sábado, 18 de noviembre de 2017

Día de las librerías, todavía

Causó revuelo hace unos meses la adjudicación del Nobel de literatura para Bob Dylan. De todas las razones por las que resultaron polémicos estos premios, esta fue bastante original. Nadie negó ni la calidad ni, desde luego, la relevancia histórica de Bob Dylan, sino si era literatura lo que hacía. Dijeron unos que había que ampliar la mirada y superar inercias para reconocer como literarias más cosas que las que traían los libros de texto. Otros recordaron que la literatura empezó siendo parecida a lo que hace Bob Dylan, una composición poética cantada que se transmitía como tradición oral, oída y no leída. Joaquín Sabina sintió rápidamente un reconocimiento gremial y celebró apresuradamente la respetabilidad académica que de pronto alcanzaban los cantautores. Después de todo ellos hacen su arte con la palabra, por qué no ha de ser eso literatura. Retengamos para después este detalle. Otros, claro, dijeron que si lo que hace Dylan es redondo, se compra en tiendas de música y se escucha en equipos de música es que es música y que para ser literatura tiene que ser de papel, comprarse en librerías y leerse, no escucharse. Lo interesante de todo aquello no era lo oportuno o merecido del reconocimiento a Dylan, sino el debate de si se debía reconocer como literario lo que se escucha en un disco al son de guitarras e instrumentos.
La intuición nos hace suponer que la esencia de las cosas está en sus orígenes. La literatura es una de las cosas que creo que desmienten esta intuición. Como la vida misma, en sentido biológico. La vida empezó a existir en el único sitio en que podía existir: en el agua, a salvo de la radiación ultravioleta que tostaba la superficie terrestre. Cuando la atmósfera se llenó de oxígeno y en la estratosfera se formó el ozono que absorbía esa radiación, fue posible su propagación a tierra firme. Y ahí, andando el tiempo, estalló. La única energía de que dispone la vida es la que las plantas toman de la luz solar. En la mayor parte del océano a las plantas les falta la luz, cuando tienen suelo lejos de la superficie; o les falta el suelo, cuando tienen luz cerca de la superficie. Pero en tierra firme tienen luz y suelo. La cantidad de energía solar convertida en biomasa es mucho mayor y la vida se desarrolla en tamaño y variedad a sus anchas. El origen de la vida está en el agua, pero la plenitud de la vida quiere suelo terrestre. Los orígenes de la literatura también mienten sobre su verdadera naturaleza. Empezó de la única manera en que podía empezar. Tenía que ser oral, porque no había escritura ni soporte para ella. Tenía que ser en verso y cantada, porque nuestra memoria es limitada y necesita ritmo, necesita que el texto se reparta en moldes repetidos para segmentarse y para que unas partes recuerden a otras. El ritmo poético y musical es como una muleta para nuestra memoria. Todavía recordamos aquellos sonsonetes escolares con los que los niños memorizaban la tabla de multiplicar. La composición tenía que ser tal que el autor pudiera recitar de memoria lo que había compuesto. Nadie podía concebir Quijotes que no pudiera después recordar y declamar de viva voz. Y ningún público podía retener la atención sobre ninguna historia que no se le diera en segmentos modulados en melodías que se repitieran en bucle.
Cuando fue posible fijar la literatura en la escritura todo cambió. El autor no tenía que recordar lo que componía porque las palabras quedaban adheridas al papel sin evaporarse y él podía construir monstruos más allá de sus capacidades normales, porque sus recuerdos quedaban fuera de él, sólidos y fijados a su disposición. El receptor se hizo lector, ya no tenía que entender las cosas tan rápido como otro las declamaba. Podía demorarse en la belleza de una línea o reflexionar la profundidad de un párrafo. Las palabras eran sólidas y estables, podía estar conectado con ellas el tiempo que necesitara. La literatura, como la vida en tierra firme, estalló. Se multiplicó la poesía y apareció la gran prosa. La literatura se hizo silenciosa y solitaria porque podía. Multiplicó los mundos del lector porque ahora podía. Empezó siendo recitada y cantada, como la vida empezó en el agua, porque era la única manera en que podía darse. Pero la literatura quiere la lectura. Se estira, se retuerce y se multiplica en el papel y entrando por los ojos. Su origen no está ahí, pero sí su plenitud. La literatura oral desaparece a medida que se universaliza la alfabetización y la lectura.
Sobre el Nobel de Bob Dylan sólo me atrevo con una certeza: cualquier manifestación tiene de literario lo que tenga de literaria su lectura. Puedo ver representada La casa de Bernarda Alba y sé que la literatura es una parte de lo que estoy viendo, porque tiene rango literario ese texto cuando lo leo. Cuando veo El Padrino veo una obra de arte, pero no una obra literaria, porque el texto de los diálogos puesto en papel y leído no tiene esa altura (aunque alcance grandes alturas la composición completa que veo en el cine). Se equivoca Sabina creyendo que la cuestión es hacer arte con la palabra. Eso lo hace el cine también. Se equivoca porque se queda corto. No es sólo la palabra: es la lectura. Bob Dylan tiene de literato lo que tenga de literaria la lectura de sus composiciones. Y todo el mundo acepta que en su caso sí hay altura literaria en su lectura (insisto, en su caso). Si es mejor poeta que otros, es ya la típica discusión de cualquier premio Nobel que podemos obviar ahora.

Decía Barthes que los niños quieren la finitud. Por eso, les gusta la cueva, el nicho, la manta que los arropa o el abrazo, sin más. El libro es a la vez en el envase con el que se distribuye la literatura y, en cierto sentido, su abrazo. La digitalización no es sólo un cambio en la materialidad del libro. Puede ser su disolución. La ciencia o los mapas se distribuirán sin problema en libros o en códigos digitales, en 2D o en 3D. Sospecho, sin embargo, que la literatura está más necesitada de su abrazo y es más deudora de su envase, sea en papel o en láminas digitales. Y los propios libros parecen querer su propio abrazo, un espacio dedicado. Nos gustan en las bibliotecas y en las librerías. Decía Manguel que una biblioteca era un lugar paradójico, donde mucha gente se juntaba para hacer algo solitario. Será esa apetencia infantil por la finitud del nicho. Que cada año haya casi mil librerías menos que el año anterior en España indica que hay un escape, que algo se nos está yendo poco a poco. No creo que la gente lea lo suficiente, pero tampoco creo que lea menos. Es el libro el que se puede estar desaguando en un océano más confuso en el que no alcanzo a ver cómo vivirá la creación literaria. No creo que la literatura se vaya a desprender ya nunca de la lectura. Pero la pérdida de librerías parece ser la señal de que el libro como objeto puede estar a punto de transformarse en otra cosa, donde no hay límites ni formas y donde la gran literatura puede respirar con más dificultad. Es difícil saberlo. Podemos invertir la observación. Podemos ver en cada librería una señal positiva de que sigue resistiendo algo que nos hace mejores. Hace una semana se celebró el día de estos locales que abrazan los libros que a su vez abrazan la lectura. Merece la pena que tengan un día dedicado para que no las descuidemos. Como las plantas, inyectan vida en la vida y mantienen el aire puro. Salud, un año más.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Adoctrinar en las escuelas

No podía faltar en la bronca catalana la enseñanza y el adoctrinamiento en las escuelas. Vaya por delante que suelo sentir un picor agradable (y desde luego irresponsable) cuando se levantan polémicas de este tipo. En estos días se oye en voz alta lo que en muchas círculos se susurraba en voz baja: que la descentralización del sistema educativo fue un error y que los nacionalistas que llegaron al poder en el País Vasco y Cataluña aprovecharon el enorme margen que les daba el sistema para inculcar la ideología separatista. Digo que una parte de mí se complace por este tipo de polémicas. Con frecuencia me toca defender a las materias humanísticas, a las que me dedico, de la percepción ramplona de que son saberes sobrantes sin aplicación en nuestro mundo. Pero no creo que los independentistas se fueran a pelear con el gobierno central por los contenidos de Física o Biología. Tampoco creo que los que deploran el adoctrinamiento escolar en Cataluña se duelan por cómo se explican las matemáticas allí. Curiosamente, las materias a las que todo el mundo quiere hincar el diente son las maltratadas humanidades y sociales. Una parte de mí se sonríe porque estas diatribas me hacen pensar que, para ser tan inútiles las humanidades, bien se pelean por controlarlas los unos y los otros. Algo relevante deben plantar en la mente y la conducta de la gente estas materias para que estén dispuestos a tanto combate y tanto ardor.
No es esta una cuestión menor. Ocupa de hecho varias sentencias del Tribunal Constitucional. El adoctrinamiento que tanto altera el sueño de algunos no empezó en Cataluña ni se reduce al nacionalismo. Quieren hablar y legislar con dos vicios: hablar y legislar al hilo de una calentura (Cataluña) y hablar y legislar sobre un aspecto de la cuestión (el adoctrinamiento nacionalista). Pero la cosa tiene más extensión. La Iglesia viene siendo muy combativa desde el principio con todo esto del adoctrinamiento. Recordemos la asignatura de Religión y aquel sofoco por la Educación para la Ciudadanía. El apoyo o detracción de la enseñanza concertada tiene también un sesgo ideológico innegable (la apoya la derecha y la detracta la izquierda), por lo que algún papel ha de tener esto del adoctrinamiento. Hace poco Hazte Oír quiso adoctrinar a los niños a la salida de los colegios con penes, vaginas e identidades de género. Y no sólo es cosa de religión y enseñanza concertada. La extensión de la asignatura de Economía a costa, por ejemplo, de la Filosofía no vino sin el correspondiente ruido doctrinal. Los think tanks ligados de los bancos se despacharon relacionando la materia de Economía con la crisis. Dijeron que si hubiéramos sido formados en las artes del ahorro y el gasto no hubiera pasado lo que pasó. Se publicitaron actividades de niños saliendo de la escuela y yendo a bancos para averiguar qué plan de pensiones era mejor. Que desde niños se entienda que la jubilación ha de consistir en planes privados con los bancos huele a adoctrinamiento también. El tufillo que se detecta en Cataluña es como mucho una esquina de la cuestión.
Para hablar de algo tan relevante en el sistema educativo habría que hablar en serio y poner algún límite a la hipocresía. Debemos empezar por la consabida higiene lingüística. La forma de decir que otros adoctrinan es llamar ideología a eso que no queremos que se haga en las aulas. La forma de extender nuestro pensamiento en esas aulas es llamarlo «ideario», «orientación propia» o «carácter», que de las tres formas lo ampara la ley; o simplemente enmascarar la ideología en jerga paracientífica. Por ejemplo, la igualdad entre hombres y mujeres es una pretensión difícil de denigrar porque chirría en una democracia oponerse a la igualdad. Así que la Iglesia viene llamando a esto ideología de género y, a partir de ahí, ya puede llamar adoctrinamiento a todo lo que impulse la igualdad en la escuela. Instruir en centros separados a chicos y chicas a simple vista parece más ideológico que predicar la igualdad de sexos, y más si se tiene en cuenta que en España son colegios ultracatólicos los que practican tal segregación. Si se justificara esta práctica con la encíclica de Pío XI del año 39, en la que calificaba de errónea y perniciosa la «coeducación» y en la que recordaba que la modestia cristiana de la juventud femenina obligaba a evitar «toda exhibición pública», pues la segregación por sexos parecería un adoctrinamiento y el Estado no podría financiar a esos colegios. En lugar de eso se habla de un abstruso dimorfismo en el cerebro de las niñas y de los niños, para parecer que es la ciencia y no la encíclica quien fundamenta la separación. Así ya no es adoctrinamiento y nuestros dineros pagan esos colegios.
La otra forma de adoctrinar es que se haga de forma no explícita, para que no haya texto ni declaración que impugnar. Nadie dice que los conciertos educativos pretendan concentrar en un tipo de colegios a los casos escolares sencillos y en otro tipo de colegios los casos complicados. Las estadísticas son innegables: extranjeros con carencias, alumnos con discapacidades o bajo rendimiento por causas diversas y demás tienen una presencia anecdótica en la enseñanza concertada. Pero no hay ideario que explicite tal cosa. Engels llamó en su día la atención sobre la perversión arquitectónica de Manchester en la Revolución Industrial. Decía que una persona de clase media podía vivir muchos años allí, dar largos paseos diarios y no encontrarse jamás con obreros ni con casas de obreros, a pesar de que las barriadas estaban allí al lado. Y todo esto sin que hubiera ley que limitara los movimientos de nadie ni hubiera voluntad expresa de obreros y clase media de no encontrarse por la calle. A veces son inercias tácitas las que llevan a fines preconcebidos. Lo que parece una evidencia es que el ardor con el que el PP y sus monaguillos de C’s quieren impulsar la enseñanza concertada, cuyo principal dueño es la Iglesia, se debe a un impulso de adoctrinamiento. Y la prioridad de la Iglesia por asegurarse que el dinero de todos le garantice el mayor control posible de la enseñanza sólo puede tener motivos doctrinales. El Tribunal Constitucional ya estableció que «la libertad de enseñanza puede ser entendida como una proyección de la libertad ideológica y religiosa y del derecho a expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones». Antes de calentarnos la boca con el adoctrinamiento nacionalista y de calentar más a Cataluña con tal cuestión, debemos recordar que la doctrina del Constitucional es que la enseñanza privada es parte del derecho a difundir pensamientos propios.

La cuestión entonces es triple. En primer lugar, la cuestión es cuándo la difusión de pensamientos propios es adoctrinamiento: a estas alturas ¿adoctrina el que dice que hombres y mujeres son iguales o el que dice que eso es ideología de género?; ¿es adoctrinamiento lo de los dimorfismos cerebrales, es decir, la vuelta a que ellas hablan que aturullan y ellos planifican y abstraen (eso es lo que quiere decir la chorrada del dimorfismo)? En segundo lugar, la cuestión es cuándo los pensamientos que se difunden son tan ideológicos que son un derecho de la enseñanza privada, pero que no de la pública. Está claro que un centro privado tiene derecho a ser católico y uno público no. Dónde está el límite. Y en tercer lugar, la cuestión es si la difusión de la enseñanza privada de sus pensamientos debe ser pagada con el dinero de todos. PP y C’s quieren hablar de adoctrinamiento. Claro que hay que hablar de los mapas y contenidos que se hagan en Cataluña. Pero no hay una forma cabal de hablar de esto sin que aparezca la Iglesia, la religión, la economía y los dineros públicos de los centros privados. Ni una rueda es un buen resumen de un coche, ni Cataluña una buena síntesis del adoctrinamiento escolar.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Lecciones del 155 y cosas que se ven a simple vista

«¿Tan perdedor eres que no te das cuenta de cuándo has ganado?», le preguntaba Harvey Keitel a Georges Clooney en el antro de La Teta Enroscada, antes de llenarse de vampiros. La pregunta no es tonta porque a veces uno no nota cuándo gana. El problema es que tampoco se ve siempre cuándo se fracasa. España lleva unos meses debatiéndose entre dos fracasos: un referéndum de independencia en Cataluña o la aplicación del 155, ya tan querido y tan nuestro. Que una cosa sea un fracaso no quiere decir que no haya que hacerla, quiere decir sólo que es un fracaso. Que es difícil comprender cuándo se fracasa se nota en que los dos fracasos provocan algarabías y contentos. Quizá podríamos ir recordando algunas certezas antes de que el cuadro se entafarre más.
1. La aplicación del 155 vino con la destitución del jefe de un cuerpo armado, con una huida del Presidente de la Generalitat y varios consejeros y con una rueda de prensa de gran seguimiento internacional. Hasta el auto de prisión de la jueza Lamela del jueves, todo se había tranquilizado algo. Seguía revuelto, pero más tranquilo. La lección, por contraste, es que ni la ley ni las entendederas de Europa necesitan astracanadas: la calma anterior al jueves indica que lo del 1-O fue una actuación descerebrada innecesaria. Un referéndum ilegal se hubiera podido ignorar sin cargas policiales y Europa no se hubiera chupado el dedo. La reprobación a la Vicepresidenta iniciada por el PSOE estaba justificada y su retirada no. El 1-O transformó la cuestión catalana ante el mundo y en la conciencia de los propios catalanes.
2. La justicia viene siendo representada por una balanza en la que los brazos se equilibran. Hace poco, menos de un mes, decía Maíllo que había un proceso inquisitorial contra el PP. El lenguaje era casi idéntico al de Puigdemont. El PP también sentía que no había garantías, que se les perseguía. Ni Rato, ni Matas, ni Esperanza Aguirre, ni Cifuentes, ni Pilar Barreiro, ni Pedro Antonio Sánchez, ni Gallardón, ni Camps, ni tantos otros están en la cárcel, a pesar de los escándalos sobrecogedores que los señalan. De golpe, sin juicio (también es verdad que sin sorpresas), con una eficacia y rapidez ejemplares, todo el Govern está en la cárcel o en busca y captura. El auto de Lamela hace una alusión directa a Puigdemont: «En este punto basta recordar el hecho de que algunos querellados ya se han desplazado a otros países eludiendo las responsabilidades penales en las que pueden haber incurrido». Y explica, esta vez sin alusiones, que pueden destruir pruebas: «Se aprecia también alta probabilidad de que los querellados puedan proceder a ocultar, alterar o destruir fuentes de prueba». Pero todavía recordamos la destrucción a martillazos de discos duros en las sedes del PP, porque nadie había previsto todo eso de ocultar, alterar o destruir fuentes de prueba. Y tampoco le pareció a Lamela un ejemplo al que aludir para justificar sus temores. La imagen de la balanza es una imagen acertada: la justicia consiste en que la misma unidad de medida sopese cualquier cosa que se ponga en el otro brazo de la balanza. Y aquí se están utilizando distintos pesos para medir según qué conductas. Sólo una semana antes, otro juez no tuvo ninguna prisa en encarcelar sin juicio a Forcadell y demás miembros de la Mesa y hasta les dio unos días para que estudiaran el sumario. Pero, como se fugó Puigdemont, a Lamela y a José Manuel Maza les entraron prisas. Y cada nuevo incendio en Cataluña es más devastador que los anteriores.
3. Puigdemont lleva consigo la representación simbólica de algo difícil de precisar, pero que tiene que ver con las instituciones de Cataluña. Parte de su juego es sustanciar la cuestión como un conflicto para la comunidad internacional, porque cuanto más conflicto sea lo de Cataluña más se percibirá que hay dos partes y cuanto más cierto sea que hay dos partes más simétricas serán esas partes. Por una razón y otra, la salvaguarda de los símbolos y la estrategia a la que sirve, se comprende el movimiento de irse a Bélgica. Pero los culebreos, los enredos llenos de opacidad, las maneras expeditivas y nada democráticas del procés y el lenguaje tan excesivo y tan lleno de solemnidad histórica con que el President se refiere a la situación y a sí mismo, todo ello, está llevando a la comunidad internacional a ese punto en el que un personaje de El Pacto de los lobos decía con recelo: «cuidado, señor, o acabaremos por no saber de qué está usted hablando.» Debería poner un límite a sus performances mediáticas, antes de que hablar en cuatro idiomas sólo le sirva para que todo el mundo entienda que no se sabe de qué está hablando. Ruiz Mateos acabó teniendo que disfrazarse de Supermán para que le hicieran caso los periódicos. Hasta el auto de Lamela, la percepción de Puigdemont era cada vez más circense. Pero llegó el auto y el encarcelamiento sin juicio de todo el Govern. Ahora las palabras de Puigdemont suenan de otra manera, para mal de España. Que las payasadas sean cada vez más serias mide el deterioro de una situación.
4. La izquierda sigue sin un discurso coherente sobre naciones, estados y pueblos. La reivindicación del Valle de Arán muestra lo inmanejable que puede llegar a ser la idea de nación para hacer política. El nacionalismo español no viene de la nada. Cuando se activa, se activan sus raíces y la historia bombea a través de él impurezas y coágulos del pasado. El nacionalismo opuesto, sobre todo el vasco y el catalán, inyectó dosis de emotividad colectiva que dañaron la racionalidad de la vida pública. No hay nada agradable en que se suelten la melena los nacionalismos en España. La descentralización y las políticas sensibles con las identidades culturales no necesitan recargarse de morralla ideológica nacionalista. La izquierda debería tener un discurso estable y claro.
5. Un referéndum de independencia es un desenlace como cualquier otro, pero es un fracaso. Hay demasiada gente en Cataluña que quiere la independencia como para ignorar el fenómeno. De hecho, el 1-O no fue un referéndum, pero sí fue algo histórico que nadie debería obviar. Y hay demasiada gente en Cataluña que no quiere la independencia, como para ignorarla, como se vino haciendo de manera insólitamente sectaria durante el procés. Y España en su conjunto no quiere esa independencia. El punto estable al que conduce esa ecuación no es el resultado de un referéndum a todo o nada. Como dije, que una cosa sea un fracaso no quiere decir que no haya que hacerla, pero sí que hay que evitar tener que hacerla. ¿No se puede hablar, con tantos modelos territoriales en que inspirarse?
6. El 155 o cualquier forma de intervención anómala en la vida política catalana es un fracaso clamoroso y muy doloroso de la convivencia. Rajoy tuvo muchas veces más de una forma de actuar sobre la cuestión catalana y siempre eligió no hacer nada. Cuanto más dejó empeorar el ambiente político, más acercó al país a no tener más solución que alguno de los fracasos de la convivencia, el que menos duela. El 155 dejó desorientada a Cataluña y el auto de Lamela la reorientó hacia el incendio. Alguien debería recuperar la responsabilidad en el Gobierno. Y alguien debería contarnos qué está haciendo la Zarzuela. La Corona no deja de acumular secretos.

Los delitos son delitos, no se pueden columpiar las decisiones judiciales en las coyunturas políticas. Pero estamos en peligro todos. Cataluña se desborda y España se precipita con ella. Las discrepancias se están haciendo odio y la gente cada vez opina gritando más. El Gobierno, y ahora ya prácticamente sólo él, puede bajar la presión de esta caldera. Puede hablar, puede pactar, puede aceptar. Hasta puede indultar. Lo que sea que contenga esta explosión. Nos lo debe. En otros sitios no sé, pero aquí la historia no absolverá a nadie.