sábado, 16 de junio de 2018

España se quita la faja

Ni vamos a caernos de un guindo con el nuevo Gobierno imaginando lo que no hay, ni vamos a hacer muecas para que no se nos note que sonreímos. Empecemos por la sonrisa. El alivio que flota en el ambiente se debe desde luego al PP. A veces al quitarnos los zapatos nos damos cuenta de cómo nos estaban rozando y magullando. El PP nos apretaba por todos lados, nos hacía llagas y escoceduras y se nos estaba avinagrando el gesto. Se defendía de sus escandalosos pecados a mordiscos, sus seguidores no tenían forma de dar la razón al Gobierno más que a salivazos y asimilando rencores desmedidos y los oponentes sólo podían disentir chillando, no había espacio para el razonamiento. Las leyes que nos quitaban derechos laborales o libertades básicas nos soliviantaban a diario y mantenían la crudeza de las descalificaciones que volaban por las redes sociales y las manifestaciones públicas. El PP desquició el desquiciamiento independentista hasta que no quedara sitio más que para actitudes desquiciadas. Todos los días había malas palabras, mentiras cínicas y culpables impunes. Como digo, no se podía dar la razón al Gobierno ni quitársela más que a bramidos. El acomodo más firme de lo que se esperaba de Pedro Sánchez y la dimisión de Rajoy hacen sentir como pasado al PP y es como si nos hubiéramos soltado una faja que nos apretaba la tripa hasta darnos retortijones.
Hay otra razón para la sonrisa en estos primeros momentos. Pedro Sánchez tuvo enemigos muy antipáticos. No es que él sea amigo de muchos, pero es el enemigo de los enemigos de muchos. Un enemigo triunfante. En Susana Díaz todo fue desagradable. Fue molesta la demora en presentarse oficialmente candidata, como si no llevara maniobrando para la Secretaría General desde la noche de los tiempos. Fue tosca la manera de defenestrar a Sánchez y burda la impostura con que manejaba los hilos de la Gestora. La falsa humildad pésimamente interpretada con que por fin se presentó, la parcialidad bochornosa de todo el aparato del PSOE y de viejas glorias, que acabaron siendo más viejas que glorias, todo aquel oropel, dio grima y alimentó ternura hacia Sánchez. Ya en campaña, Susana Díaz sorprendió por una inesperada carencia de mensaje, ideas o programa y por una prepotencia que incrementó la antipatía general hacia ella. Pocas veces se alegraron tantos, concernidos o no por las interioridades del PSOE, como cuando Pedro Sánchez venció en aquellas primarias. Fue también antipático el diario El País, siempre influyente y siempre parte de lo que se cuece en el PSOE. Ni siquiera se molestaron en tergiversar. Directamente insultaban a Sánchez. Queda para el recuerdo aquel editorial en que se le llamaba insensato sin escrúpulos y persona no cabal. Y queda para el recuerdo aquel editorial que comparaba su victoria en las primarias con el Brexit, el triunfo de Trump o el ascenso de Le Pen. Y en medio de aquella jauja deambulaba Felipe González, también antipático y con el plumero al aire, menospreciándolo con aquello de que lo que sabía de España se decía en media hora; o con aquella ridícula performancediciéndose frustrado y engañado ¡porque Pedro Sánchez le negaba el apoyo a Rajoy! Y luego, claro, a quien desbancó del Gobierno contra todo pronóstico era al PP, al traje que nos hacía escoceduras. Encima la moción de censura desenmascaró a Rivera como lo que es, un liante, no una persona de diálogo, sino un cizañero menos inteligente de lo que algunos creían.
En el ánimo de mucha gente, cada batalla convirtió a Sánchez en el enemigo de mi enemigo. La batalla en que por fin los derrota a todos no puede menos de ponernos una sonrisa. Se inicia entonces un tiempo flotante, un presente plácido sin futuro claro y aliviado de un pasado encrespado. Los rugidos con los que el PP anunciaba filibusterismo en el Senado y una gobernabilidad imposible se ahogaron enseguida por la dimisión de Rajoy y la aparición extemporánea de Aznar, tan mediocre como siempre pero más engreído, más ridículo y más inoportuno. Finalmente Sánchez se apunta un tanto con el Gobierno que presenta. Pedro Sánchez es lo que Rivera pretende que creamos que es él. En realidad, en economía, relaciones laborales, función pública y servicios públicos, Rivera es un extremista que presentaría sus hachazos como modernización e incentivos de superación. Pero él finge ser Pedro Sánchez. Cuando se le pase el mareo, dirá que él fue quien sacó a Sánchez de la podemización y recuperó para España al PSOE a la vez que libró al país de la corrupción.
Sánchez forma parte de las tendencias neoliberales que socavan el bienestar y las clases medias mientras bajan el aporte de las clases altas. Es abierto en cuestiones de libertades, igualdad de género, derechos de minorías o laicidad del Estado. Las circunstancias lo llevaron a la Presidencia con muy poca complicidad con la historia reciente de su partido y con mucho de lo que se fraguó en las movilizaciones de la calle y los movimientos alternativos. Por eso, es imaginable un impulso de regeneración y lucha contra la corrupción. Su límite es la combatividad con los poderosos. En materia fiscal o de laicidad no cabe esperar un pulso firme con la banca o la Iglesia, aunque sí es posible algún roce con los primeros y que hurgue en los privilegios de los segundos y se lleven algún berrinche. El equipo de Gobierno es una gran obra de comunicación. El Gobierno de España lleva dos días en la portada de los informativos y prensa internacionales. Y esto no es despectivo. La cantidad de mujeres es ya un avance en sí mismo antes de que empiecen a hacer nada; la cantidad y los estereotipos que rompen. No es habitual que el aparato de seguridad del Estado, el de Defensa y el de Economía estén en manos femeninas. Los ministros y ministras están elegidos para complicar el discurso de la derecha. Sánchez parece asumir que la frontera por la izquierda está tranquila. La primera vez que llegó a la Secretaría del partido la ocupó sin claridad y sin rumbo. Pero fue el primero en entender que la erosión electoral del PSOE por Podemos se combatía desplazando el frente dialéctico al otro lado, hacia y contra el PP, en vez de hacer de falange del PP contra Podemos. Rajoy no esperaba ese giro y fue cuando se enfadó y le dijo aquello de que no volviera al Parlamento y que había sido patético, allá por 2015. Algo así parece retomar con la gente elegida.
Podemos se movió con gran eficacia y buen criterio. Reaccionó con rapidez al impacto de la sentencia de la Gürtel y, a diferencia de lo que hizo otras veces, hizo ver que su compañía no sería un dolor de muelas diario. Marcó con firmeza las líneas y le puso fácil el camino a Sánchez. Tuvo mucho que ver con esa sensación de obligación moral que inundó el Parlamento y también con que el PNV percibiera que de todas formas Rajoy caería, aunque fallara esta moción. La moción de reserva que pactó con C’s fue un golpe político eficaz. Ahora le toca gestionar lo que sigue. Para la izquierda el balance es bueno. Nos dirigíamos a una mayoría absoluta con la suma de PP y C’s, posiblemente encabezada por Rivera. Las políticas previsibles serían radicales y duras. C’s no las expresaría con el alcanfor y tufo añejo del PP, sino con esta jerga propagandística que quiere pasar por tecnócrata, moderna y como de máster, como si la desigualdad fuera efecto de la exigencia de los tiempos y los méritos de cada uno. El que se haya podido cortar el camino a situación tan adversa es lo que hace que el balance sea bueno para la izquierda. Ahora Podemos debe saber cuándo callar (por ejemplo, ahora; la escena es por unas semanas para Pedro Sánchez), cuándo hablar bajo y cuándo chillar, cómo enfrentarse a Pedro Sánchez y cómo apoyarlo.
El PP bufa, C’s masculla entre dientes, Javier Fernández, Susana Díaz, Felipe González y Cebrián están calladitos y Soledad Gallego-Díaz se va a hacer cargo de El País. Es hora de que el PSOE y Podemos, cada uno por su lado, agitados y no mezclados, averigüen qué hicieron bien últimamente, dónde acertaron. No es propio de ellos.

jueves, 7 de junio de 2018

Fin de Rajoy. Y el Ícaro de la derecha desvela un gran secreto

Ícaro recibió de su padre Dédalo unas alas de cera y plumas para salir volando del laberinto del Minotauro. Cuando se vio volando quiso volar más alto. Y quién no. Tanto subió que el sol fundió la cera y se cayó al océano. Rivera ya se había declarado hijo putativo de todos los poderosos, había repartido babas por todos los despachos, había lamido todos los culos. Y finalmente Vargas Llosa lo ungió, lo tomó con sus manos y lo soltó como una paloma a los cuatro vientos de la libertad. Las encuestas decían que ganaba. Así que volaba y quiso volar más alto. Y quién no. Nadie le advirtió de que la audacia de la mediocridad es más vulnerable que unas alas de cera y que, cuando se vuela demasiado alto cargado de ramplonería, la cortedad fulmina el vuelo con más impiedad que el sol. Aznar le dijo que tenía cualidades «relevantes», pero no que le faltaba todavía un fervidín. Así que decidió volar y mostrarse. Y perpetró aquella bazofia patriotera en la que presentó ese callo de «España Ciudadana». La ranciedad del llegó a su culmen cuando Marta Sánchez cometió esa versión suya del himno nacional que deja a nuestra Marcha Real hecha un mejunje. Hasta los medios afines informaron de aquello en voz baja y con prisa. En Madrid, intentaba aparentar regeneración, a la vez que sostenía una corrupción sistémica; y sensatez, a la vez que buscaba maneras de no censurar el esperpento de Cifuentes. Sus contorsiones circenses mostraron con transparencia su oportunismo y su pequeñez.
Llegó la moción de censura y se le acabaron de derretir las alas. Rivera volvió a hacerse el contorsionista queriendo desgastar al PP a la vez que de ninguna manera quería echarlo para poner un gobierno de izquierdas. Se hacía el ofendido por la corrupción y buscaba las soluciones más chistosas para no censurar al partido que había quedado descrito por los jueces como una verdadera banda. Hasta amplió su lista de mentores declarándose hijo putativo de Jáuregui, Redondo y Solana. Qué ocurrencia. Podía haber votado a favor de la censura como Esquerra, con una venda en los ojos, como decía Rufián: me apetece tan poco votarles como a usted que yo les vote. O podía haber votado en contra, alegando que con Gürtel y sin Gürtel es mejor que siga el PP con nosotros que pasar al PSOE apoyado por «todos esos». Pero quiso rebañar de todas las fuentes y su voz se esfumó tapada por las voces de Rajoy y Hernando, bastante más sólidas y brillantes que la suya en este lance. Ahora quiere monopolizar el papel de oposición frente al batiburrillo de Sánchez. Tiene las encuestas a favor, pero sólo tiene 32 diputados. Rajoy y Hernando le dieron autoestima a los suyos y Hernando ya advirtió de que van a seguir ahí con 137 diputados y mayoría absoluta en el Senado. El Ícaro quedó desplumado y señalado como maniobrero.
La moción de censura la iba a ganar el primero que convenciera a los demás de que iba a ganar. Al PNV sólo le iba en este asunto el bocado que se había llevado de los presupuestos. Votaría lo que pudiera explicar más fácil en el País Vasco. Rivera quiso sacarle el tuétano al PP, se apuntó al desgaste del Gobierno en los mismos duros (y merecidos) términos que los demás y contribuyó mucho a que se percibiese que el PP estaba liquidado y en derribo. El vendaval contra el PP podía arrastrar al PNV si quedaba como una isla con el partido de Gürtel y tuvieron que apoyar la censura. Pero Rivera no podía mantener la apuesta hasta el final, no podía derribar al PP para poner a la izquierda y el PP se negaba a irse por su propio pie. Así Rivera fue el segundo derrotado.
Los efectos de la moción a la que ayudaron las maniobras de Rivera no están claros. Algunos dirigentes del PP decían que Rivera había propiciado una mayoría en torno a Sánchez que antes no había. Por ahí van los tiros. En muchas películas frikis a las que algunos dedicamos parte de nuestro solaz hay un muro o una valla que protege a la población de amenazas inciertas de lo que hay más allá de ese muro que no se sabe lo que es. Aquí se trazó un falso muro constitucional, como el Muro del Norte de Juego de Tronos, más allá del cual sólo hay separatistas, salvajes y populistas que destrozarían el suelo patrio sólo con su aliento. Por eso es tan inestable la política española y tan inevitable el PP. Todo había que cocinarlo con lo que estaba dentro del muro, PSOE, C’s y PP. Rivera sólo ve españoles cuando sale a la calle, pero no en el Parlamento. Quiere que los españoles seamos todos iguales, pero como en Esparta, donde los homoioi(los iguales) eran la casta de varones con todos los derechos; eran iguales para distinguirse de los diferentes. Las derechas llevan azuzando agravios para ligar la conducta de los votantes a los resentimientos prejuiciosos y las amenazas confusas que componen su discurso. Los términos con que se refieren a lo que representan más de noventa diputados son impropios de una democracia: «enemigos de España» o «los que quieren acabar con España», dicen. ¿Dónde se oyen expresiones así? A muchos nos quedan tan lejos como el misterio de la Santísima Trinidad los nacionalismos, sus banderas que, como decía El Roto, acaban siendo muros y su hipertrofia simbólica. Pero esta moción de censura permitió oír al ya Presidente decirle a Joan Tardà que está muy lejos de sus planteamientos y pedirle apoyo y acuerdo. Porque así son las cosas: se puede estar muy lejos de ciertas posiciones de alguien y entenderse en otras. La gente podrá ver con sus propios ojos que en el Parlamento no cambia la abrumadora mayoría contra la independencia de Cataluña porque los independentistas catalanes apoyen al nuevo gobierno, como ya se vio con el PNV.
El PP hizo un último esfuerzo en mantener ese muro. Cayó como había vivido, mintiendo, negando, esparciendo rencores, atacando a la justicia. Les parece antidemocrático que los desaloje una mayoría parlamentaria. La otra vez que se les desalojó, cuando Zapatero, fue con elecciones. Y también dijeron que fue trampa y tongo. Pero no vieron burla al electorado en el golpe de mano por el que se emplearon los votos socialistas para poner a Rajoy en la Presidencia (qué dirán ahora Javier Fernández y compañía). Su despedida nos recordó por qué había que despedirlos.
Los tiempos que vienen son muy complicados y todo puede pasar. Pero puede empezar a pasar lo que se temían en los pasillos los del PP, que Rivera haya propiciado que se descubriera el secreto de que detrás del muro había políticos tan estúpidos, corruptos, laboriosos y honestos como en el terruño mal llamado constitucional. Y que esos políticos pueden entrar legítimamente en mayorías parlamentarias. Ese es el reproche a Rivera: que ahora haya más ingredientes para mayorías legítimas. No hay diagnóstico más necio que el que caricaturiza a capas masivas de votantes. Los progres deforman al votante del PP como ignorante y sin escrúpulos como si no se tratara de millones de personas normales. Por supuesto que son repudiables las hipocresías y prejuicios independentistas. Pero no se puede caricaturizar alegremente a la mitad de catalanes que los votan ni sus lindezas son de peor pelaje que muchas de las que aguantamos más acá del muro, donde los ministros cantan El novio de la muerte, amenazan a jueces para proteger a corruptos, entregan los dineros públicos de la enseñanza a la Iglesia o ponen a media asta las banderas en los cuarteles en Semana Santa. Si esta moción de censura sirve para que se perciba que hay 350 legisladores legítimos, para que acabe no llamando la atención que nacionalistas voten leyes sobre pensiones o sanidad y para que se discutan las propuestas de Podemos en sus términos, sin estridencias descerebradas, habrá hecho un gran servicio al país. El servicio de disolver barreras de incomprensión y sordera.
Y un detalle. En un debate en el que se discute la caída de un Gobierno y la propuesta de otro alternativo, ¿ni una palabra sobre educación? ¿De nadie?

martes, 29 de mayo de 2018

Chalés en tiempos de Gürtel

Qué raro se hace que estén abiertas las urnas digitales de Podemos por el asunto del chalé con Gürtel encima de la mesa. Es el detalle de una mafia que robó, que pagó y compró favores con nuestro dinero y que amenazó, manipuló y golpeó en la justicia como rufianes de baja estofa. Y justo en estos días el juez ya llama organización criminal a todo el embrollo que rodeó a Zaplana. La verdad es que ya lo sabíamos todo. El PP sigue ahí porque en el electorado los miedos fueron mayores que la exigencia. Y siguen ahí porque los apoyaron partidos cuyos miedos e intereses fueron mayores que la decencia. Miramos para el PSOE porque nos lo debía. Lo sabía todo, como nosotros, y puso a Rajoy en la Presidencia, y además gratis. Tuvo miedos (desestabilización, prebendas y privilegios que se iban, Venezuela, populismo, España indefensa ante los españoles), pero no la debida repugnancia por la desvergüenza. Hasta tenía miedo de poner una moción de censura y que la apoyaran los independentistas, como si destiñeran o dieran urticaria. Como si el PSOE tuviera que excusarse por el independentismo. Es el PP el que acaba de pegarnos otra mordida para comprar el apoyo del PNV, a la vez que el PNV pacta con Bildu el derecho a la independencia. Que se expliquen ellos. C’s carece por completo de moralidad, por lo que en su caso es coherente excluir el decoro en sus actos. Ahora quiere que el Gobierno se vaya, porque su falta de escrúpulos le haría difícil el voto en una moción de censura. El PSOE no tiene que negociar nada ni pedirle nada. Sólo lo que hizo, poner la moción de censura y que Rivera se ponga con o contra Gürtel. ¿No hizo ya Pedro Sánchez un órdago así a Podemos? Pactó con C’s y le dijo a Podemos que con él no negociaba y ahí va el órdago de mi investidura. Aquello lo hizo por razones espurias que no hace falta recordar. Hoy tiene razones de dignidad y limpieza para hacerle el órdago al mentiroso de Rivera. Rivera, según él, ya puso orden en Venezuela, ya convocó con éxito la huelga feminista del 8 de marzo, salvó las pensiones y libró a Madrid de Cristina Cifuentes. Que nos libre ahora a España de la banda PP. El PSOE nos debe este paso.
Como digo, es raro que los allegados de Podemos tengan abierta la consulta sobre el chalé de sus líderes. A veces la actualidad junta episodios agitados y no mezclados, como el Dry Martini de James Bond. Seguramente muchos fieles querrán pensar que lo del chalé es una minucia y que hay que concentrarse en lo importante. Las cosas necesarias pero no suficientes son muchas veces muy pequeñas. Pero pese a su pequeñez son necesarias. El asunto, sobre el que conviene claridad ante lo que está por llegar, tiene cuatro vértices: el económico, el político, el de la consulta a las bases y el de la reacción. La parte económica me pareció hasta cierto punto irrelevante. Muchos matrimonios de sueldos medios tienen un piso y una segunda vivienda en propiedad. Y eso nos pone en esos seiscientos mil o cerca de ellos. Tener ese dinero en mano es ser rico, pero poder obtenerlo en préstamo no es señal de riqueza. Sin entrar en política y hablando sólo de dineros, que dos líderes nacionales puedan hipotecarse por esa cantidad no es llamativo. Tampoco lo es que el banco dé el crédito. No hay el menor riesgo de impago por muchas razones. Todo lo pagan con su dinero y no están ejerciendo privilegios indebidos. Por cosas así Podemos no hubiera hablado de casta, no era de esto de lo que protestaban. El disgusto que tienen muchos allegados de Podemos no es del mismo pelaje que el de los socialistas allá por finales de los ochenta y primeros noventa. No hablamos de mansiones con más metros cuadrados de váteres que un piso entero normal, ni de Cucas diciendo que a las socialistas también les gustan las joyas, ni de toda la plana mayor socialista enredada con la jet set en lujos y ostentaciones y en astracanadas de parásitos. Lo de Iglesias y Montero no es una casona de millonario, es el chalecito de clase media desahogada.
Pero tiene relevancia política en el país de Gürtel. El chalé afecta a dos elementos políticos, el de la identificación y el del discurso. Podemos tuvo una mayoría inusual entre votantes de menos de veinticinco años. Esto sucede por identificación, por sentir cercanos y reconocibles a las cabezas visibles de Podemos. Normalmente se gana ese crédito por afinidad con el electorado o por cierta respetabilidad personal, como puede ser el caso de Carmena. El chalé con piscina en las afueras se asocia con una forma de vida aburguesada y nada combativa en la no se ve el electorado de Podemos, ni se reconoce esa generación que acampó el 15M pidiendo futuro. No es que los políticos no puedan tener vida privada, pero hay aspectos de la vida privada que son mensajes. Y afecta también al discurso. El discurso de Iglesias fue exigente, provocador y hasta faltón. Y buena falta hacía y hace en el país de Gürtel. Ahora una parte del discurso de Podemos tiene arenilla, hay que expresarlo con más palabras, con justificaciones y explicaciones y eso quiere decir que está dañado. Por muchas lecciones que nos quiera dar Monedero y muchos paladines que salgan ofendidos en defensa de sus líderes, la pura verdad es que los afiliados de Podemos preferirían, creo que todos, que no hubieran comprado ese chalé. Y los dos líderes sabían que esto ocurriría. De todas formas, no está mal que se haya percibido malestar y run run en Podemos, porque eso significa que ese tejido del 15M sigue ahí y reacciona.
El tercer vértice, el de la consulta a las bases en la que se columpian, me recordó a aquel cómic de Astérix en que un niño impertinente dejaba de respirar hasta que se le concediera el capricho de turno. Se ve que les irritó o dolió la irritación o dolor de las bases y pusieron pucheros. No hacía falta esta consulta. Que los líderes deben tener siempre su cargo a disposición de quienes los pusieron ahí es una obviedad que no es de aplicación al caso. Sólo debían una explicación y a partir de ahí que las bases y los votantes hagan sus balances, en eso consiste el juego de la democracia. Que no les engañe un resultado positivo: en privado, todos querrían que no hubieran comprado el chalé.
El cuarto vértice es el de la reacción mediática en los dos sentidos: reacción, cualidad de reaccionario, que es mediática; y actitud que el asunto suscitó en los medios. Caben dos apuntes rápidos sobre la cuestión. Uno es que el asunto vino con la desmesura habitual de los medios sobre Podemos. Desde su aparición el descomedimiento rabioso de la prensa más extendida hacia la formación aumentó mi desconfianza sobre el país en el que vivo. Qué habrá que ocultar o qué intereses son tan sólidos para tanta histeria, para que bobadas de Irán o de Errejón se sostengan días y días en periódicos de cierta reputación. Y el otro es que en España hay una extrema derecha movilizada que hay que tomar en serio. Si a alguien le está haciendo gracia lo que está pasando en el entorno del chalé de Iglesias y Montero, tendrá tiempo de abochornarse. Y la atrocidad del señor Herrera debería poner sobre la mesa de una vez qué es lo que le estamos pagando a precio de oro a la Iglesia. Desde luego no es Cáritas, no es por tantos por los que le pasa el cepillo a la nación.
Podemos, con arenilla o sin ella en su discurso, tiene que infiltrar en la política nacional lo que representa. El PSOE, con sus vergüenzas y grandezas a cuestas, hace bien en intentar echar a estos sinvergüenzas o desenmascarar a los farsantes. Nos lo debe, ellos los pusieron ahí. José Mª Izquierdo tuvo un recuerdo para los jueces que sufrieron el calvario de enfrentarse a la banda: Pedreira, Garzón, Ruz, de Diego y de Prada. Y para los fiscales heroicos: Luis Peñas y Concha Sabadell. Deberían recordarlos en la moción de censura. Y también a quienes presidían al PP durante el saqueo y la extorsión: Aznar y Rajoy. Y a quienes fueron los Secretarios del partido, los que removían la salsa gruesa en las tripas bajas: Álvarez Cascos, Javier Arenas, Rajoy, Ángel Acebes y Dolores de Cospedal. Nadie debería olvidar estos nombres en la tierra en la que tuvo la suerte de nacer Marta Sánchez.

viernes, 25 de mayo de 2018

Cataluña: dos evidencias, un enredo y otra evidencia

Mala cosa es que tengamos que llamar inteligente a quien dice lo obvio. Cuando decir lo evidente es perspicaz es que el lienzo está muy emborronado. El momento catalán se puede resumir con dos obviedades, que no hay más remedio que considerar inteligentes, de dos columnistas y con otra observación al alcance de cualquiera que por eso se dice con embarullamiento. La primera obviedad la dijo Antón Losada. En Cataluña todos creen que el tiempo les dio la razón. No cabe esperar entonces la templanza que no hubo antes. La capa más divulgativa del falsacionismo de Popper dice que la contrastación con los hechos no puede demostrar la verdad de una teoría, porque entonces los mismos hechos podrían dar la razón a distintas teorías incongruentes entre sí. Y ahí tenemos la evidencia señalada por Losada: la calamidad política y moral actual demuestra a cada uno que tenía razón. Cataluña no está al gusto de nadie y como todos piensan que mientras no esté a su gusto todo será un desastre y, efectivamente, todo es un desastre, pues la falacia denunciada por Popper se consuma: la misma calamidad demuestra a cada uno que él tenía razón.
La segunda evidencia es de Guillem Martínez. El 48% de catalanes vota a partidos independentistas. Pero una parte de esos votantes no quiere la independencia, aunque está convencida de su derecho a un referéndum y a que Cataluña haga de su capa un sayo. El partido más votado es Ciudadanos, que no quiere la independencia. Pero resulta que hay muchos votos ahí cobijados que quieren una estructura federal del Estado y, por tanto, posiciones descentralizadoras. Guillem Martínez anota la evidencia de que estos datos sugieren que la sociedad sería capaz de entenderse. Ni son tan separatistas algunos votantes del independentismo ni hacen guardia sobre los luceros los votantes de C’s. Pero el éxito político de algunas formaciones depende de que tal acuerdo no se produzca.
Los excesos policiales y judiciales y la nadería política del Gobierno son clamorosos y por eso el problema alcanzó visibilidad internacional. Pues Rivera quiere más excesos. En vez de ajustar la intervención del Estado a límites civilizados e internacionalmente presentables, él quiere conflicto, según parece el único combustible que hace mover su nave. Fuera de la cuestión catalana, no hay ninguna iniciativa reconocible en C’s que no conozcamos ya del PP. Su presunto regeneracionismo naufragó ya en Madrid, donde se hicieron demasiado evidentes sus prioridades. El fuego de Cataluña es su único alimento, también en Madrid. Si tienen alguna posibilidad en Madrid es por lo que hacen en Cataluña, no por lo que hicieron en la tierra de los másteres y saqueos. El PP sólo tiene Cataluña como cuestión de Estado para fijar horizontes más altos que su corrupción y sus continuos fracasos. El independentismo también atiza la fogata. Ahora desdoblaron a Cataluña. Habrá una Cataluña institucional de cartón piedra y una Cataluña inorgánica que hará lo que se pretende que sea la política real. Y esa Cataluña inorgánica tendrá una forma astral en Alemania, Bélgica o donde quiera que vaya Puigdemont y le visite su enviado en la tierra, Quim Torra. Y cada actor tiene su marcaje. Rajoy tiene la sombra de Rivera vigilando para no se aparte de la estupidez. PDeCAT y Esquerra se marcan mutuamente y los dos están marcados por la CUP, los únicos felices que se creen de verdad esta comedia.
En este cuadro provisional hay dos ausencias. No mencioné al PSOE ni a Podemos o los Comunes, porque no forman parte del momento catalán. El PSOE se empeña en ser muleta del PP cuando se le requiere, sin reajustar nunca ninguna conducta del Gobierno con la que no haya estado de acuerdo. Así no tiene discurso ni voz. Podemos y los Comunes no tendrán discurso visible en Cataluña hasta que ajusten ese discurso a un cuerpo de doctrina lo bastante pequeño como para que lo puedan tener claro en la cabeza y defender con coherencia. No quieren la independencia, pero sí el referéndum. Es defendible un referéndum en una comunidad donde la mitad quiere la independencia y más del ochenta por ciento quiere ese referéndum. Con esa doctrina se sostiene un argumentario discutible pero coherente. Asociar ese referéndum a un derecho de los pueblos y a una nación dentro de un estado plurinacional es una ampliación de la doctrina en la que la izquierda se extravía y no resiste el mínimo debate. Es mejor que simplifiquen la teoría a lo que saben decir con seguridad y dejen lo de las naciones y los pueblos para cuando se lo sepan. La otra ausencia es el Rey. Tras aquel discurso de octubre, a Felipe VI no le queda ya munición que gastar para un problema que era evidente que se alargaría. ¿Qué podría decir ahora?
Decía que el momento lo componen dos evidencias: que el marasmo moral y político de Cataluña no hace que nadie se sienta culpable, sino que les hace creer a todos que tienen razón; y que las dos partes quieren incomprensión y conflicto porque de ello sacan renta. El tercer elemento del momento es la polémica que rodea a Quim Torra. Por supuesto, la información sobre el personaje está llena de impurezas. Según parece, no consta que sea autor de todo eso de que los españoles son oscuros como los africanos, con no sé qué tipo de mandíbula y un cociente intelectual y condiciones raciales inferiores a los catalanes. Ya se mueven papeles para emplumarlo por delito de odio. Como otras veces, se pretende que el mal gusto y la sordidez sean delito. Se aprovecha el rechazo que provoca la mezquindad para colgar de esa repugnancia natural la consideración de delito. Quim Torra se refiere a quienes él cree que desprecian a Cataluña (en su mundo PSOE, PP y C’s) como bestias, víboras, hienas y carroñeros y dice que viven, mueren y se multiplican y que tienen nombre. Sí, apesta esta forma de hablar, todos preferimos otra. Pero los medios que llaman odio a esto lo llaman a él psicópata y llegaron a llamar a Pablo Iglesias chulo putas. Es desagradable y desmoralizador, pero veo sectarismo, no delito. Habla de una raza socialista catalana adulterada por material español e irreconocible. Es una forma zafia de referirse a la evolución del PSC, pero no racial. Enric Juliana habla a veces del gen convergente y Xabi Hernández del ADN del Barça, pero esa raza, gen y ADN son figurados, no enredemos.
Hay impurezas en las denuncias públicas a Quim Torra. Pero eso no empaña el caudal principal. Sí es xenófobo lo que escribe y sí merodea el racismo con sus celebraciones y con las palabras que despliega en sus escritos. No en los ejemplos que mencioné, pero sí se refiere a los españoles, no a sus adversarios políticos, sino a los españoles, con desprecio y con insultos directos. Insultar a un grupo humano lleva siempre el aroma del racismo (racismo; ¿qué diablos es eso del supremacismo?). Si los términos que él usa los usara tal cual Le Pen o la extrema derecha alemana, Europa se alarmaría; son xenófobos y racistas, pero se cuidan de tocar con palabras directas la memoria más sensible de Europa. La izquierda catalana no tiene contexto al que apelar ni metas superiores que mostrar para votar a semejante candidato. El que es xenófobo y racista ya no es otra cosa más que eso. A este abandono moral se llega por la confusión permanente de principios. No se trata sólo de la hipocresía, de que Albiol lo llame xenófobo a la vez que reparte octavillas contra la construcción de una mezquita en Badalona. Se trata de la forma tramposa y demagógica de denigrar a rivales políticos mediante confusiones muy delicadas. Un importante periódico relacionó en su momento la victoria de Pedro Sánchez sobre Susana Díaz con el Brexit, con Trump y con Le Pen. Con la etiqueta vacía de populismo, se intentó siempre identificar a Podemos con esos mismos fenómenos. No hay forma de comparar cosas tan incomparables más que pasando por alto rasgos fascistas y xenófobos. A base de cultivar confusiones difuminando valores límite, los contornos de la civilización se hacen borrosos. Y acaba en la Generalitat Quim Torra. Apoyado por dos partidos de izquierda.

martes, 22 de mayo de 2018

Peleíllas en la derecha y espera en la izquierda, donde quiera que esté

Pocas horas pasaron entre que la Secretaria de Comunicación del Gobierno dijera a los pensionistas «¡Os jodéis!» y que el CIS publicara su sondeo electoral. «Os jodéis» parecían rugir también las cifras del CIS, que seguían manteniendo al PP al frente. El corte de manga de la encuesta no sólo era para los pensionistas. También para parados, mal empleados, enfermos, enseñantes, investigadores, emigrantes forzados y tantos otros damnificados por la devastación del Gobierno. Los gráficos del CIS también le hacían la higa a esos sondeos que sospechosamente coincidían con la línea editorial del periódico que los publicaba, esos que ponían a C’s no sé cuántos puntos por encima del PP y de la humanidad en general. Las encuestas son un ejemplo de la proyección del principio de incertidumbre a las ciencias sociales. Reflejar la opinión de la gente afecta a la opinión de la gente y cada medio quiere divulgar las encuestas según hacia dónde quieren orientar el estado de opinión. No era verdad que C’s fuera en cabeza destacado y que cada vez se destacara más. La verdad es que los grandes se encogen, Podemos aguanta y se arrastra poco a poco hacia el resultado que tuvo en las últimas elecciones y C’s avanza, pero sin pegar el estirón. Están los cuatro partidos en un puño y hay una cuarta parte de indecisos. Lo que no quiere decir que los datos de la encuesta reflejen una situación confusa.
Hay que juntar los datos de la encuesta con las tácticas de los partidos para ver algunas cosas claras. La más clara de todas es que los dos primeros partidos son las dos derechas y que las izquierdas (es un decir) son el tercero y cuarto. Puede haber algún cambio en los puestos, pero no en lo que importa: las dos derechas suman mayoría absoluta y sumando mayoría absoluta las dos derechas unirán fuerzas sin ninguna duda. Hay otra cosa clara. Las dos derechas se disputan los votos más derechistas. Rivera ahora ve al PP tibio con el 155 y casi cómplice del procés. Bordea la irresponsabilidad jugueteando con esa candidatura de concentración de fuerzas patrióticas encabezada por Valls y cae en la provocación y en la estupidez mofándose de encarcelamientos claramente abusivos de independentistas, con aquello de que el último golpista que apague la luz. El separatismo está encendiendo las brasas más derechistas de la derecha y Rivera anda enredando porque es en la parte más a la derecha de la derecha donde se están moviendo y cambiando de sitio más votos. Dicho de otro modo, y la encuesta del CIS confirma esto, al PP y a C’s no les preocupa el voto templado porque no hay el menor indicio de que la izquierda vaya a avanzar y por eso las derechas no andan haciéndose las compasivas con educación, sanidad, dependencia o igualdad. Nadie los erosiona por ahí. Rivera ya no va a ir de propaganda a Venezuela sino a Barcelona. La partida no está entre la derecha y la izquierda, sino entre las dos derechas. La izquierda no está consiguiendo tensar debates en la opinión pública sobre, por ejemplo, la Iglesia y sus privilegios, los dineros de la educación, la censura de la ley mordaza o la injusticia fiscal, por decir algunos. La tensión se centra en la alarma territorial, porque la indignación por la corrupción no moviliza más votos que la inercia de apoyar al poder.
El PSOE tiene rotos cada vez mayores de tan tensado que está su tejido. Su pasado no ejerce de referencia y ni genera crédito para el partido. Felipe González avala a Rivera: lo de que se siente huérfano de partido y que habla con Rivera pero no con Sánchez no necesita hermeneutas de altura para su interpretación. Alfonso Guerra también alaba el premio que C’s cosecha en toda España por su «coherencia» sobre Cataluña. Nunca supe del todo qué diferencia a un jugador de ajedrez de los ajedrecistas que lo asesoran y que, en principio, saben tanto como él o más. Supongo que los asesores acumulan un tipo de sabiduría que orienta y da herramientas pero que no alcanza para la intuición e improvisación que requiere la tensión de la actuación en vivo y la contextualización ágil sobre el flujo del acontecimientos. Algo de eso podrían ser las viejas glorias de los partidos con respecto a los líderes en ejercicio. Sin embargo, las viejas glorias del PSOE sólo salen de sus aposentos cuando están muy enfadadas, por Podemos, por Cataluña o por alguna modernez o fricada política que los aturde por el desfase generacional. No salieron cuando se empezaron a desmontar derechos sociales. Salen ahora para bendecir enfurruñados a Rivera. Proyectan más manías que ideas. Pedro Sánchez no tiene peso para dar al partido un discurso sólido que deje a la manías de los veteranos como anécdotas.
Rivera crece con el revés de los materiales con que en su momento crecía Podemos. Cuando Podemos arrancó, molestó a todos los partidos entre otras cosas porque acertó a confrontar la moralidad básica de la gente con la conducta y maneras habituales de los partidos. Rivera también se muestra disconforme con la clase política, pero su moralidad encaja con la de todo el mundo porque carece de ella. No molesta a ninguna vieja gloria ni a ningún poderoso porque en realidad no viene a cambiar nada, salvo a limpiar la costra más cutre del edificio. Rivera es aquello en lo que se convierte un político cuando renunció a ideas o principios. C’s no entusiasma, pero tiene algo de tierra de nadie donde echar el voto descreído. Rivera tuvo tanto agasajo de poderosos que saben bien lo que trae consigo que empieza a interpretarse a sí mismo sin tener en cuenta sus limitaciones y los ritmos que le convienen. Subestimó el alcance de la huelga del 8 de marzo y estuvo fuera de lugar antes y después del suceso. Querer defender al sistema capitalista el día antes y salir de feminista el día después fue ridículo. Ahora se envalentonó con las perspectivas del CIS y está sobreactuando su patrioterismo y Rajoy precisamente se mueve bien con sobreactuaciones y precipitaciones. La secuencia de Cristina Cifuentes fue burda y su oportunismo fue demasiado evidente. Si sube en intención voto allí no es por esa coherencia que tanto celebra Alfonso Guerra, sino porque la bajeza del PP hace fácil mirar esa tierra de nadie que no entusiasma pero donde mucha gente no ve nada que le moleste.
Los únicos problemas que tienen las derechas con la opinión pública vinieron de dos movilizaciones ajenas a los partidos de izquierdas, la feminista del 8 de marzo y las manifestaciones de los pensionistas. Podemos, que en su día había engrasado y dado sentido conjunto a movimientos sociales sectoriales, tiene presencia pero sólo testimonial en estas movilizaciones. Las incomprensibles disputas internas de egos y pandillas crearon un hiato entre los movimientos sociales y su actividad política parlamentaria. Y la manera confusa y errática en que ellos y la izquierda en general plantean los problemas territoriales rebajaron mucho la atención pública sobre ellos. Por eso los temas sociales están tan fuera del debate público y por eso el frente dialéctico es el que se da entre las dos derechas. Muchos de los actuales indecisos son posibles votantes del PSOE o de Podemos, según el CIS. Por ahí hay una posibilidad de alegría para la izquierda, pero de momento muy remota. El electorado de izquierdas confunde la exigencia y rectitud con la falta de compromiso y es muy dado a abandonar el barco. El electorado conservador busca partidos tranquilos que no molesten ni sobresalten. El electorado de izquierdas más ideologizado apetece con frecuencia la irrelevancia, el voto que deje a salvo su autoimagen izquierdista sin intervenir en serio en los hechos. Y, como de egos anda sobrada la izquierda, podría aparecer cualquier invento para tirar un buen puñado de votos. Llamazares anda en ello.
Los cuatro partidos están en un puño pero, como decía, la encuesta no muestra una situación confusa. Con la izquierda ajena al momento político, vamos camino de cumplir el deseo de la Secretaria de Comunicación. El de jodernos.

lunes, 7 de mayo de 2018

El sumidero de Madrid, dos botes de crema después

Es un mal día para hablar de ETA, porque las palabras desquician su sentido en un contexto tan nervioso. Y tampoco es el mejor día para hablar de cualquier otra cosa, porque el estruendo informativo del comunicado de ETA no deja oír lo demás. Quizá sea mejor no ser oído que ser malinterpretado, así que podemos dejar reposar unos días el funeral en diferido de ETA y poner atención en lo que está pasando en vez de centrarnos en lo que pasó y ya no pasa. Y lo que está pasando está pasando en Madrid, en el sentido de que allí está pasando a lo grande lo que está pasando en todas partes.
En Madrid se produjo un episodio áspero y sonrojante que corona una sucesión de muchos años de todo lo que en la vida pública es perverso e indigesto. El efecto inmediato de ese episodio es el vacío. El gobierno autónomo, no se sabe si provisional, en funciones o en proceso de censura, está patizambo y como ausente, caminando sin dirección y a la espera de no se sabe qué. En la vida pública no hay nada peor que la desorientación y la falta de referencias, porque a partir de ahí se hacen posibles las conductas sociales e individuales más extraviadas. El rocambolesco caso de Cristina Cifuentes y el efecto de vacío que creó merece más reflexiones que las evidentes porque nos puso ante algunos de esos límites y debilidades nuestras que apartan la conducta colectiva de la racionalidad
Pensemos en la puntilla, en el vídeo en el que se ve que andaba mangando botes de crema en Eroski como una adolescente en viaje de estudios. La percepción inmediata fue que eso ya no resistía un minuto más, que ningún cargo aguanta la exhibición pública de semejante cutrez. No deberíamos salir de ese trance con la mirada torcida. Creo que todos entendemos que llevarse un par de botes de crema, sin violencia, no es para tanto, teniendo en cuenta el saqueo continuado de Madrid y los lodazales en que ella misma anduvo metida. Y a la vez nuestro sentido común nos dice que eso que no es tan grave exige una dimisión inmediata. Nuestro hardware es bastante complicado. Es famosa la paradoja ética del tranvía. Un tranvía va sin control y está punto de matar a cinco personas distraídas (o atadas, en estos juegos siempre hay versiones) en la vía. Accionando una palanca se desviaría a tiempo el tranvía a otra vía en la que hay una persona también despistada. La mayoría de la gente piensa que se debe accionar esa palanca, porque es mejor que muera uno que cinco. Pongámonos ahora en el mismo supuesto, pero esta vez no tenemos palanca que pulsar ni vía alternativa. Sabemos que un obstáculo en la vía detendría el tranvía y lo único que tenemos a mano es una persona que está tranquilamente en el andén. Si la empujamos, el tranvía la matará pero se detendrá. El balance sería el mismo: una muerte para evitar cinco. Pero ahora la mayoría de la gente dice que no empujaría a esa persona. Matarían a una persona por una buena causa accionando una palanca, pero no empujándola con sus manos. Así es nuestra circuitería. Aguantamos a quien saquea nuestro dinero descolgando el teléfono, pero no a quien manga un par de botes con sus propias manos. La cosa parece tener que ver con la racionalidad y la emotividad. Las emociones son de radio corto. Reaccionamos emocionalmente a cosas inmediatas en el espacio y en el tiempo. Las cosas lejanas y futuras las razonamos. Si alguien mata a uno para salvar a cinco con una palanca de por medio razonamos que hizo lo correcto. Si hace lo mismo empujando a otro a la vía sentimos que es un crimen.
El problema es que muchas veces dejamos que sean pulsos emocionales y no razonamientos lo que mueva nuestros votos y nuestra tolerancia a nuestros gestores. Es normal que no soportemos en las instituciones a quinquis que andan falsificando másteres y mangando en los supermercados. Pero mal vamos si creemos que el resarcimiento de dos botes de crema limpia una situación podrida. La izquierda, junta o granel, no fue capaz en Madrid (insistamos, lo que pasa en Madrid está pasando en todas partes) de conseguir crédito para gobernar a medida que lo perdía el PP, y por eso C’s es el recipiente en el que tiende a caer el sobrante, cada vez más caudaloso, de lo que cae de la vasija electoral del PP. C’s viene con recortes y políticas extremas de desigualdad, envueltas en colonia y traje de domingo por la tarde de yerno educado. Los naranjas deshincharon al PP pinchando su bolsa por Cataluña y la unidad nacional y muestran su inmoralidad desquiciando la situación de Valencia, Islas Baleares y hasta de nuestra Asturias, apenas el dos por ciento de las Españas, para sacar el máximo jugo de ese reventón. Pero sobre todo muestran su falta de escrúpulos en la situación límite de Madrid. Parece que no hay calamidad que no venga llena de oportunidades para Rivera. Flotaron en el pestilente barco de Gürtel, Púnica y Lezo en Madrid hasta que la mierda rebosó en el máster de Cifuentes y ahí empezaron a especular con el basurero, sin principios ni la menor actitud de servicio. Dicen ahora que quieren en Madrid un gobierno del PP limpio, que es lo mismo que pedir que le pongan la película de King Kong sin la parte esa del mono gigante.
La última novedad del recambio del PP que se podría avecinar es esta de los fichajes. C’s anda como los protagonistas de la ciudad sin nombre, buscando lo que se les va cayendo a otros a ver si juntan un tesoro. Valls anda como una canica perdida dando botes, pero fue primer ministro de un país extranjero muy grande, salió en telediarios y suena importante. Desembarca en Barcelona queriendo aglutinar una candidatura españolista, que es justo lo que necesita Cataluña, cavar bien hondas las trincheras hasta que no haya más que simios en las tribunas. En Madrid se susurró el nombre de Vargas Llosa, que todavía debe estar frotándose para quitar las babas en las que le hizo flotar Rivera cuando la presunta presentación de su libro sobre tribus y liberales. Vargas Llosa anda apañando piezas para dar cobertura intelectual al salvajismo neoliberal y hacerlo parecer una ideología culta y abierta. Su obcecación ideológica es como todas, inmune a los hechos y la evidencia. Sus ditirambos y loores a Esperanza Aguirre, Juana de Arco rediviva en sus ensoñaciones, producen sonrojo. Dijo con la mayor frescura que ella fue la que impulsó la cultura en la capital y que ella trajo la prosperidad a una ciudad muerta y decadente. Tenemos todavía el recuerdo del doctor Montes, perseguido por una denuncia anónima y enloquecida sin el menor crédito ni fundamento, para que el biombo que formó en torno a él la caverna mediática ocultase el saqueo de la sanidad madrileña, perpetrado con la mayor impiedad para desmantelar un servicio público modélico y enriquecer a quienes lo desmantelaban desde el Gobierno. Y cada poco sabemos más detalles de todos los desfalcos que estamos pagando calladamente todos. Tiene razón Vargas Llosa en señalar el gobierno de Aguirre como ejemplo del liberalismo. Porque eso es el liberalismo salvaje, el abuso inmisericorde de las posiciones de ventaja que se obtienen sin merecer. Pero Vargas Llosa y Valls son famosos, el primero por éxitos literarios bien ganados y el segundo por fracasos sonoros también bien ganados. Esta es la política que trae C’s a Madrid y al resto: inmoralidad, oportunismo, falta de principios y de escrúpulos y conversión de la vida pública en un quién es quién de famosos.
En Madrid están hinchadas y palpitantes las pulsiones políticas que actúan en el resto de España. El fuego amigo del vídeo de Cifuentes sólo nos recuerda que es una mafia la que ocupó la capital. Que los dos botes de crema nos resultaran insoportables es una debilidad de nuestro hardware. Lo devastador es todo lo demás y las perspectivas que vienen con Rivera son pintorescas y asilvestradas. Y la izquierda debe recordar otra vez que los votos que caen por los rotos del PP van a C’s porque la izquierda no está allí, donde está la gente.

martes, 1 de mayo de 2018

Rebaño de jueces, España en manada

La vez que vi salir más pus de algún sitio de mi cuerpo fue al estallar el único divieso que tuve, uno de esos granos infectados de tamaño inusualmente grande. El trance fue grimoso, pero lo recibí con sonrisa y con alivio. La emergencia descontrolada de inmundicia puede ser ambigua, nunca se sabe si es que te estás hundiendo en la mierda o es que la mierda está saliendo y te estás librando de ella. El país, así en general, huele mal y es desagradable a la vista y al entendimiento. Esta semana supuró borbollones de mugre en la sentencia de la violación de la Manada y en esa pestilencia interminable del PP de Madrid, de cuyos cenagales surgió ahora el manguis de Cristina Cifuentes en Eroski para coronar el adefesio de su presencia en la vida pública. O nos estamos hundiendo en la mierda o estamos expulsando mugre haciendo estallar los diviesos más asquerosos.
Al monstruo de la sentencia de la violación se llega trivializando la roña de prejuicios y borrando los contornos de la ética por el acomodo a injusticias añejas. No se trata de apetecer justicia popular por encima de leyes y jueces. Moldear la convivencia con leyes es como hacer puentes con hormigón: son tareas complejas que requieren el conocimiento de especialistas que saben cómo hacer que los puentes no se caigan y la convivencia no se deshaga en arrebatos descerebrados. Ni los puentes ni la justicia se pueden hacer por decisiones asamblearias, como en una oclocracia ruidosa. Pero votamos a nuestros legisladores, porque sabemos que cuando enfermamos tenemos derecho a que nos atiendan y queremos que las leyes digan que tenemos ese derecho y obliguen a esa asistencia. Queremos jueces independientes que juzguen según esas leyes que hacen los legisladores que votamos y según los hechos que averiguan en las investigaciones. Pero además de leyes y hechos, están las ideologías y los prejuicios, a veces muy rígidos, que tienen los jueces y que se creen con derecho a aplicar, tanto más cuanto más sectarias sean sus convicciones y más acerados sus prejuicios. El Opus Dei tiene en su página web una guía para la confesión. El capítulo de examen de conciencia consiste en una serie de preguntas que quien se va a confesar debe hacerse para decidir su estado de virtud o pecado. En el apartado de examen de conciencia para jóvenes se lee «¿He sido causa de que otros pecasen […] por mi modo de vestir […]?». Nada que no sepamos. El Opus Dei y el episcopado ya dijeron de muchas formas que la mujer (¡y hasta los niños!) son causa del pecado que cometen otros por incitar con su vestimenta o conducta. La cuestión, y es sólo un ejemplo, es que se puede ser juez siendo miembro del Opus Dei y es palmario que, además de las leyes y los hechos probados, este tipo de convicciones sectarias afectan a las sentencias de los jueces. No soy nadie para discutir con un juez sobre leyes o los hechos de un caso. Pero lo que él opine de la vestimenta de una mujer no vale ni un gramo más que lo que opine yo. No es justicia popular, sino democracia en funcionamiento normal, que la gente opine, aplauda o se indigne con la manera en que en la sentencia de un juez se filtran esas convicciones que no valen en él más que en los demás.
Los hechos del caso de la Manada son claros, porque tuvieron publicidad y no tienen más entresijos que los que todo el mundo conoce. La sentencia los recoge tal como todo el mundo los conoce. No hace falta repetirlo: cinco muchachotes acorralan a una chica, empiezan a quitarle la ropa, ella se asusta, se aturde, se aterroriza y ellos ejercen toda la violencia sexual descrita en las leyes. Si yo acusara a tres personas de haberme atracado con amenaza y hubiera un vídeo, la atención se centraría en las navajas, en los puños o en los gestos de los atracadores, no en la cara horrorizada, flemática, resignada o desencajada que yo tuviera. Los jueces, no por la ley ni por los hechos, sino por eso otro en lo que sí podemos opinar sin convertir el lance en una tumultuosa justicia popular, creen que lo que hay que escudriñar es si la cara de la joven se ponía colorada cuando su genital quedó al aire, si su quietud era de horror, de parálisis o de concesión, si los hertzios que alcanzaba sus chillidos eran de placer o de queja. Y no analizan si cinco muchachotes arrancándole la ropa con ansia de simios era una conducta violenta. La violencia se decide por el gesto de la víctima y por si gritaba como es debido. En el caso del atraco, nadie me exigiría daño físico o dolor para admitir la violencia del acto. Pero el tal Ricardo González quiere llagas y moratones para admitir violencia, pero, insistamos, no porque sepa más de leyes que nosotros. En su voto particular añade: «lo que me sugieren sus gestos, expresiones y sonidos es excitación sexual». Un compañero de facultad, analizando en clase unos versos de Garcilaso, deslizó que el amor del poeta por Isabel Freyre era difícil por la baja condición social de la dama. La profesora le preguntó que por qué decía que Freyre era de clase baja (de hecho, pertenecía a la nobleza). Mi compañero se encogió de hombros y dijo: «Parecióme». Tenía su gracia aquello en una clase de literatura. Pero tiene poca gracia en las conclusiones de un juez. Al señor González le pareció, tuvo el pálpito, de que aquello era disfrute sexual. A lo mejor sus palabra sugieren que él sí se excitó con el vídeo. Si empezamos con sensaciones subjetivas nadie sabe dónde acabamos.
Hoy todo el mundo se espanta con la sentencia. Y el que no se espanta finge espantarse. Pero desde que Me Too pegó un puñetazo en la mesa para que se enfrentara todo tipo de ofensa sexual, así sea agresión o abuso, más grave o menos grave, y cada vez que se oye algún discurso feminista, aparecen artículos contraponiendo aquello que las feministas denuncian con supuestos totalitarismos a los que conduce el feminismo por exceso. Se dijo que ahora ya no se iba a poder galantear ni ligar, que la literatura llegaría a su fin asfixiada de tanta corrección, que habría varones colgados en las plazas públicas de tanta indefensión ante cualquier dedo femenino que acusara, que no hay violencia machista porque los maltratadores no formaban un grupo organizado ni hacían proselitismo. Hoy es un buen día para que nos metamos a fuego algo en la cabeza: los acosos, violencias y desigualdades que denuncia el feminismo, con faltas de ortografía o con buena escritura, con discursos estructurados o con gritos, con buena letra o saliéndose de los renglones, con palabras medidas o con palabras torpes, lo que el feminismo denuncia, digo, es real, sucede. Sin embargo, los males a los que nos lleva el feminismo son una sarta de memeces inventadas. La gente sigue ligando y haciendo bobadas para gustar, a la literatura no le pasa nada, los varones vivimos muy tranquilos, no hay más acusados inocentes de los que hay en cualquier otro tipo de delito, y sí hay violencia de género y diferencia de salarios. A base de deformar lo que diga cualquier feminista y desquiciar la reivindicación igualitaria por lo más estúpido que diga la más boba o el más bobo, se crea ese batiburrillo en el que tres jueces se atreven a perpetrar esa sentencia. A lo mejor es que les pareció una escena de galanteo.
Cristina González, profesora de la Universidad de California, decía que con el triunfo de Trump EEUU estaba emocionalmente en guerra civil. A ese estado se llega cuando la discrepancia de otro directamente te ataca. La civilización requiere al menos dos cosas: 1. hay que razonar las cosas; 2. no hay que razonarlo todo. Es civilizado razonar el impuesto de sucesiones. Y es civilizado negarse a razonar que un blanco y un negro deban ser iguales ante la ley. Cuando tenemos que razonar esas cosas, lo hacemos a ladridos porque alguien nos está negando lo básico. Y así se llega a esa guerra civil emocional. Ayer nuestra convivencia se degradó. Hoy estamos más hoscos, menos dispuestos a que nos lleven la contraria. Ojalá estemos echando pus hacia fuera y no hundiéndonos en la mierda. Todo por esos cinco espantajos. En palabras de Martín Santos, tierra apenas modificada.