareció como una fuerza de izquierdas, pero transversal en el mejor sentido. Ahora es, con IU, la fuerza menos capaz de convencer a quienes no tengan la ideología que se les atribuye. Tiene una base electoral notable, pero que solo puede encoger y no crecer. 3. El movimiento de Errejón suscitó más sonrisas y optimismo que preocupación. Sonaron ecos de los primeros tiempos y se espesaron materiales sueltos y dormidos que Podemos había dejado fuera en su contracción. 4. Podemos no puede presentarse al margen y contra Carmena y Errejón en Madrid. Deberían haberlo entendido desde el principio y haber buscado el mensaje que los hiciera parte del mismo caudal simbólico. 5. La reacción de la dirección de Podemos fue impulsiva y petrifica los límites de Podemos. La última carta de Pablo Iglesias parece escrita con los dientes apretados. La política obliga a comerse sapos a veces, aunque haya razones para mascullar. Y 6. El movimiento de Errejón fue arriesgado y tiene poco tiempo para hacer algo. Está siendo como la Rebeca de Hitchcock: una ausencia de la que todos hablan. Pero tiene que proponer algo enseguida y mostrar tracción para que pueda significar algo que incluso trascienda Madrid.
La desnaturalización de la democracia es un proceso en curso y de más alcance que una crisis puntual en Podemos. Pero esa crisis no es parte de ese proceso. Se da sentido a las cosas integrándolas en un conjunto mayor para hacerlas apuntar hacia alguna parte. Podemos dio sentido conjunto a movilizaciones e inquietudes dispersas e introdujo el principio de ser una herramienta para que la participación en los asuntos públicos sea posible y con sentido. La crisis de Errejón es una oportunidad. Podemos sólo puede ser lo que quiso ser formando parte de cauces más amplios y sin ser un grumo en la papilla. En su forma actual sólo puede menguar.

Lo que Venezuela retrata claro y lo que retrata borroso

A veces la inmediatez o la demora es lo que revela si estamos haciendo una cosa u otra. Supongamos que un señor viudo se muere de un infarto en la calle delante de su único hijo y este se apresura a cogerle el reloj y el monedero y, antes de ir al tanatorio, va al notario para traspasar los ahorros de su padre a su cuenta. Una conducta así nos parecería insensible y falta de escrúpulos. Pero en realidad todo eso iba a pasar. Antes de enterrar al señor, se quitaría el reloj y el monedero del cadáver y sus ahorros se ingresarían en la cuenta del hijo de todas formas. Pero, como digo, los tiempos lo definen todo. La demora habitual en el trasvase de dinero y la recuperación de reloj y monedero indican que la emoción por la muerte del padre llenó los momentos siguientes. Sin embargo, la inmediatez de tales maniobras indicaría que el interés material fue la única y fría prioridad.
De Venezuela nos llegan estas noticias: Guaidó se autoproclama Presidente; Trump, de inmediato y casi quitándole la palabra, dice que efectivamente él es el Presidente; varios países, también en caliente, se ponen detrás de Trump para reconocerlo como Presidente; Maduro dice que el Presidente es él; el ejército, con las armas cargadas, dice que efectivamente el Presidente es Maduro; Rusia dice también que no hay más Presidente que Maduro; y adorna su reconocimiento pronosticando un baño de sangre. Sin entrar en análisis de lo que realmente está pasando y sin repartir culpas y aciertos, estas noticias apuntan sin más a una guerra civil. Salvo que una parte logre intimidar a la otra y provocar su claudicación previa, el pronóstico de Rusia tiene todo el fundamento. Lo que nos decían las noticias de Venezuela es el negro augurio de un baño de sangre.
Y ante este posible baño de sangre es donde entran los tiempos, como cuando alguien se muere de un infarto. Casado y Rivera inmediatamente incluyeron la situación en su propaganda electoral. Ya dijeron que Sánchez sería culpable de no sé cuántas muertes si no reconoce al autoproclamado Guaidó. Ya decidieron llamar en campaña a sus rivales «amigos del chavismo». Se quitan la palabra el uno al otro de manera circense intentando llevarse el mayor bocado, corrieron de manera chistosa los dos a ver quién ponía primero una moción en el Senado (ganó Casado por media hora), quieren llevar a los ayuntamientos mociones contra Maduro y a favor de Guaidó. Los tiempos lo son todo. Ante un posible baño de sangre, muchos querríamos calma, cualquier tipo de calma. Y la reacción que nos suscita a muchos es cualquiera de las emociones que, teniendo como ancla el respeto a Venezuela, giran atadas a él con distintas intensidades según la proximidad personal que se tenga con el país: circunspección, desasosiego, perplejidad, dolor, … Pero que el baño de sangre sea un posible desenlace para Casado y Rivera es una oportunidad y, si se dan prisa, un botín. Ellos sacan el reloj y el monedero del cadáver antes de ir al tanatorio. Lo único que ven de la desgracia de Venezuela es una posible ventaja electoral. Las noticias de Venezuela hacen un retrato borroso de Sánchez, la UE y todos los tibios y circunspectos. La tibieza y falta de reacción puede deberse a cálculos mezquinos o a falta de principios y coraje. Pero también puede deberse a una bondad básica, al sobrecogimiento ante la posible tragedia. No se sabe si los tibios son cobardes o simplemente gente con alma. Pero el retrato que hace de Casado y Rivera es claro y sin matices. Son unos despiadados sin escrúpulos.
Una mirada serena a Venezuela debería ver tres cosas. La primera es que es comprensible contra qué se levantó Chávez con gran apoyo popular: corrupción desatada, oligarquía depredadora, pérdidas de renta y derechos, inseguridad generalizada. La segunda es que los modos caudillistas de Chávez se fueron acentuando hasta el autoritarismo. Maduro es una caricatura de Chávez y el deterioro del país empapó su gobierno de esos males que hicieron comprensible la revolución de Chávez. Y la tercera es que el foco sobre Venezuela estuvo siempre distorsionado por la propaganda. Las infamias (violencia, tortura, corrupción, pobreza) no son en Venezuela mayores que en otros países de la zona y no digamos que en otros países amigos, como Arabia. La propaganda siempre empañó la percepción de Venezuela. La claridad es a veces sospechosa. Sobre este momento de Venezuela sólo se pueden tener las ideas claras, como para dar gritos y puñetazos en la mesa, por ofuscación ideológica, por ignorancia o por alguna de las facetas de la maldad (servilismo, oportunismo, desaprensión, egoísmo ciego). Sobre Maduro y el chavismo hace tiempo que cualquiera debería tener dudas, y más que dudas, por lo que acabamos de apuntar.
Pero desde luego es sospechoso no tener dudas sobre la legitimidad de Guaidó. Es raro porque no basa ese derecho en unas elecciones o una mayoría parlamentaria sino en una lectura creativa de la constitución venezolana. La rapidez de Trump hace ver esto estaba ya planeado desde fuera del país y que Guaidó se apoya más en la fuerza que en la constitución. La definición inmediata de determinados países es sólo un alineamiento geopolítico. Los actores y las motivaciones son muy dudosos. Trump es un energúmeno extremista que quiere un muro como monumento racial y que está alimentando los brotes fascistas de Europa y América. Ahora quiere imponer a un presidente en el país que tiene la tercera parte de las reservas de petróleo del continente. Siguiendo con los actores, no debemos perder de vista que es la extrema derecha la que defiende a Guaidó con más entusiasmo. Democracia y libertad en boca de Bolsonaro suenan como onomatopeyas. La intervención de Felipe González no aumenta los avales del presunto presidente, sino las sospechas. Son difíciles de olvidar sus enredos con Carlos Andrés Pérez. Es difícil no contrastar su aparición en Venezuela como abogado defensor del opositor Leopoldo López con su oposición a que se enjuiciaran los horrores de Pinochet porque «hace 150 años que España no administra justicia en las colonias». Si hay intereses que aclarar con Venezuela no son los de Pablo Iglesias (ni Zapatero, que de todo hubo que oír), sino lo suyos. Por supuesto, Aznar se suma al coro de entusiastas de este acto de fuerza. Él ya tiene currículum en botines de guerra. No podemos olvidar, no su alineamiento en la guerra de Irak, sino su intensa actividad previa para que hubiera guerra, cuando tanta gente intentaba evitar aquel baño de sangre, en el que por cierto nació y prosperó ISIS.
Casado atropella la política igual que sus estudios. Con la misma alegría y simpleza con que llamaba máster a una conferencia y Harvard a Aravaca, llama traidor al Presidente y chapotea en la crisis de Venezuela a ver qué puede pillar en los despojos. Él y la extrema derecha fueron los únicos avales de Orbán, amenazado por la UE por la quiebra del estado de derecho en Hungría. Y acaba de pactar feliz con Vox. Oírle exigir libertad y democracia en Venezuela es como oír a alguien que estuviera masticando cristales. La brújula moral de Rivera es inexistente. Adopta la forma del hueco que las encuestas le digan que está disponible y da bandazos sin recato. En los momentos de más protagonismo mostró su ramplonería. Son ridículos él y Casado jugando a ver quién grita más alto por Venezuela.
Pedro Sánchez hace bien en no reaccionar rápido y en propiciar que la UE no sea la jaula de grillos que quiere Trump y que creyó Theresa May. También hace bien en presionar para que haya elecciones. Qué otra salida cabe. Pero si al final reconoce a Guaidó sin más razón que la falta de pulso volverá a hacer de la socialdemocracia lo que fue estos últimos años: una versión pusilánime del neoliberalismo. Nadie debe olvidar que en el vértice está Trump con su internacional fascista detrás. Y sobre todo nadie debería olvidar que en la base está Venezuela. El giro vertiginoso de Venezuela hace borrosa la imagen de la compostura y la serenidad, pero nítida la de la desvergüenza y la impiedad.

Ira y ansiedad en la propaganda educativa

En Andalucía la educación fue una prioridad en los acuerdos de las tres derechas (Vox exigió a gritos libertad educativa; cuanto más de extrema derecha sea un partido u organización más grande se hace la palabra libertad en su boca cuando hablan de educación; qué raro). No es verdad que la política se ocupe sólo del corto plazo. En educación se trabaja mucho en el largo plazo, porque no mueve votos pero sí intereses. Por supuesto, es un campo que conoce muy bien la miopía del corto plazo (a quién se le ocurre creer que en una legislatura se puede generalizar la enseñanza bilingüe rebañando el inglés que pueda flotar en los rincones de las salas de profesores y llevando a unos cuantos a Toronto a hacer un cursillo). Pero la educación es una prioridad porque tiene tres aspectos que la hacen golosa. En primer lugar, es un ámbito muy apetecible de influencia, adoctrinamiento ideológico y relaciones sociales. En segundo lugar, al ser un servicio universalmente requerido, es un espacio muy lucrativo de negocio si se privatiza. Y en tercer lugar, la enorme masa de software que se instala en el cerebro de los jóvenes es muy provechosa si se puede modificar y derivar para fines sólo económicos. Pero no se puede conseguir adoctrinamiento, negocio e instrumentalización económica sin invertir y planificar en el largo plazo.
Hay entonces una triple presión sobre la educación. En primer lugar, se pretende que la educación no tenga más finalidad que dotar al individuo de una ventaja competitiva en el mercado laboral; y dotar a las empresas de los especialistas de usar y tirar que vayan necesitando (el representante de una multinacional ponía como ejemplo de la desadaptación de nuestro sistema educativo la falta que hacían pilotos de drones). En segundo lugar, se pretende que el individuo empiece a conseguir esa ventaja competitiva diferenciándose en su formación; para eso se requiere que a su vez haya ofertas diversas de formación en libre competencia, es decir: privatización, por un lado, y gestión competitiva de los centros públicos, por otro. Y en tercer lugar, se pretende que los centros demandados por los padres tengan financiación pública, aunque sean privados y con sesgo ideológico; en este juego de diferenciarse, los padres tienen derecho a que el Estado pague el tipo de adoctrinamiento acorde con sus ideas. Desde hace tiempo hay una gran cantidad de think tanks educativos vinculados a los bancos. Si repasamos los artículos de prensa que analizan el sistema educativo, veremos que muchos proceden de entidades financieras. Los organismos económicos, como la OCDE, son los que más energía y dinero invierten en influir en la educación. A través de informes, órganos, estudios y presencia en los medios sostenida van dejando huella en las leyes y en las decisiones políticas. La LOMCE es paradigmática. Como toda propaganda, la triple presión se basa en mentir o mezclar verdades con falsedades.
Respecto al primer aspecto, es indudable el impacto de la educación en las posibilidades económicas del individuo y el país. Lo que lo hace sólo medio verdad es que ese sea el único interés de la educación. La mejor forma de entender el valor de la educación es que cada uno lo haga con sus propias palabras. Decir que tiene que ver con la felicidad, la convivencia, la capacidad de análisis, el sentido crítico, la autonomía y cosas así suena bien, pero son expresiones manidas y como de disco rayado. Para que las palabras digan algo, lo mejor es que cada uno lo diga con las suyas a partir de un par de preguntas. Si fueras tan rico que no tuvieras la menor duda de que tu hijo y tu hija serán muy ricos toda su vida, trabajen o no, ¿querrías de todas formas que estudiaran? ¿Por qué, si no les hace falta? Que cada uno proyecte sus palabras al conjunto de la sociedad. Si nuestras palabras son que, aunque sean ricos, no queremos que sean unos zoquetes, pues bien, generalícense: la educación sirve para no vivir en un país de zoquetes. Si no queremos que, por ignorantes, los manipulen los listillos, proyéctese: la educación sirve para que los ciudadanos no sean ignorantes manipulables. Si nos parece que estando formados disfrutarán de más cosas, aplíquese: la educación sirve para que la gente disfrute de la vida. Todos intuimos que la educación, además de servir para tener mejores empleos, sirve para algo más que cada uno entiende mejor con sus propias palabras. Esta reducción neoliberal está provocando errores de diagnóstico: se alarma con una tragedia de formación que no hay, nuestros jóvenes estudian o trabajan con solvencia fuera de España; se distorsionan problemas: no hay paro juvenil por falta o inadecuación de formación; se distorsionan los currículos, porque se percibe como despilfarro lo que no tiene traducción empresarial evidente (filosofía y formación artística y musical, por ejemplo) y pasan inadvertidos los problemas profundos, como la injusta y peligrosa segregación creciente de la población. Respecto del segundo aspecto, la privatización y competitividad educativa no fomentan la búsqueda de calidad sino de exclusividad. Y respecto de la tercera, es una falsedad palmaria que la única educación con obligación legal de no adoctrinar, la pública, sea precisamente la sectaria y que la ideologizada, en manos de la Iglesia, sea la enseñanza libre a la que deban aplicarse más dineros públicos.
En ausencia de un entorno amenazante la gente está serena y domina la conformidad. Así la propaganda ultraliberal no funciona. La serenidad sólo da paso a la ansiedad cuando se perciben amenazas fuera de nuestro control. Es muy de padres y madres: la ansiedad por amenazas difusas en el entorno de la prole. Por eso, en sanidad no se nos dice que estamos todos cancerosos, pero en educación sí se nos dice que nuestros hijos no aprenden lo que deben y que ese mundo de ahí fuera sólo tiene sitio para los que se ponen en la fila buena. La ansiedad activa la alerta, pero provoca conductas de evitación de los riesgos. En ese estado somos más receptivos a los cambios y sacrificios que no dejen a los hijos fuera. Es además un estado propicio para que la propaganda nos haga percibir a los sistemas públicos como la intemperie y a los privados como los refugios. La triple presión educativa necesita el desasosiego y la ansiedad de los padres. El sesgado y en muchos sentidos fraudulento informe PISA presenta sus resultados en forma muy mediática de clasificación de países. Reduce toda la educación a unas mediciones parciales, en las que sólo intervienen especialistas en psicometría, estadística y economía, que dejan fuera todo lo no medible y que además lo que miden son parámetros cuyo valor depende de muchas más cosas que el sistema educativo y su eficiencia. Este influyente informe nos asegura titulares catastróficos durante varios días. Desde ahí hacia abajo, es un goteo permanente y nada inocente para mantener la ansiedad de los padres. La ansiedad limita por una arista con el miedo, pero por la otra con la ira. Esta ya no es una emoción que lleve a la evitación sino a enfrentar el problema, pero de manera compulsiva e imprudente. Con la debida agitación, los padres pueden movilizarse y exigir una impracticable enseñanza bilingüe para todos, antes de que tal cosa sea posible. O pueden convertir su convencimiento de que un colegio religioso determinado es mejor para su hijo en la exigencia airada, movilizada y alentada de que se le pague una plaza en ese colegio, sin atender a razones de planificación y como si la vida le fuera en ello. Con las dosis adecuadas y bien alimentadas de ira y ansiedad, la propaganda neoliberal se va abriendo camino para cambiar el sistema educativo.
Y no para bien. Que cada uno busque sus palabras para decir lo que debe ser el sistema educativo. A mí me gustan las que dije: felicidad, convivencia, análisis, sentido crítico, autonomía. No me gustan porque suenen bien. Me gustan porque son la verdad.

Voz

En los primeros ochenta pasó por Gijón el grupo Els Joglars con una sátira del fascismo titulada Olympic Man Movement(qué cosas hacía Boadella en los ochenta). En una de las escenas y en una universidad que podría ser cualquiera del tardofranquismo, dos catedráticos de aquellos discuten amargamente, cada uno rebullendo autoridad, jerarquía e historial entre sus airadas razones. La discusión sube de tono y llega al punto en que uno le espeta al otro a gritos: «¡es usted más ignorante que un penene!». Al otro se le cae el monóculo por la impresión y tartamudea sin decir nada porque no consigue poner en fila la avalancha de palabras e improperios que se atropellaron en su garganta encrespada. Ante una provocación es difícil no reaccionar, aunque ser reactivo es justamente en lo que consiste no tener la iniciativa. Pero es difícil evitarlo. Y si la provocación es lo bastante desvergonzada, la mezcla de pasmo por la audacia y de indignación por la ofensa puede dejarnos mudos por sobrecarga emocional. Y eso le debe pasar a la izquierda. A la izquierda parece que se le cayó el monóculo de estupefacción y que está muda de tan escandalizada.
Lo que importa de los vahos que pueden subir de Andalucía hacia el norte no es lo que diga Vox. Vox quizá quiera que se declare patrimonio de la humanidad el botijo y que las leyes protejan como bien cultural el pañuelo con cuatro nudos en la cabeza, dar pensión vitalicia a los descendientes de Guzmán el Bueno y reclamar formalmente la devolución a España del Tirol, Austria y Holanda. Vox puede derramar brea y fealdad en la vida pública y puede ser un vapor mefítico y ruidoso como un horrísono pedo de resonancias carpetovetónicas. Pero no es eso lo relevante. Lo relevante es lo que venían diciendo y haciendo PP y C’s. Vox sólo les hace ajustar los graves y los agudos en su melodía. El pacto con Vox es el pretexto para que PP y C’s pongan negro sobre blanco lo que ya apenas enmascaraban en tonos grises. Es esa parte lo que importa y la reclama algo de voz (con z) en quienes parece que les comió la lengua el gato.
Tomemos el caso de la educación. No es Vox. Vox sólo añade decibelios y no mucha más desvergüenza a lo que ya venían diciendo las derechas, Iglesia incluida. En Asturias nos duelen los oídos de escuchar al arzobispo Sanz Montes refiriéndose a la enseñanza pública como enseñanza ideologizada y llamando «ética de Estado» y «dictadura totalitaria» a lo que se aprende en las aulas de la enseñanza pública. No sé por qué no se oye alto, claro y repetido que la única enseñanza que tiene obligación legal de no adoctrinar ideológicamente es la pública. Y que eso no es un defecto del sistema. Es normal que los colegios privados tengan su ideario y su sesgo ideológico. Pero es la pública quien tiene obligación por ley de no adoctrinar más allá de lo que se consideran valores compartidos. El Estado tiene que garantizar que la pública sea la enseñanza de referencia a la que pueda acceder cualquiera porque el derecho a que no adoctrinen a tus hijos es prioritario sobre el derecho a que los adoctrinen en tus creencias. Por supuesto, el sesgo ideológico siempre es relativo. Para alguien de derechas, Zapatero puede ser izquierdista y para alguien de extrema derecha será comunista. Obviamente, desde el extremo ideológico del arzobispo Sanz Montes y el resto de conferencia episcopal, la enseñanza pública es una dictadura izquierdista. Las razones que llevan a las familias a la enseñanza privada son variadas: sintonía ideológica o religiosa con el colegio, interés por la exclusividad, sesgo social y tipo de compañías, convencimiento de la calidad del colegio, afinidad con sus métodos, … Las razones de los docentes para dar clase en los colegios privados normalmente son las habituales de trabajar donde surge la oportunidad y en algunos casos la identificación con el colegio. Las razones y propósitos de quienes dirigen un colegio privado son las de cualquier iniciativa privada: conseguir los mejores resultados para el colegio. Pero las razones de los partidos de derechas y de la Iglesia para que el Estado favorezca con sus recursos a la enseñanza privada concertada son de adoctrinamiento ideológico. La Iglesia quiere influir y tener poder a través de la enseñanza y las derechas quieren adoctrinar a través de la Iglesia y lo pretenden con una desmesura que no hay forma de encajar en un pacto educativo. No oigo con suficiente volumen una idea tan sencilla.
Otro caso es el de los impuestos. De nuevo lo importante no es Vox, sino el PP y C’s. Algún despistado quiere todavía fingir que Vox crece con los votos de la clase baja abandonada por la izquierda y sus enredos intelectuales. Las rebajas de impuestos que proponen son las que afectan a los ricos. Caza, toros y rebajas fiscales a las herencias millonarias y a las rentas más altas no es un programa para la clase baja y por eso no es la clase baja la que le está dando alas a la extrema derecha. Es el programa ultraliberal de toda la vida que venían pregonando Casado y Rivera y ya había aplicado con impiedad Rajoy. Pero tampoco se repite la idea sencilla de que los ricos cada vez pagan menos impuestos, porque se les pide menos o porque se les facilita la evasión fiscal, y que eso es lo que amenaza la sostenibilidad del estado de bienestar. Se deja sin réplica la propaganda de que la gente se jubila y no se acaba de morir, que hay inmigrantes y turistas que corroen nuestra sanidad y que el sistema no aguanta, mientras se mantienen como inevitables paraísos fiscales (España limita al norte con Andorra y al sur con Gibraltar), como si su existencia no tuvieran nada que ver con la sostenibilidad del sistema. El PSOE está haciendo ahora abracadabras numéricos para mostrar que subir la jubilación a los 67 años es la manera de que la gente se jubile a los 65. Pero nunca se acompañan estos cálculos con los datos de quién está pagando los impuestos y quién y por qué cada vez paga menos. Esta es otra idea sencilla que no se repite, mientras las derechas engordadas ahora con Vox hablan todos los días de los impuestos como un cinturón que nos aprieta la tripa y como si fueran la consecuencia de no hacer bien las cosas. Bajar los impuestos a los ricos no es bajar los impuestos, es bajárselos a los ricos. (Por cierto y como curiosidad. Me llama la atención cómo se destaca lo bien que estamos de salud para justificar que la edad de jubilación sea cada vez más alta y no oí todavía el mismo argumento para retrasar la edad máxima a la que se está en la cárcel. Lo digo por quienes ustedes saben).
Por no oír, no oigo siquiera cómo llegó Pedro Sánchez a la Moncloa. Casado, Rivera y todo su séquito están todos los días repitiendo historias de separatistas y de terroristas remozados y hasta gritan la palabra traición en pleno hemiciclo. Y nadie repite que un auto judicial dejó sentado formalmente y con detalles lo que todos sabíamos más o menos: que nos gobernaba una mafia que llevaba décadas actuando. Una emergencia nacional, y no pactos inconfesables, provocó un cierre de filas. No entiendo por qué no se oye una verdad tan palmaria y tan reciente.
Las situaciones confusas requieren mensajes y claridad. Limitarse a reaccionar a cada burrada de Vox es darles la iniciativa y renunciar a una voz propia. Se necesita una voz clara que exprese lo fundamental y lo repita cuantas veces haga falta. El PSOE sigue con el error de la socialdemocracia de reducir sus convicciones a lo que pacta con los demás. Y Podemos no tiene bien elegidos los mensajes y los temas. La izquierda está tan convencida de su superioridad moral que es muy impresionable y se queda sin habla ante cualquier desvergüenza. Su afonía está haciendo que sólo se oiga el ruido y, según vienen las cosas de Andalucía, haciendo honor a su etimología: rugido.

viernes, 11 de enero de 2019

Trabajadores, medio ambiente, democracia, decencia

El autor del primer asesinato machista del año primero mató y después se entregó. Sin duda fue más planificado lo primero que lo segundo. No creo que consultara el código penal para ver si le era aplicable la cadena «permanente revisable» para decidir entregarse y mucho menos para decidir matar a su pareja. De hecho, muchos se suicidan después de matar a la chica. Los únicos que quieren corregir estos crímenes con la «permanente revisable» son los que se interesan por las mujeres sólo después de muertas. Quienes equiparan esta atrocidad con el «problema» de la violencia contra los hombres (no sólo de Vox; el programa de C’s decía lo mismo que Vox), se hacen los tontos. Un tiro terrorista en la sien es tan crimen como un crimen de delincuencia común y ninguna ley quiso decir nunca que unos fueran más asesinatos que otros. Pero el crimen terrorista se tipifica porque es sistémico y tiene un formato característico que obliga a acciones policiales específicas y a iniciativas legales particulares para el fenómeno. La diferencia de que sea la mujer la que mate al hombre no es sólo estadística. Es de formato. Tan crimen es un caso como otro, pero la muerte de un hombre por agresión femenina es delincuencia común. El crimen y agresión a las mujeres tiene un patrón sistémico (no el terrorista; otro más feroz), tiene una serie de prejuicios y conductas segregadoras como campo de cultivo y requiere acciones policiales, legales y educativas específicas. No es violencia doméstica ni familiar. Es violencia de género, violencia hacia las mujeres. El ámbito familiar o de pareja, por lo que tienen de célula cerrada, sólo multiplica el horror del mismo patrón. Sólo se engañan con esto quienes tienen prejuicios en estado sólido cubriéndole el pecho y el estómago.
Vox quiere colgar su machismo violento y rancio de una obviedad, que el crimen siempre es crimen cualquiera que sea el agresor y el agredido, y de una mentira, que los hombres son las verdaderas víctimas por su indefensión. La brutalidad de Vox sólo tensa prejuicios bien alimentados: la Iglesia utiliza la expresión «ideología de género» para la igualdad de sexos, como si afirmar la igualdad de negros y blancos fuera «ideología de raza»; la derecha política siempre fue reticente con las leyes igualitarias; hay un abanico interminable de ofendiditos que ven la Inquisición y la censura en cualquier cosa, literalmente cualquier cosa, que digan feministas: ex-políticos varones de cuando las cámaras eran masculinas (no miren a la derecha, por favor), académicos airados por giros expresivos y gente normal con más prejuicio que reflexión; y hay izquierdistas que deliran un pasado de unidad obrera roto ahora por reivindicaciones urbanas como las feministas. Pero no debemos engañarnos con la parte estratégica. Hay mucho de propaganda asesorada en la actitud de Vox y no es casualidad que hayan elegido el tema del género como cuña y palanca. A ello iremos.
Bernie Sanders y Varoufakis quieren una internacional progresista organizada. En su manifiesto se dice que hay una guerra global contra lo que entresacamos como título de este artículo: contra los trabajadores, contra el medio ambiente, contra la democracia y contra la decencia. El neoliberalismo y la extrema derecha siguen estrategias distintas, pero no son excluyentes. Al final se trata de lo que veremos en esta nueva crisis que se anuncia: que las grandes empresas y fortunas paguen menos impuestos, la gente pierda más derechos y renta, que baje la protección social y que los servicios básicos se entreguen al lucro privado. Los ultras están organizados y asesorados internacionalmente. Agitan emociones espurias contra inmigrantes o razas y tensan hasta la repugnancia los prejuicios para provocar reacciones, ser el centro y modificar la agenda y el frente del debate. Mienten con tanta rapidez que la réplica se hace errática. Y aún más importante, mienten con cinismo y ostentación de la mentira para desarmar cualquier intento de racionalidad. Que Trump dijera ante los datos severos del cambio climático «no me lo creo» no es una ocurrencia. Con la misma frescura quitan impuestos a los ricos y culpan a los inmigrantes del deterioro de los servicios, como si el catarro de un crío africano (cuya familia está incrementando nuestro PIB) costara más a la Seguridad Social que la creciente evasión fiscal. El PP sigue parte de esa estrategia. El Estado tiene que ser denigrado por la propaganda, porque es la sustancia de los servicios públicos y la protección social. La jerga de Dolores López, secretaria del PP andaluz, para ofrecer a Vox privatización y recorte de servicios, es característica y está en los manuales de Steve Bannon: «más transparencia, menos masa política, eliminación de burocracia». Eso pretende la propaganda que es el Estado.
Desde la socialdemocracia también se empieza a hablar de movilización europea izquierdista. Pero mal. La movilización es reactiva, esto es, consiste en indignarse todos a una como un coro con cada provocación ultra. Schulz repite que el populismo ultra tiene la ventaja de ofrecer ideas simples y que ellos tienen que «explicar» que las situaciones complejas requieren soluciones complejas. Se equivoca. Es cierta la necesidad de organización internacional, porque hay muchas medidas que no puede tomar el gobierno de un solo país. Pero hay que elaborar un discurso convincente que exprese la ideología que se ofrece. La ultraderecha no golpea el ambiente político porque sus ideas sean simples, sino porque su discurso está estudiado para ser expuesto con brevedad y claridad. La izquierda tiene que esforzarse en lo mismo. Un ejemplo. Malthus decía que toda especie se convertiría en una plaga si no tuviera un factor de mortalidad. De la misma forma, el lucro es necesario pero no hay lucro que no se haga una plaga si no se interviene sobre él. Airbnb es una buena idea para todos, pero al dejarlo crecer sin control se convierte en un tumor. Los precios se desbordarían si se pactaran y se pactarían si no hubiera intervención pública. Una idea simple: la intervención del Estado en la economía libre es necesaria para evitar que cada actividad lucrativa se convierta en una infección. Otra idea fácil: el Estado garantiza servicios y protección para todos y sólo es caro para los ricos, que de todas formas siguen siendo ricos. La sencillez no es tan difícil como cree Schulz. La socialdemocracia fue renunciando a su principios, hasta no tener sobre qué edificar ningún discurso. El «new deal» que intentan Sanders y Varoufakis está por ver cómo se articula.
Vox acierta al introducir el discurso ultra por la violencia de género. Consigue que la izquierda se reduzca a ser una reacción a ellos, en vez de una propuesta sustantiva. Consigue el objetivo alcanzable de hacer desaparecer el concepto de violencia de género, al aceptar el PP que el varón figure como víctima en la violencia doméstica. Logra ser el centro de atención, por ser el eje de la reacción izquierdista y el punto hacia el que se comba el programa y lenguaje de las derechas. Y además es un acierto ideológico. La igualdad efectiva de sexos revienta las costuras del liberalismo radical. No se pueden sacar del sistema todas esas asistentas gratuitas que forman la mitad de la población sin que de repente aparezca una cantidad inmanejable de ancianos desamparados, niños mal tutelados, varones con peor disponibilidad, ni pueden desaparecer todos esos trabajos asistenciales mal pagados y mal regulados sin que se resienta el sistema. Hasta las entregas a domicilio se adaptan mal al hecho de que ahora puede no haber nadie en casa, porque las mujeres trabajan o tienen ocio. La igualdad de sexos implica en sí misma una transformación social general. Es lógico que Vox la enfrente. Además de un acierto ideológico, es un acierto táctico, porque el feminismo es la única movilización progresista con discurso estructurado organizada internacionalmente y que está calando en la población.
La primera muerta del año nos debe recordar cuál es el frente de Vox y qué está en juego en ese frente: los trabajadores, el medio ambiente, la democracia y la decencia.

Navidad con Rey a la mesa

Es lo que pasa con las tradiciones y los símbolos. En las tradiciones todo es inútil y sin más razón que haberlo hecho siempre. Y los objetos simbólicos son falsificaciones que se limitan a representar algo. No decimos que sea una tradición calzarse para salir a la calle, porque eso es algo útil y sabemos por qué lo hacemos. Decimos que es tradición comer turrón sólo en Navidad o comer uvas con las últimas campanadas. Y lo decimos porque no sabemos por qué no comemos turrón en marzo ni vemos utilidad en atragantar las campanadas con uvas. Lo de lo símbolos es la falsificación. Cuando queremos comer una manzana, hundimos nuestros dientes en ella y arrancamos un mordisco para masticarlo. Si sólo queremos mostrar a un niño pequeño reticente que la manzana está rica y hay que comerla, el mordisco se hace símbolo, es decir se hace de mentira, no mordemos la manzana de verdad, sino que incitamos al niño a comerla sólo con la pantomima de un falso mordisco. Siendo el discurso navideño del Rey una tradición que él protagoniza como símbolo del país, no se puede evitar que en tal discurso se unan la inutilidad de las tradiciones con la impostura de los símbolos. A la fuerza el discurso tiene que ser una hinchazón huera, como esas gambas a la gabardina que ponen a veces de pincho en las que apenas notamos un diente de gamba bajo la interminable gabardina chiclosa y aceitosa. Volveremos al discurso enseguida.
No se me interprete mal. Las tradiciones son necesarias. Las áreas cerebrales que procesan lo que hacen otras áreas nos confieren conciencia y necesitamos esa conciencia para desarrollar las conductas de autoprotección que nos permiten sobrevivir. De la misma manera, las tradiciones son parte de la simbología que nos da esa conciencia de grupo que nos hace colectivamente eficaces. Es bueno que haya cosas como las Navidades y es bueno que sean cíclicas. Sin ese tipo de cosas el tiempo no tendría forma y nuestra memoria se extraviaría como un agorafóbico en una explanada. Y además el turrón sabe bien. Sin símbolos, desde luego, no habría tradiciones, ni prensa, ni gente. Las Navidades, ya se dijo muchas veces, es una tradición que llega siempre con mucho desecho, como un trozo pequeño de gamba con demasiada gabardina de baja calidad. Es uno de esos casos en que tendemos a hacernos predecibles, como cuando somos turistas y todos los del lugar saben lo que vamos a ver, la comida que buscamos y la camiseta que queremos comprar. En esas situaciones solemos ser un poco más simplones y horteras de lo normal. Pero también es verdad que la Navidad, con el componente de fin de año, remansa el tiempo, lo revuelve con suavidad, atenúa la trascendencia de las cosas y agolpa recuerdos y personas en desorden. Cada uno vive ese burbujeo según su balance de alergias y apetencias.
Como todos los años, volvemos a tener la cantinela de los grupos conservadores que quieren hacer de las tradiciones un coágulo que marque los límites de la nación. Ellos resecan la tradición hasta reducirla a Belenes, rituales santurrones y misas de Gallo, llenan de banderas rojigualdas los espacios correspondientes y así marcan la frontera de España. Nos vamos acercando al discurso del Rey, pero todavía no llegamos. Estos grupos que ven en cada variación de las tradiciones navideñas a un patria desdibujada y en peligro son los mismos que cuando se habla de derechos y protección social no quieren ataduras con el pasado y predican «reformas» que siempre consisten en desigualdad y privilegios. Las derechas encontraron una percha civilizada en la que colgar fraudulentamente su intolerancia: la Constitución. Nos seguimos acercando al discurso del Rey. La Constitución es el límite de la nación frente a los nacionalistas y las izquierdas y el balancín en el que columpian al PSOE dentro o fuera, según les convenga. Lo notable de este discurso tramposo es que la Constitución es el argumento con el que reclaman la exclusiva de españolidad y a la vez no dejan de asumir contenidos preconstitucionales, es decir, franquistas. Colocan la madre de todas las batallas en su frente ficticio y por el otro lado entra Vox como Pedro por su casa besando la tumba de Franco. Con la Constitución pretenden legitimidad para volver a principios preconstitucionales.
Es lógico que el Rey, y ya estamos en ello, afirme la unidad de España que proclama la Constitución. Qué otra cosa va a decir. Pero la Constitución expresa con igual claridad la obligación de pagar impuestos según la renta de cada uno y el derecho de todos a servicios igualitarios y protección social. El derecho a una pensión pública de la que se pueda vivir es explícito y no se deduce de ninguna alambicada ingeniería hermenéutica como la que se requiere para pretender que los conciertos educativos sean una obligación constitucional. La constitución ampara el estado de bienestar con la misma claridad que la unidad territorial. Nunca oí asomar en los discursos navideños del Rey mención alguna a la evasión fiscal ni a la ingeniería por la que los ricos cada vez pagan menos. Nunca lo vi severo con el activismo que conspira contra el estado de bienestar, como cuando Aznar decretó que ya no vale. Todo lo que dijo el Rey sobre esa desigualdad creciente que rechina en los goznes de la Constitución es que la Reina, la Princesa, la Infanta y él mismo desean de corazón a quienes viven el drama de la escasez que pronto dejen atrás sus problemas. El artículo 13, sobre los derechos de los extranjeros, es muy breve y se lee en un momento. Salvo ser elegidos Presidente o cosas así, la Constitución dice que tienen todos los derechos de los españoles. Qué raro que el Jefe del Estado no tenga una palabra para esta cuestión, con tanto embuste que se propala para incumplir este aspecto de la Constitución.
Y alguien le dijo que tenía que referirse a los jóvenes. Cada palabra que pronunció fue un ladrillo entre él y el mundo. En esencia les dijo dos cosas sobre «sus problemas». Una es que miren la Constitución y el esfuerzo de entendimiento que tiene detrás. Los jóvenes deberían repasar vídeos de la transición para darse chutes de concordia y los puestos de trabajo saldrán a borbotones, según parece. La otra es que ellos están preparados, que tienen fuerza, que son solidarios y modernos y que podrán, que ya verán cómo pueden. Me recordaba a Lone Watie, el indio de El fuera de la ley, cuando le contaba a Josie Wells la vez que los recibió el Presidente y pudieron decirle que su pueblo se moría poco a poco. El Presidente les dio la mano y les dijo que procuraran perseverar. La prensa tituló: «Los indios juran que procurarán perseverar». En España la formación sirve de muy poco si no eres de clase alta (hay datos al respecto), los jóvenes no tienen vida independiente ni siquiera trabajando y muchos de ellos, cada vez más, sencillamente ya no podrán cotizar lo suficiente para tener esa pensión que consagra la Constitución (esto con las leyes actuales; todo indica que cambiarán a peor). El Jefe del Estado, con la Constitución en la mano y un conocimiento de la realidad del que carece, debe mostrar más compromiso. Es una forma piadosa de decirlo. En realidad está claro cuál y con quiénes es su compromiso.
Como dije al principio, el discurso es una tradición y él es un símbolo. Juntando lo inútil y lo ficticio no podemos esperar milagros. Pero al menos puede representar el máximo común divisor y una de dos: o nos dice con franqueza qué partes de la Constitución van en serio y cuáles no o la Jefatura del Estado expresa la preocupación que corresponde a su cargo con todas las quiebras y amenazas al modelo constitucional. Si quiere ser símbolo del país y quiere que los demás símbolos lo sean también, que simbolice al país y sus leyes. Que se deje ver con inmigrantes, que reciba y escuche a organizaciones feministas y que ponga la bandera nacional en esos frentes, para que no esté sólo en cutreces de ultraderecha. A lo mejor es que sólo el Presidente de una República puede ser ese símbolo.