martes, 6 de agosto de 2019

Valientes y constitucionalistas

Agosto es un mes de ingravidez en los asuntos públicos. Es como si estos apagaran los motores y quedaran flotando con el rumbo lento que les da su inercia. La indolencia propia de este mes hace que las cosas se vean con menos detalle, como si se miraran desde lejos. Así que, con todo flotando y todo visto con ojos miopes que solo ven los cachos gordos, tengo la sensación de que nuestra vida pública se llenó de constitucionalistas y valientes. Quien crea que las palabras tienen siempre sentido y trate de formarse una idea de lo que son los constitucionalistas se equivoca. Andy Clark explicó que las palabras se parecen a los manglares. Parece lógico que sea primero el suelo que las plantas que arraigan en él. Pero los mangles lo hacen al revés. Sus raíces hundidas en el agua van atrapando material y espesándolo hasta que se forma un suelo. Ahí fue primero la planta y luego el suelo. Lo lógico sería que primero fuera la idea y luego la palabra que la codifica. Pero las palabras tienen mucho de mangle. El mero hecho de decir una palabra hace que la mente enrede en sus ecos algo a lo que se pueda referir hasta que acaba diciendo algo. Primero es la palabra y luego las cosas a las que se refiere y que se fueron espesando en la mente al oírlas. A veces ni siquiera llega a formarse una idea. No busquemos el concepto según el cual los gobiernos autónomos que incorporan la morralla ideológica de Vox son constitucionalistas y el actual Gobierno en funciones no lo es. No hay concepto definible que explique el prodigio. Con los valientes pasa algo parecido. La mayor parte de esas cosas que se dicen porque ya está bien de callar y me importa molestaros tanto como al Perro de Juego de tronos, esas cosas que es valiente decir, son cosas manidas, dichas y redichas y más vistas que el tebeo. Además suelen apuntar hacia los de abajo, por lo que no se corre ningún riesgo por decirlas. No hay concepto de valentía aplicable a la bravura y arrojo con que se ofende o se ataca al débil. Las palabras son así de fértiles en nuestro cerebro. Como los mangles, espesan referencias al hilo de su pronunciación sin falta de idea.
Así por ejemplo, Francisco Rodríguez, laureado empresario llariego, abrió los cursos de la Granda alzando la voz (con zeta) «ahora que hablar está en desuso» para reclamar la supresión de las autonomías, por los quebrantos que suponen para marcar estrategias globales y los codazos fiscales que disparan las disfunciones. También alzó la voz para decir con valentía que los sueldos de los funcionarios ahogan a los contribuyentes (cuando el Arcipreste de Hita decía que el mundo trabaja por dos cosas, la primera por tener mantenencia y la segunda por «haber juntamiento con fembra placentera», es evidente que consideraba que las hembras no eran parte del mundo; por lo mismo, cabe pensar que para Francisco Rodríguez los funcionarios no son parte de los contribuyentes). Su voz lanzó también la andanada habitual contra el sector público. No se pretende aquí hablar de su razón o sinrazón (alguna razón tiene con los entes públicos). Es solo un ejemplo de lo dicho antes. Creo que los constitucionalistas consideraran constitucionalista a Rodríguez. Quien diga que el sistema autonómico es, efectivamente, una máquina de agravios y disfunciones y que hay que cambiar la Constitución será tachado sin duda de no constitucionalista. Saldrían veteranos como Leguina y Guerra haciendo su papel de abuelos cascarrabias a contarnos historias de consensos y transiciones, como si enmendar algo fuera afear el pasado. Lo notable es que quien reniega del estado autonómico, y quiere por tanto una modificación más estructural de la Carta Magna, sea sin embargo constitucionalista. No sé qué valentía hay en reiterar topicazos como el peso de los funcionarios y sector público.
Y digo que son topicazos más por lo que falta que por lo que se dice. En la lista de cosas que el Estado debería quitarse de la chepa siempre aparecen despidos y reducción de servicios básicos que pasarían a ser de pago. Nunca aparece, por ejemplo, la Iglesia. La lista de privilegios costosos para el Estado y desmoralizantes para los contribuyentes (funcionarios incluidos) es interminable. Aznar les regaló para su lucro nada menos que la Mezquita de Córdoba y decenas de miles de edificios más. Rouco Varela vive en un casoplón exento de IBI en el centro de Madrid en el que se gastó la Iglesia medio millón de euros en reformas, sacado de todo eso que el Estado le da a la Iglesia. No se sabe por qué hay una parte del IRPF cuyo destino no es decidido por el Gobierno, sino por los contribuyentes que se lo quieran dar a la Iglesia, por ejemplo, para financiar un canal privado de televisión. Tampoco aparecen en la lista de Rodríguez esa inmensidad de sociedades parásitas, como la que dirige Suárez Illana con sus fondos en Andorra, que sangran la recaudación fiscal; ni las ingenierías por las que los ricos escurren el bulto. Y ya que menciona al empresariado como un gremio callado que solo habla cuando hay algo que decir, tampoco aparecen los interminables enredos empresariales y políticos, la compra de favores y las adjudicaciones parásitas a cargo de los contribuyentes. El sueldo de los funcionarios es el problema. Nadie busque el concepto de valentía según el cual lo valiente es callarse lo que atañe a los privilegiados y poderosos y alzar la voz (con zeta) hacia las áreas de gasto de las que dependen los servicios de la población. Por cierto, allí estaba escuchando Enrique Fernández, el Consejero de Industria de uno de esos horribles gobiernos autónomos. No sé si tendrá algo que decir de afirmaciones tan valientes y constitucionales. Quizá el nuevo Gobierno se esté entrenando para el 8 de setiembre, cuando celebrarán nuestro Día de Asturias yendo misa a escuchar las palabras del muy constitucional obispo Sanz Montes, que todos los 8 de setiembre asume riesgos derrochando valentía.
Como digo, las palabras constitucionalista y valiente circulan con intención y sin ideas. El país se llenó de valientes. Los caras más visibles (el masculino no es una errata) quizá sean los mencionados Leguina y Guerra, pero hay muchos. Hacen frente a esa manera de hablar de las feministas, a la corrección política y a todo lo que ellos no asimilan y sienten que los amenaza o deja atrás el mundo en el que pintaban algo. Salen ahora transidos de constitucionalismo y henchidos de valentía ante tanta amenaza. Pero en la época de Rajoy se socavaron sin piedad y con brutalidad los pilares de nuestro sistema de convivencia, justo los que consagra esa Constitución tan querida por los constitucionalistas. ¿Por qué les molestaría tanto que Pablo Iglesias les leyera artículos de la Constitución donde se establecían esos derechos? Entonces todos estos tuvieron la valentía de callarse. Mientras se decía que había que trabajar siendo ancianos y que las pensiones públicas se esfumarían, mientras se ponían tasas a la atención sanitaria y se vetaba con tasas mayores el acceso a la administración de justicia y mientras se intensificaba el proceso de entregar los dineros públicos de la enseñanza a la Iglesia, los constitucionalistas se callaban. Lo valiente es pedir más desprotección para la mayoría y más amparo para los privilegios.
Lo cierto es que con esta calma de agosto se aprecia que esas palabras y su efecto manglar funcionan. Funcionó su intoxicación. No consigo ver en la canícula veraniega un trozo gordo que corresponda a posiciones progresistas. Lo de la sociedad civil esa que ahora marea Pedro Sánchez no hace ese efecto. Esto de buscar la investidura hablando con la sociedad civil en vez de con los políticos, además de ser una tontería, corre el riesgo de parecerlo. Abascal intenta que funcione lo de la España que madruga, aunque sea por antífrasis, después de gandulear trincando el dinero público en la corte de Aguirre. Pero es demasiado pintoresco. Cuando se simplifican las cosas en la modorra desganada de agosto, se ve más claro que la izquierda no se dedica a dirigirse a la gente, sino que concentra sus esfuerzos en tener razón. Qué pereza que se tenga que acabar este mes. Qué setiembre.

El extraño caso de la investidura imposible

Hay un breve diálogo en La lista de Schindlerque concentra una notable agudeza. Es el momento en el que Schindler quiere comprarle al demente oficial de las SS Amon Göth a cuantos judíos del campo de Cracovia pudiera pagar para salvarlos de su oscuro destino. Schindler le pregunta a Amon que cuánto vale para él una vida humana. «No, Oskar —le replica Amon—. ¿Cuánto vale para ti?» Y es que no es lo mismo. Para Amon una vida humana valía menos que un cigarrillo y para Schindler en ese momento cada vida valía un reino. Este es uno de los momentos que hay que pasar en toda negociación. ¿Cuánto valen 42 diputados? Depende. Para Podemos valen poco. Ahí está Rivera con sus 57 diputados, seminuevos y en buen uso, que no le sirven para nada. Pero para quien tiene 123 diputados, esos 42 valen una legislatura, casi un reino. Así que una negociación incluye ese momento en que el PSOE pregunta cuánto valen para usted 42 diputados y Podemos replica que no, que cuánto valen para usted. El PSOE pretenderá que 42 diputados valen menos que 57 y 57 no valen nada; y Podemos pretenderá que 42 diputados valen casi un reino.
Pero hay otra maña en una negociación, que es la fragmentación del botín para hacerlo divisible. Si dos hermanos heredan un chalé y una caravana, quien se lleve el chalé saldrá ganando. Hay que partir la herencia en trozos más pequeños, asociando cada cosa a su valor monetario. Una vez tenemos el chalé y la caravana troceados en monedas, es cosa fácil repartirse los bienes. Pero las negociaciones pueden convertirse en un episodio tan ensimismado que llega a ser una verdadera enajenación en la que se pierde de vista su propósito. Cuando eso ocurre, la fragmentación del bien que se negocia acaba en un absurdo irreconocible. Si separamos las patas, el tablero y los cajones de una mesa, la despiezamos en partes. Pero si le damos hachazos, las astillas no son partes de la mesa originaria, ya no hay mesa. Es lo que pasa en negociaciones enajenadas. Algo sabemos los universitarios de eso. En algunos sitios hubo asignaturas de un solo crédito, cuyo examen final sería en octubre. Supongo que habría sesudas negociaciones en las que las áreas de conocimiento pelearían con celo por tener el mayor número posible de créditos. Habría que trocear el pastel en trozos pequeños para hacer repartos muy precisos entre negociadores atormentados. Y en  tales negociadores perdieron de vista el momento en que no estaban despiezando una titulación en asignaturas sino haciéndola astillas.
Mucho hay que despiezar la tarea de gobierno para que aparezca en la mesa de negociación una Vicepresidencia para la infancia, sin presupuestos ni capacidad legislativa. Eso parece más efecto de haber partido la función gubernamental a hachazos, que de haber separado racionalmente sus competencias. Habrían sido chistosos los Consejos de Ministros con una Vicepresidencia que solo estuviera allí para contar reuniones con Cáritas y enseñar folletos de colores sobre pobreza y abandono familiar.
Y siempre aparecen en las negociaciones las pequeñas mezquindades que supuran las tareas comunes. Siempre puede haber un vecino que no entienda lo de los espacios comunes no divisibles y crea que, si hay ocho vecinos y ocho rellanos en la escalera, a él le toca uno y quiera poner un trastero en él. Seguro que algo hay de verdad en la acusación del PSOE de que Podemos quería áreas estancas de gobierno bajo su control, como si un gobierno pudiera formarse juntando aceite y agua. Pero seguro que no es toda la verdad. También el PSOE quería que las llamadas tareas de Estado fueran un espacio estanco y cerrado a cualquier socio. Después aclararemos algo más. Hay cosas de economía (tienen una pata de Calviño en el FMI), de seguridad o de defensa donde el PSOE no quiere rastas ni coletas. Seguramente los dos negociadores ignoraron eso de los espacios comunes no divisibles.
A las pequeñas mezquindades de toda negociación la izquierda añade la densidad de principios. Enseguida aparece la dignidad: que me humillan, que no soy un florero, que gané yo y antes van mis ideas que el poder. Envolver la necedad en principios hace imposible la autocrítica. Tan grave es la falta de principios como la confusión de su jerarquía. Si alguien pide socorro inmovilizado dentro de un coche, quien no entienda que el principio de ayudarlo prevalece sobre el de no andar rompiendo cristales es un inmoral. Había principios relacionados con la urgencia de dar pulso al país y enderezar un rumbo mínimamente justo. No entender su jerarquía respecto de presuntas dignidades fue una inmoralidad. Y el error produce daño en tres capas.
En la capa más baja se daña a la izquierda. Esta fue una ocasión para que una coalición de izquierdas se normalice en nuestro clima político. Además de retroceder en derechos civiles y rebajar la tolerancia al nivel de su mezquino fundamentalismo, la derecha quiere quitar de los impuestos de los ricos la educación, la sanidad y las pensiones, convertirlas en negocio privado y provocar un acceso desigual a ellas. Son la sustancia del bienestar y la justicia social. Es una inmoralidad que negociadores de izquierdas extravíen la relevancia de esta lucha en el rumbo de la negociación. En la siguiente capa se daña a España. Volver a otras elecciones hasta que votemos bien o hasta que un cambio en la Constitución haga irrelevante lo que votemos, alejarse de manera tan grosera y torpe de los problemas de la gente es imperdonable. No es la complejidad política. Es la incompetencia y la bajeza ética.
Y la tercera capa dañada es la democracia, por tres razones. La primera es la perversión del sistema proporcional y parlamentario que se pretende convertir de facto en un sistema mayoritario y presidencialista. Es malo pervertir la ley y es malo querer invalidar leyes que son justas. Nuestro sistema proporcional y parlamentario no es inviable, simplemente no se ajusta a la incapacidad de nuestros representantes y a la insufrible voracidad con que quieren administrar sus victorias cuando les toca. La segunda es que parece que hay dueños no elegidos que dicen quién se puede acercar y quién no a las llamadas tareas de Estado. La democracia exige que no se repita lo que ocurrió con IU durante décadas, cuya presencia en algún gobierno era un tabú no escrito. Las piruetas de Sánchez para que una posible coalición con Podemos fuera culpa de la derecha aparentan la necesidad de excusarse ante vaya usted a saber quién. No olvidemos que el propio Sánchez, en el poco tiempo en que se sintió outsider, mencionó este tipo de oscuras presiones. El empeño en no acercar a Podemos a los ministerios de Estado fue tal que abona esta inquietud. Y la tercera razón es que las derechas están enloquecidas y en el monte. El ultraliberalismo inmisericorde que ya iniciaron los gobiernos del PP y en parte los del PSOE ahora se desboca sin freno. Eso era de esperar y ocurriría si siguiera Rajoy a los mandos. Lo nuevo en la derecha es el gamberrismo, la macarrería política, la complacencia cínica en la grosería y en el sectarismo. Vox es un dialecto del fascismo, Casado brama mentiras con acento y estilo ultra y Rivera parece un globo dando bandazos mientras se deshincha, impertinente, gritón, mediocre y malcriado. Los consensos políticos y la eliminación de poderes espurios ajenos a la voluntad popular que inciden en la formación de gobiernos son aspectos del funcionamiento de la democracia. Pero, con su actitud actual de cabestros, mantener alejada a la derecha del poder es también parte de la normalidad democrática.
Personalmente, tengo poco interés en el dichoso relato. Y me fatiga darle vueltas a si tuvo más culpa Pedro o Pablo, aunque tenga mi opinión. Los dos por separado tuvieron margen para evitar el colapso y ubicarse en la situación resultante. El daño es para la izquierda, para España y para la democracia. Fue una vergüenza.

Nueva legislatura en el Norte, más allá del Muro

Será por el verano y la luz, que te llenan la cabeza de flores. El impulso de recapitulación que inducen las fechas emblemáticas o los comienzos aparatosos, y el comienzo de una legislatura lo es, hizo que sintiera a mi generación en Asturias como un nenúfar. Y no por bellos ni por decorativos. Los nenúfares engañan sobre las condiciones de la laguna. Son solo una pantalla delgada y flotante, debajo de ellos no hay apenas nada, muchos ni siquiera tienen raíz en el fondo. Empieza una legislatura con un nuevo Presidente, y todos oímos que en Asturias hay un problema demográfico, un problema de cambios energéticos y mercados de electricidad que amenazan nuestra industria y un problema de comunicaciones. Pero seguramente no se perciben debidamente las dimensiones del declive asturiano, único en España. Lo impide que sigamos en activo individuos que procedemos de otros tiempos más justos, con condiciones de trabajo y salario que ahora se consideran no competitivos, y que somos mayores en número que las generaciones que nos siguen. Somos una pantalla de normalidad que cubre la región y encubre lo que hay debajo, como nenúfares o quizá como pecios, como restos flotantes de aquellos tiempos más justos. Somos más, pero tenemos más cincuenta y por eso solo somos una pantalla temporal fina.
La sangría demográfica empezará a notarse en serio mucho antes de que desaparezcamos los nenúfares que flotamos en el Paraíso. Hace poco escuché en un acto electoral para el Rectorado, y pude consultar después su veracidad, que en pocos años la Universidad de Oviedo tendrá 8000 estudiantes solo por la caída demográfica, sin tener en cuenta otros factores por los que universitarios asturianos se vayan a otros distritos. Tiene ahora unos 22.000 y llegó a tener, no hace tanto, más de 40.000. No hagan las cuentas partiendo de los actuales 22000 y pensando cuánto tiempo se necesita para que desaparezcan las dos terceras partes. Hagan las cuentas pensando en los apenas 6000 nacimientos que hay en Asturias, contando con que en la Universidad se está entre los 18 y 25 años y calculando el porcentaje de población que llega a la Enseñanza Superior, y pongan el dato en el calendario. Se necesita una masa crítica de profesorado para que haya una estructura de investigación y creación de conocimiento acorde con los tiempos y esa masa crítica está muy por encima de lo que requiere dar clase a 8000 personas. ¿Cómo se va a organizar y a financiar eso con la actual gestión territorial española? Asturias hace tiempo que está en declive, pero no se nota a simple vista porque la formación y el conocimiento hace que la textura de la población sea la de una zona desarrollada. Una estructura universitaria preparada para formar a más de veinte mil personas se convertirá pronto en un roble plantado en una maceta cuando no haya población que sostenga su tamaño. ¿Qué aspecto tendrá Asturias si se reseca su formación superior y su conocimiento? Salgan de la Universidad y hagan las cuentas en otros sectores. La vida se va de Asturias en estertores. Mi generación es un eco del pasado, por detrás vienen los efectos del liberalismo rapaz.
El Gobierno asturiano no gestiona la política energética. Nada de lo que determinará la viabilidad de la industria asturiana, ni siquiera el mantenimiento a medio plazo de AcerlorMittal, nuestra vieja Ensidesa, es competencia del Gobierno de Asturias. El Gobierno asturiano es para los asuntos que más incumben a Asturias como un niño de postguerra pegando la nariz en el escaparate de una confitería. La gestión territorial española es endiablada. Los carcamales dormidos en sus recuerdos salen de vez en cuando a explicarnos la transición y la Constitución, con cara de vinagre hacia quienes osan pensar en cambios constitucionales, como si el mundo se hubiera parado cuando ellos se echaron a la siesta. Y como si tocar la Constitución fuera renegar de su legado. Pero la estructura territorial no necesita independentismos para crujir como un tablado viejo. El estado autonómico creció como crecen los jardines sin jardinero ni cuidados. Nadie en sus cabales puede decir en serio que justo esto era lo que lo que se preveía cuando se hizo la Constitución. No es un problema de que Asturias tenga más o menos competencias, sino del diseño del Estado. Barbón insinuó varias veces como argumento electoral su cercanía a Pedro Sánchez. Aparte de que históricamente ese tipo de sintonía en Asturias siempre sirvió para que nuestros gobiernos fueran subalternos de Madrid, el argumento de Barbón nos recuerda la falta de estructura estatal para la representación territorial. Solo el trato personal y el buen rollo con quien gobierne puede servir sencillamente porque no hay estructura para que los problemas territoriales (no de identidad nacional) afecten a la labor legislativa y ejecutiva. El Senado es una broma pesada y cada vez que oigo a alguien decir que hay que hacer del Senado una verdadera cámara territorial me pasa como a Goebbels cuando oía la palabra «cultura», porque llevo cuarenta años oyéndola sin que nadie haya hecho nada para que el Senado sirva para algo más que dormir la siesta y activar el 155.
El declive asturiano no puede ser gestionado desde el Gobierno autónomo ni hay estructura de representación territorial donde se pueda hacer valer. La herencia para Barbón es mala y los hábitos políticos petrificados también. La política asturiana es orgánica, tiene una horma inalterable en la que todo el mundo está instalado, hace su papel y no se altera ningún guion. Se fueron cayendo industrias y servicios sociales y se fue yendo la población como se caen cascotes de edificios viejos sin que se alterara la política asturiana más allá de algunos picos retóricos desganados. Toda España conoce mejor los problemas ferroviarios de Extremadura que el calvario de nuestras cercanías y que cuesta tanto, en tiempo y dinero, llegar o salir de Asturias que el Norte acabará siendo León y nosotros lo que está más allá del Norte, como en Juego de Tronos. La parálisis, el silencio y la falta de mensaje de Javier Fernández fueron clamorosos. Asturias enfrentó el déficit público con la misma lógica que en otros sitios. Los recortes empezaron por cerrar aulas, reducir asistencia sanitaria y maltratar la dependencia antes que tocar la hinchazón de tanto ente público indemostrable. La corrupción fue toda la que cabía. Fue tanta que Javier Fernández cometió el error dialéctico de decir que la corrupción en Asturias no fue sistémica y que Asturias no fue un lodazal. Es el error del famoso «I’m not a crook» de Nixon, «no soy un chorizo». En esas frases nunca se oye la negación, solo se oye corrupción sistémica, lodazal y chorizo. Solo se entiende qué puede estar pasando para que sea eso lo que hay que negar.
Lo cierto es que en Asturias tenemos cierta facilidad para combinar la memoria creativa con el olvido indolente. Podemos hacer un mejunje memorístico con un Pelayo indómito, el oso de Favila, Quini y el obrerismo heroico, lleno de fábulas y verdades a medias, y a la vez enfrentar las elecciones de 2011 aceptando al PSOE como un partido nuevo en Asturias y a Álvarez Cascos como nuevo en política. Y podemos encarar esta legislatura como si otra vez el PSOE fuera nuevo en Asturias y a la vez creer que el atronador festival aéreo gijonés es de toda la vida y el cachopo se comiera aquí mucho antes que la fabada. Estamos acostumbrados a que nunca importen las elecciones y eso es parte de la herencia que afronta Barbón. El no haberse vaciado para tener ya una mayoría parlamentaria estable es un síntoma pésimo de la seriedad con que afronta esa herencia. Y el PSOE suena como siempre, en el runrún de su militancia y cargos no se adivinan nuevas formas ni ambiciones. A los que nos toca, seguiremos haciendo de nenúfares flotantes que ayuden a dar a esta laguna nuestra apariencia de Paraíso. Pero alguien debería empezar a hacer política para que Asturias no se convierta en un sitio vacío con paisajes de asombro, comidas inolvidables y un montón de palanganas donde remojar los pies en los balnearios.

Ciudadanos en el circo e izquierda con déficit de atención

La izquierda se desordena enseguida y a la mínima se convierte en grumos ensimismados ajenos unos a otros flotando en la actualidad sin tocarse. No tendría importancia si no fuera porque los fuegos artificiales distraen de los procesos que avanzan de manera inmisericorde y mantienen unidas a las derechas a fuego, por encima de sus antipatías y el calvario de aguantarse unos a otros. La broma de C’s en el desfile del Orgullo tuvo dos impactos, uno en el propio desfile y otro en la cháchara desgañitada que le siguió. Los izquierdistas tienden a dar mucha trascedencia a los temas sobre los que se forman opinión, como si no existieran temas menores, y a dar mucha jerarquía a cada idea clara que consiguen formarse, como si cada idea fuera una frontera que separa la pureza de la disidencia. Así que algunos progresistas creyeron que era buena idea encararse con C’s en el desfile (primer impacto) y en los días siguientes otros se empapizaron con polémicas sobre tolerancia frente a la lucha contra el filofascismo provocador. Siempre creyendo mirar al horizonte de la historia. Pero hasta de lo más tonto hay que aprender algo.
Empecemos por el primer impacto. Solo desde un descomunal despiste se puede pensar que C’s fue a la manifestación del Orgullo a expresarse libremente y a pelear por los derechos cívicos, en versión liberal. Buscaban una reacción en los convocantes con la que impostar heridas y persecución. No estoy opinando. Solo hago paráfrasis de los documentos de C’s que se hicieron públicos. Ya que no tienen historia ni ideas (compárese la altura moral con que Carmena está gestionando su primer puesto perdedor en Madrid con la que mostró Arrimadas con su primer puesto perdedor en Cataluña), tienen que recurrir a realitiespara parecer relevantes. C’s no solo está negociando con Vox, así en abstracto. Está pactando y aplicando medidas concretas contra los derechos que se reclamaban en el desfile y contra las personas de ese desfile. Todos percibimos burla en la imitación de los gestos de otro. C’s no fue al desfile a manifestarse sino a imitar a los manifestantes, hacían mofa de ellos. Como C’s no ejerció ninguna violencia, los manifestantes tenían a su alcance hacer con su provocación algo muy sencillo: no distraerse. El desfile del Orgullo es una manifestación cívica importante siempre y necesaria ahora, y está muy por encima de los numeritos circenses de C’s. Los manifestantes no debieron hacer aprecio de aquella pantomima. O podían recurrir al humor y la burla. Jugando en casa es muy fácil cachondearse de los graciosos y ridiculizarlos. Aunque Arrimadas no consiguió la hoja de servicios que buscaba, entrar en cualquier rifirrafe con el circo que pasearon los naranjas es un error que conviene ahorrarse. Después matizaré esto un poco.
Pero C’s no buscaba solo el impacto de la reacción de los manifestantes. También buscaba un segundo impacto, el que importaba, que los medios y la atención se concentraran en su bufonada. No importa que se les quite o se le dé la razón. Mientras se repita su nombre en la polémica, el objetivo de notoriedad se cumple. En su caso además no hay ideas que ofrecer ni principios con los que ser coherente, con lo que no hay límites. Y parte de este segundo impacto es que los progresistas se dividan entre quienes braman contra todo atropello a la libertad de expresión y quienes braman contra la provocación filofascista. Y así, además de notoriedad y cierta división en las filas enemigas, se puede conseguir que un incidente de poca monta se convierta en la imagen única de una enorme manifestación con un enorme caudal moral. C’s quedó muy lejos de lograr todo lo que pretendía, pero un poco de cada cosa que pretendía sí logró. Y, como decía antes, conviene aprender algo.
Debemos aprender, por ejemplo, a sacudirnos la intuición de que en una agresión el agresor y el agredido suman siempre cero: es decir, que lo que digamos en negativo de uno, lo ponemos de positivo en el otro; que tanta crítica volquemos sobre el agredido, tanta justificación otorgamos al agresor. Es una intuición equivocada. En una agresión la culpa del agresor es siempre la misma, cualquiera que sea la valoración de la conducta del agredido. Si un señor le pega una patada a otro sin motivo, estamos ante una agresión condenable. Si el agredido había insultado a la otra persona y la patada fue una reacción a la impertinencia, la agresión es exactamente igual de condenable. Pero ahora puedo añadir que el agredido era un imbécil y eso no quita grados de repulsa al agresor. Hubo bajeza moral fue en la presencia de C’s cuando está firmando con un partido machista y homófobo medidas contra la gente de esa manifestación. Y si hubiera agresión que condenar, se condena a la vez que se condena la bajeza moral del agredido. No suman cero.
También hay que aprender a no ver grandes principios en juego en lances de poca monta y a contextualizar las situaciones para distinguir cuándo los lances son de poca monta. Lo ocurrido con C’s es irrelevante. No sé cómo de hirientes fueron los insultos que recibieron ni cómo estaban de apretados los puños que se blandieron, pero Arrimadas y sus compañeros de parranda no corrieron ningún peligro (a buena parte) ni hubo riesgo de nada grave. No es a C’s a quienes escupen en su vida normal, a quienes discriminan e insultan, ni es de ellos de quien la ultraderecha quiere hacer listas. No tenemos que llenarnos la boca con el derecho al libre pensamiento ni zarandajas, porque no estuvo comprometido nada importante. El victimismo hiperbólico de C’s y su circense comparación con luchadoras históricas de derechos civiles es infantil. Y cualquier análisis tiene que contextualizar. Las manifestaciones colectivas con fuerte inmersión emocional, así sea en un concierto punk, un partido de fútbol o un desfile del Orgullo, da lugar a unas pautas de conducta diferentes de las que se siguen en las situaciones normales. En una manifestaciones colectivas el conjunto se traga al individuo y buena parte de su compostura, se grita y se dicen frases cortas y simplonas. En una situación normal quien hable y se comporte como lo hace en una manifestación parecería lelo. Esas situaciones de disolución en el grupo son excepcionales y a veces nos divierten, como en un concierto, y otras veces son la manera de mostrar fuerza expresándose todos a la vez. Nadie puede defender que se rompan farolas ni puede ver con simpatía que se insulte o se hagan gestos enérgicos amenazantes. Pero en el contexto de una manifestación es parte normal y nada preocupante de la simplificación de la conducta colectiva. Por lo que leí sobre el incidente del desfile, y ajustando como mejor pude los graves y agudos de las informaciones, el desfile fue sin matices el éxito de una causa justa. Y nada más, no hay nada relevante que añadir a eso.
La izquierda no debe distraerse. Lo relevante es que la ultraderecha ataca derechos civiles, con intentos de intimidación incluidos. Y lo relevante es por qué la derecha moderada se ensucia en charcos tan mefíticos. La política consiste básicamente en la relación de una columna de ingresos con una de gastos. La forma de ingresar y de gastar es el meollo que diferencia a las izquierdas de las derechas. El ojo de Sauron de las derechas está clavado en la educación pública, la sanidad pública y las pensiones públicas. Estas son la sustancia de la igualdad de oportunidades y de la justicia social. Pero son un enorme gasto que hay que aligerar para bajar los impuestos de los ricos. Y son un enorme espacio potencial de negocio privado y de consolidación de privilegios. Es la prioridad absoluta de las derechas y por ella están dispuestas a aguantar el ardor ultra y sus cruzadas autoritarias. Si alguien rompe una farola en una manifestación, la izquierda no debe distraerse con los numeritos de la derecha y enredarse en grandes principios por bobadas de poca monta; esto es, tiene que aprender a decir que no quiere farolas rotas pero que le importa un bledo que alguien haya roto una.

La Iglesia y sus ideologías y que predique el nuncio

Hace catorce años yo tenía una situación familiar normal y corriente. Como no soy Sergio Ramos, basta con lo básico: estaba casado, tenía una hija y un hijo. En ese momento el gobierno de Zapatero elabora una ley que permite que se casen personas del mismo sexo. Y entonces ocurrió con mi normalísima familia lo que tenía que ocurrir. Absolutamente nada. Habían tronado púlpitos eclesiales y atahonas conservadoras con que las familias como la mía estaban en peligro, clamaron en manifestaciones y anunciaron oscuridades. Como era de temer, lo ocurrido hace catorce años mejoró la vida de algunos y no perjudicó a nadie, salvo a los metomentodo episcopales y su fijación por la entrepierna de los demás. Vistos de cerca, los homosexuales parecen tan normales que lo sucedido hace catorce años, no solo fue inofensivo, sino justo, la reparación de una desigualdad necia. El problema del prejuicio, y su hermano mayor el odio, es que anida en esa zona nuestra que está fuera del razonamiento y a la que no llega el lenguaje. No les fue fácil decir cuál era el problema de aquella ley. Repetían lo de hombre y mujer, hombre y mujer, como un castañeteo mecánico de juguete averiado, balbuceaban peras y manzanas en frases que no sabían acabar y la única frase que podían pronunciar con sujeto y predicado era aquella de que no lo llamen matrimonio. Todo aquel rugido era por un problema léxico, qué gracia. Pero les pasa con más cosas. Con la igualdad de hombre y mujer, sin ir más lejos. La jerarquía eclesiástica da lenguaje, soporte dogmático y horma emocional a un principio conservador según el cual hombres y mujeres tienen distintos cometidos familiares y sociales, el hombre tiene una jerarquía y una responsabilidad superior y la relación entre los dos sexos es una versión de la que se da entre los adultos y los menores. Y de nuevo es difícil expresar este prejuicio cuando se habla de brecha salarial, de agresiones sexuales o de violencia de género. Tanto, que los metomentodo episcopales hablan muy poco de este tipo de cosas, con lo dados que son a hurgar desde los púlpitos en las vidas ajenas.
Decía que el lenguaje no llega a las esquinas del alma donde anidan prejuicios y odios. Así que hay que hacer trampa para sostener el prejuicio sin tener que hablar. El obispado bombea tres trampas que los partidos conservadores incorporan y convierten activismo político y que son la desfiguración de tres conceptos: la ideología, el odio y el extremismo. En el sentido corriente del término (no entremos en vericuetos académicos), cuando hablamos de ideología hablamos de una opinión que se tiene derecho a sostener y no a imponer. Lo que es ideológico no es común y además suele ser interesado. Aunque en puridad todo es ideológico, no llamamos ideología a lo que nos parece común. La Iglesia y los conservadores se reparten bien el trabajo en esta tarea de propaganda. La Iglesia se especializa en tratar como ideológico lo que simplemente es común por civilizado y los conservadores (partidos, organizaciones empresariales, banca) en hacer pasar por natural y realista lo que sí es ideológico. A la igualdad entre hombres y mujeres la Iglesia (y a partir de ella los conservadores) la llama ideología de género. Es común el convencimiento de que blancos y negros son iguales en derechos, tan común que nos parece de civilización elemental. Decir que eso es ideológico y que eso es ideología de raza sería pretender que eso de que los negros son tan personas como los blancos es una opinión que no se puede imponer a todo el mundo. En vez de decir que uno es racista y que los negros no son personas, digo que la afirmación de su igualdad es ideológica. Es exactamente lo que implica esa oscura expresión de ideología de género. A partir de la perversión del término, los recursos que mueve el Estado para enfrentar la violencia de género o simplemente para impulsar medidas de igualdad se convierten en financiación de ideologías y se hace pasar por higiene su eliminación. Los conservadores incorporan este caudal y hacen su trabajo desde el otro lado. Ellos y sus pesebres de analistas son los que quieren hacer pasar por diagnósticos técnicos la insostenibilidad de sanidad pública y pensiones o la ineficiencia de los sistemas de acceso a función pública. Y eso sí es ideología. Entre todos, quieren hacer discutible lo civilizado e indiscutible la barbarie neoliberal con la milonga de la ideología.
La segunda perversión es la del odio. Es una ampliación de la manida reacción de mal estudiante cuando suspende: el profe me tiene manía. Cuando los púlpitos braman para suprimir derechos, es lógica la crítica y la manifestación. Como de lo que se trata es de no razonar (recordemos que no hay lenguaje para el prejuicio), la respuesta de la Iglesia es que las críticas son manifestaciones de odio y actos liberticidas. Vamos, que es que le tienen manía. Y por supuesto el discurso conservador se humedece de Iglesia: ahí está la carcunda del Ayuntamiento de Madrid censurando a Def con Dos porque «odian». Y la tercera perversión es la del extremismo. Es comprensible. Lo extremista es extremista por estar muy lejos de otro punto. Con la misma lógica con que yo digo desde Gijón que Tokio está en las quimbambas un japonés lo dirá de Gijón. A la línea dominante de la Conferencia Episcopal le parece extremista la convivencia templada y la simple democracia por la misma razón que a otros nos parece extremista Sanz Montes o Reig Pla. La violación de niños es un crimen de muy mala familia. Pero el Concordato establece que las interioridades de la Iglesia y sus archivos no pueden ser investigados si los obispos no quieren (y no quieren). Policías y jueces no pueden investigar allí donde es sistémico ese crimen de tan mala familia, porque la opacidad legal que envuelve a la Iglesia es tan espesa como la de Guantánamo. A este tipo de tensiones con la civilización es al que la Iglesia llama extremismo. Están en su derecho. Desde donde ellos están, el estado de derecho es un extremismo.
Ahora el nuncio Renzo Fratini se despide diciendo que a Franco ya lo juzgará Dios y que siga siendo homenajeado en el Valle de los Caídos. Añadió que no quiere entrar en política. Recuerden que eso no es ideología. Y mantiene ese discurso torcido de nuestra historia: no revuelvan algo que provocó una guerra civil, dijo. Sin duda el señor Fratini sabe que «la era» de Franco vino después de la guerra civil, no antes. Las persecuciones y crímenes del franquismo no sucedieron porque hubiera una guerra, sino cuando ya no había guerra y durante décadas. Una frase inteligente de Juego de Tronos, a la que la serie no sacó provecho en el desenlace, es que lo que más une a los pueblos, más que banderas y armas, son los relatos, las historias que todo el mundo acepta y por las que siente formar un grupo con otros. En España solo funcionó el relato de la transición y, durante un tiempo, el del «juancarlismo» (que el interesado no tuvo responsabilidad ni altura moral para sostener). No hay que flagelarse por la debilidad de nuestro relato nacional. Hay suficientes inercias para que en lo esencial este sea un país bastante normal y los relatos nacionales están hechos muchas veces con materiales infecciosos. Pero el adanismo que se cultivó en la transición, como si estuviéramos naciendo, como si no hubiera habido antes una democracia en España interrumpida por una guerra y una dictadura y como si no fuera criminal la actividad de perseguir y matar a la gente por sus ideas o por puro autoritarismo, todo eso hace que nuestra falta de relato nos haga propensos al roce y la estridencia. La espantada del nuncio debería recordar a los católicos que la Iglesia sigue solidificando en símbolos y cultos historias y relatos que son verdaderas piedras en la convivencia. Siendo un país bastante normal, la Iglesia sigue empeñada en ser arenilla en el engranaje social y no inyecta en la política materiales de justicia social o alguna cara de la bondad, sino las cáscaras más amargas de las ideologías conservadoras. Quizá un país bastante normal no puede normalizarse del todo sin que rechinen sus partes más obsoletas y por eso la Iglesia no deja de producir estridencias. Si es así, que siga crujiendo. Y que predique el nuncio.

Conseguirán aturdirnos

Es normal cansarse cuando uno corre o hace esfuerzos. Pero el agotamiento al que se llega casi quieto o con poco movimiento, como en las pinacotecas o en Hipercor un sábado por la mañana, es un agotamiento físico y mental, es cansancio con aturdimiento, como si los pensamientos se hicieran demasiado gruesos para deslizarse y se embutieran como grasa en la cabeza. Parece que nuestros representantes están jugando a eso, a fatigarnos con unas negociaciones espesas como un caldo gordo e insípido, hasta que se nos olviden las elecciones, desaparezcan los últimos ecos de la campaña y en nuestro aturdimiento ya no sepamos qué queríamos que pasara cuando votamos. Seguramente los más inocentes de este desgaste son los de C’s.
Ellos fueron los primeros en fatigar nuestra inteligencia con el trile de formar gobierno con PP y Vox y a la vez negar que estén pactando con Vox. Se apoyan en Vox en Andalucía para echar a un partido que llevaba mucho tiempo en el poder con ilegalidades y malas mañas. Y se apoyan en Vox en Madrid para mantener a un partido que lleva mucho tiempo en el poder con peores ilegalidades y mañas dignas de una banda. Pondrán enseguida en la Presidencia madrileña a una persona que, desde ese partido y con esas mañas, puso a buen recaudo sus bienes mientras nos endilgaba a los demás las deudas de su familia. Para quitar a los corruptos y para mantenerlos, siempre suma con Vox y nunca pacta con Vox. La volatilidad y la absoluta falta de principios de C’s hizo pensar a la gente que Rivera era un político sin escrúpulos capaz de todas las incoherencias con tal de llegar al poder. Unamuno había dicho de este tipo de políticos que, contra lo que se decía, eran los políticos más coherentes, que solo conocían la causa de su propia ambición y la servían de manera insobornable. Pero ni eso se cumple. C’s se apartó de la regeneración, se apartó de la moderación, se apartó de la fiabilidad, pero no por el poder. En realidad, por nada. Se infectaron de ultraderecha solo para dar al PP el poder en algunos feudos donde ellos serán solo segundones. Dieron tales bandazos que ya parecen aquel Maestro de las Pistas que se Bifurcan de Torrente Ballester, un espía que urdía tramas de tal complejidad, que estuvo varios meses persiguiéndose a sí mismo sin darse cuenta. Por eso son ya inocentes de este aturdimiento nuestro. Son ellos los que están ya aturdidos. Solo desde el embotamiento se puede entender que Aguado le pida a Ángel Gabilondo que se abstenga por altura de miras y permita que gobierne el PP en Madrid. Cuando alguien le dice a quien ganó las elecciones que se abstenga para que gobierne quien las perdió sin necesidad de buscar apoyos, es que está ya aturdido, le aprietan los zapatos y ya no puede ver un cuadro más (por cierto, lo de Madrid es demasiado grave para que Errejón no confunda la transversalidad con el contorsionismo; lo último que necesitamos es que él también se aturda).
Sánchez parece pretender que poco a poco las negociaciones sean un playoff que haga tabla rasa de las elecciones y que con una demora tan cansina no nos importe. Hay tres cosas que Sánchez no puede permitir que ocurran porque serían una pésima señal del estado de nuestra democracia. La primera es que no puede haber otras elecciones. Eso indicaría que nos representa una generación de políticos preocupantemente incompetentes para hacer lo mínimo que se les encomienda. Los parlamentos de 2015 y 2016 eran perfectamente normales para formar mayorías. Y el actual da un resultado aún más sencillo de administrar. Sería una señal funesta la evidencia de estar representados por incapaces.
La segunda cosa que no debe ocurrir es que Sánchez se apoye en C’s, porque sería una señal muy dudosa del estado de nuestra democracia. La propuesta de C’s incluía supuesto de que echar a Sánchez era una prioridad nacional y que había que sumar fuerzas para tal empeño, incluidas las fuerzas ultraderechistas. A partir de ahí no hubo disparate al que no se apuntaran. Pero la banca, la cúpula empresarial, la parte provecta del PSOE que está a lo suyo y los apoyos mediáticos correspondientes dijeron enseguida que tenía que gobernar el PSOE con C’s. Parecen decir que las votaciones fueron esa algarabía que hay que hacer, pero que después las decisiones son cosa de los adultos y hay que formar un gobierno moderado con PSOE y C’s. Que finalmente se forme un gobierno del PSOE con C’s en estas circunstancias traslada la sensación de que, vote el pueblo lo que vote, esa oligarquía marca los límites de lo que se puede hacer. En 2015 Sánchez no quiso un pacto de izquierdas porque entre PSOE, Podemos e IU juntaban 161 diputados y no era suficiente; y entonces se presentó a la investidura con C’s, con quien sumaba 130. Y después Sánchez, sin galones, reconoció que había tenido presiones de los mismos que ahora dicen que tiene que pactar con C’s. Ahora suman con UP 165 y Adriana Lastra vuelve a decir que es que no llegan, a pesar de que Zapatero había gobernado con 164 diputados y Aznar con 156. Si después de que la oferta electoral estrella de C’s fuera que hay que echar a Sánchez, si después de que C’s pactara con corruptos y con la extrema derecha en todas partes, así todo vuelven otra vez a apoyarse en C’s, debemos pensar que hacen lo que les mandan y que nuestra democracia no admite un pacto de izquierdas, es decir, no es democracia. Sánchez no puede trasladar este mensaje. Tiene que pactar, como diría él, sí o sí, con Unidas Podemos, en las mejores condiciones que pueda, faltaría más, pero con Unidas Podemos.
Y la tercera cosa que debe evitar Sánchez son los cordones sanitarios que le pretende imponer la derecha y sus agendas delirantes. No se puede negociar la independencia con los independentistas, pero se puede hacer política con ellos. Iñaki Gabilondo recordó esta semana lo que todos dijeron durante décadas a quienes daban apoyo social a aquella violencia descerebrada de ETA. Decían que en democracia todos pueden defender sus ideas y nadie puede pretender que matar a otro es obligado por las circunstancias. La parte de Bildu más cercana a ETA ya condenó explícitamente la violencia y explícitamente la violencia de ETA. Y la otra parte de Bildu ya la había condenado hacía tiempo. ETA ya no existe, ya todo el mundo hace lo que tanto se dijo que había que hacer: defender sus ideas como personas normales y no como tarados; y ya todo el mundo, todo el mundo, guarda la debida compostura con el recuerdo de las víctimas de ETA. Puede haber razones para que Sánchez se sienta alejado de Bildu y evite su complicidad, pero no tiene lecciones que recibir de quienes insultan a las víctimas de Franco (¿recordamos a Rafael Hernando? ¿Estamos oyendo a Vox?) y son capaces de negar la única y dolorosa violencia sistémica que sigue viva, la violencia de género (ahí están los tres de la plaza de Colón). Ahí también Sánchez puede mejorar o empeorar la democracia.
Pero no se ve determinación. Se mantiene una interinidad insoportable y nos envuelven en un sopor con el que parecen querer sumirnos en la peste del olvido que obligaba a los habitantes de Macondo a poner papeles en las vacas que recordasen que hay que ordeñarlas y que la leche está buena con el café. Pero es una peste temporal. Al final mucha gente recordará por qué votó a Sánchez, qué quería frenar con aquel voto y por qué coreó «con Rivera no». Si quiere doblegar a Podemos es muy fácil. Como el Padrino, solo tiene que hacer una oferta que no pueda rechazar: anule usted la ley mordaza, retire la ley de educación y la reforma laboral, tómese en serio los impuestos y la evasión fiscal, acabe con el chiste de torear el Impuesto de Sucesiones, redoble esfuerzos en la igualdad de género, enfrente los privilegios medievales de la Iglesia, garantice por ley las pensiones y la sanidad pública. Atrévase y verá cómo Unidas Podemos no se atreven a votar que no. Y así esto parecerá una democracia y los oligarcas recordarían que lo que se vota va en serio.

Pactos con mil ausentes al fondo y una Manada en el redil

Los números redondos tienen algo de remanso. Si las cosas que se suceden son algo que fluye, cuando se acumulan hasta juntar un número redondo parece que ese flujo se detiene en remolinos perezosos e invita a la recapitulación y la búsqueda de sentido. Se llegó a mil mujeres asesinadas desde 2003. Un número redondo, que se refuerza con unos pactos políticos en los que se discute si eso es una tragedia, un fastidio o solo cosas que pasan; y con un Supremo que tuvo que decidir si en España es legal violar.
Decir que PP y C’s están pactando con la extrema derecha a veces resulta demasiado abstracto. Concretemos. Están pactando negar que ese número redondo de mujeres muertas constituya un fenómeno del que haya que ocuparse. Pactan dejar de poner medios y esfuerzos para combatir la violencia machista. Por supuesto, nadie va a negar que esas mujeres murieron asesinadas. Lo que pactan es negar que esas muertes tengan algo de particular y que haya un patrón violento específico, negocian el abracadabra que hace desaparecer la violencia machista diluyéndola en hechos inespecíficos (la maldad, la locura, el crimen). Y le añaden algunas mezquindades para simular razonamiento.
Insisten en la obviedad de que es igual el asesinato de una mujer que el de un hombre, como si hubiera alguna ley que diga otra cosa. La violencia machista es muy distinta del terrorismo, en génesis y procedimientos. Pero, como son dos formas de violencia sistémica, el recuerdo del terrorismo ayuda a reconocer lo evidente. Un crimen siempre fue un crimen, lo cometiera ETA o un delincuente común. Cuando las leyes tipificaron cierta violencia como violencia terrorista, no agraviaron a unas víctimas respecto a otras. Simplemente, establecieron que se trataba de una violencia con un patrón diferente que no se podía enfrentar con los recursos normales. Si se hubiera negado la existencia del terrorismo y se hubiera pretendido enfrentar el problema con la vigilancia policial normal, ETA se hubiera hecho con el territorio en unos meses. Que una mujer mate a un hombre es delincuencia común a la que se hace frente con los recursos y procedimientos normales. Que se asesine a una mujer por su condición de mujer (por razones sexuales, de posesión, de dominio o similares), en la familia o fuera de ella, es la reproducción de un patrón muy complejo de violencia que necesita de una acción policial, legal, judicial y educativa específica. Tan crimen es uno como otro, pero uno es sistémico y necesita procedimientos y recursos especiales para ser enfrentado. Esto lo entiende hasta Toni Cantó.
En el capítulo de mezquindades, Alicia Rubio, de Vox, llama vividoras del género subvencionadas a quienes trabajan en la lucha contra esta violencia. Recordemos de nuevo el terrorismo. La lucha contra ETA supuso mucho artificiero, mucho investigador, mucho personal, muchos sueldos y trastos muy caros y sofisticados. ¿Se imaginan que el PNV hubiera llamado vividores del terror subvencionados a todos esos profesionales? No son cosas parecidas, son idénticas, igual de repugnantes. Y esto está pactado en Andalucía y llevado a leyes, a retirada de presupuestos y a despidos, todo ello adornado con otra mezquindad: la cantidad de muertas por año demuestra que la lucha contra la violencia de género es inútil y solo sirve para cobrar. Con semejante argumento, los gobiernos españoles deberían haber desmantelado los equipos antiterroristas a finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando ETA podía matar a más de noventa personas en un año. La misma Alicia Rubio dice que el número de mujeres asesinadas está en la «Tasa de inevitabilidad», una expresión que quiere parecer técnica y que solo dice que son cosas que pasan y que pasan por «venganzas de hombres desesperados tras ser despojados de casa, hijos, trabajo y dignidad». Según parece, lo que juntamos desde 2003 son mil tragedias masculinas. Nada de lo que diga Vox tendría importancia si no estuviera ya en las leyes andaluzas y pronto en las de Madrid. Concretemos eso de que PP y C’s pactan con la extrema derecha: pactan cosas como dejar de ocuparse de la violencia que mata a más de 60 mujeres al año.
Las violencias sistémicas tienen que triturarse para ver de qué están hechas, cómo son sus tramas, sus impurezas y sus nudos. Los sabores ideológicos que se pueden cocinar con sus fibras son diferentes y eso justifica la diferente actitud de quienes no enfrentan el crimen sin buscar los aromas ideológicos que les puedan convenir. Del terrorismo de ETA se podían colgar ideologías y patrias, porque las fibras de aquel material incluían cosas como el independentismo y el izquierdismo radical. A ello se aplicó y se aplica el PP y C’s en cuerpo y alma. La violencia de género incomoda a la derecha y a la Iglesia, porque los materiales que quedan sobre la mesa cuando se pasa esa violencia por la trituradora apelan enseguida a una sociedad desigual entre hombres y mujeres. La forma de valorar y concebir las grandes estructuras, como el Estado, muchas veces es una proyección mental parcial de estructuras más accesibles, como el vecindario o la familia. La corrección de la desigualdad afecta a la estructura y roles dentro de la familia. La derecha no quiere que mueran mujeres, pero el análisis del problema compromete la estructura familiar que moldea sus valores sociales. Por eso son machacones hasta el ridículo con la familia, por eso los incomoda enseguida el cambio en el papel de la mujer y por eso los desconcierta el matrimonio homosexual. La igualdad de la mujer afecta mucho al orden social y económico, porque el hecho de que media población deje de ser menor de edad y dependiente es sencillamente una subversión. El análisis serio de la violencia de género saca inmediatamente todos estos materiales y por eso las derechas se llenan de pulgas con este tema. La Iglesia calla clamorosamente sobre la violencia de género. Pero da un importante soporte ideológico y lingüístico a la desigualdad. La Iglesia propaló eso de la ideología de género, que llena los programas de Vox. Llama ideología a la igualdad y predica el papel secundario de la mujer, en primer lugar con su ejemplo: las jerarquías eclesiásticas son masculinas y las mujeres no pueden celebrar misa. Pero también lo predican en sus comunicados, y en los centros escolares y canales de televisión que financian nuestros impuestos y sus privilegios. Todos querrían que no hubiera crímenes machistas. Pero su tratamiento remueve todo aquello que pelean por que no se remueva. Y su conducta no permite decirlo de otra manera: prefieren esos crímenes que remover para enfrentarlos todo ese humus ideológico.
Vox quiso incorporar al defensor de la Manada a sus listas. Lo de menos es que dijera que sí o que no. Lo importante es la empatía con la violencia y la brutalidad. Con la sentencia y el voto particular añadido, los jueces del famoso caso habían cubierto en su día todo el espectro de la infamia: desde negar la violación hasta denigrar la dignidad de la chica. La justicia, y el propio Supremo, tenían poco que ganar con la sentencia del Supremo, por la obviedad del caso, y mucho que perder por lo mismo. Se ganó poco y eso, desde luego, es mejor que haber perdido mucho. La trivialización de la violencia de género de los pactos de estos días y del juicio de la Manada encuentra acomodo fácil en los prejuicios y el machismo montuno esparcido en la sociedad y que tiene filamentos enredados en todas partes, incluidos algunos jueces. Pierden el tiempo cambiando las leyes. Ninguna ley impedirá a un juez machista dictar sentencias salvajes. El problema de este caso no es la limitación de las leyes, sino la manera de impedir la impunidad de jueces prejuiciosos sin comprometer la independencia judicial. Pero no olvidemos lo fundamental de estas fechas. Cuando se juntan mil mujeres asesinadas, se está negociando y llevando a las instituciones el veneno machista que niega el problema. Y lo están haciendo PP y C’s al dictado de Vox.