sábado, 21 de julio de 2018

Todo lo que está a la derecha de la izquierda

Aznar pide un PP que ocupe todo lo que esté a la derecha de la izquierda. Y Casado se hace un Rivera repitiendo lo que los mayores digan con cara de hágase en mí según tu palabra. Y a los demás se nos viene a la cabeza el estribillo que se repetía en los cómics de Astérix cuando se decía que Julio César había conquistado toda la Galia. ¿Todo lo que está a la derecha del PSOE? ¿Todo todo? En pleno 18 de julio, con la Fundación Francisco Franco pidiendo otro alzamiento, el prior del Valle de los Caídos bendiciéndolos y más por encima de la ley que un Borbón y con Hazte Oír hablando por los codos, ¿todo todo lo que está a la derecha del PSOE? Siempre se dice «todo» para enfatizar una esquina de ese todo. El PSOE sube en las encuestas en parte por atrapar el voto moderado. Pero no es esa esquina la que quiere enfatizar Casado. Casado y Aznar piensan en Vox porque asumen que tiñendo al PP de Vox tampoco se alejan de Rivera. C’s le come la tostada al PP por la unidad de España, sus medidas ultraliberales se plantean sin complejos, en Cataluña también sin complejos se echa a dormir después de ganar, Aznar ve a Rivera más «relevante» que nadie y además C’s no ofenderá a la Iglesia y tiene la memoria histórica llena de enciclopedias escolares de color azul. O sea, que no es la esquina opuesta a Vox. Con un máster en Aravaca de media hora estas cosas se pillan enseguida.
Casado quiere presentar a Soraya y a Rajoy como mercaderes sin valores ni ideología y al PP con un partido invertebrado sin forma. Sólo con la ideología suya de siempre (¿en qué época empieza «siempre»?) y bien prietas las filas el PP volverá a ser España. Casado y Aznar creen que, tomando a Vox como una especie de concentrado de PP y dándole el músculo electoral del PP propiamente dicho, conseguirán que el debate político tenga como trinchera la unidad de España, el terrorismo, el aborto, los derechos escolares de los católicos y el olvido de la guerra y la dictadura. Y que nos olvidaremos de lo demás. Cuando la ideología se basa, por un lado, en lo que es obvio por común y, por otro, en lo que no se puede confesar abiertamente, los argumentos tienden a ser chuscos y por eso se busca camorra y griterío. Su plus de patriotismo se basa en la dificultad que tenemos los demás en alcanzar la sobreactuación bufa de los símbolos nacionales que ellos interpretan en sus performances. Su tenacidad contra ETA es pintoresca cuando ya no hay ETA. Tiene que basarse en cosas como «las ideas» de ETA que siguen por ahí sueltas, o quizá su olor. Es llamativo que se oiga desde el ala más derechista del PP y hasta desde las víctimas del terrorismo que ETA está más viva que nunca, porque «sus ideas» siguen vigorosas. Recuerdo cómo me asombraba que Arzallus afirmara la legitimidad de Lizarra sumando el apoyo nacionalista pacífico y el apoyo explícito a ETA, como si matar y no matar pudieran ser sumandos del mismo conjunto; y la frivolidad de cierta izquierda que, con su «altura de miras» y su circunspección ante «lo complejo» de la situación, no percibían el abismo entre el tiro en la nuca y cualquier otra cosa. Y ahora es la derecha que se proclama antiterrorista y algunas víctimas las que nos salen con que, aunque ya no se mata, ETA está más viva que nunca, como si lo grave no fueran los muertos sino «las ideas». Los derechos de los católicos están tan a salvo que todavía la ley establece que su clase de religión debe obligar a los demás al castigo de una asignatura árida e inútil. Quizá podrían también pedir que se cierren los bares en domingo a la hora de misa, para que la misa no tenga la competencia injusta del vermú. Y, finalmente, con la memoria histórica también tienen que fingir y hacer como que es un tema menor. Casado se refiere al asunto de tanto cadáver en cunetas y tanto monumento en memoria del dictador como un «monotema» que le aburre. Y cuando tiene razón, hay que dársela: todos los temas, tomados de uno en uno, son monotemas. Los másteres de Harvard mejoran el talento para lo obvio.
Lo cierto es que los gobiernos de Rajoy fueron más radicales de lo que empresarios o Iglesia llegaron a imaginar nunca. Sáenz de Santamaría no representa una opción templada, que se lo pregunten a los jueces de la Gürtel. Se enfrentan dos estrategias. Normalmente, la ideología es cosa de la izquierda y el voto identitario también. Es imposible conocer a un progre y no saber que es progre, el izquierdismo es parte de su interfaz social. Los conservadores más normales son de derechas como otros  coleccionan sellos, una afición que no sale en las conversaciones. La gente que vota a la derecha no suele hacerlo por ser de derechas, sino por cosas más transversales como la eficacia, el realismo, la tranquilidad, la seguridad o cosas así. La izquierda es la que necesita ideología hasta el punto de que la izquierda más segura de sí misma vota lo que pueda decir al día siguiente que votó como tarjeta de presentación ideológica. Por eso es tan dada a este galimatías por el que se pueden llegar a juntar como opciones distintas las Mareas, los Comunes, Compromís, Podemos, IU y Actúa, y todos porque no encajan aquí o allá o porque su identidad histórica no se ve nítida o zarandajas y bromas pesadas parecidas. Podemos 1.0 había llegado a la conclusión de que era mejor no vender ideología y hablar de las cosas que le pasan a la gente. Visto el precedente del 15 M, Nunca Mais y similares, la percepción era correcta si hubieran reparado en el detalle de que ninguno de esos movimientos verbalizaron lo que de hecho hacían. No utilizar la ideología como argumento era correcto para entenderse con los jóvenes, pero expresarlo y proclamarse ajeno a derechas o izquierdas era un ruido. Pues Casado y Aznar quieren hacer el camino inverso. Quieren que la derecha tenga ideología explícita, un credo con nombre y unos principios que se defienden en nombre de la ideología. Santamaría es tan de derechas como ellos, pero prefiere lo que hacía Podemos, dejar la ideología fuera del discurso. Eso no quiere decir que no haya ideología, vaya que la hay. Es una cuestión táctica, aparentemente correcta porque el voto ideológico identitario es cosa de izquierdistas con una mochila llena de luchas, manifestaciones y testimonio. Pero la táctica de Casado y los peperos con sabor a Vox también tiene su ventaja. Sus votantes no los apoyarán por sentirse y decir de sí mismos que son de derechas, pero ellos no son como los progres, que no votan si su voto no expresa su ideología. Los pueden votar igual por sus razones transversales de seguridad, sensatez y demás y la ideología explícita puede servir para lo que dije antes: para que sea el aborto, la unidad nacional, la bandera, el terrorismo y similares la trinchera política, para armar bronca y para no reconocer del país y de la historia a cualquier oponente político. La amenaza de C’s es muy real y Cataluña sigue agitada. Probablemente un PP ideologizado y facha puede ser más reconocible que un PP más educado. Probablemente le haga más daño a Rivera Casado que Sáenz de Santamaría y probablemente lo mejor para el PP sea lo que haga más daño a Rivera.
En todo caso, no olvidemos lo más valioso de ideologizar al PP. Exhibir ideología explícita arma más bronca porque hace más fácil el discurso de negar lo que es común a los demás y porque moviliza a sectores ultraconservadores, toda esa morralla de asociaciones franquistas y ultracatólicas que esparcen odio y malos humores de nuestra historia. Y la bronca tiene el valor de que no pensemos en lo demás. Lo demás ahora es que tenemos un gobierno del PSOE aplicando los presupuestos de Rajoy, «salvo alguna cosa», y una agitación en el PP que no ve a Rajoy bastante de derechas. La batalla del Valle de los Caídos, RTVE y similares no oculta que la línea de debate político separa valores conservadores por los dos lados. No basta con que la izquierda no vaya más allá que Rajoy. La izquierda tiene que desenmascarar y desmantelar a Rajoy y el PSOE, por el papel que le toca, tiene que dejar de tener miedo a su ideario y a su propia sombra.

La conversación. El Presidente, el President, la patria y el Rey

Pedro Sánchez y Qim Torra hablaron un rato. Sánchez lo recibió en la escalera como a una persona importante y Torra le regaló un licor de frutas para la digestión y el buen humor. Según parece Torra es así, campechano como un Borbón pero más preparado. Y llegó la catarata de tópicos kitschsobre la conversación. Los topicazos no son topicazos porque se repitan. La vida y conversaciones cotidianas son rutinarias y están llenas de repeticiones. Las repeticiones que son topicazos son las que se repiten queriendo destacar de la rutina y como pretendiendo que se dicen por primera vez. Así que unos empezaron a darnos la turra otra vez con el valor del diálogo, la palabra y el entendimiento. Otros arrecian con la simpleza de que hablar es manifestar disposición a ceder algo, por lo que la integridad de la patria podría naufragar entre los hipos de la ingesta de licor de frutas. Ciertamente, se dijo que se iba a hablar de «todo» y una de nuestras curiosidades como hablantes es que, cuando utilizamos expresiones de cuantificación universal como «todo» o «cualquier cosa», realmente no nos referimos a todo o cualquier cosa, sino sólo a lo más extremo o excepcional. Si decimos que alguien hizo de todo para llegar donde llegó o que es capaz de cualquier cosa, estamos pensando en truculencias que no hace todo el mundo. Así que tienen razón los patrioteros al suponer que si iban a hablar «de todo», es que iban a hablar de independencia. Claro que lo podían ver al revés; si hablaron de independencia es que hablaron de la unidad de España. Quien desde luego no habló fue el Rey. No importa que no le tocara. Desde octubre del 17 el Rey parece incapacitarlo para tener interlocutores en Cataluña que le den licor de frutas. Él, que está por encima de la refriega de los partidos, está más desgastado que Sánchez. Volveremos a ello.
Los chimpancés crean y retienen sus relaciones sociales compartiendo tareas, sobre todo corporales. Despiojarse mutuamente es una manera de quitarse parásitos, pero también de mantener una relación que se proyectará a otras tareas comunes, por ejemplo de defensa, predación y alimentación. Los humanos no somos tan sobones. En vez de los dedos tenemos palabras. Con ellas unas pocas veces nos decimos cosas. La mayoría de las veces las usamos como cháchara, como dedos invisibles con los que nos tocamos y ejercemos e hilamos complicidades, amistades o reconocimientos. Quien crea que es inútil que Torra y Sánchez hablen si no es para acordar algo que pruebe a dejar de saludar. Un saludo es un acto inútil en el que no nos decimos nada. Como digo, prueben a pasar de largo delante de los conocidos, prueben a no quedar con nadie ni hablar salvo que haya algo que decir o hacer. Y anoten en una libreta cómo va cambiando su vida. Al leer esa libreta entenderán para qué saludaban y gastaban tiempo en hablar sin decir nada. No hablamos siempre para decirnos cosas, sino para modular nuestra conducta mutua y tejer estructuras sociales grandes y pequeñas. Cuando se despiojan el Gobierno y el Govern, se multiplican entre la gente normal esas conductas inútiles y esas chácharas vacías que en conjunto llamamos convivencia. Pero que la Generalitat y el Gobierno no se despiojen el uno al otro de vez en cuando es una aspereza formal que, amplificada hacia abajo, abre las carnes de la convivencia en Cataluña y de Cataluña con el resto. Por supuesto, el problema está muy degradado para arreglarlo con un licor y una cháchara al lado de una fuente. Pero para cumplir metas la convivencia es un terreno más fértil que el desdén y el enfrentamiento.
Las palabras, tan queridas para tantas cosas, no se limitan a posarse sobre las cosas. Raspan las cosas, las aíslan y las colocan como un bulto en nuestra atención. Y a veces eso es más un destrozo que un entendimiento. No recuerdo haberme declarado explícitamente amigo de ninguno de mis amigos ni haber verbalizado el nivel de confianza que asumo tener con nadie. Hay cosas que sólo se pueden hacer haciéndolas y no diciéndolas (y otras al revés). La manera de normalizar a Cataluña en el Estado es haciéndolo, no está el horno para que nadie verbalice que la independencia tiene alternativas. Quizás algo así haya pasado en el País Vasco. La mejor propaganda contra el separatismo es la normalidad.
Los patrioteros de la derecha ya van supurando su mezquindad y cabe esperar en próximas elecciones que caricaturicen al país en ese chorreo rojigualdo cutre, casposo y vociferante que acostumbran. No es que me moleste el nombre de España. La tribu es en muchos sentidos como la familia. Yo tengo familia y estoy unido a ella como casi todo el mundo. Mi apellido figura en la firma de este artículo. Cualquiera puede entender que si yo vocease ese apellido en las puñetas domésticas y mis hijos y mis hermanas tuvieran que oír de vez en cuando cosas como «a un del Teso no se le habla así» o «los del Teso van vestidos como es debido» no sería más familiar de lo que soy ahora. Semejante cutrez sería sólo una caricatura cargante de la familia. Pero algunas fuerzas políticas sólo hilan discurso en la repetición torpona de lo que nos es común (España, condena al terrorismo y cosas así) y lo que nos es común no es alimento electoral si no hay bronca y fango en la convivencia. Por eso tienen enmierdar el debate público con la defensa de la patria y el terrorismo, como si los demás fueran orcos buscando carne humana para cenar. El caso de C’s a estas alturas empieza a ser grotesco. Fue la fuerza más votada en Cataluña y desde entonces no tuvo ninguna iniciativa de ningún tipo más que envolver la bandera nacional en el himno cazalloso de Marta Sánchez. La normalidad territorial es para ellos como la kryptonita para Supermán, los deja sin fuerzas y sin discurso.
Un Jefe de Estado con valor simbólico podría ser de utilidad para que fluyan esas conversaciones hechas de palabras o dedos con las que humanos y simios nos reconocemos parte de un grupo. Y podría ser una instancia del Estado con la que suavizar en la convivencia las heridas con que en la gente corriente se amplifican los berrinches de los gerifaltes políticos. Pero Felipe VI no parece haber entendido que la única forma de que en una democracia pueda haber un rey por herencia es que se limite a ser símbolo y representar. Para terciar en controversias políticas y ser palmero del PP tiene que presentarse a unas elecciones. En octubre de 2017 Felipe VI se sumó a la jarana de Rajoy y quemó cualquier papel posible de la Jefatura del Estado en la crisis catalana que no sea el de añadir voces en plan hooligan. Ya se había sumado al PP para declarar pasada la crisis y la corrupción, cuando el CIS decía que eran las dos principales preocupaciones de los españoles. La esterilidad de la Corona y el papel equivocado que pretende asumir el Rey empiezan a hacer insostenible una institución con la que Juan Carlos I avergonzó y avergüenza al país. Qué pinta una nación entera con una parte sustantiva de la gestión pública dedicada a espesar la opacidad y acallar testimonios sobre una orgía permanente de golferías, excesos, fortunas delincuentes e impunidad. Hasta cuándo vamos a aguantar que los cortesanos (ex-presidentes, ex-vicepresidentes, mandones de los medios) que mariposearon por los jardines Borbónicos nos sigan tomando por idiotas. La nulidad funcional de Felipe VI en el peor problema institucional que tiene España, el territorial, sucede cuando se hace irrespirable la institución monárquica. Su silencio obligado sobre Cataluña (¿qué podría decir?) cuando la figura de su padre se hace insufrible nos recuerda que fue el Caudillo quien los puso ahí y que todavía no se nos preguntó en serio si los queríamos ahí. El Presidente y President de turno, los que toquen cuando toquen, que normalicen el Estado de la única forma posible: haciéndolo. Y de momento lo mejor que podemos esperar de la Jefatura del Estado es lo que nos está dando ahora Felipe VI: callarse y no estorbar. La verdad es que no es mucho.

A España le va a dar un aire

Cuando cogemos un catarro la causa no está en las características y efectos del virus que nos ataca. Ese y otros virus y bacterias están más o menos siempre ahí rondándonos, por lo que no puede ser su presencia lo que provocara el catarro. Lo que hay que buscar es qué provocó que las defensas que lo contienen normalmente no funcionaran. El médico no va a explicarnos cómo es el virus que nos puso enfermos. Nos dirá que nos abriguemos y no cojamos frío, porque el frío paraliza las defensas y el virus que siempre está ahí entonces entra. Cuando estamos en medio de una corriente de aire, aunque estemos sanos, estamos en riesgo. Quien permanezca en ella suponiendo que siendo verano sus defensas no tienen mucho trabajo acabará con mocos, porque la insidia de ciertos microorganismos está siempre ahí. La moción de censura de Pedro Sánchez se produjo por un estado de alarma provocado por el PP. El cambio de gobierno produjo un efecto sedante y el acierto psicológico en los ministros elegidos inició un tiempo vaporoso y cálido en el que parece que flotamos con suavidad en vez de dirigirnos a algún sitio. Eso no quiere decir que hayamos dejado de estar en medio de la corriente y que la asechanza de malas infecciones no nos esté rondando. De hecho, nos puede dar un aire en cualquier momento.
Hazte Oír publicó unas coordenadas cartesianas con criterios de buen gobierno en el eje de ordenadas y los candidatos a la presidencia del PP en el eje de abscisas, con unas marcas en las casillas resultantes que daban una valoración cuantitativa de quién merecía más respaldo. Es ya un mal síntoma que los fanáticos de Hazte Oír, que no van a la puerta de los colegios a vender droga sino a regalar odio, se sientan concernidos por las primarias del partido con más representación parlamentaria. Pero son peor síntoma los criterios de buen gobierno con los que se hace el perfil de los candidatos: vida, familia y unidad de España. Parece que Casado puntúa bien en los tres conceptos y que Sáenz de Santamaría suspende en el primero y el tercero y ofrece dudas en el segundo. Son un mal síntoma porque estas organizaciones sectarias y fogosas representan el tuétano de las derechas, aquello sin lo que un partido de derechas en España sería insípido y como un nenúfar flotando sin raíz. Las organizaciones estrafalarias de extrema derecha son el mal aliento que provocan las tripas bajas del PP (y C’s). Es decir, estos espantajos nos dicen algo de lo que se cuece en las atahonas del PP (y C’s) y por tanto algo de la corriente que amenaza con acatarrarnos.
Vida, familia y unidad de España, dicho con unas u otras palabras, es una obviedad en el ánimo de cualquiera y, por supuesto, de las fuerzas políticas. Buscar el contraste y la identidad a partir de lo que es obvio es siempre señal de sectarismo. Es lo que hace quien señala a otras fuerzas políticas como agentes de la muerte, corrosivas de la estructura familiar en la que nos criamos y vivimos la mayoría y hostiles al país en el que vivimos. Es decir, asumir estas señas de identidad (vida, familia y unidad de España) es situar el debate político en un estado de urgencia y riesgo nacional, el tipo de situaciones que oscurece la relevancia de todo lo demás. Si, como pregona Aznar (que, por cierto, me está recordando a Maradona estos días, con esa ansiedad de quien se siente un valor disponible para salvar lo que naufraga) estamos en medio de un golpe de estado aún sin desarticular, no es momento en enredar con la sanidad ni la corrupción. La única situación de emergencia que vivimos últimamente lo produjeron los jueces con sentencias en las que se decía que España estaba tomada por un partido con estructura y funciones de una banda. Y esa emergencia no necesitó ninguna soflama patriótica de defensa de la nación. Un mecanismo parlamentario perfectamente reglado, el de la moción de censura, fue más que suficiente.
Del virus de la vida y la muerte parece que estamos razonablemente protegidos. La gente no cree que unos políticos quieran la vida y otros la muerte y tampoco cree que la mayoría de sus vecinos sean criminales. La cuestión del aborto funciona como un mecanismo identitario, más o menos como un pin, pero la gente no se la toma en serio. El virus de la familia acecha algo más, pero de momento también es benigno. Para mucha gente es una perturbación pensar en lesbianas casadas criando niños o en transexuales, pero no sienten amenazado su espacio y su familia, como denodadamente pretenden los obispos y sus canales de radio y televisión y las organizaciones ultraderechistas. No es un elemento movilizador, aunque sea un componente del ambiente. El de la unidad de España es el más peligroso ahora mismo, porque es el más capaz de crear estados emocionales intensos y, con la razón paralizada por la emoción como se paralizan las defensas con el frío, no sólo es movilizador, sino que puede franquear el paso a los otros dos virus más perezosos.
La derecha se prepara para una confrontación basada en lo que comparte con la extrema derecha y, por tanto, se contrastará a sí misma como lo obvio frente al caos. Las derechas no tienen más enganche para mejorar su apoyo electoral que la ofensa del independentismo, por lo que señalarán permanentemente las políticas de sus rivales como afrentas al país. La mayor garantía que tuvimos en España de estabilidad vino de fuera. Europa vino funcionando como una escayola que nos aseguraba forma de democracia occidental. El problema es que esa Europa tiene agujeros por los que silban algunos de los malos vientos que conocemos de aquí y otros peores. Y además parece evidente que la extrema derecha americana en el poder quiere disolver bloques como la UE que ya no le hacen falta. Europa sigue siendo nuestra mejor garantía, como bien saben los independentistas y pareció ignorar Rajoy, porque es de donde vienen las legitimaciones más sólidas. Pero la voz europea se está adelgazando y acercándose a un graznido.
El suave balanceo en que nos mecemos ahora no debería ocultar a Pedro Sánchez y sus apoyos la seriedad del momento. Se necesita un discurso más sólido del que se está emitiendo. Sobre Cataluña se requiere un discurso coherente y sostenido. Sostener un discurso constante supone siempre ir contracorriente en según qué momentos, pero los momentos pasan y al final la gente sólo reconoce a lo reconocible. El PSOE no lo fue en los momentos más críticos por arrugarse ante provocaciones de unos y autoritarismos de otros. En una comunidad donde la mitad quiere ser independiente, donde más del ochenta por ciento quiere un referéndum y donde la convivencia está quebrada, quien diga que no se puede hablar de ningún referéndum es un charlatán o un camorrista. Un referéndum es una bomba en la convivencia y debe ser visto como un fracaso, pero no es el peor fracaso ni puede fingirse que no existen los conflictos con los que no estamos de acuerdo. No puede andar el Estado poniendo del revés al poder judicial para introducir delitos previstos para alzamientos militares que ni siquiera se le imputaron a ETA. No se puede judicializar la política con astracanadas, pero tampoco politizar la justicia y pretender que ciertos delitos (que los hubo, aunque no los que pretenden los camorristas) se disuelvan en nombre de procesos políticos. El pulso tiene que ser firme y no ondulante. Al final los aprovechateguis que decía Rajoy se desinflan más rápido de lo que parece y no quedan más que los discursos coherentes y, como digo, reconocibles. De momento, Cataluña está como el resto del país, meciéndose. Es pronto para alarmarse, pero la manera como mínimo frívola con que PSOE y Podemos llevaron la reforma de los órganos de RTVE hace temer que tienen poco impulso regeneracionista, poca actitud ante los riesgos que acechan y seguramente poca comprensión y poco discurso. Los virus están ahí como siempre. Y sin liderazgo y referencias claras nos puede dar un aire antes de que acabe el año.

martes, 10 de julio de 2018

La libertad de expresión de la Manada

Me pregunto qué aspecto tendría nuestro pequeño mundo si una ley estableciera que en una acusación de violación o acoso sexual la palabra de la mujer tuviera presunción legal de veracidad. Es decir, cómo serían las cosas si un varón acusado por una mujer fuera automáticamente condenado si no puede demostrar su inocencia. A día de hoy mi hija tiene que volver a su casa acompañada cuando sale de noche, porque si volviera sola correría SIEMPRE riesgo de algún tipo de acoso, mayor o menor, de amenaza, falta de respeto o menoscabo de su dignidad. Si tiene que pasar por parques o sitios poco visibles, el riesgo que corre SIEMPRE es ya de cosas mayores. Javier Marías expresó su temor de que alguien pretendiera llegar al supuesto que expresé antes, a esa barra libre (así la llamó) por la que se puede acusar sin más a cualquier varón y arruinarle la vida. Porque así son las cosas. Tenemos mujeres muertas y violadas, pero tenemos que preocuparnos por si algún varón pudiera ser acusado injustamente. Pongámonos entonces en la pesadilla de Javier Marías, imaginemos esa barra libre y que en una acusación de delito sexual la palabra de una mujer tuviera la misma presunción de veracidad que la de la policía. En un mundo así, posiblemente mi hija podría volver a casa sola. Si tiene que pasar por un parque a las cuatro de la mañana ella sola, a lo mejor hasta se podría sentar en un banco a quitarse la arenilla que tuviera en un zapato y, ya puestos, a echar un cigarro o colgar alguna chorrada en la red social. A cambio, yo seguramente tendría que acostumbrarme a tener una segunda persona conmigo cuando hiciera tutoría con alguna alumna en mi despacho y activar la cámara del móvil cada vez que me viera a solas y sin testigos con alguna mujer, porque RARA VEZ alguna mujer podría acusar a algún varón porque sí. Dejemos el balance para después.
La manada está suelta porque son famosos y eso los hace inofensivos, según las lumbreras jurídicas que los soltaron. Y como quien tiene fama tiene un tesoro, ya hay canales de televisión queriendo llenarlos de dinero por una entrevista estrella. Casi apetece violar a alguien y dejar que te pillen. Es uno de esos casos en que algunos querrían limitar la libertad de expresión y otros no, que adelante y que mujan en televisión, que también son hijos de Dios. Ni la libertad de expresión ni su tamaño están en cuestión. Una persona puede, si quiere, pedir que se recorten las pensiones y que se vaya extinguiendo el sistema público que las sostiene. Tiene derecho. Y tiene derecho a hacerlo con una pancarta frente a una manifestación de pensionistas que piden la revalorización de las pensiones y su sostenimiento. Y además tiene derecho a no ser agredido por ello. Pero es lógico pensar que tendrá que oír silbidos, abucheos y seguramente insultos. La libertad de expresión no está en cuestión, pero esta sería una forma provocativa y desafiante de expresar tu opinión y daría lugar a una respuesta colectiva desordenada, ruidosa y enérgica.
Al país se le abrieron las carnes con la sentencia infame de la violación de la manada y el miserable voto particular del energúmeno señor Ricardo Javier González. El país rugió en las calles de todas las ciudades. Ante la infamia añadida de dejar libres a estos cabestros, el país volvió a bramar. Cualquier canal tiene derecho de enfrentarse al país en marcha y enfurecido y emitir un programa que sería desafiante y provocador en extremo. Y tiene derecho a que nadie ejerza violencia. Pero la libertad de expresión ejercida de manera tan retadora y ofensiva, dará lugar sin duda a una respuesta colectiva, enérgica y ruidosa. Es lógica la advertencia de que se harán listas de anunciantes que financien semejante ignominia y que se convocarán boicots contra sus marcas. Podrán convocarse apagones del canal que sea y hasta denigrarse los locales donde se vendan las marcas señaladas. La libertad de expresión no está en cuestión. Pero quien se ponga delante del país indignado y en marcha, tendrá que oír sus silbidos y afrontar su reacción, como siempre que se provoca a una multitud. En este caso, el crujido social es sonoro y la hostilidad de los jueces es virulenta. Mucha gente dio un paso a la vez y en la misma dirección, algunas rayas quedaron de golpe atrás. Quien quiera sacar ganancia de la infamia que calcule sus fuerzas, porque la reacción colectiva por la igualdad y contra los abusos a la mujer empieza a ser una revolución, más del tipo de mayo del 68 que de octubre del 17, pero una revolución.
Las cosas se reclaman cuando escasean. Es raro pedir libertad de expresión para hablar de fútbol, porque no constan impedimentos para explayarse sobre ese tema. Tampoco hay tales estrecheces para denigrar la dignidad de las mujeres según las desinhibiciones que se le supongan. Ideas tales como que una mujer que practica sexo con promiscuidad está disponible, o que cuando una mujer tolera ciertos acercamientos ya no puede decir que no porque su cuerpo ya es terreno conquistado, o que si su vestimenta o actitud pudieran ser provocativos es ella misma culpable de lo que le ocurra, todo este tipo de ideas está amplísimamente expresado, difundido y protegido. No hay ningún problema de libertad de expresión. ¿No es estruendoso el silencio de la Iglesia, tan dada a opinar y emitir documentos sobre sexo y costumbres íntimas? Si tomamos lo que viene diciendo la Iglesia sobre la relación entre la violencia a las mujeres y lo que la Iglesia llama «ideología de género» y lo sumamos a lo que la Iglesia se está callando sobre este notabilísimo episodio, caben pocas dudas de cuál es la actitud que está amparando tan carísima institución. La «causa» de la manada está ya suficientemente defendida y difundida.
No debería ser necesario hablar de libertad de expresión. La empatía y la dignidad de la víctima debería ser un foco que cegara cualquier otra cosa. En España se trata con gravedad y reconocimiento la memoria de las víctimas de ETA, como debe ser. Su recuerdo no es sólo dolor por su muerte. Es reconocimiento de la injusticia de haber sido señalados y denigrados. Pero en España hay más víctimas. La dictadura de Franco alargó la guerra civil treinta años más. Y hay víctimas, muchas víctimas, que también quieren respeto, reconocimiento y rehabilitación de su memoria de la única forma posible que es la simbólica. Pero estas víctimas tienen menos suerte y tienen que oír que su memoria es rencor. Y hay más víctimas. Por cada una de las decenas de mujeres que mueren a golpes hay muchas más amenazadas y aterrorizadas. Y cuando son violadas no tienen la suerte de que su dignidad sea la prioridad. Incluso cuando la justicia se aplica tienen que soportar la baba de los agravios sobre su condición que dejan los agresores y los prejuicios que se pregonan desde tribunas públicas. Y son víctimas. ¿Se aceptaría una entrevista con Josu Ternera para que explique que aquellos a los que mandó matar eran parte activa de un conflicto y que ellos se buscaron su muerte?
Volvamos al principio. La molestia que yo tendría por cargar con presunción de culpabilidad es menor que la que aguanta ahora mi hija. Pocas serían las mujeres que quisieran protagonizar el suceso abrupto de un proceso judicial, pero muchos son los hombres que se creen con derecho a insinuaciones, graciosadas o actos físicos sobre las mujeres. Y los varones tendríamos al menos el consuelo de que todos los cerebros jurídicos trabajarían sin desmayo para reconducir la injusticia de la que seríamos víctimas. No como ahora. Sólo hay que oír a las asociaciones de jueces, mudas como obispos. No es cuestión de apetecer otras injusticias. Imaginarlas ayuda a describir las que hay. Si un canal quiere humillar más a la víctima, no hay ley que lo prohíba. Pero que no se engañe. Tendrá consecuencias, porque esto es una revolución. 

domingo, 1 de julio de 2018

Estado de confusión. Un recordatorio para la izquierda

Estamos en un momento verdaderamente raro. Al PP y sus babas mediáticas les gusta repetir que Sánchez es un usurpador que no pasó por las urnas. Ya lo habían dicho de Zapatero cuando ganó las elecciones. Aquella vez era que la gente no había votado bien. No tienen razón en lo esencial, pero sí en lo accesorio. Pedro Sánchez llegó a la Presidencia de una forma rara en una legislatura que ya había empezado rara. Quizá alguien debería recordar al PP que empezó rara esta legislatura porque se emplearon los votos del PSOE para poner a Rajoy en la Presidencia y resulta que a los militantes socialistas aquello sí que les pareció una usurpación. Sánchez llegó de una manera rara a la Presidencia porque, ciertamente, sus apoyos parlamentarios son heterogéneos y mal avenidos. Quizá convenga recordar al PP también que a esa extravagancia se llega por el estado de urgencia creado por los desmanes del propio PP. Pero también es rara esa llegada al poder porque las encuestas dicen que era más deseada fuera del PSOE que en el PSOE. La parte del PSOE que prefería más a Rajoy que al propio Sánchez no cambió sus afectos y Javier Fernández, Susana Díaz y sus compañeros de fatigas andan con la cara como entablillada de tanta circunspección que les produce que su partido haya alcanzado el poder. Así que Pedro Sánchez flota con un partido que lo quiere a medias sobre un parlamento que lo quiere sólo un poquito.
El PP contribuye a la rareza de la situación con su desmoronamiento. El montón de candidatos que se presenta a las primarias parecen los añicos de algo que se rompió. Los candidatos principales están más vistos que el tebeo y suenan más a psicofonías del difunto de Santa Pola que a renovación e impulso. En su día, cuando tocó el relevo de Felipe González en el PSOE, el partido no pudo reconducir la inercia de tanto tiempo y en vez de renovarse nombró a Joaquín Almunia, que era lo que quedaba de Felipe González cuando se le quitaba el tapón y se deshinchaba. El PP puede reproducir un episodio parecido, aunque nadie puede presumir de adivino en estos tiempos. Lo cierto es que el partido con más diputados y con mayoría absoluta en el Senado está fuera del Gobierno y chapoteando en su charca de delitos, faltas y traiciones completamente desnortado. En el Congreso Hernando sigue con sus bramidos y espumarajos de una manera mecánica, como los caballos del Grand National que siguen corriendo cuando ya no tienen jinete y como los espasmos de las colas de lagartija cuando ya no tienen lagartija.
Las emociones hacen más raro lo raro porque son como un vaho que nubla el buen juicio. Y de emociones andamos bien servidos. Hasta que en Cataluña pase algo o Marta Sánchez vuelva a perpetrar el adefesio que quiere hacer pasar por himno nacional, tenemos estos días tres frentes emocionales. Por un lado, unos majaderos que andan sueltos con toga de juez estimularon el efecto manada dejando libres a unos infames que crearon una alarma social nunca vista antes por violar con brutalidad a una chica. El efecto manada consiste en que, igual que hay gusanos aletargados que se agitan en el barro seco cuando caen las primera gotas de agua, así se agitarán los descerebrados más irrecuperables, llenarán lugares públicos de vítores y aplausos, harán colecta para los simios excarcelados y a lo mejor organizan cacerías sexuales para mandarle al señor Ricardo Javier González vídeos con gemidos de esos que le gustan.
Por otro lado, la memoria histórica vuelve a producir acidez en un país que sigue sin digerir como es debido su propia historia. Esta vez vuelve a propósito de ese monumento a la infamia del Valle de los Caídos. No sé por qué insisten columnistas y argumentadores en mencionar el recuerdo del holocausto nazi para hacerse entender. La gente entiende siempre mejor lo próximo. Y lo más próximo que tenemos en el desván de los malos recuerdos es ETA. ¿Es «abrir viejas heridas» cada acto en recuerdo de las víctimas? ¿Diría Pablo Casado que es andar todo el día «con la guerra del abuelo y con las fosas de no sé quién» cada símbolo en honor y reconocimiento de las víctimas de ETA? Si ETA además de matar hubiera culminado su ignominia tirando los cadáveres por cualquier sitio, ¿repetiría Hernando la infamia de que las víctimas se acuerdan «de desenterrar a su padre sólo cuando hay subvenciones»? Auswitch y Mauthausen nos quedan lejos. Quien no entienda qué es la memoria histórica sólo tiene que recordar a ETA y sus víctimas para tener una aproximación.
Y por otro lado, la crisis de los inmigrantes que se mueren por centenares a nuestras puertas con la mirada complacida del fascismo es la tercera pulsión emocional. Esta es compleja porque en ella se mezclan y se enfrentan la compasión, el miedo, la mentira, la civilización, el odio y el racismo. El ministro fascista que llama a gritos carne humana a quienes van a morir o el energúmeno de la Casa Blanca que mete en jaulas a niños crean inevitablemente estados emocionales marcados, que se hacen más intensos cuando la propaganda estimula el miedo y el miedo en el cuerpo se hace tierra fértil del odio. Es difícil mantener la templanza en controversias sobre niños enjaulados o ahogados.
La rareza de la situación y la neblina emocional que todo lo difumina puede tener a la izquierda despistada, después de la relajación por la caída del PP. La izquierda se enfrenta a los aires envenenados del neoliberalismo que debilitan los servicios esenciales y los mecanismos de corrección de las desigualdades. La propaganda busca la resignación con cada cosa que se nos quita haciéndonos temer por lo que aún nos queda. Afecta mucho más a la sostenibilidad del sistema que las empresas del Ibex tengan más beneficios y paguen menos impuestos y que las rentas altas cada vez contribuyan menos que la universalidad de la sanidad o las pensiones. La izquierda tiene que combatir esa propaganda insistente de que el gasto social es insostenible cuando la amenaza es la desigualdad en los ingresos y la impunidad de las malas prácticas financieras. El momento político no es benigno. Es raro y confuso. Y la izquierda no necesita confusión para enredarse sola. La izquierda tiene dos herramientas políticas a día de hoy: PSOE y Podemos. Lo demás son, en el mejor de los casos, colorantes de estos dos cauces o, en el peor, ocurrencias. En la izquierda funcionó siempre el mecanismo identitario por el cual líderes y votantes quieren ante todo reconocerse en un espacio político determinado y sólo secundariamente intervenir relevantemente en los acontecimientos. La debilidad de liderazgo y poca claridad de las dos fuerzas de izquierdas son otro ingrediente de la confusión del momento. Los líderes de la izquierda, los ocurrentes que creen que la unidad de la izquierda se logra multiplicando plataformas por la unidad de la izquierda y los votantes que se contentan con sentir que su voto expresa su ideología y luego que gobiernen otros, ninguno de ellos debería perderse en la confusión: el liberalismo radical y la impiedad social avanzan.

miércoles, 27 de junio de 2018

La propaganda incompleta del «Aquarius»

Detrás del Aquarius con sus 630 desesperados está una verdadera maraña política. Es la maraña de la frontera que separa el contraste de riqueza más marcado del planeta. No entraremos en el nudo de esa maraña, pero podemos reparar en tres aspectos de este incidente. Un aspecto es humanitario y los otros dos de propaganda y trascienden el caso concreto de la inmigración. La cuestión humanitaria consiste en decidir si hay que dejar entrar en Europa a gente que no tiene derecho legal a ello porque están ante una muerte cierta o si, por el contrario, hay que matarlos (o dejarlos morir). La primera posibilidad tiene el riesgo de incitar a otros a que se animen y que el goteo de desesperados se convierta en un torrente inmanejable (dicen). La segunda posibilidad tiene dos riesgos. Por un lado, nos arriesgamos a tener mala conciencia y dormir poco por las noches. Y por otro lado y aún peor, nos arriesgamos a ni siquiera tener problemas de conciencia ni de sueño.
Ya oímos en los años de Rajoy la letanía del efecto llamada. El ministro Jorge Fernández, que hablaba con Dios muchas veces cada día, pero no para aquello de pedirle que el dolor no le sea indiferente, se destacó en foros internacionales para que se retiraran los barcos que andaban salvando vidas en el Mediterráneo. Salvar vidas crea efecto llamada, decía. Esa gente que viene de guerras y horrores sólo hace en horizontal lo que aquellos desdichados que saltaban de las Torres Gemelas hacían en vertical. No importaba si abajo les esperaba una acera de cemento o un colchón gigantesco. Mientras aquello ardiera seguirían saltando. Y mientras haya horrores en el sur seguirán saltando en horizontal, pero no por el efecto llamada de lo que tengan delante, sino por el espanto que tienen detrás. La civilización y la humanidad básica exigen, sin análisis y sin cálculo de las consecuencias, que se reaccione ante estos saltos al vacío en horizontal como se reaccionaría con los saltos en vertical. Si tuviéramos a mano colchones gigantes, quién no los pondría debajo de las Torres Gemelas al ver a la gente que se precipitaba al vacío, sin preguntas sobre si eran inmigrantes o si habrían pagado el ticket de aparcamiento. Por compleja que sea la maraña y aunque no sepamos qué hay que hacer, una certeza debe grabarse a fuego en el ánimo y la conducta: no hay que matar a esa gente (o mirar cómo se mueren, que es lo mismo).
Pero hay más aspectos que el humanitario. Salvini exhibió la impiedad fascista con orgullo y sin colorantes. Gritó victoria cuando vio alejarse aquel cargamento humano de Italia. Tensó la fibra más oscura de su país y llenó de energía a energúmenos parecidos de Francia, Alemania o Austria. El que crea que España dio una lección y los dejó en mal lugar debería dejar de masajearse. Angela Merkel, que siempre mantuvo una conducta más leal y civilizada que la media de sus colegas europeos, está debilitada ante su ministro del interior y ante las voces xenófobas de su país. El gesto español no reforzó las posturas civilizadas del continente. Y no porque hiciera mal, sino porque no lo hizo todo. Falta la propaganda. Puede que esas 630 personas salven la vida y eso es muy bueno, pero el fascismo en Europa consiguió voz y presencia, dio un paso para ser parte aceptable del decorado ordinario del continente. No se puede fingir que el problema no existe. Estar en cargo de responsabilidad y no ser fascista empieza a obligar a ser antifascista. No voy a improvisar cómo debe o debió ser la propaganda en este caso. Pero sí hay algunas cosas claras. La postura humanitaria se expresa con debilidad, como un rezo. Mientras Salvini bravuconea dándose puñetazos en el pecho, los civilizados apenas gimotean frases manidas de bondad y compasión. Y casi lo hacen pidiendo perdón. De hecho, nuestro Gobierno, cuya actitud fue honrosa sin duda, no dejó de decir que esto no significaba que España estuviera abierta de par en par para el futuro, como si tuviera que contrarrestar su actuación con un amago de firmeza. Durante mucho tiempo, las circunspectas campañas oficiales que explicaban a los conductores los males de la velocidad como curas dando un sermón naufragaban ante los anuncios de automóviles que vendían la potencia del coche con acelerones, derrapajes y chillidos de neumáticos. No se pueden contrarrestar las bravuconadas de simio de Salvini y el regocijo de su manada de fantoches con lo que por contraste acaba pareciendo un buenismo santurrón. Hay que salvar a quienes se mueren sin vacilación y sin consultas. Y hay que atacar a Salvini, hay que ridiculizar lo que es de por sí ridículo, señalar su pequeñez, escarnecer su cobardía, humillar el susto con el que se sube a una banqueta dando gritos porque oyó a unos desamparados intentando llegar a la orilla. La energía, la firmeza y el dedo acusador no deben estar sólo en el lado xenófobo. También es cosa de civilización gritar, afirmarse y señalar con contundencia.
El tercer aspecto es también de propaganda. La mayoría de la gente aprueba la medida del Gobierno, pero asume la idea tóxica de que hay un riesgo en esa medida que obliga a emplearla a cuentagotas. En el caso anterior, hablábamos de un problema de propaganda que deberían asumir los demócratas contra el espantajo fascista. Ahora hablamos de un problema de propaganda que afecta singularmente a las políticas de izquierdas. No es fácil quitar derechos y protección social sin contar con la aceptación o al menos la resignación de la gente. La emoción más eficaz para la renuncia es el miedo. Sólo aceptarás que te quiten una cuarta parte del salario si te hacen temer por las otras tres cuartas partes. Por eso todas las alarmas van siempre en la misma dirección. No hubo golpe mayor a las finanzas públicas que el rescate bancario. Ni tiene mayor amenaza nuestra economía que su deuda monumental, en buena parte también de origen financiero. Los organismos reguladores y de supervisión fallaron y no consta que el sistema esté protegido para nuevos desmanes. Pero oímos que la sanidad no es sostenible, que las jubilaciones serán impagables, que no podemos con la afluencia de extranjeros, que la Seguridad Social no puede con tanto medicamento. Todo son horrores que hace tolerable el programa máximo de la derecha: menos pensiones públicas, recortes sociales, privatización de servicios. Nadie en su sano juicio puede negar la complejidad del problema de la inmigración. Ya dije que había una maraña complicada detrás del «Aquarius». Pero conducirse con certezas elementales, como la de no matar a los moribundos o dejarlos morir sin piedad, tiene un coste ridículo. La única forma de que gente normal acepte o incluso exija que se mueran sin echarles un salvavidas es, como siempre, el miedo, la persistente propaganda de que el coste ridículo de actuar sobre lo trágico se convierta en una losa después, como si no hubiera más actuación posible para que esa losa no nos caiga que la muerte inmisericorde de toda esa gente a nuestras puertas. Por supuesto, los sembradores de oscuridad tiene su argumento: que los metamos en nuestra casa si tanto nos gustan. Es la bazofia cínica de siempre, pretender que un testimonio individual desmedido sea el soporte argumentativo de las posturas socialmente sensibles. Muchas veces los domingos por la mañana temprano veo en repisas y aceras vasos con restos de bebidas y botellas rodando. Y hasta algún vómito. Yo no quiero ver eso por las calles, pero no voy a ponerme a limpiarlo. O si lo hago es irrelevante. Lo civilizado es que haya un servicio formal de limpieza que lo limpie. Puedo meter en mi casa inmigrantes o no, no importa. Lo civilizado es que no lo tenga que hacer yo. Lo civilizado es que el organismo social digiera esta circunstancia de manera formal.
La protección social no puede quedar caricaturizada como un buenismo de débiles sin pulso. Y no podemos dejar que un miedo interesado y cuidadosamente cultivado nos lleve a una renuncia permanente. Faltó propaganda. Tan cierto es que la propaganda es una expresión de racionalidad limitada como que no hay causa que no requiera propaganda.

sábado, 16 de junio de 2018

España se quita la faja

Ni vamos a caernos de un guindo con el nuevo Gobierno imaginando lo que no hay, ni vamos a hacer muecas para que no se nos note que sonreímos. Empecemos por la sonrisa. El alivio que flota en el ambiente se debe desde luego al PP. A veces al quitarnos los zapatos nos damos cuenta de cómo nos estaban rozando y magullando. El PP nos apretaba por todos lados, nos hacía llagas y escoceduras y se nos estaba avinagrando el gesto. Se defendía de sus escandalosos pecados a mordiscos, sus seguidores no tenían forma de dar la razón al Gobierno más que a salivazos y asimilando rencores desmedidos y los oponentes sólo podían disentir chillando, no había espacio para el razonamiento. Las leyes que nos quitaban derechos laborales o libertades básicas nos soliviantaban a diario y mantenían la crudeza de las descalificaciones que volaban por las redes sociales y las manifestaciones públicas. El PP desquició el desquiciamiento independentista hasta que no quedara sitio más que para actitudes desquiciadas. Todos los días había malas palabras, mentiras cínicas y culpables impunes. Como digo, no se podía dar la razón al Gobierno ni quitársela más que a bramidos. El acomodo más firme de lo que se esperaba de Pedro Sánchez y la dimisión de Rajoy hacen sentir como pasado al PP y es como si nos hubiéramos soltado una faja que nos apretaba la tripa hasta darnos retortijones.
Hay otra razón para la sonrisa en estos primeros momentos. Pedro Sánchez tuvo enemigos muy antipáticos. No es que él sea amigo de muchos, pero es el enemigo de los enemigos de muchos. Un enemigo triunfante. En Susana Díaz todo fue desagradable. Fue molesta la demora en presentarse oficialmente candidata, como si no llevara maniobrando para la Secretaría General desde la noche de los tiempos. Fue tosca la manera de defenestrar a Sánchez y burda la impostura con que manejaba los hilos de la Gestora. La falsa humildad pésimamente interpretada con que por fin se presentó, la parcialidad bochornosa de todo el aparato del PSOE y de viejas glorias, que acabaron siendo más viejas que glorias, todo aquel oropel, dio grima y alimentó ternura hacia Sánchez. Ya en campaña, Susana Díaz sorprendió por una inesperada carencia de mensaje, ideas o programa y por una prepotencia que incrementó la antipatía general hacia ella. Pocas veces se alegraron tantos, concernidos o no por las interioridades del PSOE, como cuando Pedro Sánchez venció en aquellas primarias. Fue también antipático el diario El País, siempre influyente y siempre parte de lo que se cuece en el PSOE. Ni siquiera se molestaron en tergiversar. Directamente insultaban a Sánchez. Queda para el recuerdo aquel editorial en que se le llamaba insensato sin escrúpulos y persona no cabal. Y queda para el recuerdo aquel editorial que comparaba su victoria en las primarias con el Brexit, el triunfo de Trump o el ascenso de Le Pen. Y en medio de aquella jauja deambulaba Felipe González, también antipático y con el plumero al aire, menospreciándolo con aquello de que lo que sabía de España se decía en media hora; o con aquella ridícula performancediciéndose frustrado y engañado ¡porque Pedro Sánchez le negaba el apoyo a Rajoy! Y luego, claro, a quien desbancó del Gobierno contra todo pronóstico era al PP, al traje que nos hacía escoceduras. Encima la moción de censura desenmascaró a Rivera como lo que es, un liante, no una persona de diálogo, sino un cizañero menos inteligente de lo que algunos creían.
En el ánimo de mucha gente, cada batalla convirtió a Sánchez en el enemigo de mi enemigo. La batalla en que por fin los derrota a todos no puede menos de ponernos una sonrisa. Se inicia entonces un tiempo flotante, un presente plácido sin futuro claro y aliviado de un pasado encrespado. Los rugidos con los que el PP anunciaba filibusterismo en el Senado y una gobernabilidad imposible se ahogaron enseguida por la dimisión de Rajoy y la aparición extemporánea de Aznar, tan mediocre como siempre pero más engreído, más ridículo y más inoportuno. Finalmente Sánchez se apunta un tanto con el Gobierno que presenta. Pedro Sánchez es lo que Rivera pretende que creamos que es él. En realidad, en economía, relaciones laborales, función pública y servicios públicos, Rivera es un extremista que presentaría sus hachazos como modernización e incentivos de superación. Pero él finge ser Pedro Sánchez. Cuando se le pase el mareo, dirá que él fue quien sacó a Sánchez de la podemización y recuperó para España al PSOE a la vez que libró al país de la corrupción.
Sánchez forma parte de las tendencias neoliberales que socavan el bienestar y las clases medias mientras bajan el aporte de las clases altas. Es abierto en cuestiones de libertades, igualdad de género, derechos de minorías o laicidad del Estado. Las circunstancias lo llevaron a la Presidencia con muy poca complicidad con la historia reciente de su partido y con mucho de lo que se fraguó en las movilizaciones de la calle y los movimientos alternativos. Por eso, es imaginable un impulso de regeneración y lucha contra la corrupción. Su límite es la combatividad con los poderosos. En materia fiscal o de laicidad no cabe esperar un pulso firme con la banca o la Iglesia, aunque sí es posible algún roce con los primeros y que hurgue en los privilegios de los segundos y se lleven algún berrinche. El equipo de Gobierno es una gran obra de comunicación. El Gobierno de España lleva dos días en la portada de los informativos y prensa internacionales. Y esto no es despectivo. La cantidad de mujeres es ya un avance en sí mismo antes de que empiecen a hacer nada; la cantidad y los estereotipos que rompen. No es habitual que el aparato de seguridad del Estado, el de Defensa y el de Economía estén en manos femeninas. Los ministros y ministras están elegidos para complicar el discurso de la derecha. Sánchez parece asumir que la frontera por la izquierda está tranquila. La primera vez que llegó a la Secretaría del partido la ocupó sin claridad y sin rumbo. Pero fue el primero en entender que la erosión electoral del PSOE por Podemos se combatía desplazando el frente dialéctico al otro lado, hacia y contra el PP, en vez de hacer de falange del PP contra Podemos. Rajoy no esperaba ese giro y fue cuando se enfadó y le dijo aquello de que no volviera al Parlamento y que había sido patético, allá por 2015. Algo así parece retomar con la gente elegida.
Podemos se movió con gran eficacia y buen criterio. Reaccionó con rapidez al impacto de la sentencia de la Gürtel y, a diferencia de lo que hizo otras veces, hizo ver que su compañía no sería un dolor de muelas diario. Marcó con firmeza las líneas y le puso fácil el camino a Sánchez. Tuvo mucho que ver con esa sensación de obligación moral que inundó el Parlamento y también con que el PNV percibiera que de todas formas Rajoy caería, aunque fallara esta moción. La moción de reserva que pactó con C’s fue un golpe político eficaz. Ahora le toca gestionar lo que sigue. Para la izquierda el balance es bueno. Nos dirigíamos a una mayoría absoluta con la suma de PP y C’s, posiblemente encabezada por Rivera. Las políticas previsibles serían radicales y duras. C’s no las expresaría con el alcanfor y tufo añejo del PP, sino con esta jerga propagandística que quiere pasar por tecnócrata, moderna y como de máster, como si la desigualdad fuera efecto de la exigencia de los tiempos y los méritos de cada uno. El que se haya podido cortar el camino a situación tan adversa es lo que hace que el balance sea bueno para la izquierda. Ahora Podemos debe saber cuándo callar (por ejemplo, ahora; la escena es por unas semanas para Pedro Sánchez), cuándo hablar bajo y cuándo chillar, cómo enfrentarse a Pedro Sánchez y cómo apoyarlo.
El PP bufa, C’s masculla entre dientes, Javier Fernández, Susana Díaz, Felipe González y Cebrián están calladitos y Soledad Gallego-Díaz se va a hacer cargo de El País. Es hora de que el PSOE y Podemos, cada uno por su lado, agitados y no mezclados, averigüen qué hicieron bien últimamente, dónde acertaron. No es propio de ellos.