lunes, 17 de septiembre de 2018

Día de Asturias inmatriculado

Hacía tiempo que ni escuchaba ni me acordaba de Joaquín Sabina y me acordé de él leyendo en la prensa llariega los fastos del 8 de septiembre, nuestro Día de Asturias. Me acordé de cuando Sabina cantaba que le habían robado el mes de abril, mientras yo pensaba que nos robaron el 8 de septiembre. La escena de lo que se supone que era la celebración de Asturias era toda para el arzobispo Sanz Montes y para la familia real, sobre todo para el primero, que era el que podía discursear. Nadie diría que aquí, además de arzobispo, hay un gobierno. Javier Fernández parecía más «mudu» que nunca dejando la escena completa de Asturias a la Iglesia y la Corona y haciendo de figurante. El papel de la Corona me pareció inadecuado (luego me explicaré), pero también fue casual. No siempre van a estar aquí el Día de Asturias. Pero el papel de la Iglesia sí es parte de la estructura de este Día. Se hizo coincidir el Día de Asturias con la festividad de Covadonga y la Iglesia acabó inmatriculando el Día y quedándoselo, como la Mezquita de Córdoba.
Es difícil que la fiesta de una comunidad, además de lo que tenga de festivo, no incorpore conductas públicas insustanciales y discursos llenos de vaciedades y tópicos. No me refiero a los rituales. Los rituales no tienen nada de malo, porque por su propia rigidez y por lo mecánicamente que se repiten, son puros símbolos, no conductas y frases manidas. Pero, con todo su ritual y todo su postureo dulzón y cargante, estas fechas tienen su utilidad. Son como una señal periódica que convoca a quienes compartimos algo relevante, en la que nos recordamos qué nos vino pasando últimamente, qué nos preocupa, qué nos alegra y en qué afanes andamos. El Día de Asturias, como el día de cualquier sitio, debe tener, entre fiestas y oropeles, ese contenido. Los asturianos, como cualquier otra comunidad, somos una asamblea demasiado grande para juntarnos un día al año a hablar de nuestras cosas. Son las autoridades que nos representan quienes tienen que hacer ese papel, sin especial carga política, pero con contenido sobre nuestro momento y nuestras perspectivas.
La presencia estructural y destacada de la jerarquía eclesiástica en el Día de Asturias, digámoslo una vez más, rechina en una sociedad democrática. El carácter laico o no confesional (me aburren los detalles que diferencian una cosa de la otra) del estado es una implicación de su condición democrática. La laicidad del estado quiere decir que los órganos legislativos hacen las leyes sin que haya un catecismo o una autoridad religiosa que les ponga condiciones de obligado cumplimiento. La confesionalidad, el que la doctrina de las autoridades religiosas sí imponga condiciones a lo que pueden decidir los cargos electos, es antidemocrática, como los creyentes saben y admiten. El enredo político-eclesial con el que nos deleitan cada 8 de septiembre en Asturias convierte el Día de la comunidad en un día de catequesis obligada para nuestros representantes, que tienen que ir a misa, y nos deja a los demás sin Día propiamente dicho. La Iglesia lo inmatriculó con la sonrisa del PSOE. Una mirada a la prensa es suficiente para ver que el patrón de ese día es el arzobispo. No es él el que va al Parlamento, por alguna tradición alcanforada que quedara por ahí, a aguantar los discursos de los cargos electos. Son nuestros representantes quienes van a misa a padecer su sermón. Este año además estaba por aquí el Rey. La imagen del Jefe del Estado inclinado (encima, como es tan alto, muy inclinado) para besar el anillo del arzobispo, mientras las autoridades electas estaban en un segundo plano con sonrisa de visita en domingo por la tarde, y la sonrisa del arzobispo, tan llena de plenitud como el pecho del Magistral cuando repasaba con el catalejo sus dominios de Vetusta, es una imagen que sólo deberíamos ver en blanco y negro en una foto con bordes sepia. Es una imagen de otro tiempo que no sirve para que el Día de Asturias se parezca en nada a Asturias.
El problema es además, digámoslo con claridad, que la Iglesia no sabe estar. Como los niños malcriados. Ni siquiera puede mantener la compostura cuando tradiciones o costumbres rancias mantienen su presencia en actos representativos. Cuando alguien se casa por lo civil, lo hace normalmente en el ayuntamiento y podría casarlos el alcalde, es decir, un político electo. El saber estar quiere decir que ese político debe comprender que su presencia en el acto es ritual y no puede emplear la tribuna que le brinda el protocolo para endilgar soflamas políticas. No sé si nuestra alcaldesa Moriyón oficia personalmente matrimonios (hace tiempo que no me caso y no estoy al día), pero nadie espera que se le ocurra hablar en el casamiento de la bondades del Foro y de su próxima candidatura a la Junta. Esto, que parece tan de sentido común, está fuera del decoro de la Iglesia. Donde la tradición o la costumbre le da presencia la cumple con el talante que despliega en todo lo demás: la avidez. Es realmente irritante que en plena democracia tengamos que aguantarle al arzobispo cada 8 de septiembre sus diatribas ultraconservadoras como si fuera algo natural. El año pasado vino el señor Blázquez a rugir contra el aborto, como riñendo delante de nuestras narices a nuestros representantes. Este año el ultra y oscurísimo señor Sanz Montes mantuvo el tema de Cataluña y la unidad nacional flotando y balbució bobadas de nuevas reconquistas, como si el tema del Día de Asturias tuviera que ser Cataluña y como si él fuera quien pone el tema del Día de Asturias. Y habló de ideas «de fuera» e ideologías «liberticidas» que hieren nuestra «naturaleza» como pueblo. Y se atrevió a mencionar a la enseñanza pública como enseñanza «intervenida», la pública, la única que tiene obligación legal de no adoctrinar. No sólo es la cuestión de principio. Es que la Iglesia actúa con la codicia de un ultra incapaz de estar y controlarse. Si no están de acuerdo con el aborto ni les gusta la enseñanza pública, que hagan como Moriyón y el resto de alcaldes cuando casan: que sepan estar. Y visto que no saben, que no estén.
La presencia del Rey y la familia real añadió empalago a la imagen del Día, lo vació más y lo hizo más ajeno a Asturias y su circunstancia. Y ahondó más en su anacronismo. Las referencias a la familia real, llenas de lugares comunes y de un cierto baboseo, no ayudan a que su imagen ponga un contrapunto de modernidad a la oscura presencia de la Iglesia. La última vez que oí a alguien dirigirse a una niña como Leonor vaciándola de cualquier resto de infancia normal fue en Juego de Tronos. No se trata de que la familia real no pueda aparecer en actos públicos e institucionales en Asturias y que Asturias no pueda ser una anfitriona amable con la Jefatura del Estado, allá cada uno. Es que parece de todo punto inadecuado que el Día de Asturias sea el día del recibimiento y agasajo a la Corona con el arzobispo de anfitrión. Y, ya que Asturias es escenario relevante de la simbología y propaganda de la Corona, no estaría de más que de vez en cuando el Rey mencionara, como guiño e impulso para que entren en la agenda política del Reino, algunos de los problemas de Asturias cuya mención no implica compromiso partidario: la pérdida de población y el aislamiento, por ejemplo. Es educado reiterar la belleza de nuestros paisajes y los refritos del mito de D. Pelayo, pero quizá la Corona pueda apretar un poco más en la situación asturiana, sólo hasta donde ni los partidos discrepan ni se rechina con el buen juicio y la observación de la evidencia.
Los símbolos son sólo símbolos, pero nuestra mente es simbólica y los símbolos afectan a nuestra conducta y a la mirada que proyectamos sobre las cosas. El Día de Asturias debe ser un día festivo en el que Asturias se reconozca, no un día en que a los asturianos nos sienten pare ver diapositivas de cosas que no tienen que ver nosotros y que además son poco edificantes. No sé cuántas décadas necesitará el PSOE para abandonar su pereza cobardona. 

Difícil de ver el lado oscuro es (la infección fascista)

A poco que nos descuidemos, cuando creemos estar diciendo bandera roja, estamos diciendo banderita tú eres roja. A medida que aumenta la desigualdad, que la gente está más desprotegida y que crece la indignación en las capas sociales bajas aumenta también la fuerza de la ultraderecha en todas partes. Trump no es una excentricidad. La lógica dicta que, si los de abajo pierden mucho y se enfadan, su tendencia debería ser a un izquierdismo en los límites del sistema o más allá. Pero los de abajo son los que curiosamente están inflamando a la extrema derecha, a las ideologías autoritarias menos susceptibles de dar protagonismo ni esperanza a los más débiles. El hecho es que la furia de quienes pierden sus condiciones de vida crea un ecosistema muy fértil para la extrema derecha. Hace poco Illueca, Monereo y Anguita, los tres de izquierdas, firmaron un artículo en el que respaldan como un avance valiente el llamado Decreto Dignidad del gobierno italiano. Otros articulistas, también de izquierdas, replicaron que estaban avalando con esa actitud a un gobierno explícitamente fascista. Es aleccionadora la discrepancia. Alguien se equivoca. O se equivocan los izquierdistas que defienden al fascismo sin darse cuenta de que es fascismo o se equivocan los izquierdistas que ven fascismo donde hay avance. La cuestión es cómo puede equivocarse alguien tanto. Cómo puede dudar la izquierda de si algo es fascismo o es izquierda. Ahí se esconde una lección que ya deberíamos saber y que hay que repetir. El fascismo incorpora un tono emocional y hasta expresiones que se parecen a la pulsión reivindicativa izquierdista de los de abajo y que enlaza bien con los miedos de la clase media. No es que el fascismo se parezca hasta cierto punto a la izquierda. No se parece en nada. Pero mimetiza parte de su carcasa expresiva y emocional y así pasa sin ser detectado por los anticuerpos de la decencia y se infiltra en el torrente sanguíneo de la furia de los desesperados o del miedo de los temerosos. Muchas moléculas hacen eso, imitar lo que no son para engañar y colarse en el organismo (creo que la molécula de la Viagra hace su trabajo suplantando a otra a la que se parece; siempre hay casos). Difícil de ver el lado oscuro es, decía el maestro Yoda. Viendo a la izquierda discutir dónde hay o no hay fascismo no se puede dudar de que así es.
Podemos atrevernos con dos certezas, una simple y otra más compleja y donde es más fácil que el fascismo nos mimetice y lo llevemos a cuestas sin saberlo. La certeza simple es que cuando un gobierno es fascista deja de ser todo lo demás. El gobierno italiano, aunque no en los hechos porque no puede, es en lo ideológico explícitamente fascista y, por tanto, enteramente fascista. Apoyar tal o cual medida que suena a izquierdista es meter la infección en el torrente sanguíneo. Si necesitamos un objeto grande y circular para algo, no nos sirve un coche. El hecho de que el coche tenga ruedas no hace que el coche sea redondo hasta cierto punto. Y ninguna medida parcial hace en parte izquierdista a un gobierno fascista, capaz de referirse a inmigrantes como carne humana. Si aislamos aspectos, en esa cirugía hasta Hitler tendría «sus cosas buenas».
La segunda certeza tiene que ver con la nación, la inmigración y las clases sociales. Hay izquierdistas que ven en la inmigración un juego sucio de las empresas para devaluar los salarios. Inyectar gente pobre que acepta salarios más bajos obliga a quienes están en el país a trabajar también por menos salario. En principio, la crítica va hacia la empresa, no hacia el inmigrante. Pero al inmigrante se le considera una herramienta para la devaluación salarial, lo que lleva a la necesidad de frenar la inmigración. Otros izquierdistas ven en esto un nacionalismo excluyente y quieren poner el foco en las clases sociales, no en la nación. El pulso no sería entre nacionales e inmigrantes, sino entre los de abajo y los de arriba. Cualquier ruta argumentativa que nos lleve a la necesidad de contención de inmigrantes es sospechosa. Pero cualquier versión de internacionalismo apátrida de lucha entre los de abajo y el capital en el ancho mundo tiene muchas posibilidades de ser campanas de gloria.
Decía Foster Wallace que un error habitual de la izquierda era dejar el monopolio del egoísmo a la derecha. Si, por ejemplo, todo el discurso sobre la inmigración es altruista y compasivo, si no hay más que solidaridad con quienes huyen de horrores y desgracias, cualquier demagogo nos dibujará como blandengues buenistas incapaces de llegar a lo importante, a qué hay de lo mío. No sé cuánta razón puede tener Wallace, pero sí me parece un error sacar a la nación del razonamiento. La emoción tribal o nacional está en nosotros y hay que domarla como a una bestia con tendencia a desbocarse, pero no hay que ignorarla. Una persona que trabaje en España ocho horas y no gane suficiente para vivir independiente tiene que pensar que está siendo víctima de una injusticia. Esa percepción, explícita o implícitamente, tiene que ver con la riqueza que atribuye a su país. Digamos que para que en un país con el nivel económico de España se trabaje por un salario de pobreza, tiene que haber mucha desigualdad, tiene que haber gente que se esté quedando con demasiada parte de la riqueza nacional. Ese ente llamado España es la primera (no única) referencia de igualdad o desigualdad aceptable o inaceptable. No importa si la persona de la que hablo es de Albacete, de Ecuador o de algún país africano. La referencia de la riqueza de España es la referencia para quien trabaje en España, nacional o inmigrante. Si los trabajadores ven que su salario cae, no deben mirar a los inmigrantes que están como él o peor. Deben mirar hacia arriba y reivindicar una participación justa en la riqueza del país. En este razonamiento no se separa al inmigrante del nacional, pero hay una referencia a la nación y su riqueza (y derechos) y a la participación que debe tener en ella quien esté en esa nación. Cuando una cirujana o una camarera piensa en el salario que debería ganar, no lo piensa en relación con las posibilidades de Somalia ni de la clase obrera o media planetaria, sino con relación al nivel económico de su país. Sacar el país (nación, tribu o lo que se quiera) del análisis es ante todo inútil, porque la emoción nacional es un hecho y sólo se puede encauzar civilizadamente no ignorándola. Sería dejar el monopolio del egoísmo y del interés propio a la derecha, como quizá quería decir Wallace. A partir de aquí se puede desmontar la patraña de la amenaza de los inmigrantes. La amenaza para las clases bajas y las medias es la desigualdad, la desregulación y la cada menor participación de las clases altas en la financiación del estado. La inmigración no altera el equilibrio de gastos e ingresos. Y a partir de aquí se puede hablar de justicia internacional en la relación de países ricos y pobres. Pero la referencia del individuo al estado no debe desaparecer diluida en una referencia exclusiva de clase social. No es realista y es dejar a la derecha el campo del interés nacional, tan rico en nutrientes emocionales de miedos y exclusiones.
Siempre hay una manera fascista de hablar de la nación que mimetiza cualquier otra referencia que hagamos de ella, por lo que la infección fascista es siempre un riesgo de cualquier análisis que incluya a la nación. Pero debe observarse que tomar al país como la primera referencia de igualdades y desigualdades de quienes están en ese país (cualquiera que sea su procedencia) hace que hablemos de reparto de cargas y de obligaciones de las clases altas, no que hablemos de lo que la extrema derecha quiere: de los inmigrantes y su impacto en mi salario. Ni sirve para nada una propuesta internacionalista apátrida ni hay forma de introducir la nación sin riesgo de infecciones. El artículo de Illueca, Monereo y Anguita demuestra lo bien que la molécula fascista mimetiza las moléculas civilizadas y lo difícil que es ver el lado oscuro. Aunque en España todavía es un poco pronto, agucemos los sentidos, que Casado y Rivera ya quieren pillar cacho en este río revuelto.

Incorrección política y esnobismo progre

Podemos empezar por lo aparente. Lo aparente es que todo esto que llamamos corrección política es cargante. No lo llamo aparente para decir que es una falsedad con aspecto de verdad. Lo llamo aparente porque lo que tenga de verdad es irrelevante. Y los grandes edificios teóricos montados sobre verdades de poca monta suelen ser sofismas interesados. Así que empecemos por lo aparente. La corrección política es cargante porque es una actitud urbana de clases medias con un compromiso muy débil con las causas a las que se dirige, por lo que tiene más de condescendiente que de solidaria. Casi siempre lo que se señala como incorrección política se refiere a grupos humanos con algún tipo de marginación o estereotipo negativo. La conducta políticamente correcta hace sentir a quien la mantiene que así se sensibiliza y hasta lucha por la causa que sea. Pero a coste cero. La corrección se consigue con apenas unos cuantos giros lingüísticos y algunas actitudes que no implican renuncias ni riesgos. Si echamos un vistazo al Parlamento y a personajes públicos, seguro que todos podemos diferenciar entre quienes están en lucha genuina de quienes sólo se columpian en los palos de la corrección política.
Es también cargante por la sensación de que el sujeto políticamente correcto lo es más para describirse a sí mismo y posturear la propia imagen que para incidir en la situación injusta que se denuncia. Relacionado con esto, y también la hace cargante, las pautas de la corrección política parecen seguirse más para sentirse parte de determinados círculos y engrasar esa sutil maquinaria de la aceptación y la complicidad que por ninguna preocupación social realmente sentida. Es decir, y aunque ya casi nadie use el anglicismo, la corrección política es una conducta esnob, una reproducción sobreactuada de las maneras del grupo social con el que queremos ser asociados. Pero resulta sobre todo cargante por su vocación normativa. La corrección política es cosa de progresistas y no hay nada más progresista que interiorizar niveles de pureza y coherencia ideológica y convencerse de estar siempre en el lado «difícil» y auténtico. Lo políticamente correcto es más cargante que lo meramente progre porque tiene ese punto que antes sólo tenían los curas más plastas de asociar conductas mínimas con grandes principios, así sean pecados o virtudes. Algunos hipercorrectos se duchan limitando el gasto del agua, se afeitan cuidando no usar marcas que hayan deslocalizado empresas, echan leche ecológica al café y toman magdalenas de comercio justo y se van a trabajar convencidos de estar en la brecha de la sostenibilidad del planeta y plantando cara a las multinacionales. E inversamente te puede caer una descalificación gruesa por cómo te duches o por tu marca de magdalenas.
Aparentemente todo esto es muy cargante. Como dije antes, es cosa de apariencia no porque sea falso lo que acabo de decir, sino porque es irrelevante. Y lo es por dos motivos. Uno por su obviedad. No hay causa ni ideología que no dé lugar a tribus y conductas tribales de baratillo y eso no hace banal que haya causas e ideologías. Se puede uno cebar con el feminismo superficial o con los ecologistas que agotan su repertorio en desmayarse ante un eucalipto. Pero si cogemos al PSOE con todos sus aledaños de boquitas hambrientas piando, a los abanderados de la unidad de España y la igualdad de los españoles que sólo pronuncian la palabra España contra españoles y sólo pronuncian la palabra igualdad contra los independentistas, a los comunistas que creen llevar en su mochila y su biografía más material del que se guarda en el baúl de Pessoa, a los católicos con su morralla de agravios circenses, o a cualquier otro grupo ideológico, podemos hacer los escarnios que queramos. Toda causa genera esnobismo vacuo, es una obviedad sin valor insistir en que las causas que se agrupan en la corrección política también lo hacen. Y hay un segundo motivo por el que es irrelevante el esnobismo ideológico y es que no quita ni un ápice de profundidad al tema al que se dirigen. La verdad sobre la cuestión de género es que, si voy a ver a un importante cuarteto de jazz, y a pesar de que muchas mujeres estudian música, la probabilidad de que sean cuatro varones es altísima; la verdad es que hay docenas de cadáveres de mujeres cada año que mueren por ser mujeres; y la verdad es que las mujeres ganan mucho menos dinero que los hombres. Que también sea cierto que hay feminismo esnob y poses cargantes es una nimiedad de poca monta.
Jim Goad tiene un excitante ensayo en el que arremete con lucidez contra el progrerío urbano, por su adhesión superficial a causas facilonas de justicia racial y similares. Dice ser de familia redneck, el núcleo de la basura blanca. La basura blanca es, dice, el único grupo humano al que se puede denigrar y del que se puede uno mofar sin ser políticamente incorrectos. En las películas se muestra a los paletos blancos con su fusil, homófobos, xenófobos, brutos y vulgares, aptos para argumentos de violencia o de burla. Son blancos pobres desde lo más alto de su árbol genealógico y, además de vivir cada vez peor, reciben lecciones, desprecios y mofas de todo el mundo. Goad se ensaña con la izquierda urbana por no entender que la diferencia de pobres y ricos es la más profunda de las diferencias y ridiculiza sus pruritos de corrección y respeto a tal o cual grupo humano, mientras cree hacer crítica social denigrando a la basura blanca, cuya fealdad es efecto de la marginalidad igual que la miseria moral de barriadas negras machacadas. Lo curioso es que Goad, haciendo sangre de la corrección política, muestra en carne viva un ejemplo de por qué la corrección política tiene su utilidad con todas sus rebabas cargantes. Justamente él brama por la falta de respeto y sensibilidad y por el estereotipo de un grupo humano desposeído. En realidad él quiere algo de corrección política en la mirada a esa basura blanca que es pobre y que encima tienen que ser los palurdos de Thelma y Louise, los siniestros de Perros de Paja, los bobos de Tres anuncios en las afueraso los hillbillieslelos y perezosos de las montañas (mi generación se crio con aquellos osos montañeses que hablaban lento y bobo, ooyeee aapáa). Lo sepa o no, Goad prefiere aguantar postureos de universitarios esnobs que ver en la tele cómo lo insultan cada día.
Por lo cargante que es y por lo normativa y plasta que es la corrección política, el que la transgrede parece audaz, contracorriente y fresco. Es un alivio esa prosa que se deja de mariconadas. Jim Goad transgrede la corrección y provoca porque tiene una causa. Cuando Casado es incorrecto en temas de inmigración o franquismo, le ocurre lo mismo. Siempre se provoca con una causa. La incorrección de Bodegas también la tiene. La transgresión de tanta corrección cargante alivia, desde luego. Pero es bueno negociar con ese alivio interior y no dejar de indagar a qué causa sirve para que no ocurra que, dejándonos masajear por el alivio de tanta chorrada políticamente correcta, acabemos en trincheras con malos contrabandos. No hay valentía ni audacia en decir groserías de mujeres, gitanos o inmigrantes. Hay alivio de tanta corrección cargante. Cuando se sufre de verdad, cuando se es pobre sin trabajo o se trabaja y se sigue siendo pobre ante un jefe y unas leyes inmisericordes, la furia se puede volver sobre los devaneos de los progresistas urbanos enredados en problemas comparativamente más nimios. El populismo de extrema derecha, o de derecha «sin complejos», a veces consigue aprovechar ese desahogo de llamar a las cosas por su nombre y decir las verdades «incómodas» con que tanto «rebelde» adorna sus groserías (sea monologuista del tres al cuarto, politicastro o académico, da igual) y canaliza esa legítima y necesaria furia de los desposeídos contra el izquierdismo, contra el sistema y contra sí mismos. Diecinueve años después de publicar su Manifiesto redneck, Jim Goad votó a Trump. Y no porque cambiara ni porque sea facha.

viernes, 31 de agosto de 2018

Cuestión de principios, más que palabras

No sé si me afecta algún tipo de sordera, pero sigo sin oír a la izquierda. Esta fue una semana propicia para la afirmación y reafirmación de convicciones, por los inmigrantes, porque ahora ya se empieza a decir la verdad sobre Grecia, por la tumba del dictador en ese esperpento arquitectónico que nos ofende. Yo oigo alto y claro que la tibieza con los inmigrantes provoca efecto llamada y que hay una amenaza para nuestro país; oigo que van a subir los impuestos y el déficit y que eso nos empobrecerá; oigo sobre la tumba de Franco cosas sobre abrir viejas heridas, con mirar hacia delante y con no remover. Las réplicas de la izquierda no se oyen porque las réplicas fuertes vienen de voces débiles y las que vienen de voces fuertes son réplicas débiles y medio acomplejadas. Vayamos por partes.
El foco, por supuesto, hay que ponerlo en el PSOE por su situación geopolítica. El PSOE marca los límites de lo que la gente percibe como ortodoxo o realizable. Lo que el PSOE rechace se sentirá como demasiado izquierdista, por radical o por poco realista. Lo que el PSOE acepte estará en el debate con normalidad. Podemos no está en la «centralidad» de la situación política, como había querido. Su voz es más débil y cuesta más que sus posturas se asuman como políticas posibles. En general la izquierda expresa sus ideas con medias palabras como si llevaran algo que pudiera ofender o asustar. El debate de la derecha y la izquierda me recuerda a cómo se habla cuando en la mesa hay alguien con principios especialmente compulsivos. Si hay algún vegano militante, algún creyente con restricciones alimenticias o rituales estrictos, algún buscador de extraterrestres o similares, generalmente el creyente se expresa con libertad y los demás con muchas limitaciones intentando no ser irrespetuosos. Algo así parece ocurrirle a la izquierda, especialmente al PSOE, el más preocupado por no parecer maleducado. No me refiero a que las ideas del PSOE sean mejores o peores, sino a sus limitaciones para expresarlas.
Franco mantuvo treinta años la guerra que había acabado en el 39. Franco mató en tiempos de paz a quienes no le gustaban de manera sistemática. Sus víctimas son como mínimo equiparables a las de ETA. ¿Piensa el PSOE otra cosa? ¿Es provocador o incorrecto decirlo? Si alguien, aunque fuera de tan bajo nivel como Lomana, hubiera dicho que lo que les ocurre a las víctimas del terrorismo es que no asumieron que habían perdido, ¿nos habríamos quedado tan tranquilos? Si alguien, digamos Rafael Hernando, dijera que la familia de Gregorio Ordóñez sólo se acuerda de su difunto cuando hay subvenciones, ¿podría despachar semejante vileza diciendo que sí, que se había pasado cuatro pueblos, y ya está, y a seguir en el escaño ladrando lo que se le ocurra? Si se dice que la memoria y recuerdo de las víctimas de ETA es dignidad, y sin duda lo es, ¿por qué el recuerdo y una mínima compasión con las víctimas de Franco es rencor y abrir heridas? ¿Sería respetuoso con las víctimas tener a líderes de ETA en mausoleos que los homenajearan? ¿Fueron esos líderes peores que Franco para España? Ya sabemos lo que piensa de estas cosas el prior de la Abadía de marras y lo que piensan Rivera y Casado. También conocemos el credo de Mayor Oreja, que igual defiende la vida de los no nacidos que le produce una «extraordinaria placidez» la vida eterna de los opositores a Franco. Pero no es esto lo que piensa el PSOE (quizás Alfonso Guerra, perdido en sus escoceduras). Y debería oírse de su boca y de la boca del resto de la izquierda con más intensidad y más compromiso la infamia de menospreciar a las víctimas del franquismo. No basta con ofenderse. Hay que exigir.
Más me sorprende el silencio de la izquierda con el final del rescate de Grecia. La derecha echó toda su artillería en su día sobre este episodio. Se puso a Grecia como ejemplo del desastre al que conducían los populistas de izquierda. Se presentó el fracaso de Tsipras como argumento irrebatible de que estaba equivocado él y quienes decían por aquí cosas parecidas. Ahora acabó el rescate y Grecia ya no es un monigote útil para ninguna propaganda. Ahora, ya todos calmados, el diario El Paíspublicó un editorial en el que hace un resumen de lo obvio. La austeridad destruyó la cuarta parte de la economía griega, destrozó a muchas familias, dejó al país con una deuda enorme y, sobre todo, no era lo que técnicamente era aconsejable. Se aplicaron medidas dolorosas por razones políticas, prácticamente por propaganda. Debería haberse negociado otra forma de tratar la deuda y debería haberse exigido algún coste a los bancos que, por incompetencia o por corrupción, habían metido cantidades imprudentes de dinero donde no había solvencia. En definitiva, lo que dice este editorial es lo esencial de lo que decía Tsipras al llegar al poder. Tsipras tenía razón en lo fundamental. Su fracaso demostró quién era más fuerte pero no quién tenía la razón. Es lo único que demuestran las batallas, dónde está la fuerza, nunca dónde está la razón. La cuestión es que se utilizó el caso griego como propaganda para modificar aspectos importantes de nuestra convivencia y de nuestros derechos. Hoy estamos más desprotegidos y nuestras sociedades son mucho más desiguales. Cuando se hicieron las políticas que nos llevaron a esto, se puso a Grecia como ejemplo de lo que nos pasaría si no aceptábamos ese cambio de reglas. Ahora sabemos que para eso se le aplicaron medidas tan extremas, para propaganda. En España el caso fue más intenso por la necesidad de los partidos habituales de parar a Podemos y el PSOE se subió al carro de esa demagogia con verdadero entusiasmo (el PSOE de Pedro Sánchez, no lo olvidemos). Los mensajes de la derecha quedaron petrificados en nuestras mentes, tanto que aún siguen invocándolos. La pequeña relajación del déficit que pretenden PSOE y Podemos está siendo atacada agitando todavía aquellos fantasmas. Pero, así como la derecha dejó sólidos y macizos sus mensajes demagógicos, no oímos a la izquierda expresar las debidas conclusiones, ahora que es más fácil mostrar que la izquierda tenía razón. El desastre de Grecia no lo provocó Tsipras. El sufrimiento extremo de los griegos fue por hacer lo que la Troika quería y Tsipras no quería. La atomización del trabajo, la desprotección de los trabajadores y su precariedad y la disminución de los servicios públicos y consiguiente aumento de la desigualdad era la batalla propagandística que se libraba. Pero no oigo a la izquierda. Menos aún que en el caso de las víctimas de Franco.
Y, por supuesto, en la cuestión de la inmigración siguen hablando con la boca pequeña y a la defensiva. La izquierda no quiere papeles para todos y la entrada de inmigrantes no está suponiendo graves desequilibrios. Magnificar la situación y atribuir al Gobierno lo que no está haciendo es simplemente odio y propaganda. ¿Por qué no se oye alto y claro?
La derecha con posibilidades de poder no se priva de expresar sus ideas, incluso las que sabe que no podrá aplicar. Y hace bien. La izquierda, que suele considerarse éticamente superior a la derecha, curiosamente parece creer que lleva algún mal germen de provocación decir con claridad y con compromiso aquello en lo que contrasta más vivamente con otras formas de pensar, como si para llegar al poder no pudiera expresar su pensamiento, incluidas las convicciones que no podrá llevar a la práctica. Si cree que la banca debe ser más intervenida, pueda o no hacer tal cosa, por qué no ha de transmitirlo. Malo es expresarse sólo con principios. El sermón es el recurso de la falta de análisis. Pero malo es también no comprender que la quiebra de los principios nos dejan sin certezas mínimas para operar y ser reconocibles y que no expresarlos es abandonarlos calladamente. Hay que saber cuándo callar y cuándo hablar. Y cuando toca lo segundo, no olvidar a Wittgenstein: todo lo que se puede decir se puede decir claramente.

Derechas y PSOE reconocibles

Pablo Casado y Albert Rivera andan por nuestra actualidad patria como los hermanos Hernández y Fernández de Tintín. Cuanto más se esfuerza cada uno en ser ocurrente más se repiten, cuanto más quieren destacar más se parecen. El efecto que hacen podría ser cómico, si no compitieran en estupidez y zafiedad. Lo que le quita la gracia a estos dos mediocres, hinchados con levadura de currículos de baratillo, es pensar que la pulsión de los votantes conservadores está en alguna de las estridencias ultraderechistas que Hernández y Fernández andan tanteando como quien tantea una pared en la oscuridad buscando el interruptor. También le quita la gracia pensar que alguna de esas estridencias pueden hacerse ideológicamente transversales si se conectan debidamente con el cabreo difuso y sin forma de quienes cada vez viven peor y cada vez entienden menos lo que pasa. Y le quita el chiste a este dúo dinámico que el PSOE crea que ya pasó aquel momento en que parecía que podía desaparecer, como los demás socialdemócratas, y vuelva a hacer su papel de buscar soluciones para lo que la derecha diga que son problemas y de no buscar problemas donde la derecha dice que no los hay. En suma, lo que le quita la gracia al histrionismo de estos dos clones es que, después de todo, pueden hacer daño.
Rivera había saltado al ruedo ibérico con dos nutrientes. Por un lado, era una derecha que no parecía derechona. Era un alivio para los votantes conservadores, que tenían ya las narices escocidas de apretar la pinza con la que votaban al PP. Por otro lado, era una forma de quitarle a Podemos la exclusiva de nueva formación, nueva política y nueva gente. Pero a Rivera le acabó pasando lo que Helen Hunt le decía a Jack Nicholson en Mejor imposible: la primera vez que te vi me pareciste atractivo, pero de repente hablaste. El calentón de Cataluña fue la gasolina que lo puso en la cima de las encuestas. Vargas Llosa lo bendijo, Aznar lo llamó relevante y Alfonso Guerra lo aplaudió por coherente. Así que se sintió futuro presidente. Pero, como Jack Nicholson, entonces habló. Y todo empezó a empeorar. Salvo España y españoles no tenía nada que decir. Ganaron en Cataluña y fueron incapaces de ofrecer nada. Cifuentes, la moción de censura y la memoria histórica demostraron su lugar y sus prioridades. La corrupción no era tanto problema para ellos, ni el incienso apolillado del nacionalcatolicismo, ni el tufo de la simbología franquista. Seguía siendo derechona. Encima en el PP gana Casado y, de futuro presidente, pasa a ser la segunda voz de un dúo cómico. Echa de menos a Cataluña y anda buscando algún asunto que, como entonces, enfade, embrutezca y arme bronca. Así que está probando con la inseguridad, a ver qué pasa. España es uno de los países más seguros de Europa. Pero tiene más presos que nadie y el PP endureció las leyes para que hubiera más delitos que nunca. Ahora C’s quiere más: quiere alarma, habla de mafias y de situación límite (por cierto, ahora Alfonso Guerra no dice nada). Pero en brutalidad le está ganando la partida Casado. Casado parece un facha más creíble, aunque sigue la partida.
Casado recupera el estilo de Aznar, pero poniéndolo al día. En democracia, no hubo nada más de derechas que Rajoy, nadie cultivó la desigualdad con más impiedad ni fue más sectario que él. A Aznar se le recuerda como más radical por otro motivo. Es por la manera en que desfiguraba al oponente. Rajoy fue un extremista en sus políticas. Aznar fue un extremista en el debate público. Llevó al límite la máxima de Goebbels de hacer de todos mis enemigos un solo enemigo: ETA y Zapatero no eran dos rivales distintos sino el mismo. La manera de considerar antisistema y terrorista todo lo que no fuera él provocaba un debate bronco donde todo el mundo participaba indignado. No consiguió que sus votantes fueran más de derechas, pero sí que odiaran más a la izquierda y así se petrificó el voto conservador a prueba de bomba. Por ahí va Casado. Ya no tiene terroristas ni muertos que manipular. En Europa aumentaron los decibelios de extrema derecha y Casado actualiza la bronca con los nuevos aires. Así que empezó a delirar hordas de millones de inmigrantes a punto de tirar nuestra murallas y tomar nuestra patria. O toca los impuestos, eterna demagogia de la derecha. Si el PSOE y Podemos andan pensando en subir los impuestos a los ricos, Hernández y Fernández cantan a dúo que «van a subir los impuestos», que nos quieren llevar nuestro dinero. Las derechas están siendo muy reconocibles. El problema es que el PSOE, tras tanto traspiés, también vuelve a ser reconocible.
Tiene un sabor característico la manera en que la hinchada socialera defiende los méritos de Begoña Gómez para su chollo en el Instituto de Empresa y el orgullo que proclaman de la agenda transformadora de Sánchez y de la vuelta a la justicia y la igualdad. El PSOE considera el poder como un fin y a sus proclamas sobre paz, igualdad de género o justicia social les pasa lo que a los personajes de Richard Gere y a ciertos guisos, que siempre saben igual, siempre saben a PSOE en el poder justificando la bondad de estar en el poder como si ese hecho fuera en sí mismo un desenlace feliz. Una parte de la tarea de mantenerse en el poder es no arriesgarse en batallas que sean difíciles de ganar. El PSOE renuncia con facilidad a sus propias ideas por un pragmatismo que resulta más de un bajo compromiso con ellas y de falta de combatividad que de imposiciones objetivas de las tareas del poder.
El problema es que ni siquiera las confronta en el terreno ideológico en estos tiempos de intoxicación. A la propaganda ultraliberal se suma ahora la demagogia ultraderechista. Es más importante que nunca la confrontación de ideas y desenmascarar falsedades y falacias. En España no hay ningún problema con la inmigración. Es una tarea permanente como cualquier otra. Casado quiere alarmar con tácticas de ultraderecha con un tema en el que fácilmente la gente se asusta. Pero el PSOE no está diciendo que no pasa nada nuevo ni especial ni alarmante con la inmigración y que la única novedad es que hay más griterío fascista en Europa. En lugar de eso, Sánchez deja que la población interiorice que hay un problema y se deja ver con Merkel para que la gente vea que está solucionando el problema que se inventa la derecha. El estado de bienestar no está en peligro porque la gente se jubile, enferme o porque los jóvenes necesiten ayudas para su formación. La amenaza no es el gasto sino los ingresos. El PSOE más que nadie debería explicar que subir los impuestos a los ricos no es subir los impuestos: es subírselos a los ricos. Rivera y Casado quieren bajar el impuesto sobre el patrimonio y el tipo máximo y eliminar el impuesto de sucesiones. Es decir, quitar o bajar los impuestos de los ricos. Eso es lo que amenaza el estado de bienestar, eso y que las empresas del Íbex ganen más y tributen menos. No se trata de que el PSOE haga milagros, sino que se reafirme en el discurso ideológico con el que se presenta, en vez de dejar que liberales asilvestrados, ahora con aderezos ultraderechistas, convenzan a la gente de que los inmigrantes nos invaden, de que las mafias mandan en las calles y de que no puede haber pensiones y becas porque el Estado no aguanta. ¿Recuerdan el papelón del gobierno asturiano con aquella demagogia del impuesto de sucesiones?
Pero, como dije, el PSOE está siendo perfectamente reconocible como lo que venía siendo. Sigue orillando enfrentamientos incómodos con los poderosos, sigue sin afirmar con energía ideas claras y sin enfrentar las intoxicaciones con las que se pretende erosionar nuestro sistema de protección. A pesar de sus eficaces operaciones de imagen, esta etapa de Pedro Sánchez corre el peligro de recordarnos por qué nos pareció adecuado hace no tanto hablar de una casta política. La indignación sigue ahí y hay que tener cuidado con qué es lo que la inflama. Porque ahora ya deberíamos saber que el populismo en España está en la derecha, no en Podemos.

Libros y wifi en verano

En invierno el tiempo se detiene en las fechas señaladas y los recuerdos se agolpan y se superponen. Por eso hay emotividad. Lo característico de la emotividad es la simultaneidad de las sensaciones. Por esa simultaneidad todo el mundo se acuerda de todo el mundo, se llama a los parientes, se sienten los muertos y se queda con los amigos a los que se ve poco. En verano el tiempo no se detiene, pero abandona su curso y se desparrama en desorden. Por eso hay sensualidad, falta de transcendencia y cierta forma de olvido. Como nada pretende tener consecuencias, en verano tenemos tiempo. Y eso nos lleva a los libros. Los lectores habituales aprovechan para leer libros más gordos. Los lectores ocasionales aprovechan para leer lo que no leen en otro momento. Pero hay más que libros. En los viajes veraniegos se pregunta si la habitación o el piso tiene wifi. Hay gente con actitud Robinson que precisamente considera la desconexión de la red como parte del descanso y el desparrame del tiempo. Pero lo normal es buscar la señal wifi por la que esnifar la red social, la serie de turno o los fichajes de fútbol. Como el verano es también momento de buenos propósitos para el próximo curso y como sobresalen los libros y la red, puede ser un buen momento para hablar algo de la lectura y de la dichosa alfabetización digital.
Abramos el melón por la soledad y el aislamiento. Los apocalípticos de las nuevas tecnologías sienten como si les pasaran una lija por los ojos cuando ven a individuos que van juntos, pero cada uno enredando con su móvil ensimismado y ajeno a quien le acompaña físicamente. Imaginan una humanidad de individuos aislados y ausentes, unos mutantes que dejan de hacer honor al comienzo de los libros de Unidades Didácticas que se estudiaban en las escuelas del franquismo: «El hombre es un ser social». En realidad, si hay alguien aislado y ausente es quien está leyendo. Si hay un lugar donde cada uno está lejos de quien tiene al lado es una biblioteca. La imagen de una pareja, por ejemplo, en silencio y con una botella de sidra mediada en un merendero cada uno leyendo su libro me parece una imagen vital y hasta alegre. El aislamiento o ensimismamiento no es el problema, pero sí el escenario donde se pueden observar algunas cosas.
Nuestro cerebro es menos poderoso y más oportunista de lo que intuimos. Un vecino de Gijón puede ir desde La Calzada hasta la Laboral sin hacer ningún esfuerzo mental. Cuando se desplaza, procesa los pocos metros del camino que tiene delante y, a medida que avanza, vacía su memoria de ese pequeño trayecto para procesar el siguiente. Así se orienta en una distancia larga sin que su cerebro se ocupe en cada momento más que de unos pocos metros. Y así trabaja la mayoría de las veces: pensando con lo que tenemos alrededor, en la situación, más que con lo que tenemos dentro. Y no sólo eso. Si en cada momento tuviéramos activos todos los conocimientos de nuestra memoria tendríamos siempre dolor de cabeza y tardaríamos mucho en decidir qué hacer ante una taza de café. En cada momento tenemos activos sólo unos pocos datos, que tienen que ver con lo que estemos viviendo, y los demás están dormidos y su activación requeriría un esfuerzo especial. Por eso distinguimos intuitivamente entre las cosas que sabemos y las que «tenemos en la cabeza». En la vida corriente nuestro cerebro piensa con lo que tenemos en la cabeza, no con lo que sabemos; y piensa con las cosas que nos rodean, no con nuestra «sabiduría» interior. Así somos más rápidos. Vamos llegando a la lectura.
Cuando estudiamos un examen, intentamos resolver un problema o leemos, queremos pensar con algo más que esos pocos datos que tenemos en la cabeza y con algo más que lo que tenemos alrededor en ese momento. En esos casos intentamos no tener nada alrededor, buscamos aislamiento y silencio, porque nuestro cerebro tiene que trabajar más con el disco duro. Los datos que llegan (de los apuntes o del libro) se manejan con trozos mayores de nuestra memoria y se insertan en estructuras más complejas de nuestro conocimiento. Por eso es tan importante que la gente lea, es decir, que se aísle en concentración retirada para activar cantidades mayores de su conocimiento y recargarlo con material nuevo. Se mejora el software, la sensibilidad y el control de las cosas que nos pasan.
Decíamos que en la vida cotidiana pensamos con lo que nos rodea. El efecto más llamativo de la conexión digital es que multiplica sin medida lo que nos rodea. Antes la situación que nos rodeaba era lo que podíamos ver y oír. Ahora enciendo en cualquier sitio una pantalla y puedo estar en una charla sobre rednecks y feministas, viendo fútbol o echando una partida y puedo pasar nerviosamente de una situación a otra muchas veces. La mente trabaja con una enorme cantidad de datos, pero no por ese ejercicio de aislamiento por el que activamos una parte mayor de nuestra memoria y conocimientos. Movemos más datos porque alteramos muy rápido la situación que nos rodea y cambiamos muchas veces «lo que tenemos a la cabeza». Y eso no está mal. Nada mal.
Siempre que no nos engañemos. La conexión digital es una riqueza pero induce a engaño. Nos engañamos si confundimos la sobreestimulación digital con el ensimismamiento concentrado de la lectura por la cantidad de ideas que notamos que mueve nuestra mente. La lectura no tiene sustituto. Es como si creyéramos que correr es el mismo ejercicio que ir en moto. Nos engañamos si nos sentimos de pronto autodidactas, porque los dedos en las teclas ya nos dan los conocimientos que hacen falta. Pero los datos están fuera, en el servidor, no dentro, sedimentados en nuestra memoria. El ambiente es además propicio para la ilusión autodidacta. La gente culta tiende al menosprecio o condescendencia con la enseñanza. Es raro que alguien del mundo de la cultura no vea con cariño las librerías y las bibliotecas. Y ese debería ser el caso con los centros de enseñanza. Pero no lo es. Todo el que se considera relevante en la cultura (profesores incluidos) suelen hablar con displicencia o indulgencia impostada de la enseñanza. En realidad en pocos metros de una sala de profesores hay quien sabe latín, quien domina la física o quien conoce toda la historia que yo nunca sabré. Cuando pregunto a algún profesor cuál es su materia, tengo la sensación de estar con un X Men preguntando cuál es su superpoder. Pero la gente estudiada no lo ve así. La displicencia hacia la enseñanza contribuye a la ilusión autodidacta inducida por la conexión digital. Y hay un tercer engaño. En la película Origende Nolan, los extractores son un tipo especial de ladrón. Te duermen, te conectan en una máquina y entran en tus sueños para robarte secretos. La máquina no deja que la mente construya el mundo del sueño. Lo sustituye por otro informático creado por un «arquitecto». El sol que me da ahora, el ruido de los coches y el murmullo de los parroquianos no los puso ninguna multinacional. Pero el entorno digital que lo sustituye sí tiene sus «arquitectos». Lo que nos rodea está interferido como los sueños de Origen. Sin alarmismos conspiranoicos, los algoritmos de la red social construyen ese entorno con el que nuestro cerebro oportunista tiende a pensar, y esos algoritmos tienen dueños que saben lo que hacen. La sensación de libertad y control que tenemos ante la pantalla es otro engaño.
Nihil novum sub sole. El reto para el próximo curso es el de siempre: que lean, es decir, que recarguen y alimenten su conocimiento. La alteración digital del entorno es tan bienvenida como los coches. Y tan irrelevante en los contenidos educativos como ellos. No entiendo bien lo de alfabetizar digitalmente a los niños. No hace falta enseñarlos a respirar. Que lean. Si hay preocupación por lo que se cuece en la red social o en las páginas que visitan, o los efectos de tanta conexión, la receta es la de siempre, y esta sí requiere aprendizaje y magisterio y no se enseña en ningún vídeo de Youtube: que lean.

Pablo Casado tiene una idea (y no busquen más)

¿Por qué no iba a mentir y a exagerar Pablo Casado? Hable de refugiados, de la familia, del lío de los taxistas o de la memoria histórica, Casado miente, exagera, confunde y simplifica. ¿Por qué iba a ser de otra manera? En mentiras y exageraciones su currículum sí está contrastado. Ya había preferido mentir sobre sus estudios en vez de estudiar y sobre su actividad académica en vez de trabajar. Si daba una conferencia, se sentía «visiting professor». Si la escuchaba, a la salida sentía que había hecho un máster. En su currículum la palabra «postgrado» tiene un sentido cronológico: cualquier cosa que hiciera después del grado era postgrado, aunque fuera ir a una exposición. El populismo de extrema derecha requiere confusión, simplificación, mentira y distorsión. Así que sus credenciales personales eran óptimas para el discurso extremista que ofreció al PP.
Le faltó tiempo a Casado para extender a su actuación política las cualidades que había desplegado para tunear su currículum. Cuando los tiempos son crispados o confusos, la sensibilidad de la gente se hace metonímica, es decir, fácilmente un detalle o una parte se siente como el todo. No es tramposo concentrar la atención en un detalle cuando es un ejemplo especialmente claro de una situación general con casos similares, como fue quizás el caso de los desahucios. Pero sí es tramposo hacer sentir que la situación general se concentra en una de sus partes. En los tiempos en que la administración de Reagan hostigaba a Nicaragua, se conocieron algunos aspectos del manual con el que la CIA instruía la guerra psicológica y el sabotaje. Sugería, por ejemplo, atascar los váteres de locales públicos. Es evidente que el aspecto de un váter rebosando desechos desagradables no tiene que ver con la calidad de las escuelas. Pero si se trata de un país pobre, como era el caso, al que siempre le faltan medios, esos excrementos emulsionados en orines cuando uno va al baño de una gasolinera o una cafetería fácilmente ayudan a la sensación de que nada funciona y que todo está hecho un asco. Ese es el proceso de trasladar al conjunto la sensación y emotividad que provoca una parte. Es tramposo porque el que una rueda sea redonda no quiere decir que el coche entero lo sea. Y que un váter apeste no afea las escuelas u hospitales que se estuvieran haciendo. Para que la trampa funcione es necesario concentrar emociones intensas sobre el caso particular elegido para que ese caso particular se convierta en la parte que acapare el todo. La CIA mostraba cómo crear casos particulares. Otra posibilidad es, en vez de crearlos, simplemente mentir sobre lo que ocurre o, con verdades a medias, exagerar y distorsionar en la dirección en que se agiten miedos o indignación en la población. Todo ello debe ir acompañado siempre de una simplificación de los hechos. La manipulación requiere concentrar las emociones de la gente sobre la menor cantidad posible de datos. Si se trata de propaganda positiva para un gobierno, el detalle que provocará la sinécdoque será el triunfo del Madrid en la Champions o el buen humor del Rey con sus hijas. Si se trata de propaganda negativa, la parte que hay que tomar por el todo puede ser Cataluña, el ectoplasma de ETA o los inmigrantes.
Y, como decía, Casado tenía ya buen entrenamiento en esto de distorsionar, mentir y exagerar. Siempre es un problema que llegue de golpe mucha gente buscando refugio. Siempre hay una tensión entre la legalidad y la situación límite en la que llegan, por el riesgo que corren sus vidas y por las calamidades de las que huyen. Como ya soplan por Europa aires racistas de extrema derecha, había ya una horma amplia en la que acomodar el discurso con el matiz y holgura que se quiera. Casado se aplicó a agitar el caso particular y bien engrasado de la inmigración como otros se aplicaban a atascar váteres. Para alarmar hay que mentir. Él habló de millones de africanos aporreando nuestras fronteras. Se inventan peligros futuros para afianzar el supuesto de que ya tenemos un problema interior por el exceso de inmigrantes. La pura verdad es que, teniendo a la vista las cifras de inmigración oportunamente recordadas por Ignacio Escolar, si todos los inmigrantes que llegaron este año se quedaran para siempre jamás en España, y esto no ocurre nunca, pero si ocurriera, la ciudad en la que vivo, Gijón, pasaría a tener 141 habitantes más. Según Casado, nuestros centros de salud se colapsarían y no habría aulas para todos los niños. Como digo, el surco abierto por Salvini y antes por Le Pen es lo bastante ancho como para acodarse en él buscando la postura más cómoda. Salvini es directamente racista y utiliza expresiones groseras e insultantes para referirse a los refugiados. Casado prefiere, de momento, ser educado y dice sufrir y temer por nuestro estado de bienestar y por nuestras prestaciones sociales. Es notable que las derechas nos martilleen los oídos todos los días con que el estado de bienestar no es sostenible y que tanta protección social es cosa del pasado y de repente, cuando se agolpan refugiados en nuestras fronteras, canten su amor por el estado de bienestar y disparen las alertas sobre el riesgo de nuestros servicios sociales. La verdad es que mienten. Mienten sobre que quieren proteger el estado de bienestar porque en realidad quieren arrumbarlo. Mienten sobre el peligro que supone la inmigración porque no son tantos (mienten con descaro en las cifras) y es más lo que producen en trabajos mal pagados y sin regulación que lo que consumen en servicios. Y mienten sobre que sea esa la razón de su posición sobre los refugiados. La razón de Salvini es el racismo. Salvini es fascista y los fascistas son así, camorristas, maleducados y brutos. No se sabe lo que lleva dentro Casado, pero de momento miente. Su alarmismo no responde a ninguna preocupación, sino a propaganda, a ese populismo que quiere asociar miedos y cólera con la menor cantidad posible de datos. Se quiere manipular un repunte de la inmigración, que ya había empezado con Rajoy, con debilidad, buenismo y falta de criterio, riesgos para el sistema y su sostenibilidad, inseguridad y desorden. También miente vociferando obviedades. Cuando se dice una obviedad, lógicamente no se puede estar diciendo algo literalmente falso, puesto que es una obviedad. Pero las obviedades siempre llegan con implicaciones, siempre se dicen para implicar más cosas de lo que se dice. Cuando Casado vocifera que no se puede dar papeles a todo el mundo está implicando que eso es lo que dicen los demás, cuando es bien evidente que nadie dice eso. Y ya mostró la desvergüenza insuperable que había desplegado Jorge Fernández en sus tiempos de ministro de asociar el salvamento con ese efecto llamada que agitan como el hombre del saco. Según parece, hay que dejar que se ahoguen para no crear efecto llamada. ¿O qué otra interpretación cabe de la mención de Casado al Aquarius y el efecto llamada?
Para que su populismo sea esférico, fue a hacerse fotos con inmigrantes en la frontera y así demostrar que no sólo la izquierda tiene corazón. El populismo de izquierdas siempre me provoca la duda de hasta qué punto el mesías de turno engaña o se autoengaña, hasta qué punto cree que las cosas son tan fáciles como las pregona. Pero el populismo de derechas no me provoca ninguna duda: mienten con desvergüenza y ocultan lo que realmente pretenden. La foto de Casado con los inmigrantes es tan transparente, tan indefensa en su zafiedad, que parece más bien una provocación. Salvini provoca llamándolos carne humana y Casado, quizá con más sentido de humor, provoca yendo a hacerse fotos con ellos. Cuestión de gustos. Pero Casado y Salvini hacen lo mismo. Lo que hacía la CIA en Nicaragua en los ochenta. Llenar de mierda algún rincón y tratar de que sólo se vea ese rincón.